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domingo, 23 de septiembre de 2012

Domingo XXV del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 9, 30-37):Una palabra selvática



¿Qué tengo que ver en esto?

«El Señor me sacó...» confiesa Amós.
«El nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo», afirma Pablo a propósito de la vocación de todos los cristianos.
En el evangelio vemos a Jesús que «llama» y «envía» a los apóstoles confiándoles una misión.
Siempre quedo fascinado por el diálogo que se desarrolla entre Amasías y el profeta Amós. De esta confrontación cerrada, de tonos ásperos, saco una definición un poco insólita del profeta y, por tanto, también del cura: es alguien que nada tiene que ver. En el asunto de Amós sólo tiene que ver el Señor que lo «sacó de junto al rebaño» y le interrumpe bruscamente el doble oficio de pastor y cultivador de higos.


En ese diálogo aparecen dos mentalidades opuestas: la del funcionario y la del profeta.

El sacerdote-funcionario defiende los intereses del rey, está al servicio del poderoso (un servicio que implica la renuncia a la libertad personal y que normalmente se premia con generosidad; se trata, más que de servicio, de servilismo); tutela el orden en el santuario para eliminar voces incómodas que perturban tanto la tranquilidad del soberano como los negocios.

El profeta no tiene intereses personales que defender, no reivindica ni puestos ni distinciones. No procede ni de las escuelas ni de las academias, es un irregular salido de quién sabe dónde. No tiene una profesión y no pertenece a una corporación («no soy profeta ni hijo de profeta...»). Amós no mira a nadie a la cara porque tiene que obedecer únicamente a la palabra de Dios.

No es cuestión de «ganarse el pan» —como piensa el sacerdote custodio del santuario— sino de no traicionar la misión que el Señor le ha confiado.

Amós aparece como un individuo de quien el Señor se ha adueñado.

El sacerdote, por el contrario, es un peón en manos de otros, que lo manejan a voluntad. El está preocupado por mantener el puesto y los consiguientes privilegios, y quizás conseguir alguna promoción, ganada con silencios cómplices o con palabras agradecidas «arriba», por lo que su empeño principal consiste en agradar al rey.

A Amós se le considera un extraño, un intruso, uno que no respeta la jurisdicción territorial, y declarado «persona no grata», consiguientemente expulsado sin miramientos a su tierra de Judá.

El sacerdote-funcionario, por el contrario, está perfectamente integrado en el sistema. El rey o el poderoso de turno se lo anexiona fácilmente y dispone de él a su gusto.

Son dos posturas, dos mentalidades que jamás hallarán un punto de encuentro. La postura del profeta y la del funcionario de lo sagrado resultan inconciliables.

Entre el lenguaje rudo, selvático, de Amós y el diplomático (con veteados de hipocresía y un subfondo de amenaza y de chantaje) de Amasías existe un contraste estridente.

En una palabra, los dos chocarán siempre.

El recinto protegido

Y después está —como ha subrayado el predicador— «la tutela del recinto».

«Vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en 'casa de Dios', porque es el santuario real, el templo del país».

¡Cuántos lugares protegidos en los que la palabra de Dios, especialmente cuando molesta, y molesta casi siempre, no debería entrar! Que el profeta descargue sus rayos, si no puede por menos, fuera del recinto, pero que no se atreva a hacer resonar su voz insolente entre los muros, acolchados, del palacio. En el balcón de palacio se asoma uno para admirar los fuegos artificiales, pero se cierran precipitadamente las ventanas apenas el cielo amenaza con relámpagos de tormenta o si se levantan desde abajo voces no precisamente de aclamación.

La crítica se acepta, a condición de que tenga como blanco a los enemigos y a los extraños. Pero se impide con todos los medios, cuando se dirige al interior de la Iglesia.

No hay que molestar el sueño, las digestiones tranquilas, el desarrollo de las funciones y de los negocios. No se le ocurra a nadie meter la nariz en el mercado, en las oficinas y en los pasillos en donde se desarrollan las grandes maniobras, bajo la cobertura del honor debido a Dios. No se le ocurra a nadie aguar el espectáculo. No se le ocurra a nadie tocar temas candentes como el dinero, ciertos nombramientos, los apoyos equívocos, las complicidades con la injusticia, las compañías discutidas y discutibles.

Por otra parte, es necesario reconocer que hay en circulación profetas, muy apreciados, que sorprendentemente se sienten afectados por la afasia cuando se trataría de denunciar los abusos, las incoherencias y las perversiones del poder cuando afectan a personajes importantes o de quienes se tiene su protección. O también se hacen, vergonzosamente, portavoces espontáneos, sus megáfonos de confianza. En una palabra: la voz del amo (que no es Dios).

Amós se revela incontrolable, no domesticable. Deja entender que para la palabra no existen recintos protegidos, zonas de exclusión. La palabra de Dios tiene que penetrar por todas partes, sin miramientos para nadie. Todos han de someterse a su juicio implacable.

Eso dijo nuestro párroco, con una franqueza admirable. Y yo lo suscribo. Pero no sin añadir que cada uno de nosotros desearía garantizarse un pequeño recinto, de donde quede excluido el acceso a la palabra de Dios, que tiene tendencia a ser excesivamente «invasora».

Hay sectores en nuestra vida que quisiéramos sustraer a las instrucciones de esa palabra, peligrosa y fastidiosa. «Ve y refúgiate...», también lo decimos nosotros. Hay tantos sitios «inocuos» en que puede moverse a su gusto. Pero en esos asuntos reservados pretenderíamos que no entrase.

Sin embargo, la palabra, quién sabe por qué, se empeña en penetrar precisamente en esos «espacios sagrados» (quiero decir consagrados a nuestras comodidades intocables y a nuestros intereses también intocables) de los que intentaríamos mantenerla prudentemente alejada.

La suerte de disponer de medios escasos

Jesús envía a los apóstoles en misión, desprovistos de (casi) todo. Sin apoyos, privados de protecciones, con medios pequeños y modestos, con equipamiento reducido a lo esencial. Y, naturalmente, contando con la eventualidad —no precisamente remota— del fracaso y del rechazo.

Una misión que ha de desarrollarse en un estilo de pobreza, inseguridad, precariedad. El cura ha resumido todo con una conclusión fulminante: medios excesivamente imponentes, estructuras llamativas, programaciones grandiosas y altisonantes, privilegios, garantías de todo género, holgura, lejos de ser un servicio al Reino, terminan por reducir las posibilidades de la gracia.

Las privaciones y las restricciones económicas deberían constituir nuestro tesoro más precioso, y que habría que defender con uñas y dientes.

Me resulta difícil imaginar a Amós asegurándose un apartamento confortable en los locales del santuario, y yendo al rey para mendigar una colocación decorosa, o tratando de garantizarse un espacio de libertad (vigilada), y acaso recibiendo alguna ayuda para sus obras...