Dios decide anticipar la fecha de la eternidadEs el día de las paradojas, de las sorpresas.
No nos resulta demasiado difícil admitir que Cristo es rey. Incluso estamos dispuestos a honrarlo, a celebrar sus triunfos.
Pero nos cuesta mucho aprender su «manera» tan insólita, tan distinta, de ser rey. Un rey para los demás, que pone su poder a disposición de los débiles, de los humildes.
Por otra parte, la actitud de ciertos reyes (pastores, sacerdotes, maestros), desde los tiempos de Ezequiel hasta hoy, no nos ayuda demasiado a comprender el estilo de este rey que interpreta su realeza no en términos de poder y dominio, sino de entrega y servicio. Que prefiere a los pobres y a los últimos. Que va en busca de la oveja perdida y cuida con cariño a la que ha sufrido algún contratiempo.
Reconocemos incluso que Jesús es Dios. Pero hoy se nos invita a asombrarnos de que él haya inventado una manera absolutamente nueva, desconcertante, de ser hombre y de ser Dios. Por eso podemos engañarnos al pensar que lo conocemos, después de haber aprendido sus rasgos en los catecismos o en los libros de teología. Pero cuando se trata de «reconocer» su rostro, confundido con los de una multitud de andrajosos, de gente vulgar, nos damos cuenta de que ya no logramos distinguirlo ni prestarle atención.
Creemos que tratamos con él, que tenemos familiaridad con él, cuando estamos en la iglesia. Pero apenas salimos a la calle, hemos de reconocer que estamos siempre bastante lejos de él. Sí, porque el templo de este Dios es el hambre, la sed, la marginación, la prisión, la soledad, la cama de un hospital...
Pronunciamos continuamente su nombre. Pero luego hemos de admitir que, en realidad, no lo conocemos.
Creemos en el juicio final. Y nos hemos familiarizado ya con esa escena, incluso a través de todas esas innumerables representaciones dramáticas de tantos artistas. La hemos «leído» además muchas veces en los pórticos de las viejas iglesias.
Pero parece ser que la preocupación de Cristo no es tanto la de meternos en la cabeza el escenario del juicio que habrá de tener lugar al fin del mundo, como la de advertirnos que «el gran día» es hoy, que el momento decisivo que hay que afrontar es el de ahora, que el examen fatal al que hemos de someternos es hoy, que el cara a cara comprometedor es el que tiene lugar ahora, en este encuentro casual.
Jesús no tiene ninguna intención de hacer que lo veamos de reojo en la sala del tribunal celestial. También afirmó varias veces que no conoce «ni el día ni la hora». Su misión no consiste en satisfacer nuestra curiosidad abriendo ante nuestros ojos una página que anticipe el futuro.
Jesús, más que trasladarnos al final de los tiempos, nos lleva al fin (al significado) del tiempo, nos restituye a nuestro presente para que captemos toda su importancia.
Como si nos dijera: ya estará todo decidido para entonces. Decidido desde hoy. La eternidad se ha anticipado al hoy...
Tropas dispersas
Es realmente extraño este rey. Un rey que no pasa revista a las tropas para que se le rindan honores. Sino que pretende que estén «dispersas» (que es su manera de «reunirlas») por los lugares de la miseria y de la necesidad, empeñadas en la lucha contra el sufrimiento y la pobreza.
Es realmente extraño este Dios. Un Dios que no viene a controlar si hemos rezado todas las oraciones prescritas, si hemos observado todas las leyes, si hemos cumplido con todos nuestros deberes religiosos. Sino que intenta verificar si los hombres son humanos, si los cristianos han aprendido a ser hombres.
Las ideas religiosas corrientes se invierten, las relaciones sufren un duro golpe.
Nuestra actitud ante Dios depende de la actitud que adoptamos con el prójimo.
Lo que somos unos para otros, eso mismo somos para Dios. Sembrar coraje y amor y misericordia dentro de una humanidad desolada por el odio y por la indiferencia significa hacer que crezca la humanidad divina de Cristo, más bien que tributarle honores.
Una sola historia
Y vengamos a la escena grandiosa que nos describe el evangelio. Señalemos algunos puntos.
-Ovejas y cabras. ¿De qué se trata?
Los estudiosos andan divididos en este punto. Para algunos es el juicio de los pueblos como tales, para otros el juicio de los creyentes o bien de todos los individuos sin distinción.
Modestamente creo que se pueden conciliar las tres perspectivas.
-Cristo viene ante todo a dar un sentido a las acciones de los hombres.
Viene no tanto a destruir como a recuperar lo positivo, a dar valor a lo que se ha realizado.
-Nuestro presente adquiere toda su densidad humana, su consistencia, su seriedad, su dimensión de esperanza, precisamente gracias al juicio.
