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domingo, 9 de diciembre de 2012

Contemplaciones del Evangelio - Metáforas de Adviento: preparar el camino


Adviento es tiempo de preparación. Y cualquiera comprende lo que es preparar algo. Preparamos el arbolito y el pesebre, preparamos la comida para las fiestas, preparamos los regalos, preparamos el ánimo para pasar la nochebuena en paz, aceptando a toda la familia…
Hay algo, sin embargo, en el que nuestra vida actual se diferencia de la época de Isaías y de Jesús. En aquellas épocas había que preparar no sólo las cosas sino también el camino. Había pocos caminos para ir de un pueblo a otro y, muchas veces, uno solo. Y la comunicación se daba únicamente a través de personas que recorrían ese camino, las que por sí mismas ban a visitar a otro o las que enviaban algo por medio de un mensajero.

Hoy, nosotros, tenemos todo tipo de caminos y hasta un exceso de medios. Lle-gamos por tierra o por aire, en auto o en transporte público, mandamos mensajes por internet y celular, nos hacemos presentes virtualmente, mandamos tarjetas al instante…
Como que el camino lo damos por descontado. Y por eso, cuando se atasca el tránsito o no salen los vuelos, para el subte o se cae el sistema, nos ponemos tan mal. Recién ahí valoramos “los medios”, valoramos el camino.



Para valorar la metáfora del camino hay que tomar conciencia de que nuestro mundo surcado de caminos de todo tipo –globalmente conectado, en tiempo real- es fruto del trabajo humano. Cada adoquín, cada calle asfaltada, cada autopista, cada vía de tren, cada cable de teléfono, cada satélite que transmite información, ha sido puesto en su lugar por la mano del hombre.
En uno de los frecuentes cortes de luz que padecemos, un grupo de vecinos de nuestra cuadra se puso al lado de los obreros (todos bolivianos), que rompieron nuestra vereda en tres lugares para encontrar dónde estaba quemado el grueso cable que daba luz a varios edificios. Digo que se les puso al lado como una ma-nera suave de decir que no dejó que “se fueran” hasta que la empresa no se hizo presente con la cuadrilla de remplazo. La gente obligó a la empresa a salir del anonimato tras el que se escudan –contestadores automáticos, cuadrillas de obreros tercerizadas…- y luchó para que una mano tan humana como la que puso el cable defectuoso pusiera el nuevo.
Nuestro mundo mágico, en el que todo se “prende” y se conecta, sigue y seguirá dependiendo del trabajo unipersonal del que pone el adoquín o cambia el chip que permite la comunicación.

¿A dónde quiero llegar? A decir que valorar la materialidad del camino (de los medios, de los procesos) es clave para mantenernos y crecer como seres huma-nos.

Hoy, una visita, así como puede llegar en un rato, también se puede ir a su casa o cortar el chat en un segundo. Antiguamente, si uno iba de un pueblo a otro, no siempre se podía volver en el día. Una visita era todo un acontecimiento; implicaba armar el día contando con varias personas más para la comida y el descanso. Y cada pueblo, me imagino, tenía que arreglar sus caminos si quería ser visitado y poder salir con sus carros y sus cosas. Por eso Isaías habla de “rectificar senderos, rellenar pozos, aplanar lomas, enderezar vueltas y allanar asperezas”.

Esto, a alguno, le dará la impresión de que era lentísimo. Para hacer una visita había que “rellenar” los baches del camino. Así no darían muchas ganas de visitar a nadie. Puede ser, pero por otro lado, ¡qué valiosa cada visita! Detrás de un encuentro entre dos familias, cada uno valoraba lo que había implicado de “preparación del camino”. El que viajaba de un lado a otro lo hacía “sacando piedras” y tapando algún pozo, no sólo para sí sino para los demás. Se viajaba “haciendo camino”. Y lo que quiero decir es que esto sigue siendo así. El que no viaja mejorando el camino para sí y para los demás, lo empeora. Y en el fondo, es alguien que no valora ni su viaje ni su “humanidad”.

