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jueves, 17 de mayo de 2012

VII Domingo de Pascua (Mc 16, 15-20) - Ciclo B: LIBERACION, AMOR Y VIDA



Los seguidores de Jesús hemos recibido el encargo de anunciar la Buena Noticia a todo hombre. Pero éste no puede ser un anuncio teórico: ha de ir acompañado de un compromiso de lucha por la liberación, la práctica del amor y la comunicación de vida.

DELANTE DE NOSOTROS

El libro de los Hechos de los Apóstoles comienza con el relato de la subida (ascensión) de Jesús junto al Padre (primera lectura de este domingo) En ese relato nos cuenta Lucas que, cuando Jesús subió al cielo, los apóstoles se quedaron pasmados, mirando hacia arriba, hacia donde Jesús había marchado. Hasta que unos mensajeros del cielo les hicieron volverse de nuevo a la realidad de la tierra: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» Y es que el que se marchaba no lo hacía para desentenderse de los problemas de los hombres. Y a los que se quedaban les acababa de encomendar una misión para realizarla aquí, en este mundo, en esta tierra, sin preocuparse de que el polvo de este suelo manchara una y otra vez sus pies.
La presencia de Jesús de Nazaret junto al Padre es la ratificación de su victoria personal sobre la muerte, sobre el odio, sobre la violencia, sobre la prepotencia de los poderosos; pero, además, su victoria anticipa la victoria de toda la huma¬nidad: ése es el destino último de los hombres; un destino que no está encerrado en los estrechos límites de este pequeño planeta, un destino que no está encadenado a esta tierra. Jesús de Nazaret es el primer hombre que vence las limitaciones de la naturaleza humana, es el primer hombre que entra a formar parte del ámbito de la divinidad, y en él, desde el momento de su ascensión las posibilidades del hombre han dejado de ser limitadas.
Pero Jesús va delante de nosotros y quiere que lo sigamos no sólo en la hora del triunfo. La victoria de Jesús fue el final de una larga y dura lucha, la consecuencia última de una generosa, pero difícil entrega. Por eso los discípulos de Jesús no se pueden quedar plantados mirando a las nubes: porque Jesús subió al cielo, junto a Dios, después de entregar su vida para enseñarnos a arreglar la tierra.

ID POR EL MUNDO ENTERO
La tarea de Jesús, que culmina este día en el que vuelve a la casa del Padre, no estaba acabada. Porque Jesús no vino a terminar nada ni a resolver nada, sino a enseñarnos cómo podíamos nosotros solucionar los muchos problemas que nos¬otros habíamos ido acumulando: incapacidad para entender¬nos, o presión, violencia, muerte... Todos esos problemas te¬nían solución. Esa era la Buena Noticia.
Los que habían tenido la suerte de conocer a Jesús, de recorrer con él los caminos de Palestina, no podían guardarse para ellos su experiencia. Lo que ellos sabían, lo que ellos habían experimentado, no era sólo para su provecho personal. Su amistad con Jesús no era un patrimonio que pudiera dis¬frutarse de modo exclusivo. Jesús los había elegido «para que estuvieran con él y para mandarlos a predicar», y éste era el momento de emprender la tarea: «Id por el mundo entero proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad.» Es toda la humanidad la destinataria de la Gran Noticia que, en pri¬micia, habían escuchado antes que nadie los discípulos. Pero no podían quedársela para ellos: perdería todo su sentido.

LIBERACION, AMOR Y VIDA
A los que crean les acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y que¬darán sanos.
Lo que tienen que anunciar es una noticia esto es, tienen que dar testimonio de un hecho, de un acontecimiento. Por eso no serán sólo palabras lo que ofrezcan a quienes se presten a oírlos. Su anuncio irá acompañado por unas señales que le darán credibilidad, que serán por sí mismas Buena Noticia.
En primer lugar, su mensaje será un anuncio de liberación para todos, y quienes lo acepten se verán liberados del domi¬nio de aquellas ideologías que proponen al hombre un modo de vida contrario a lo que Dios quiere; eso significa «echarán demonios en mi nombre». En segundo lugar «hablarán lenguas nuevas», podrán romper las barreras que impiden a los hombres comunicarse y relacionarse como hermanos, y así harán posible la paz, la fraternidad, el amor. Finalmente, porque vivirán con la vida de Dios, nada les causará un daño definitivo y su presencia constituirá siempre una victoria de la vida sobre la muerte: «Cogerán serpientes en la mano, y si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos.»
No. No se trata de milagros. Esas señales, liberación, amor y vida, son las que deben identificar a los seguidores de Jesús, las que garantizan que el mensaje que alguien anuncia es el suyo. La prueba de que alguien habla en nombre de Jesús es, por tanto, ésta: su palabra debe salir de un corazón libre, comprometido con la libertad de los hombres y la liberación de los pueblos; su vida deberá mostrar que sólo el amor es importante y que sólo el amor -no el poder, ni el prestigio, ni el dinero- es la fuerza de la que se vale para anunciar el mensaje de Jesús; y su fe apasionada por la vida debe mani¬festarse no sólo en la defensa de la vida de los que todavía no han nacido, sino, sobre todo, en la defensa de los que malviven por culpa de una organización social que convierte este mundo en un verdadero valle de lágrimas, compartiendo con ellos la propia vida en el esfuerzo por construir una existencia que, con verdad, pueda llamarse vida.