Todo, incluso los gestos más triviales, como el de dar o rehusar un vaso de agua, se convierte en opción eterna, en historia decisiva.
-También un no creyente puede obrar a favor o en contra de Jesucristo, aunque no lo conozca, según decida servir o no servir al hombre.
Matar a un semejante o ayudarle a vivir, oprimir al hermano o liberarlo, ofender a alguien o mostrarle respeto, pisotear la dignidad de un desgraciado u honrarlo, explotar al prójimo o compartir el pan con él, rechazar o acoger a un forastero, contribuir al hambre o al bienestar de los pobres, significa atentar contra el señorío de Cristo o promoverlo.
-Es significativo que en el texto de Mateo falte el verbo amar. Cristo no dice: «... y me amasteis», sino «me disteis de comer, me disteis de beber, me visitasteis, me hospedasteis, me vinisteis a ver... ». Amar es demasiado vago.
«Hicisteis esto». «No hicisteis esto». La línea inexorable del juicio pasa a través de la concreción del «hacer» y del «no hacer».
-El juicio será también la revelación final. Sólo entonces comprenderemos toda la seriedad de la encarnación y las consecuencias correspondientes (Dios nuestro vecino, uno cualquiera de nuestros hermanos, preso, hambriento, mal vestido, extranjero, enfermo...).
En aquel momento tendremos la solemne confirmación, sin sombra de duda, de que el primer mandamiento no es ... sino el segundo. O, si queremos, que la práctica del segundo mandamiento es la práctica del primero.
-Resulta asombroso que los justos reconozcan que... no han reconocido a Cristo en el pobre, en el que pasa apuros. Que no se hayan dado cuenta de que el necesitado al que se dedicaban era... otro. O sea: admitirán que lo hicieron todo por amor al hombre.
Sin embargo, se salvarán igualmente, aunque no hayan logrado descubrir a Cristo en el hermano.
El amor al hombre en cuanto tal, cuando es auténtico, es amor implícito a aquel que se identifica con «el más pequeño de nuestros hermanos».
Carece de importancia lo que veas o dejes de ver bajo el rostro del hermano.
Para él es suficiente que te hayas encontrado ante un rostro de hombre (por muy desagradable que sea) y que, sin pedirle o prestarle más señales de reconocimiento, sin haberle regalado un «embellecimiento» religioso, le hayas abierto la puerta.
Aunque la fe en algunas ocasiones no te haya «sugerido» nada, es esencial que te haya «inspirado» la caridad.
Sucede a veces que algunas personas religiosas confiesan que no han sabido «ver» al Señor en la persona del prójimo.
Siguiendo las indicaciones de Mateo, me siento tranquilo al ver que no tiene importancia lo que uno ha visto o dejado de ver. Lo único que cuenta es lo que uno ha hecho o dejado de hacer.
Ya pensó Cristo en aceptar como propio (y darnos fe de ello) todo lo que hemos hecho «por amor al hombre».
-Paralelamente, también los otros intentarán defenderse diciendo: «¡No sabíamos... que eras tú!».
«No lo sabía» puede ser una justificación válida en el terreno de la fe, no en el de la caridad.
Cuando «sabes» el hambre de alguien, sabes todo lo que tienes que saber.
Cuando ves la miseria, has visto todo lo que tenías que ver. Nadie necesita un «suplemento de instrucciones».
Negarse, no acoger, no dar pasos en dirección al otro, se convierte en una culpa sin excusas.
No es necesario tener un doctorado en teología para practicar la caridad.
Los exámenes de la caridad se superan también con la ignorancia.
-Y puede suceder entonces que un ateo mantenga todos los días una relación de gran familiaridad con Dios; que un samaritano, un hereje, consiga hacer el oficio de cristiano mucho menor que nosotros (que pueda incluso darnos alguna lección a este propósito).
-Pablo, en la segunda lectura, habla de la resurrección como desenlace del duelo dramático en el que se enfrentaron la muerte y la vida.
El pasaje de Mateo nos autoriza a pensar que no resucitaremos solos. Nos acompañará la historia que hemos escrito. El pasado no queda sepultado. También él nace de la tumba.
Con nosotros resucitarán también nuestros gestos de bondad, de misericordia, de cariño.
La casa de la eternidad se amueblará con nuestros recuerdos más hermosos. Será el mismo Cristo quien se encargue de devolvérnoslos. Serán recuerdos nuestros y «suyos» para siempre.
En el cielo se seguirá contando la historia de la caridad.
La caridad seguirá siendo la única historia gloriosa, cuyas empresas memorables se consignarán a la eternidad.
La historia del Reino no es más que la historia de la caridad.




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