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viernes, 23 de diciembre de 2011

Orar – Para Ver la Gloria de Dios en la Humanidad

Por Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz)
(Adviento: Sobre la oración. Cuarta de una serie de cuatro partes)

La familiaridad engendra desdén. También bloquea el misterio de Navidad, ya que genera una percepción de la vida que no permite ver la divinidad dentro de la humanidad.
Sin embargo, todos nosotros somos propensos, sin remedio, a ver casi todo de una forma excesivamente familiar, es decir, de una forma que ve poco o nada de la profunda riqueza y de la divinidad que en todas partes se está reflejando bajo la superficie. G.P. Chesterton, reflexionando sobre esto, declaró una vez que uno de los profundos secretos de la vida es aprender a mirar las cosas conocidas y comunes hasta que parezcan de nuevo como no-conocidas, como nuevas. Alan Jones llama a esto el proceso de “des-aprender” lo que nos es demasiado familiar y conocido.
Llámesele como se quiera, el desafío es el mismo: Tenemos que aprender el secreto de ver lo extraordinario dentro de lo ordinario, de ver la divinidad titilando dentro de la humanidad, y de ver halos alrededor de caras familiares.

El famoso monje trapense y escritor americano Tomás Merton, en su texto quizás más famoso, nos revela cómo una vez tuvo una experiencia cuasi-mística de esto en las circunstancias más ordinarias. Había estado viviendo en un monasterio trapense cerca de Louisville, Kentucky, durante casi 20 años, y un día tuvo que ir a la ciudad para una consulta médica. Se encontraba de pie en la intersección de las Calles 14 y Walnut, cuando de pronto lo ordinario se convirtió en extraordinario. Todo el mundo a su alrededor comenzó a brillar con un resplandor profundo y divino. La gente se paseaba, según escribió él, “brillando como el sol”. Y añadía: “Entonces era como si yo de repente viera la hermosura secreta de sus corazones, la profundidad de sus corazones a la que ni el pecado ni el deseo ni el conocimiento de sí mismo puede alcanzar; como si viera el núcleo mismo de su realidad, la persona que cada uno es en la presencia de Dios. ¡Si pudieran verse todos a sí mismos como eran en realidad! ¡Si pudieran verse constantemente unos a otros de ese modo! Ya no habría más guerras, ni odio, ni crueldad, ni avaricia… Supongo que el gran problema sería que cayéramos de bruces para adorarnos unos a otros”.
Este tipo de visión, que ve al mundo como transfigurado con halos o aureolas alrededor de rostros familiares, da en última instancia el significado de Navidad, el significado de la encarnación y el misterio de Dios paseándose en carne humana. La Navidad no es tanto una celebración-recordatorio del nacimiento de Jesús, como el nacimiento continuo de Dios en carne humana, la continuación de lo divino manifestándose en lo ordinario; Dios, un bebé desvalido naciendo en un establo.
Pero para tener esta visión tenemos que orar. La oración es nuestra mayor salvaguarda contra la familiaridad que engendra desdén, y es uno de los pocos modos con el que podemos comenzar a ver con los ojos más profundos del corazón. La oración es un alzar nuestras mentes y corazones a Dios, pero también es el modo –a veces el único modo– con que podemos purificar y profundizar nuestra visión. La experiencia de Tomás Merton en la intersección de las Calles 4 y Walnut de Louisville fue fraguándose a través de años y años de oración.
Solamente los que tienen un corazón puro pueden percibir la Navidad en su profundo misterio; y eso sólo en aquellos momentos en que somos puros de corazón. Pero, cuando se logra ver así, es algo maravilloso.
John Shea, en un extraordinario poema de Navidad, nos invita a mantener nuestros ojos abiertos a la manifestación de lo divino dentro de lo humano. La invitación durante Navidad se centra en ver lo sagrado dentro de nuestros establos, ver el cuerpo de Cristo en y alrededor de nuestras mesas de cocina, y ver halos alrededor de rostros familiares.

Incluso en Navidad es difícil ver los halos, a pesar de que los grupos de discusión mercantil los probaron de antemano para incluirlos en las campañas de consumo masivo… Ver halos o aureolas es mucho más que experimentar una aparición por pura casualidad. El ver halos implica la habilidad típica de Adviento: la atención mantenida, el simple hecho de buscar y de alzar la mirada –como descubrió la escritora Anne Dillard–.
Así es como se ven los halos, mirando al horizonte amplio, metiendo la pequeñez dentro de los pliegues del infinito.
Y no experimento esto sólo contemplando arbolitos con luces titilantes. Prefiero pensar en aquella mujer, atareada preparando la cena de Navidad… Alcé la mirada para captar un reborde de resplandor grabado en su rostro, para percibir las curvas de luz que se deslizaban a lo largo de toda su forma. Ella brillaba más que las velas… Cuando pasa esto, no me sobreexcito. Sencillamente dejo que el amor se renueve, porque ésa es precisamente la misión de las aureolas, la razón por las que se nos dan.
Tampoco intento mantener inmóvil el cuadro. Los halos o aureolas sufren con el tiempo, justo cuando nos muestran lo que sobrepasa al tiempo.
Pero cuando los halos van perdiendo intensidad y se a van apagando, no se disipan repentinamente dejándonos abandonados en la tristeza de una luz menor.
Se retiran, como se apartó de María el ángel Gabriel en la Anunciación, pero dejándonos grávidos, fecundados.
La familiaridad engendra desdén. Ése es un fallo típico de la naturaleza humana. Y eso, quizás más que cualquier otra cosa, nos impide entrar en el misterio de Navidad y ver el resplandor de Dios titilando o refulgiendo por debajo de la superficie de lo que nos es familiar y conocido.
Una vez, Jesús pidió a tres de sus discípulos que se unieran a él en oración, en el Monte Tabor, y, mientras oraban, él mismo y todo a su alrededor se transfiguró y comenzó a brillar con un resplandor divino. Él nos invita a cada uno de nosotros a ese tipo de oración tan especial.

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