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domingo, 7 de abril de 2013

LA FE NO NACE DE LO QUE SE VE: II Domingo de Pascua (Jn 20, 19-31) - Ciclo C

El evangelio de Juan nos lleva al género histórico tan especial de los relatos de la Resurrección. Sin solución de continuidad con los relatos de la pasión, se nos siguen narrando los "acontecimientos de aquel fin de semana". Y esto nos induce a creer que el género sigue siendo tan histórico como en los relatos de la Pasión, pero no es así.

En los relatos de la Resurrección se recogen dos mensajes: uno sobre sucesos comprobables, otro sobre la fe de los primeros seguidores de Jesús.

Los sucesos comprobables, incluso verificables como sucesos históricos, son:

• la increíble transformación de los seguidores de Jesús, que pasan de ser un grupo medroso en dispersión a una comunidad valerosa que da testimonio de su fe en Jesús.
• el nacimiento de una "fe" nueva, profundamente diferente de la fe judaica, aunque tenga sus raíces en ella, que en un tiempo relativamente corto será capaz de formularse con independencia de esas raíces. (Por ejemplo, la cristología de Juan, que aparece en el texto del Apocalipsis).
• la confesión de aquellos primeros creyentes, que manifestaron su fe en Jesús afirmándose como "testigos" de que el Crucificado ha sido exaltado por Dios, no ha sucumbido en la muerte.



Estos sucesos comprobables tienen un contenido de fe: la primera comunidad y los testigos lo expresan por medio de los relatos de Apariciones del Resucitado. En estos relatos, lo simbólico y lo teológico tienen tal importancia que apenas podemos descubrir en el fondo de estas narraciones los sucesos reales.

Vimos el domingo pasado la enorme diferencia de los relatos en los cuatro evangelistas y la imposibilidad de concordar los textos en un relato único (cosa tan fácil en los relatos de la Pasión). Nos encontramos ante un tipo de textos diferente. En ellos, los sucesos que pudieron ver los ojos quedan envueltos en los símbolos y las elaboraciones teológicas, de manera que el mensaje es la profesión de fe en Jesús Señor; son textos escritos para profesar la fe el crucificado, la fe a pesar de la muerte y sepultura. Sólo seremos fieles a los textos leyéndolos así, no como mera narración de sucesos físicamente comprobables.

Es conveniente recordar el esquema que sigue Juan en su narración:

Capítulo 19: Muerte y entierro de Jesús
Capítulo 20: Magdalena en el sepulcro. La piedra quitada. Avisa a los apóstoles.

Juan y Pedro en el sepulcro. Juan cree.
Aparición a Magdalena.

Aparición a los apóstoles. No está Tomás.
Repetición a los ocho días. Con Tomás.
Primera conclusión
(Éste es el evangelio de hoy)

Capítulo 21: Aparición en Tiberíades.

La pesca infructuosa: Jesús en la orilla.
El primado de Pedro. El destino de Juan.
Segunda conclusión.

Así pues, el cuarto evangelio se ha interesado solamente por el papel de María Magdalena, la fe de los Once y la confirmación de Pedro.

Hay un tema transversal importante en todos estos relatos: la superación de la cruz.

• Magdalena (en los otros evangelios con otras mujeres) va al sepulcro a honrar el cadáver de Jesús.
• Los Once están encerrados (con las puertas atrancadas) por miedo.
• Hay síntomas de que la comunidad se está empezando a dispersar (como en el relato lucano de Emaús).
• Siete discípulos con Pedro se van a Galilea y vuelven a ser pescadores... Se acabó: la crucifixión y la sepultura han terminado con la fe en Jesús.

Pero en este contexto se produce la conversión, la recuperación de la fe en el Crucificado.

• En María Magdalena que le reconoce sólo cuando es llamada por su nombre.
• En los Once que tienen la experiencia de que "ése mismo Jesús al que vimos muerto" está vivo y encomienda su misión.
• En Pedro, que después de su traición vuelve a asumir su función de "confirmar a sus hermanos".

