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lunes, 28 de noviembre de 2011

Sin ti no soy nada



Una de las canciones más populares del momento lo dice bien claro: “Sin ti no soy nada”. Es más, insiste:” Sin ti niña mala, / Sin ti niña triste / Que abraza su almohada / Tirada en la cama”. ”Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada”. Es decir que, según la canción de Amaral, una vez perdido el amor concreto, desparecida la persona amada, uno se convierte en una completa nulidad.

Las canciones en todo caso son un buen diapasón de nuestra sociedad. Esta revela la absoluta preeminencia que los hombres y mujeres de hoy dan a tener junto a sí a una pareja, alguien con quien compartir la vida. Por otra parte una necesidad muy natural, que anida en el corazón humano y tan consustancial con él que sin ella no habría perpetuación de la especie.

Pero esta letra no sólo revela sentimientos propios de una canción de amor. Amores hay muchos: de heterobenevolencia (quiere el bien del otro) y autobenevolencia (el bien propio), el famoso ágape frente a eros. Los especialistas aseguran que incluso el amor más generoso tiene implícito algo de autobenevolente, pues al querer a otro siempre adquieres algo bueno para ti, en cuanto que creces y te desarrollas como persona.

Sin embargo la canción revela una actitud que hoy damos como buena pero que en realidad es enfermiza: la negación de la propia personalidad en la relación amorosa, la absoluta dependencia del otro. Algo así: “Si tu te esfumas, desapareces de mi vida, yo quedo anulado/a”.

Las consecuencias son preocupantes: Abrazada a la almohada, tirada en la cama, el cuerpo y el alma no sirven de nada. Es decir “depre”, absurdo, sin sentido.

¿Qué concepto del amor gravita detrás? No es posible vivir sin espejo porque yo estoy incompleto cuando nadie me devuelve amor. Parece lógico, pero oculta un concepto falso, la idea de que el amor “viene de fuera”. Y en realidad nada viene de fuera, ni la alegría, ni el dolor, ni siquiera los famosos “problemas de la vida”. Lo que fuera ocurre se limita a suscitar, despertar o motivar algo que llevamos dentro. Si no tuviéramos amor, felicidad, plenitud dentro, nunca los sentiríamos como tales.

Por tanto el proceso de madurez pasa por descubrir que yo soy amor en plenitud independientemente de que me lo devuelvan o no. Desde esta certeza vivenciada las relaciones serán más sanas y maduras, porque yo no iré buscando en la otra persona ansiosamente ese pedazo que me falta y me angustiaré si no lo recibo, sino que acudiré a dar, porque ya soy todo amor. Y tal forma de relación no impide la reprocidad, sino que la potencia.

Claro que en una sociedad comercializada de “toma y daca” esto no se entiende. Si no me das el placer, el cariño, el servicio, etc. que busco en ti, te desecho como un envase vacío. Y por eso los amores duran menos que un telediario. Con esto no pretendo definir el amor con un absoluto sacrificio, pero si como el encuentro de dos entregas, que lejos de “chuparse la sangre” y mirarse obsesivamente en busca de respuesta, ambos se esfuerzan en mirar en una misma dirección (Saint -Exupery).

En un mundo de solitarios, como el nuestro, de gentes perdidas en el bosque de la tecnópolis el único salvavidas es crecer por dentro. Rainer María Rilke le advierte al joven poeta en sus famosas cartas que a su edad no puede saber amar, tiene que aprenderlo desde la soledad, “vida a solas, crecida, ahondada”. El verdadero amor, como dice Salinas, consigue “sacar de tí, tu mejor tú / ese que no te viste y que yo veo / nadador por tu fondo preciosísimo. / Y que a mi amor entonces, te conteste / la nueva criatura que tú eres”. Todo un desafío para un mundo centrado en el egoísmo y teledirigido a un mercantilista placer instantáneo