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domingo, 3 de junio de 2012

Dios a la vista


Los discípulos preguntaron al Maestro: Maestro, ¡háblanos de Dios!
Y el Maestro respondió: ¡De Dios no se habla, a Dios se le escucha!
¿Y por qué entonces tú hablas tanto de él.
Sencillamente para que lo tengáis presente y lo escuchéis cada día.

Yo no quisiera hablar de Dios en su fiesta de la Santísima Trinidad. Prefiero escucharle en mi corazón, es la única manera de saber algo de él. A lo largo de mi vida he tenido muchas experiencias de El y he leído otras tantas.
Por eso, con tu permiso, Señor, prefiero hablar de esas experiencias que uno ha ido acumulando de ti. Al recordarlas, es posible, que hoy sienta más alegría dentro de mi. Además, te las cuento a ti, que hasta es posible que te diviertan hoy un poco. Es que tú eres tan original, que, me imagino te diviertes de lo que pasa contigo en nuestros corazones.

En un pequeño pueblo había un tipo que se las daba de incrédulo y ateo. Hoy esto es frecuente porque está de moda. ¿No será precisamente porque eres interesante? De los que nadie habla, quiere decir que importan poco.
Durante muchos años había estado en el Seminario. Abandonó. La formación recibida en los años de Seminario le daba un aire de superioridad sobre el resto. Formaba parte del “club de caza”. Dicen que, un día que salieron a la caza de la codorniz, en un momento de espontaneidad grito “Dios a la vista”. En el fondo quiso decir “codorniz a la vista”. Su subconsciente le traicionó. Todos guardaron respetuoso silencio y nadie dijo nada. Pasado el primer momento, el buen ateo comenzó a pensar: “qué me está sucediendo”. “Esto no puede ser una simple casualidad.
¿No será que, en el fondo, Dios sí existe dentro de mí, y yo no lo quiero reconocer?
¿Mi ateísmo no será más una pose de seudo intelectual que una verdadera convicción interior? Lo que aprendí de mi madre y lo que me enseñaron en el Seminario no está tan muerto como yo me imaginaba. Lo que me está sucediendo es, que mi falsa imagen de intelectual no ha sabido expresarse de otra manera ante gente tan sencilla.

Desde ese día entró en una profunda crisis con él mismo.
Por una parte, no quería pasar por la humillación de decir que ahora sí creía.
Y por otra, se imaginaba que todo aquello pudiera ser una ilusión.

Hasta que un día vio cómo la gente del pueblo comenzó a abrir un pozo para disponer de más agua para regar sus campos. De repente, brotó un chorro de agua que los mojó a todos. Ni él se salvó de la mojadura. En ese momento se le abrió el corazón y se dijo a sí mismo: “También yo tendré que escarbar dentro de mí y es posible que el chorro oculto de Dios que habita en mí comience también a brotar. Se armó de valor y en un momento de sinceridad confesó: “Ustedes me han devuelto la fe. Ustedes me han enseñado a dejar brotar en mí la fe que tantos años he querido tapar con la tierra de mi orgullo. Quiero agradecérselo. Al domingo siguiente se fue a Misa y se puso en la primera banca. “Quedarme en la última banca me parece que es otra manera de esconder lo que llevo dentro”.

Ya ves, Señor, que hay demasiados ateos por exhibicionismo. Ateos por crearse una figura ante los demás.
Pero hay también muchos ateos que, dentro llevan un chorro de fe y un chorro de Dios en su corazón.

Y a veces, sucede que “Dios está a la vista” por más que nuestros ojos estén viendo codornices.
Todos tendremos que escarbar un poco dentro de nosotros y escuchar a nuestro subconsciente.
Es posible que, lo que niegue nuestro consciente, lo esté confesando nuestro inconsciente.
Es posible que, no siempre Dios esté a flor de piel, pero sí escondido en el fondo de nuestro espíritu.
¿Serán creyentes todos los que dicen serlo?
¿Serán ateos todos los que se proclaman como tales?
¿Ateos por fuera y creyentes por dentro?
¿Creyente por fuera y ateos por dentro?
No sabría decírtelo. Tú nos conocemos mejer y sabes lo que pasa allá dentro.

Hoy que celebramos tu fiesta, no digo tu cumpleaños, porque tú no cumples años, y quisiera pedirte que nos comprendas y que, aunque no seamos miembros del “Club de caza”, en cualquier momento nos hagas gritar “Dios a la vista”, para que aflore ese nuestro subconsciente, donde te llevamos a ti, por más que, a veces, tengamos vergüenza de decirlo, porque también nosotros preferimos pertenecer a ese otro “club de ateos de moda”.
¡Felicidades, Diosito lindo! Y no te digo que lo pases bonito, sino que bonito lo pasemos nosotros porque, hasta las codornices pueden despertarte en nuestros corazones. ¿Celebraremos hoy tu fiesta comiendo perdices? ¡Bueno, aunque sean conejos, no importa”

Clemente Sobrado C. P.
Domingo de la Trinidad – B

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