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lunes, 21 de mayo de 2012

Evangelio Misionero del Día: 22 de Mayo de 2012 - VII SEMANA DE PASCUA - Ciclo B


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 1-11a

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús levantó los ojos al cielo, orando así:
Padre, ha llegado la Hora:
glorifica a tu Hijo
para que el Hijo te glorifique a ti,
ya que le diste autoridad sobre todos los hombres,
para que Él diera Vida eterna
a todos los que Tú les has dado.
Ésta es la Vida eterna:
que te conozcan a ti,
el único Dios verdadero,
y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra,
llevando a cabo la obra
que me encomendaste.
Ahora, Padre, glorifícame junto a ti,
con la gloria que Yo tenía contigo
antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre
a los que separaste del mundo para confiármelos.
Eran tuyos y me los diste,
y ellos fueron fieles a tu palabra.
Ahora saben
que todo lo que me has dado viene de ti,
porque les comuniqué las palabras que Tú me diste:
ellos han reconocido verdaderamente
que Yo salí de ti,
y han creído que Tú me enviaste.

Yo ruego por ellos:
no ruego por el mundo,
sino por los que me diste,
porque son tuyos.
Todo lo mío es tuyo
y todo lo tuyo es mío,
y en ellos he sido glorificado.
Ya no estoy más en el mundo,
pero ellos están en él;
y Yo vuelvo a ti.

Compartiendo la Palabra
Por Carlos Sánchez Miranda, cmf.

Hola, amigos y amigas:
El último día de la Semana de Vida Religiosa celebrada este año, en Madrid, un participante preguntó al Cardenal Joao Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica: “¿Qué se puede hacer para cambiar la mala fama que la Iglesia tiene entre los jóvenes?” No recuerdo las palabras exactas de la respuesta del Cardenal, pero me quedé con la siguiente idea, nos dijo que deberíamos esforzarnos más en dar a conocer a Jesucristo a los jóvenes porque cuanto más lo conozcan podrán experimentar la fuerza transformadora de su amor y comprenderán que la Iglesia es su cuerpo y la amarán incluso con sus defectos, limitaciones y pecados. Por supuesto, que también manifestó el Cardenal la importancia de que los cristianos nos convirtamos para mejorar nuestro testimonio eclesial.
Jesús en la oración que dirige a su Padre, en el texto evangélico de hoy, nos revela lo más valioso de la vida, lo que hace que la vida sea eterna: conocer a Dios y a su enviado Jesucristo. Cuando conocemos a Dios en Jesucristo se despierta la vida eterna de forma imparable y apasionante. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia no se refiere a un simple acto cognitivo de la mente, sino a una experiencia vital de encuentro amoroso, de comunión, de pertenencia mutua, de historia de salvación compartida. Aquí está la raíz de todo. ¿Qué podemos hacer para que esa vida eterna no quede en teoría en nuestra propia vida y en los demás? ¿Cómo “conocer” a Dios y a su Hijo para que se despierte vida abundante en nosotros y la compartamos con los demás?
En estos días veo mucho turistas que pasean por la calles de Madrid tratando de conocer la ciudad; seguro que volverán a sus casas con la sensación grata de haberse fotografiado delante de los monumentos emblemáticos, pero no podrán decir que han conocido el corazón y la vida de esta ciudad tan llena de belleza e historia, y, a la vez, tan desconcertada por la dura crisis económica que vive. Para llegar a palpar todo esto hay que ir más allá de la actitud del turista.
Si queremos conocer a Dios no bastan los vistazos rápidos y las fotografías instantáneas de ratos de oración rutinaria, necesitamos entablar una relación constante y creciente que nos permita escudriñar el corazón de Dios y descubrir que su amor escudriña el nuestro. Eso es lo que Jesús pedía a su Padre para nosotros porque sabía que sólo así descubriremos que el Padre nos glorifica y viviremos para glorificar al Padre en el servicio a nuestros hermanos.