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sábado, 28 de marzo de 2009

Apoyo para la Homilía y la Reflexión personal: El triunfo del grano de trigo

V DOMINGO DE CUARESMA - CICLO B
Por José Enrique Ruiz de Galarreta, S.J.


TEMAS Y CONTEXTOS

LA PROFECÍA DE JEREMÍAS.
Jeremías es el Profeta que nos resulta más cercano. Vive seiscientos años antes de Cristo. Son los años más difíciles de Israel. Decadencia, conmoción general del mundo por la caída de Nínive en poder de los caldeos, asedio y destrucción de Jerusalén, destierro del pueblo. Jeremías pasa estos años enseñando, predicando, prediciendo el desastre... y mal visto por todos, rechazado, acusado de minar la moral del pueblo, encarcelado. Se queda en Jerusalén tras el destierro y acaba sus días exiliado en Egipto. Pero todos estos sufrimientos purifican inmensamente su fe. Es el que mejor formula la doctrina de "La Alianza Nueva", "La Religión del Corazón". Esto le ha constituido en padre espiritual del judaísmo más puro, de lo que se ha llamado "el resto de Israel".
El texto de hoy es una buena muestra de esta religión purificada, de este culto a Dios que reside en el corazón del hombre. Es el anuncio del Nuevo Pueblo, formado por Hijos, que conocen a Dios y no viven en el pecado-justicia, sino en el perdón, en el conocimiento del Padre.


LA CARTA A LOS HEBREOS.
Es uno de los documentos más profundos y ricos del Nuevo Testamento. Atribuida a veces a Pablo, hoy parece más probable, por su estilo y su teología, que no sea de él, aunque sí de su entorno. Utiliza brillantemente todo el Antiguo Testamento aplicándole sus conceptos y sus imágenes, como plenitud, cumplimiento y superación de todo lo anterior.
El fragmento que leemos está inscrito en otro más amplio que le da sentido. Comienza así:
"Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna..."
El texto presenta pues a Jesús partiendo de las imágenes, costumbres etc etc., del Antiguo Testamento. Aquí se le compara con el Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalén, y se hace precisamente para subrayar la diferencia. Es un Sumo Sacerdote que no "ofrece por los pecados de los demás" sino que lleva sobre sí nuestros pecados. Se habla pues de Cristo hombre, elegido Sacerdote. Es una profunda teología de la Encarnación.
Este hombre elegido Sacerdote, declarado Hijo, es la obra de Salvación de Dios. Es aceptado por Dios porque acepta su voluntad. Dios no le ha librado del dolor y de la muerte: ha sido sometido a todo eso. Dios le ha escuchado no librándole de sufrir las consecuencias del mal y del pecado, sino haciéndole triunfar de todo eso, para Él mismo y para todos.
Es, como vemos, una teología profunda y por tanto difícil, pero conocemos bien esta línea de la revelación: Jesús, Dios con nosotros. Dios compartiendo el mal del hombre, porque nos quiere, y triunfando de él.


EL EVANGELIO DE JUAN.
Es el último discurso público de Jesús, en el Templo, en vísperas inmediatas de su arresto, su condena y su muerte en cruz. Jesús siente venir todo esto y su espíritu se turba; es como un anuncio de la terrible turbación, el terror y la angustia de Getsemaní. Pero en este texto, se pone en labios de Jesús el espíritu con que afronta su Pasión y Muerte.
La Pasión y la Muerte van a ser SU HORA, su momento, su cumbre. La apariencia exterior entenderá esos sucesos como “la hora de las tinieblas”, el momento en que las tinieblas vencen a la luz. Pero es sólo una apariencia.
Jesús va a perder su vida, y eso precisamente dará sentido y valor a su vida entera.
De la muerte de Jesús nacerá nuestra posibilidad de creer en él, y por tanto nuestra posibilidad de conocer a Dios y reconocernos como Hijos. De ese grano enterrado surgirá la credibilidad de la Buena Noticia.


