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domingo, 23 de septiembre de 2012

Domingo XXV del tiempo ordinario: El dilema del nudo


«Este evangelio toca de lleno en nuestras aspiraciones humanas y en nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero bien sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario. No perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola. La libertad se va entregando y compartiendo en pequeñas elecciones. La libertad tiene que saber elegir. Y así, uno se construye y se ata, se define y se da… como el nudo y el eslabón».


El nudo de una red estaba harto de vivir junto a sus compañeros. Quería ser libre, vivir a su aire y conocer mundo. Un buen día se despidió de ellos y empezó su aventura. Se sentía raro porque echaba de menos su antigua red pero a la vez feliz porque era libre. Mientras descansaba en un parque se encontró con el eslabón de una cadena que había decidido también emprender su vida en solitario pero que estaba pensando volver a encontrarse con susu antiguos compañeros porque la libertad de hacer lo que le daba la gana, de ir de aquí para allá sin contar con nadie no era tan divertida como pensaba. Él estaba hecho para vivir junto a otros y para aportar sus cualidades en la cadena. Por eso había decidido volver. El nudo pensó lo que le dijo el eslabón y se dio cuenta de que era cierto, que un nudo solitario no vale para nada, que estaba hecho para vivir junto con otros.

En el evangelio Jesús anuncia a sus discípulos por segunda vez su pasión. Pero mientras habla de entrega y fidelidad, ellos están pensando en quién será el más importante. No creen en la igualdad y la fraternidad que busca Jesús. En realidad, lo que les mueve es la ambición y la vanidad: ser superiores a los demás, pues estaban convencidos de que él iba a ser una persona importantísima, un rey. No se habían enterado de que a la hora de seguir a Jesús no hay que mirar tanto a los que ocupan los primeros puestos y tienen nombre, títulos y honores. Importantes son los que, sin pensar mucho en su nombre, prestigio o tranquilidad personal, se dedican, sin ambiciones, y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. No lo hemos de olvidar: lo importante no es quedar bien sino hacer el bien. Una palabra respecto a la alusión a los niños: Jesús no sólo se refiere a su inocencia sino también a que en algunos contextos eran marginados, vendidos o explotados.

En ocasiones pensamos que la vida cristiana, que la Iglesia, es una especie de pasarela Cibeles donde tenemos que lucir el palmito espiritual. La vida cristiana no consiste en ser top models de la piedad sino verdaderos maestros en la caridad y en el servicio sencillo y desinteresado. Pero nos volvemos a equivocar como los discípulos. Nos volveremos a quedar mirando al dedo cuando nos están señalando la luna. La vida cristiana no es para figurar, no consiste en acumular títulos, abonarse a los estrados y padecer torticolis crónica de tanto mirarse el ombligo. El seguimiento de Jesús no consiste en ver los toros desde la barrera o desde el palco, mientras nos dejamos abanicar. El seguimiento de Jesús implica necesariamente que tenemos que saltar a la arena, y ponernos a servir. La vida toda es servicio.

En mi opinión para todos nosotros este evangelio, toca de lleno en nuestras aspiraciones humanas y en nuestro deseo de libertad. La libertad es un patrimonio sagrado, un derecho fundamental pero bien sabemos que no consiste en hacer lo que queremos en cada momento. La libertad bien entendida no huye del compromiso sino que lo asume como necesario. No perdemos nuestra libertad cuando nos implicamos y complicamos con las cosas y las gentes. Porque la libertad está para ir dándola. La libertad se va entregando y compartiendo en pequeñas elecciones. La libertad tiene que saber elegir. Y así, uno se construye y se ata, se define y se da… como el nudo y el eslabón.

Por tanto, si tenemos demasiada preocupación por figurar o porque se nos tenga en cuenta ya sabemos que ése no es el camino sino el ser como niños, el tener la mirada clara y la mano siempre tendida porque no hay nada que esconder. Seamos libres, abandonemos el “qué dirán” y el chismorreo piadoso y demos rienda suelta a la caridad. Desfilemos por la pasarela del amor sin esperar que nos aplaudan sino contentos como el nudo y el eslabón porque vivimos nuestra vida ayudando y sirviendo a los demás, contribuyendo a un proyecto común.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)