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domingo, 10 de junio de 2012

Corpus Christi: ¡ TENEMOS FOTOS DE DIOS !


Es parte del discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta como el Pan Vivo bajado del Cielo, es decir, el Alimento del Espíritu. Se está hablando pues de la más profunda comunión que puede existir entre dos seres, la participación de la misma vida. De la misma manera que el alimento se hace carne y sangre del que lo toma, así nuestra comunión con El.
Por encima de todas las especulaciones, más allá de toda filosofía, más allá de toda teología por muy docta y santa que sea, lo más bello, lo más importante, lo más profundamente positivo de las fiestas que estamos celebrando, la Trinidad, el Corpus, es que conocemos a Dios y esto cambia de arriba abajo nuestra vida.
Moisés en la tienda del encuentro, la Morada, quería ver su rostro. Y Felipe le pedía a Jesús "muéstranos al Padre y esto nos basta". Jesús le corrige "lo que te basta es que me has visto" ... y no necesitas ver nada más.
Pero no conocen simplemente su rostro, conocen su corazón, y eso sí que nos basta: conocemos el corazón de Jesús, capaz de con-padecer, capaz de decir la verdad a cualquier precio, capaz de comprometerse, capaz de ir hasta el final por cualquiera, por todos. Y ahí conocemos el corazón de Dios.
Aquellos, los testigos, tuvieron el don de ver con los ojos, palpar de cerca ese corazón, quedar fascinados, ser capaces de reconocer en él a Dios. Nosotros lo podemos ver a través de los evangelios, a través de los mejores de la Iglesia... pero hay más, mucho más.
Cuando Jesús se estaba despidiendo, como hacemos cuando nos despedimos, nos dejó su foto, una foto dedicada: el pan y el vino, que no son la foto de su cara, de sus barbas, de sus ojos, sino la foto de su corazón y la dedicatoria: "haced esto en mi recuerdo".
Esa foto no es de papel, y la dedicatoria no es sólo una frase ingeniosa: es algo para tocar, para comer, para beber, y la dedicatoria es una invitación, invitación a la fiesta. Jesús se podía ver, se podía tocar, porque era de carne y hueso – Jesús dijo carne y sangre – y su foto se puede ver, tocar y comer, para metérnosla dentro, para que sirva no sólo para mirar sino para alimentar y enardecer.
El pan para trabajar y el vino para bailar, eso es Jesús, eso es mi Dios. Hay mucho que hacer y mucho que aguantar, mucho por terminar, muchos por ayudar, necesitamos pan. Hay mucho por atreverse, mucho que perdonar, mucho que superar, necesitamos vino. Un buen pan, el mejor pan que se puede pensar, un pan más que de la tierra, un pan amasado por las manos de Dios. Un buen vino, el mejor de la mejor bodega, el que nos hace cantar incluso en medio del peor desierto.
En la cena de despedida de su Hijo, el Padre estaba sacando su mejor vino para mojar su mejor pan, y lo repartió a nosotros, los invitados: "tomad y comed".
Ya no somos débiles, ni tristes, ni sosos, ni apocados, ni temerosos, ni desconcertados. Jesús, su cuerpo que es su humanidad, su sangre que es su corazón abierto, nos dispara hacia el trabajo por el reino, por todos los demás hijos, entusiasmados, seguros, satisfechos por el buen pan, enardecidos por el mejor vino.
"Felipe, ya me has visto, no necesitas más". "Tomad y comed". Con mi pan y mi vino, conmigo, ya no necesitáis más.
Hoy es día de adorar, pero mucho más aún, de comer, de alimentarse, de disfrutar, de paladear el pan, Jesús, de dejarse invadir por la locura del vino, Jesús, y de agradecer, porque el pan y el vino son "bajados del cielo", o sea, regalo de Padre. Gracias, Padre, por tu mejor regalo, Jesús, pan y vino, foto de tu corazón.



José Enrique Galarreta