R E F L E X I Ó N

Una vez más, Cristo crucificado, necedad para los sabios, escándalo para los judíos.
En una primera mirada, el crucificado debe producirnos horror. Si Dios puede permitir esas cosas, nos apartamos de ese Dios. Si no se libra de este horror ni siquiera Jesús, el mejor, el predilecto, ¿qué está haciendo Dios y cómo seguimos hablando de amor?. En esta línea, el crucificado es escándalo, y la abundancia de crucifijos-adorno que multiplicamos en nuestras casas y en nuestras joyas es signo de superficialidad, casi de blasfemia. Significa que no nos afecta nada el horror de la cruz.
En una segunda mirada, el crucificado es misterio, que no podemos entender, pero a pesar de lo cual seguimos creyendo en Dios Padre. No podemos entender que Jesús, el mejor de los hombres, el más inocente y el más limpio, tenga que acabar así ante la inoperancia del que se llama Padre y le llama "mi predilecto". A pesar de lo cual, seguimos creyendo, porque tenemos suficientes evidencias para aceptar a Jesús y su mensaje sobre el Padre. Creemos a pesar de la cruz de Jesús. Como creemos en Dios Padre a pesar de la cruz de tantos humanos crucificados por el mundo. En esta línea, los crucifijos se ocultan, los miramos con estremecimiento, nos atrevemos a mirarlos de vez en cuando con cierto recelo, porque desafían nuestra fe.
Una tercera mirada entiende la dimensión última del amor en un mundo lleno de mal.
Jesús, el hombre lleno del espíritu, hace de su vida entera una pelea contra el mal y la oscuridad. Por eso cura y enseña. Y por eso el mal se le opone y buscará matarle. En Jesús vemos a Dios luchando contra el mal, la enfermedad, la ignorancia, el pecado. Y esta lucha le va a llevar hasta el final, hasta dar la vida. Y vemos en Jesús a Dios llegando hasta el final, porque obras son amores. Y las obras de Jesús muestran su corazón, capaz de todo por luchar contra nuestro mal. Y entendemos en la cruz la cumbre de su lucha y de su entrega. Así, creemos en Jesús precisamente porque no baja de la cruz. Y por Jesús crucificado creemos más en el amor de Dios. Y los crucifijos se convierten en nuestro desafío a la lógica del mal.
Jesús crucificado nos desafía a aparcar definitivamente nuestra lógica y aceptar la Palabra. Ni siquiera para él es todo esto evidente y lógico. Tiene que mantener su fe contra toda evidencia. Y su alma se turba ante lo que le espera.
“Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.“
Su alma volverá turbarse en Getsemaní y en la cruz. Como se turba nuestra alma ante el mal del mundo, porque siempre tenemos la "evidencia" del triunfo del mal, del poder de las tinieblas.
Por esta razón, la cruz no puede separarse de la resurrección. La cruz muestra el final de la lógica, es locura y escándalo: el mal es más fuerte que Dios, no hay esperanza. Jesús resucitado es la lógica de Dios: la fuerza del Espíritu es mayor que el mal, aunque puede parecer sometida y vencida. Por eso, la cruz es una evidencia de los sentidos, como el mal. Pero la resurrección, la fuerza del Espíritu, es objeto de fe. Vemos al crucificado y creemos en Él, aunque no veamos más que un crucificado. De la misma manera, vemos el mal en nuestra vida, en la enfermedad, en el odio, en el hambre, en la envidia, en tantas cosas. Y seguimos creyendo en el ser humano hijo de Dios, capaz del Espíritu. A veces incluso "vemos" el espíritu, cuando vemos seres humanos viviendo más allá de la envidia y el consumo y la emulación salvaje y la comodidad y la explotación... vemos esa falta de lógica, los vemos vivir de manera que mucho pensarán que están locos, y reconocemos al espíritu. Pero hace falta que nuestros ojos estén previamente abiertos: los ojos de tierra no ven ahí más que locura, necedad. Por eso todos los que son honrados, veraces, austeros, cooperadores, los que perdonan, los que no piensan mal, los que trabajan por la justicia, los que no viven para disfrutar, los que trabajan por la paz... están locos. Y son crucificados; desde luego por los ricos, los poderosos, los que saben vivir, los que triunfan; pero también por los sacerdotes, por los doctores, por la gente religiosa. Pero ellos son los que viven como resucitados, como vivía Jesús aun antes de morir, llenos del Espíritu, del mismo Espíritu de Jesús. Así, la vieja teología que "entiende" la cruz como sacrificio ofrecido por Cristo a Dios (a Dios Amo y Juez) "para que perdone" los pecados, pagando con su sangre el precio de nuestras ofensas, se queda ridícula y coja, ante todo porque es comprensible y sobre todo porque separa la cruz de la resurrección. Y paga un terrible precio: Dios es solamente justo y cobra precio (¡y qué precio!) por perdonar.
Pero no es así, todo es mucho mejor: Dios es el Creador, el que sigue creando, el que sigue dando vida. Pecado es muerte, apartarse de la luz, un juicio equivocado, dejarse poseer por la oscuridad, ceder a la apariencia pasajera. Jesús es luz de Dios, espíritu en el mundo. Su vida, como toda vida humana, es lucha entre la luz y las tinieblas. Las tinieblas parecen poderosas, pero la fuerza del Espíritu es mayor. Jesús es grano sembrado, no monumento aparatoso. Jesús es vida vegetal contra la que no pueden invierno ni sequía, no lógica aparente creada por pequeños cerebros presuntuosos.
Jesús sufre y muere, como todo hombre, pero no desaparece, como no desaparece ningún humano ni ningún bien, porque Dios no muere. Y la muerte no es más que el final del engaño, el final del poder de las tinieblas, el final de la apariencia. Sólo muere lo que no es verdad. Sólo mueren las obras de las tinieblas. El Espíritu no muere. Ni las obras de la luz. Ni Jesús, porque está lleno del espíritu. Ni nosotros, si lo estamos.


