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domingo, 13 de noviembre de 2011

Domingo XXXIII del tiempo ordinario: Hacerse a la mar


Publicado por Entra y Verás

Un viejo principio dice que el barco está seguro en puerto pero está hecho para navegar. Todos poseemos en mayor o menos medida un ansia por la seguridad, Sin embargo al igual que el barco, nosotros sabemos bien que no estamos hechos para permanecer en el puerto sino que tenemos que zarpar al mar abierto de la vida. Arriesgarse es lo mismo que comprometerse con algo, embarcarse en una expedición con un desenlace incierto dado que no conocemos todas las consecuencias. Quien nunca asume riesgos, quien nunca se decide a emprender nada nuevo sin tener antes todos los cabos bien atados y el éxito garantizado se parece al que hace trampas en el juego o a quien lee el final de una novela policiaca antes de leer la trama. Así, está dejando pasar la vida momificado por sus complejos, sin ser protagonista de su propia historia, viendo en blanco y negro lo que es multicolor.

En estrecha relación con el evangelio del próximo domingo, el pasaje de hoy nos sitúa a las puertas del juicio final. Podríamos interpretarlo así: El amo, Dios, confía a sus siervos, nosotros, todos sus bienes, a cada uno según su capacidad. Dos de ellos arriesgan y duplican los bienes mientras que otro, por miedo y comodidad, guarda lo recibido y lo pierde. Con lo cual, la fidelidad y la obediencia no están en cruzarse de brazos, en ser “negligentes y holgazanes” como el empleado del evangelio, sino en arriesgarse para que los bienes puedan multiplicarse.

Una reflexión no muy común con respecto a esta parábola es que nos fijemos en la descripción que se nos da del amo. El tercer empleado lo describe como quien siega donde no siembra y recoge donde no esparce. Esto produce en él un miedo que lo paraliza. Con lo cual, el Dios que asusta y produce angustia, que exige y amenaza, va en contra de la realización de la persona pues la paraliza y bloquea su creatividad y capacidad de producir. Lo cual no lleva sino a la anulación total de la persona. Sin embargo los otros dos empleados confían en su responsabilidad y multiplican los bienes independientemente de cómo sea el amo, de si sonríe o tiene mal genio.

La tarea de expansión del Reino tiene sus riesgos pero, aun siendo conscientes de ellos no debemos meternos en el burladero sino salir al centro de la plaza, eso sí revestidos de evangelio, no con la armadura de la ley. Las circunstancias nos llaman cada día con más fuerza a la fidelidad, a acabar con el óxido de nuestras estructuras de modo que podamos tener la cintura ágil para actuar con creatividad e imaginación. La primera lectura, libre de los aspectos característicos de la época, presenta un modelo de fidelidad y servicio., de autenticidad y compromiso.

Dios nos ofrece a todos igualdad de oportunidades. Los dones son distintos, según la capacidad de cada cual. Por ello, nadie tiene excusa: a cada uno se nos pide según lo que hemos recibido y a cada uno se nos dará en la medida en que hemos respondido. En la vida en general, y en la vida cristiana en particular, no es cuestión de ser el mejor, el más santo, el más listo, el más majo, el más heroico o el más rezador. No se trata de una competición, ni de unas oposiciones, ni tampoco de una carrera de obstáculos. Cada uno tiene que rendir según sus cualidades y el estado de la mar pues la nave de la Iglesia, tampoco está hecha para estar anclada en puerto sino que debe exponerse a los temporales con las velas del evangelio. Feliz travesía.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)