Se trata pues, ante todo, de la "narración" del comienzo de la fe en Jesús después del trauma de la muerte y sepultura. No podemos entrar en detalles sobre cada uno de los pormenores de los textos. Indicaremos solamente que:

• Jesús es reconocible, es el mismo, es el crucificado, es su cuerpo llagado. Se trata de creer en el crucificado.
• Jesús resucitado es el mismo Jesús, pero hay que re-conocerlo. Antes no le conocían, lo confundían con el Mesías victorioso. Ahora han reconocido en aquél Jesús que creían conocer, al verdadero enviado, el que da la vida. Han cambiado el rey victorioso por el grano de trigo enterrado, y han reconocido a Jesús en ese grano de trigo, no en el rey.

El texto termina con la más avanzada expresión de fe en Jesús, en boca del más incrédulo: "Señor mío y Dios mío" es una expresión de la más alta cristología joanea, de tal manera que contrasta vivamente con las expresiones cristológicas de Hechos que hemos reseñado antes ("Dios estaba con él").

Y esto nos muestra toda la intención del cuarto evangelio, como se expresa en la conclusión.

"Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Esto se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre."

La finalidad del libro, y muy especialmente del conjunto Pasión/Resurrección es "que creáis en el crucificado".

Solemos perdernos en la investigación histórica de lo que sucedió. Leemos los evangelios más que como creyentes como periodistas. Nuestra ilusión sería haber estado allí y verlo todo con nuestros propios ojos. Pero, si hubiésemos estado allí, ¿habríamos creído en el crucificado? A veces consideramos afortunados a los que "vieron y creyeron", como si lo hubieran tenido más fácil que nosotros. Podemos dudarlo. Creer en el crucificado tuvo que ser muy difícil. La fe no nace de lo que se ve. Muchos ven y no creen. Muchos vieron y no creyeron.

La fe no procede de ver el sepulcro vacío. La fe interpreta el sepulcro vacío: en el sepulcro no hay nada, es vano ir al sepulcro. Las mujeres van al sepulcro buscando un cadáver, pero Jesús no es un cadáver: "¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?", "no está aquí".

Al estudiar estos relatos padecemos de un miope y estéril realismo. ¿Qué vieron? ¿qué pasó? ¿cómo entró? Interesa sólo a la curiosidad del periodista. La pregunta es: ¿creemos en el crucificado?

Muchas personas, cuando escuchan estas interpretaciones de los evangelios, dicen que les están quitando la fe. Es posible que sea verdad. Es posible que para que nazca la fe en Jesús tenga que morir otra "fe". El que no siente su fe interpelada, puesta en peligro, por el crucificado y por los crucificados del mundo, no tiene la fe correcta. No se puede creer en Dios más que superando el escándalo de la cruz.

El escándalo de la cruz se supera por la fe en Jesús, sentido y percibido en el Espíritu de la comunidad, ese espíritu que trabaja contra la crucifixión, que no se deja amilanar ni por la muerte. El Espíritu que contradice a la carne y está brillantemente presente en muchas partes de la Iglesia y de fuera de la Iglesia. Creemos en el hombre crucificado, creemos en él y damos la vida por él. Todo esto lo hemos leído en Cristo crucificado, todo esto hemos creído en Cristo resucitado.

Jesús no vuelve a la vida. Está ya en la vida. Somos nosotros los que no estamos aún en la Vida. Él sí. La palabra "resurrección" se queda corta, como tantas, como todas. Resucitar es que el cadáver se levante y siga como antes, tan mortal como antes. Lo de Jesús es que ya ha sido dado a luz definitivamente, ya no es mortal, ya se ha realizado del todo.

Y esto no es un fenómeno físico, no se trata de recuperar las mismas células que tuvo antes. Se trata de la Realidad Profunda, de aquello que es más que cuerpo, de lo que nunca verán los ojos, incapaces de enterarse del significado de las cosas.

Nosotros vivimos ya resucitados: con Dios en medio, sin miedo a Dios, en paz con él, en alegría, porque tenemos misión, porque está en medio de nosotros Jesús. No su cuerpo, "la carne no vale para nada", sino su Espíritu, que da la Vida, la Vida definitiva que ya está alentando nuestra vida. Nosotros vivimos como resucitados si vivimos con los criterios y los valores de Jesús, enganchados a su mismo proyecto.

Jesús vuelve entre nubes y resplandores divinos en el Apocalipsis, no en los evangelios. Jesús resucitado es muy diferente del Jesús de la Transfiguración. Pero ahora saben todos cuál es su Espíritu.