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sábado, 13 de abril de 2013

Contemplaciones con el Evangelio: Su Gloria en nuestros ojos

En la ordenación de un compañero jesuita, nuestro obispo Vicente en vez de decir Jesús enviado del Padre dijo Jesús Misionero del Padre. La palabra misionero me lo volvió más cercano al Señor y sentí más nuestra su misión. Cuando misionamos, Jesús se nos vuelve presente y las alegrías de las veces que salimos a misionar, perduran en el corazón.
Von Balthasar nos da una clave para rezar cuando dice que “la misión que Jesús recibe del Padre (y comparte con nosotros) es idéntica a la dedicación de su vida por amor y a favor de sus ovejas”. La Iglesia –nosotros como Iglesia- participamos de esta unidad de amor y ministerio, de amistad con Jesús y apostolado entre sus ovejitas. Si me amás cuidá a mis ovejas, le dice el Señor a Simón Pedro. Y nosotros podemos escuchar su invitación de mil maneras: Si me amás salí a misionar, si me amás acercate a servir a los pobres, si querés ser más amigo mío dale catecismo a los chicos, llevá la Virgen por las casas, da testimonio de lo lindo que es algún valor evangélico en tu trabajo…

Esta unión entre amor y apostolado, entre quererlo a Jesús un poquito más y dar la vida por sus ovejas, se sella con la Cruz. La Cruz no es cualquier sufrimiento sino los sufrimientos que vienen de unir nuestro amor a Jesús y nuestro amor a sus ovejas. Esos sufrimientos son fuente de alegría, como la de los apóstoles que “se alegraron de haber sido encontrados dignos de ser ultrajados por el Nombre de Jesús”. Los sinsabores de la misión se convierten en consolaciones, las noches de trabajo codo a codo sin pescar nada, tienen el premio de esas pescas milagrosas en las que se nota que fue porque “tiramos la red en Nombre de Jesús” y nos arriesgamos haciendo caso a su Palabra. (Entre paréntesis: esta palabra es la que usa el Papa Francisco para tocar el corazón de los indiferentes: arriesguen. Que Jesús no defrauda. No me resisto y pongo la frase entera: “Acepta que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso, te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado”,).
Jesús es Maestro en esto de unir cosas. Maestro en hacer puentes –pontífice-, y en mantener unidas cosas imposibles (eso es en el fondo lo que lo llevó a abrazar la Cruz en la que murió por nosotros: el no querer soltar ni su Amor al Padre ni su Amor a los hombres).

Y aquí llegamos al punto de hoy: “Para Juan, la unión de misión y humillación, de vitalidad y sacrificio eso es simplemente lo que llama la Gloria de Dios como unidad de cruz y resurrección”. La gloria de Jesús, es ese resplandor que nos conmueve al verlo entregado y crucificado y nos hace exclamar “es verdaderamente el Señor”, como exclamó el Centurión cuando lo traspasaron. La fe brota de esa hendidura: uno ve el Corazón abierto de Jesús y no siente solo la muerte sino muerte y resurrección. De su Corazón herido brota vida. Ese fulgor es la fe que ilumina la inteligencia y derrite el corazón.
La fe es “raptada” por la Gloria de Dios que brilla en Jesús muerto y resucitado.
Esta es la fuente principal, la catarata, más bien, de Agua viva que salta hasta la vida eterna.
Pero luego se traslada a todas las situaciones de la vida cotidiana que se van “bautizando” y “glorificando” en esta unión de cruz y resurrección.
En el evangelio de hoy vemos cómo es el estilo glorioso con que actúa Jesús resucitado: en una situación de “salir a misionar” y de “no pescar nada” (situación de cruz y desolación, diríamos) el Señor que está en la orilla aunque sin que lo reconozcan, les cambia el panorama y al obedecer a su Palabra tienen como fruto la pesca milagrosa que los llena de consolación.
Juan, al ver los frutos, reconoce al Señor, aún sin verlo de cerca.
Lo mismo les pasa a todos luego: al ver los panes y los pescados en las brasas, “saben muy bien que es el Señor”.
Reconocerlo, verlo sin verlo, verlo en los frutos que produce uno mismo al obrar en su Nombre, reconocerlo en sus gestos sencillos, en su manera de estar en la orilla, de partirles el pan, eso es lo que llamamos la Gloria de Dios. No es el resplandor de la Transfiguración, en la que Jesús se ilumina “físicamente” diríamos, como un sol, sino un resplandor que en vez de darse en Él se da en nosotros: son nuestros ojos los que se iluminan con la fe, es nuestro corazón el que arde cuando nos habla por el camino y nos explica las Escrituras.
La Gloria de Jesús nos transfigura a nosotros, mientras Él permanece humilde, medio escondido medio revelado, pícaramente haciéndose pasar por uno cualquiera, para que aprendamos a amarlo y buscarlo en los más pobres, en la gente común.
Para mí, algo así como lo que me dijo el Papa Francisco cuando me llamó hace dos domingos.
El dijo (dos veces, porque yo no sé si era que no oía bien por el teléfono o porque no creía lo que oía claramente mi oído: Hola Diego. Soy Jorge.
¡Francisco!, le dije, apretando con todo cariño el celular. ¡Qué alegría! No sabés la alegría que sentimos todos acá.
Sí, me respondió sonriendo con la voz, “Gioia” para ustedes y “Croce” para mí. Y me acordé de su prédica de la mañana en la que esas habían sido sus palabras: alegría y cruz, clave de lectura del Domingo de Ramos para entrar en la Pasión.

………….
Acabo de borrar de un plumazo (si se puede hablar así con la escritura de la compu) un largo párrafo en el que analizaba algunos comentarios acerca del Papa Francisco de los fariseos y escribas modernos (los hombres de religión y de cultura, como dice Martini). Lo borré porque me hace mal detenerme mucho en ellos; como que son pegajosos y sus comentarios se pegotean y entristecen, me obligan a discutir y a defender…
Prefiero quedarme con la gente sencilla que viene a mi confesionario y, mirándome a los ojos con una mirada limpia, dicen: “me trajo Francisco”. Siento que él les está hablando a los alejados, a las ovejitas perdidas de la Iglesia, a los de buena voluntad de otras confesiones, a los que nadie les ha predicado nunca con palabras que entiendan. Esos entienden y se alegran. Y vienen.

Los que -unos mirando al pasado y otros al futuro-, dicen: “vamos a ver”, que se lean entre ellos.

Yo me quedo al lado de los que decimos: “¡estamos viendo!”. Los que dejamos que la Gloria del Señor irradie en nuestros ojos, al ver la humildad y la caridad de su servidor.

Los que rezamos con el salmo 126:
“Cuando el Señor cambió nuestra suerte,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios de canciones”.