PARA NUESTRA ORACIÓN

La semana próxima entraremos en la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús.
Los cinco domingos de Cuaresma nos han preparado para comprender, pero sobre todo para aceptar y responder. Si la Navidad nos abrió al mensaje “Dios con nosotros”, ahora el mensaje se completa y se profundiza: “Dios con nosotros Salvador”. La coherencia de Jesús, su capacidad de ir hasta el final, su arrojo en entregar su vida hasta morir, deben ser contempladas con emoción, pero sobre todo deben ser aceptadas como mensaje: “Tanto ama Dios al mundo que no duda en
entregar hasta a su Hijo, el Predilecto”.
Si en cualquier ocasión, los hechos y dichos de Jesús nos muestran cómo es Dios y cómo es la vida humana llena de su Espíritu, su Pasión y su Muerte lo hacen de manera extraordinaria. Nos muestran, además, cómo afronta el mal y la misma muerte “el hombre lleno del Espíritu”.

Contemplación de Cristo crucificado.

Nos hacemos presentes al Calvario, en el grupo de los discípulos, oyendo cómo le increpan los Jefes del pueblo. Sentimos el escándalo de la cruz, la apariencia de fracaso... Renovamos nuestra fe en Jesús, presencia del amor de Dios. Creemos en el amor de Dios porque hemos visto que el Hijo, en quien el Espíritu de Dios es tan visible, llega hasta dar la vida. Si Dios hace un milagro espectacular y Jesús "baja de la cruz", ya no nos vale; porque nosotros no podemos bajar de la cruz. Nos vale porque va hasta el final en su condición humana. Por eso nos vale como Revelación de Dios.

Contemplación de la cruz de los hombres.

Miramos el dolor del mundo y nuestro propio dolor. Lo ponemos delante de Dios, con ganas de increparle porque "no hace nada". Volvemos a mirar a Jesús crucificado, el Hijo de Dios crucificado, sometido al dolor del mundo. Se nos invita a trabajar contra el mal, a dar la vida en el trabajo por los hijos de Dios que sufren. Se nos invita a sacar bien de nuestros males, a aceptar la poda, a suspirar por LA VIDA.

Contemplación de nuestros crucifijos.

Están en nuestros dormitorios, en nuestras habitaciones, los llevamos colgados al cuello en cadenitas. De todos los materiales: de pasta barata, de madera, de marfil, de oro... S
eguramente ahora mismo tenemos delante uno o varios. Mirarlos. Pensar qué significan para nosotros: costumbre, irreflexión, marca distintiva, acto de fe ....
Diseccionar nuestra fe en Jesús analizando los sentimientos que suscita en nosotros la contemplación de ese crucifijo.


O R A C I Ó N

Hacemos nuestra la plegaria de Jesús en la cruz, el salmo 22, dejando que hable por nuestra boca el dolor del mundo y nuestra confianza de hijos.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Las palabras que grito están lejos de salvarme.
Dios mío, clamo de día; no hay respuesta.
Ni de noche hay silencio para mí.
Pero Tú, Señor, eres "el Santo",
en Ti esperaron nuestros padres,
esperaron, y Tú los liberaste,
y jamás confiaron en vano.
Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de los hombres, risa del pueblo.
Los que me miran se ríen de mí, vuelven el rostro:
"Confió en Dios, pues que Él le ayude,
que le libere, pues su amigo".
Eres Tú quien me sacaste del vientre,
me confiaste a los pechos de mi madre,
y al nacer fui confiado a tus manos.
No estés lejos, Señor, que la angustia me acecha,
y no encuentro socorro para mí.
No estés lejos, Señor, mi fuerza y mi vida,
libra mi alma de la angustia,
sálvame del poder del mal.
Yo he de anunciar tu nombre a mis hermanos,
te alabaré en la asamblea de tus hijos.
Porque el Señor no desdeña la pequeñez de los pobres
ni aparta nunca su rostro,
sino que escucha al que le invoca.
Mi alma vivirá para Ti, te servirá mi pueblo,
anunciaremos al Señor a las generaciones futuras
y su justicia a los pueblos que vendrán

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