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domingo, 27 de mayo de 2012

¿Peregrino o vagabundo espiritual?


Publicado por El Evangelio en Casa

Domingo 27 de mayo – Fiesta de PENTECOSTÉS

¿Quién es el Espíritu Santo? Es la promesa. Es el abogado. Es el que acude en nuestro auxilio cuando se lo invoca. Es quién viene a llevar a la plenitud la obra de salvación. Es, en definitiva, el que obra en nosotros ese proceso de transformación que nos llevará a la divinización. El que forja en nosotros la semejanza con Dios.
Esta es la misión del Espíritu Santo. Llevar a la plenitud la creación de Dios. Realizar el sueño de Dios de que lleguemos a ser uno con Él, como Cristo y el Padre son uno. Desde toda la eternidad Dios padre nos soñó junto a Él, y su obra de salvación no es otra cosa que su amor atrayéndonos hacia él. Este es el Espíritu, el amor de Dios que nos empuja hacia esa comunión profunda con quien es el origen y fin de nuestra existencia.
Este proceso de ser semejantes a Dios se realiza en nuestra historia personal. En las decisiones de nuestra vida. En el ejercicio de nuestra libertad. Estamos en camino hacia esa unión personal con Dios, en compañía del Espíritu Santo.
El hecho de caminar hacia el encuentro con Dios nos convierte en peregrinos del espíritu, pero siempre cabe la posibilidad de que elijamos convertirnos en vagabundos espirituales.
¿Cómo discernir si nuestro caminar es de peregrinos o vagabundos? ¿Cómo saber si nuestro peregrinar acontece bajo la acción del Espíritu de Dios?
Quiero compartir a continuación algunos puntos que me inspiró la lectura del libro de P. Francis Nemeck, O.M.I. El autor ofrece, con agudeza desafiante, claves para discernir entre peregrinar bajo la acción del Espíritu de Dios o vagabundear espiritualmente.
Los peregrinos del espíritu saben encontrar a Dios en las cosas creadas. Saben apreciar la obra de Dios, y tienen por ella respeto y admiración. Por el contrario, los vagabundos huyen del contacto con la realidad hacia dimensiones “espiritualistas” que no hacen otra cosa que deshumanizarlos. Llegan incluso a definirse como “personas religiosas” y “comprometidas” mientras juzgan a los demás con crueldad.
Los peregrinos tienden a establecer amistades profundas, a colaborar. Sienten el deseo de formar parte “de”, de colaborar “con”, de donar su tiempo “para”. Por el contrario, los vagabundos espirituales, no son propensos a establecer relaciones sanas y duraderas. Suelen tener problemas de comunicación y básicamente son pocos sociables. Son los que quieren llegar a Dios a base de romper con el mundo. Pero si se comprometen o asumen responsabilidades lo hacen apartando a los demás y no dejando que nadie se interponga entre ellos y lo que “se debe hacer”. El vagabundo, de personalidad egocéntrica, busca su propia santidad independiente de la caridad y solidaridad con los demás.
Los peregrinos, son comprometidos con la realidad que les toca vivir. No espiritualizan vanamente la realidad, sino que saben tomar lo bueno de los acontecimientos y sopesar las dificultades que la misma vida acarrea. Los vagabundos, por el contrario, suelen ser personas que con frecuencia se privan a sí mismos de alegría y placer. Y cuando encuentran placer en algo, les da culpa y remordimiento.
La ascética cristiana y la autodisciplina siempre serán necesarias, pero dentro de sus propios límites.
Los peregrinos del espíritu normalmente piensan más en los demás que en sí mismos. Están atentos a las necesidades de los demás y dispuestos a renunciar a sus propios criterios para favorecer la unión y acrecentar la comunión. Los vagabundos espirituales, se cierran sobre sí mismos y rehúyen a un compromiso serio. No quieren implicarse y generalmente son propensos a justificar su falta de integración responsabilizando a los demás de ser “pocos espirituales y devotos”. Los vagabundos suelen cobijarse bajo alguna “autoridad espiritual” para lograr protección y cuidado. Buscan la cercanía con el poder para sentirse fuertes.
El peregrino espiritual, no es aquel que se queda apegado a las cosas, sino que vive su compromiso hasta el fondo, traspasando todo lo creado, hasta llegar a la verdadera meta que es Dios. Pero lo hace afrontando el “aquí y ahora” de su vida. En contacto con la realidad que le toca vivir.
Al peregrino del espíritu se le ve dispuesto a tomar riesgos. Cuando se dan cuenta de que Dios les marca un nuevo camino, están dispuestos a abandonar sus seguridades para adentrase en lo nuevo y desconocido. El vagabundo espiritual muy por el contrario, se aferra a sus seguridades. Esta apegado a la norma, a la ley, a la autoridad para salvaguardarse. Desconfía de los cambios y se llama a sí mismo “prudente” para disimular su cobardía.
Ante el discernimiento, los peregrinos del espíritu, están abiertos a descubrir a Dios a través del sentido común, de las autoridades legítimas, de los amigos, de las innumerables situaciones que les toca vivir. Los vagabundos espirituales, rehúsan a encontrar a Dios en lo “común” y cotidiano de su vida. Tienden a poner toda clase de restricciones sobre el modo como Dios puede comunicárseles. Creen tener línea directa con el Señor y aseguran que se les revela sólo por intervención directa. Rechazan obstinadamente al aceptar interpelaciones o sugerencias de nadie. Exigiendo a sí mismos y a los demás una adhesión rígida a la letra de la ley, permaneciendo ajenas al espíritu de ésta. Se muestran guardianes de la ortodoxia para justificar su proceder y para esconder sus verdaderas motivaciones.
Por último, para conocer si nuestro caminar es de peregrinos del espíritu o vagabundos espirituales es necesario ver cómo nos relacionamos con la soledad.
El peregrino espiritual, busca estar solo como necesidad integrante de su relación personal con Dios. Surge del anhelo de intimidad amorosa y serena. Por el contrario, el vagabundo espiritual, quiere de le dejen solo para seguir aislado. Su soledad es más huir de todo que estar con el Todo. Es más un retirarse de la vida que un esfuerzo por penetrar en las profundidades de ésta. O, por el contrario, multiplican exageradamente sus compromisos para tener la agenda llena. Buscan estar en “todo” y no perderse de “nada”.
En fin, el peregrino espiritual es una persona que vive en plenitud su “estar en el mundo” sin ser del mundo”; mientras que el vagabundo, no sólo huye del mundo, sino que además construye el suyo propio desentendiéndose de todo y de todos…
Pidamos al Espíritu Santo, que nos ayude a discernir nuestro camino en pos de esa unión íntima con Dios. Primero en relación con todo aquello que nos toca vivir, para luego recapitular toda nuestra historia en Él.



P. Javier Rojas sj