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domingo, 7 de abril de 2013

Domingo II de Pascua: La paz no es aislarse

Publicado por Entra y Veras

Ni en una urna, ni una campana hermética, ni en la mayor y más segura cámara acorazada, ni en la más alta mazmorra cerrada con siete llaves hay paz.

De igual modo los discípulos se habían encerrado en casa porque necesitaban seguridad si querían evitar correr la misma suerte que su maestro. Creo que de la mima manera todos buscamos la paz, la tranquilidad y lo hacemos a pequeña escala dejando fuera a quienes nos molestan. Pero de ese modo logramos una paz frágil que nos obliga a estar siempre en guardia ante quienes puedan “invadirnos”. Esta es una paz de muerte, de tumba, de sepulcro, de museo de cera.



La verdadera paz con la que irrumpe Jesús haciendo saltar por los aires las cerraduras y las paredes, destruyendo todos los miedos, es la paz de Dios que implica el riesgo de volcarse hacia los demás haciéndonos vulnerables como lo fue Jesús: Paz a vosotros y a continuación les enseñó las manos y el costado, mostrando así que su muerte no es un accidente del pasado, algo que se olvida, sino amor que permanece. Por eso su cuerpo herido, se convierte en bandera del dolor amante que triunfa sobre la muerte y abre la puerta de la salvación a todo el mundo. En eso consiste la resurrección y ese, y no otro, es el centro de nuestra fe. A continuación les infunde su Espíritu, como una savia nueva, señal de una nueva creación, que inaugura la evangelización y da fuerzas a los testigos para anunciar su mensaje de vida y amor.

La otra escena que nos presenta el evangelio es la de Tomás y en él hemos de vernos representados todos los que intentamos seguir a Jesús con nuestras dudas e inseguridades. En ocasiones las dudas nos desaniman e incluso nos atemorizan un poco. Pero las dudas son la salsa de nuestra fe y demuestran que estamos vivos. Lo contrario es una religión con “demasiada paz” pero muerta, basada en pequeñas píldoras que se convierten en losas. Hablamos de una fe personal ¿cómo puede estar exenta de dudas? De lo que sí tenemos que estar convencidos es que nuestra fe, es una fuente de luz y de alegría en la que no tiene lugar la oscuridad, el miedo sino la paz, que está con nosotros y nos acompaña. A los cristianos no se nos has facilitado la tarea ineludible de tomar postura ante el sentido de la vida aunque tengamos fe en que Dios resucitó a Jesús.

Acabamos hoy la octava de Pascua, el gran eco de la resurrección del Señor. Poco a poco la cera del cirio va consumiéndose a la vez que la velita de nuestro corazón va adquiriendo más fuerza. Tenemos que ser en el mundo testigos y mensajeros de la resurrección, que esa luz que habita en nosotros con sus rayos de paz ilumine a los que nos rodean, que como decía Bonhoeffer, nos convirtamos el uno al otro, el amigo para el amigo, el esposo para la esposa, la madre para el hijo, en portadores de esta paz que viene de Dios. Nuestra primera tarea es dejar entrar al resucitado a través de tantas barreras que levantamos para defendernos del miedo. Que Jesús ocupe el centro. Que sólo él sea fuente de vida, de alegría y de paz. Que nadie ocupe su lugar. Que nadie se apropie de su mensaje. Que nadie imponga un estilo diferente al suyo.

Si buscamos la paz en el encerramiento, en el esconderse, y lo miramos fríamente, nos encontramos con que en vez de dejar fuera a nuestros enemigos a nuestros “peligros”, a quien dejamos fuera es a Dios aunque Él sale a nuestro encuentro disfrazado de mil cosas y solo identificable con las gafas de la fe que no son las de la escuadra y el cartabón, ni las de la medalla o el cilicio sino las de la vida en el amor al prójimo. Así, nos ofrece la paz y nos llena de alegría sin límite.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)