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sábado, 9 de octubre de 2010

ORACIONES para la EUCARISTÍA: ACCIÓN DE GRACIAS (DOMINGO 28 TO)


Publicado por fe Adulta

ANÁFORA

A Ti, Señor y Dios nuestro, levantamos nuestro espíritu
y entonamos en tu honor esta oración de acción de gracias.
Realmente es justo y obligado que te agradezcamos de corazón
las maravillas insondables del universo, la creación del género humano
y nuestra propia existencia.
Deberíamos desvivirnos por servirte, por complacer tu voluntad,
y no desfallecer en la construcción de un mundo verdaderamente feliz.
Pero tenemos que reconocer que apenas cuentas en nuestras vidas,
que te hemos marginado, al igual que hemos hecho con tantos hermanos.
Te prometemos hacernos cargo al menos de los hermanos más indefensos,
cuidarlos mejor y compartir con ellos los bienes que disfrutamos.
Aunque no necesitas de nuestras alabanzas,
te cantamos humildemente este himno de bendición a tu mayor gloria…

Santo, santo…

Gracias, Padre santo, muchas gracias te damos por tu hijo Jesús,
que con su vida y su mensaje ha llenado de sentido nuestra existencia
y nos ha iluminado el camino que nos lleva a Ti.
Nos ha enseñado que la única forma de mostrarte
el cariño y el agradecimiento que te debemos
es preocupándonos y ocupándonos de los que más nos necesitan,
que no podemos amarte sino amando a los hermanos,
que es inútil decirte Señor, Señor, si antes ni siquiera nos perdonamos.
Pero también sabemos, por el mismo Jesús, nuestro buen maestro,
que la mayor felicidad está en darse desinteresadamente a los demás,
que sólo alcanzaremos nuestra plenitud humana, nuestra gloria verdadera,
superando nuestros egoísmos y vaciándonos en favor de la humanidad.
Jesús nos pidió que le recordáramos hoy
repitiendo precisamente estos gestos solidarios, de total entrega.

El Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan,
dio gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros;
haced lo mismo en memoria mía».

Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre;
cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».

Tenemos presente toda la vida de Jesús, comprometida hasta la muerte,
y nos llena de alegría y esperanza creer que ha resucitado y vive en Ti.
Envía, Padre Dios, tu Espíritu santo y vivificador sobre toda la humanidad.
Somos conscientes, Señor, de que el mal que asola este mundo
es fruto de nuestras acciones insolidarias y egoístas.
Por eso te pedimos tu fuerza, porque querríamos invertir la tendencia
y contribuir a hacer realidad aquí y ahora tu reino de justicia y concordia.
No podemos conformarnos con esperar pasiva, indolentemente,
que nos llegue del cielo o nos lo construyan otros.
Debemos asumir responsablemente el papel que nos corresponde a cada uno.
Nos proponemos unir nuestras manos y nuestro esfuerzo
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad,
para que la bondad abunde en la sociedad y la felicidad sea un bien común.
Te rogamos, Padre Dios, por la comunidad cristiana
con el deseo de que sea modelo de entrega y fraternidad.
Te damos gracias por haber acogido ya a nuestros familiares difuntos.
En presencia de tu hijo Jesús, que nos ha convocado junto a esta mesa,
te bendecimos con toda nuestra alma, Padre santo,
como esperamos hacerlo por toda la eternidad.
AMÉN.
Rafael Calvo Beca

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PRINCIPIO

Nosotros, enfermos y agobiados de tantos pecados,
acudimos a tu mesa, porque tú nos invitas,
buscando la salud, la libertad.
Gracias Padre, porque nos comprendes, nos perdonas, nos invitas.
Por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


OFRENDA

Nuestro pan y nuestro vino, nuestra carne y sangre,
nuestra vida entera, en tu mesa.
Queremos que nuestra vida sea una entrega plena a tu Reino,
como fue la de Jesús.
Por el mismo Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


DESPEDIDA

Gracias, Padre, por el pan, el vino, el agua, la palabra.
Gracias por la salud, la limpieza, la libertad.
Gracias por la Eucaristía.
Gracias por tu mejor regalo, por Jesús, tu hijo, nuestro Señor.


José Enrique Galarreta



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AL IGUAL QUE ENTONCES

En aquel tiempo, eran los leprosos;
hoy, son los pobres económicos,
sociales, culturales y religiosos,
a los que podemos poner otros muchos nombres
- emigrantes, desplazados,
parados de larga duración,
ancianos, enfermos crónicos,
sin techo, mendigos, invisibles -
los que se sienten marginados
y condenados al ostracismo,
para no mostrar su mísero rostro
entre quienes andamos en público
todavía erguidos y orgullosos.

Y hoy, al igual que entonces,
hay que salir a las orillas de los caminos,
a las plazas y espacios públicos
a pedir lo que muchos tienen en abundancia
y a otros muchos les falta, y gritan,
aunque sean iguales en su condición humana:
hermanos en la fe
y ciudadanos libres.

Y hoy, al igual que entonces,
aunque nos parezca desconcertante,
hay que saltarse las “dignas costumbres”,
las normas y leyes,
sean religiosas o civiles,
democráticas o eclesiales,
para dar a conocer lo que sucede,
pues no tenemos intercesores.

Y hoy, al igual que entonces,
tu palabra nos manda presentarnos
ante los jefes, gobernantes y sacerdotes,
para romperles sus esquemas y visiones,
y para que nos acepten como legales.
Y mal que les pese, solo podrán “exigirnos”
el presente que Tú instituiste como señal,
y que gustosamente ofreceremos en el altar.

Y hoy, al igual que entonces,
puede ser que nos volvamos “legales",
que cumplamos lo que nos dijiste,
y que pasemos, solícitamente, un momento
por el templo y por los medios de comunicación,
pero que nos olvidemos de lo más importantes:
volver, para darte las gracias entrañablemente
y descubrir que es la fe la que nos cura y salva.

Y hoy, al igual que entonces,
sólo uno de cada diez hombres o mujeres,
y además extranjero y mal visto,
se vuelve, te alaba y te lo agradece,
reconociendo el valor de tu palabra.
Pero es él, con su gesto y talante,
el que nos descubre para siempre,
el camino del Reino, y no los otros nueve.

Y hoy, más que entonces,
es necesario, aunque nos cueste,
mostrar la indigencia, la miseria
y el abandono en que muchos viven,
reivindicar lo que nos pertenece,
gritar al viento tanta protesta contenida,
no sentirnos culpables ni pecadores
y esperar que Tú nos escuches.

Florentino Ulibarri