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miércoles, 4 de enero de 2012

Una Invitación al Interior de la Navidad


Por Ron Rolheiser (traducción Carmelo Astiz, cmf)

Nos peleamos demasiado sobre el tema de Navidad, discutiendo sobre su significado.
Para algunos, Navidad es algo para niños, una fiesta en la que dejamos que su encanto y su frescura desafíen a nuestro cinismo, en la que los sentimientos mismos que con frecuencia desdeñamos como adultos pretendan suavizar nuestros corazones, el Avaro convertido por la inocencia de los niños.
Para otros, Navidad es todo lo contrario: Insistimos más bien en que la Navidad es una fiesta para adultos, algo que los niños en el fondo no entienden, algo que celebra el mayor misterio intelectual de todos los tiempos; Dios asumiendo la naturaleza humana para traer justicia a la tierra.
Y así algunos de nosotros enviamos felicitaciones de Navidad instando a la plena alegría, a la celebración, a los regalos y a los gozosos villancicos, mientras otros envían más bien saludos descarnados que dicen algo así: “¡Que la paz de Cristo te perturbe!”
¿Qué es Navidad? ¿Curtidos pastores y reyes propensos al poder finalmente se arrodillan y rinden sus corazones ante un niño desvalido, o aceptamos un reto duro y no-negociable para limpiar nuestras vidas malcriadas y para construir algo de justicia en este mundo?
Navidad trata de todas estas cosas, y más todavía. Como un diamante que gira a la luz del sol, la Navidad ofrece muchos destellos. Navidad tiene que ver con el desafío monumental de reformar nuestras vidas, nuestras vidas adultas, y convertirnos en hombres y mujeres de santidad y justicia; pero tiene que ver también con un niño nacido en Belén, inocente y desvalido en un establo, cuya vulnerabilidad es invitación y juicio de Dios. Tiene que ver también, como una vez escribió Karl Rahner, con Dios, que nos permite ser felices. Así pues, Navidad es algo con doble proyección, por una parte una fiesta para causarnos una enorme alegría y, por otra, una paz que nos debería perturbar, algo para niños y para adultos.
A lo que nos invita a todos la Navidad, tanto a niños y como a adultos, es a suavizar y ablandar nuestros corazones junto al pesebre, a permitir que la vulnerabilidad, manifestada en la forma cómo Jesús nació, nos haga retroceder a aquel tiempo anterior al endurecimiento de nuestro corazón, a un lugar situado más allá de la pseudo-sofisticación, del cinismo, de la amargura, de la herida, del egoísmo y de la codicia. La Navidad intenta no sólo renovar nuestra fe y nuestra esperanza, sino también renovar nuestra inocencia.
El educador americano Allan Bloom, escribiendo desde una perspectiva puramente secular, ilumina esto con una sencilla historia que comparte en su famoso libro “El Cierre de la Mente Americana”. Narra cómo, cuando joven asistiendo a sus primeras clases de universidad, un profesor presentó su curso de la siguiente manera. Mirando a sus estudiantes de 19 a 20 años, el profesor dijo: “Venís aquí de vuestro pueblucho, de ambientes parroquiales y os voy a dar un baño en la gran verdad – y os voy a liberar”.
Bloom, aun a la edad de 19, no se impresionó. Escribe que ese profesor le recordaba a un muchacho que le había informado solemnemente, cuando tenía sólo siete años, que no existía Santa Claus o el Conejito Pascual. Pero añade Bloom, aquel profesor petulante “no me estaba dando un baño en ninguna gran verdad, simplemente estaba presumiendo y haciéndose el chulo”.
Bloom comenta que lo que aprendió de aquel profesor fue el enseñar siempre de la manera contraria. Él, Bloom, comenzaría sus clases con estas o parecidas palabras: “Venís aquí después de experimentar ya muchas cosas en la vida. Habéis visto tanto ya de la vida que voy a intentar enseñaros cómo creer de nuevo en Sana Claus y en el Conejito de Pascua - y entonces tal vez tengáis de nuevo una oportunidad de ser felices”.
Esto, debidamente matizado, capta una de las importantes invitaciones que emergen de Navidad. El pesebre de Navidad nos invita a regresar a nuestra inocencia, aunque no a la pre-sofisticada ingenuidad típica de un niño, sino a la pos-sofisticada y pos-cínica alegría e inocencia de un auténtico adulto maduro, a una segunda ingenuidad, a una actitud pos-liberal, pos-amarga, pos-herida y pos-insensible.
Uno de mis profesores en Lovaina solía mencionar este pequeño eslogan: “Si preguntáis a una niña ingenua si cree en Santa Claus y en el Conejito Pascual, os dirá que sí. Si le preguntáis a una niña lista e inteligente si cree en Santa Claus y en el Conejito Pascual, dirá que no. Pero si preguntáis la misma pregunta a una niña más inteligente todavía, sonreirá disimuladamente y entonces dirá sí”. La Navidad tiene que ver con cosas mucho más profundas que Santa Claus. Y el nacimiento de Jesús no es precisamente un encantador cuento de hadas pensado para caldear el corazón. La Navidad trata del misterio de Dios, que nace física e históricamente en este nuestro mundo y de quien tenemos que aprender, entre otras muchas cosas, algunas lecciones sensacionales sobre la manera cómo ocurrió este acontecimiento.
Como deja patente prácticamente toda nuestra iconografía en torno a la Navidad, Dios ha nacido, no como un superhéroe cuyo poder, belleza y fuerza bruta nos haga parecer pequeños. No. Dios nace como un bebé impotente, vulnerable, totalmente decepcionante, que nos mira silenciosa y discretamente mientras le devolvemos la mirada, y él nos juzga del mismo modo cómo la vulnerabilidad juzga constantemente a la falsa fuerza, la trasparencia juzga a las mentiras, la generosidad juzga al egoísmo, la inocencia juzga al exceso de sofisticación… Y así un bebé, de modo amable, indefenso y decepcionante, provoca y suscita lo mejor que hay oculto en nosotros.
La Navidad intenta hacernos regresar al pesebre, de modo que nuestros corazones puedan sentir aquella frescura que quiere hacernos comenzar a vivir de nuevo.