Hoy todo el mundo anda apurado, de aquí para allá, no solo no mejorando los caminos y los medios sino convirtiendo la calle en un chiquero, en un atolladero de gritos, humo y bocinazos. Todo el mundo “quiere llegar” ¿a dónde? A su casa, a su trabajo, a “lo suyo”. Llegar y volver a salir lo más rápido posible. Conectándose con todo y con todos y comunicándose con muy pocos. Haciendo y deshaciendo caminos que se borran al instante y luego hay que preguntar cómo se hacía tal cosa o cómo funcionaba tal otra, porque todo se sabe y no se sabe nada. Uno termina no encontrando el camino para llegar a los fusibles de la luz de su casa y a tener que llamar al técnico para que le recuerde la manera de encontrar un archivo que se le perdió en la compu. Las cosas se van haciendo a los empujones, porque, apurados por llegar rápido, no cuidamos “el camino”. La ciudad caótica en la que vivimos es el resultado de 2.890. 000 personas con esta mentalidad que viven en la capital y de otros 3 a 5 millones que entran y salen cada día con la misma mentalidad: hay que llegar, no importa cuidar los caminos.

Esta mentalidad “macro-social” se contagia a lo micro, a la vida de todos los días. En el Hogar, por ejemplo, es muy notable cómo uno tiene que explicar muchas (literalmente más de cuatro veces) a algunos colaboradores de buenísima buena voluntad y gran creatividad y bondad, por qué es bueno (buenísimo, sanador, fuente de alegría y de gusto por lo hecho en común, para nada exagerado ni neu-rótico ni autoritario ni controlador) cuidar un caminito de trabajo, que lleva a dar dos o tres sencillos pero insalteables pasos de consulta, permiso y rendición de cuentas para comprar algo o para realizar una tarea.

La mentalidad instituida es “lo que puedo hacer por mi cuenta, rápido y como salga” por qué lo voy a demorar. Más allá de lo práctico, que luego de algunas correcciones, todo el mundo entiende, la conversión de fondo que hay que hacer es a sentir que “cuidar el camino” es “cuidar lo humano…, y lo divino”.

Jesús quiso venir al mundo transitando un caminito que su gente le había prepa-rado. De hecho, no le prepararon mucho, porque tuvo que nacer en un pesebre de animales. Pero precisamente eso, la falta de lugar público preparado, fue lo que llevó a José y a María a preparar “con nada” un lugar cálido y humano para él.
El camino que recorrieron y (sin saberlo ni quererlo) establecieron ellos dos para que él llegara, se convirtió en modelo de lo que significa cristianamente prepararle el camino a Jesús.
José tuvo que apurar su decisión y elegir entre lo material que había para no apurar a María que como embarazada no podía caminar más. José tuvo que sua-vizar las pajas del pesebre y afirmar los troncos para poner allí a Jesús sin tiempo para lamentar lo que faltaba. El Señor se vino nomás, como sucede en los partos que se dan a veces en un taxi o en la calle, y lo mejor de lo humano se mostró en la pobreza de los recursos. La ternura y la alegría de José y María, por el Niño que nació en lo que le pudieron preparar, es la contra-imagen de la aspereza y el enojo que tenemos y expresamos mientras vamos apurados de aquí para allá renegando por todo lo que obstruye nuestro trajinar.

La mentalidad del mundo es: hay que llegar, hay que producir resultados, por eso, no nos podemos fijar mucho en los medios, si no, no se hacen las cosas.
La mentalidad cristiana, por el contrario es: el Señor viene, sí o sí, se nos regala. Lo nuestro es prepararle el camino, hacer las cosas en paz, ordenada y solida-riamente, construyendo caminitos que, a la vez que le hacen fácil a él la venida, a nosotros nos permiten andar en paz, sin ansiedades, gozando de un trabajo en el que el mismo caminar y arreglar el camino es la meta.