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lunes, 26 de diciembre de 2011

Despertando al Cristo-Niño


Por Ron Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz)
Publicado por Ciudad Redonda

La Navidad no se puede dar por supuesta.

El famoso teólogo suizo Hans Urs Von Balthasar escribió una vez:
“Después que una madre ha sonreído por mucho tiempo a su hijo, el hijo comienza a devolverle la sonrisa; ella ha despertado el amor en el corazón del niño, y, al despertar el amor en su corazón, también despierta el reconocimiento. (…) Del mismo modo, Dios se revela a sí mismo ante nosotros como amor. Dios irradia amor e infunde la luz del amor en nuestros corazones”.
Éste pudiera ser el bello mensaje de una postal navideña, ya que expresa una espiritualidad propia de Navidad.
En la encarnación, en Navidad, Dios no entra en el mundo como un super-héroe que llega desplegando un gran poder y que erradica todos los males, de modo que lo único que tenemos que hacer es mirar, observar, gozar del espectáculo y quedarnos satisfechos ya que el mal llevó su merecido. El drama de la encarnación no es una película que tengamos que ver, sino un acontecimiento de vida real en el que se supone que tenemos que ser actores importantes. La Navidad no ocurre de modo automático, sino que necesita nuestra participación. ¿Por qué?
Dios no entra en el mundo ni siquiera como un adulto, sino más bien como un bebé, indefenso, desvalido e impotente, que siente la necesidad de que lo críen para llegar a la edad adulta. El Dios que nace al mundo en Navidad no es el Dios de poder, sino el Dios de la impotencia y la vulnerabilidad.
Pero esto tenemos que entenderlo bien. Existe un poder según estándares mundanos y otro poder según estándares divinos; y la gran paradoja e ironía consiste en que el poder divino se muestra a sí mismo como vulnerable e impotente; es el poder del bebé, más que el del hombre fuerte. Sin embargo, en última instancia, ese poder –hecho de impotencia y vulnerabilidad– es el más fuerte de todos, ya que ése y sólo ése puede transformar corazones. No ablandamos corazones dominándolos. Transformamos corazones con otro tipo de persuasión.
Cristo no erradica el mal dominándolo. Los “finales felices” en el Reino de Dios funcionan de manera muy diferente a como lo hacen en las películas –con “colorín colorado”–, como podemos ver en el rechazo claro de Jesús a bajar de la cruz para demostrar su poder.
Lo que Navidad aporta al mundo es el poder de un bebé que obra no tanto siquiera por medio del poder de la inocencia (por hermoso que eso sea), sino por medio del poder de lo que la Escritura llama (en griego) “EXOUSIA”. No existe en español una palabra exacta equivalente a esa palabra griega; tiene connotaciones de una serie de actitudes mezcladas todas juntas: transparencia, vulnerabilidad, indefensión.
Julie Polter, redactora de la revista progre americana “Sojourners”, lo describe así:
“El poder del universo se convirtió en un bebé, no precisamente para enseñarnos sobre la dulzura del amor (aunque eso también es real), sino para enseñarnos sobre su vulnerabilidad y su expresión tangible y sus exigencias prácticas; y para enseñarnos que los reinos se construyen sobre personas como ésta. En un niño, cualquier niño, puede adivinarse la riqueza y la rectitud de una sociedad, de una nación, de un mundo. Esto no es sentimentalismo borroso; es la ley del universo y la palabra de los profetas. (…) ¿Qué estamos esperando? Esperamos al que ha venido y viene de nuevo, al niño que va a caminar con nosotros guiándonos en el camino”.
Los profetas nos aseguran que el niño nos va a guiar y a introducir en el tiempo mesiánico. Ese niño es el Cristo-Niño. Pero el poder de Navidad no se hace presente de modo automático. Ese poder no podemos darlo por supuesto. Tiene que nacer, ir criándose; se le tiene que convencer y persuadir amablemente con zalamerías para que sea efectivo. El Jesús-Niño no salva al mundo, el Jesús adulto sí; y nuestra tarea consiste en transformar el Jesús-Niño en el Cristo adulto. Tenemos que hacer esto en nuestro propio cuerpo y con nuestra propia vida. Como dijo una vez la escritora americana Annie Dillard, el Cristo que encontramos en nuestras vidas es el mismo que el de la primera navidad, un niño impotente, acostado sobre la paja, alguien que necesita que lo cojan y lo vayan persuadiendo a entrar gradualmente en la edad adulta. Para hacer que Cristo sea efectivo necesitamos convertirnos nosotros mismos en el “cuerpo de Cristo”.
Hablando en modo metafórico diríamos que tenemos que “despertar” al Cristo-Niño. Tenemos que acercarnos al pesebre y despertar al niño. ¿Cómo? Aquí es donde encaja tan justamente el comentario de Von Balthasar, tan agudo y significativo:
Despertamos al niño induciéndole a sonreír, como la madre a su bebé. ¿Cómo se hace eso? ¿Dónde está el Cristo-Niño? Desde el punto de vista de los iconos populares, el Cristo-Niño está en el belén, en el pesebre; pero, desde el punto de vista de la espiritualidad, el Cristo-Niño aparece en nuestras vidas de modo diferente.
Si María quedó encinta por obra del Espíritu Santo –cuyos frutos que le definen son caridad, alegría, paz, paciencia, bondad, mansedumbre, fidelidad, amabilidad, castidad–, entonces obviamente el niño que ella gestó en su seno irradiará esas mismas cualidades del Espíritu. Despertamos al Cristo-Niño cuando sonreímos a otros con caridad, alegría, paz, paciencia, bondad, mansedumbre, fidelidad, amabilidad, castidad, hasta que ellos comiencen a devolvernos la sonrisa. Lo que “regresa de vuelta”… es el poder de Navidad, el poder que posee un bebé para transformar un corazón; es el poder divino escondido en la debilidad humana.
Tenemos que colaborar para hacer que la Navidad ocurra de esa manera.