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sábado, 8 de septiembre de 2012

En la iglesia se hace el censo de los sordos y de los mudos


Por Alessandro Pronzato
XXIII Dom. T.O (Mc 07, 31-37) - Ciclo B

¿Puestos de honor reservados a los últimos?

Me he sorprendido imaginando qué pasaría en la iglesia si la palabra de Dios se interpretara al pie de la letra (y parece que debería ser así; Francisco de Asís estaba muy convencido de esto).
Tomemos la escena descrita por Santiago en su carta y propuesta en la segunda lectura. Se asoma un pobre andrajoso y hace su aparición un personaje ilustre con traje de ceremonia. ¿Dónde los metemos?
Según la praxis común, el pobre hombre debe resignarse a estar de pie en un rincón, no muy a la vista, especialmente si está la televisión. Es difícil que alguien le ofrezca un asiento.
El personaje ilustre es escoltado por un maestro de ceremonias, enyesado como un maniquí, hasta su butaca en primera fila.
Si se invirtiese la colocación, alguno sospecharía que es el fin del mundo, o una broma. Sin embargo es simplemente el evangelio. Es lógica cristiana, según la cual hay que evitar los «favoritismos personales», privilegiar a los predilectos de Cristo y no a los poderosos, no tener en cuenta las apariencias.
Desgraciadamente, existe la tendencia, también en la Iglesia, a conceder honores y privilegios a quien ya tiene demasiados. Mientras que habría que honrar a los deshonrados, exaltar a los humildes y a los humillados, levantar a los que normalmente son pisoteados, poner en primera fila a los olvidados, dar importancia a la gente que no cuenta.
¡Cómo me gustaría ver alguna vez al papa escoltado, no por los indefectibles pavos reales, por los habituales acompañantes decorativos, bien ataviados, que hacen todo lo posible por aparecer en el encuadre, sino por gente insignificante!
Conozco la objeción. Santiago presenta un caso límite, lanza una provocación, dice eso por decirlo... El hecho es que, a fuerza de asegurar que en las Escrituras ciertas cosas sólo se dicen por decir, también nuestro cristianismo se convierte en un cristianismo por decir.
Alguno advierte con gravedad: «Hay que respetar las jerarquías». Todo está en ponerse de acuerdo para determinar cuáles son las jerarquías a que hay que referirse. ¿Las del espectáculo mundano o las del evangelio? ¿las de la política y de la diplomacia o las cantadas en el Magnificat?
Jesús declara que los últimos serán los primeros y los primeros los últimos. Y entonces será necesario que algún maestro de ceremonias se decida de una vez a acompañar a los últimos a los primeros puestos que les corresponde por derecho y mandar a los primeros a los últimos bancos o a algún asiento cualquiera que quede libre.
Dicen que sería difícil, hoy, encontrar a «un pobre andrajoso» dispuesto a entrar en la iglesia. Puede ser. Pero empecemos a colocar a la gente importante al fondo de la iglesia, para que no llame excesivamente la atención. Si luego los primeros bancos quedan vacíos, quiere decir que los pobres, desgraciadamente, ya no participan en nuestras asambleas.
Naturalmente siempre sería posible hacer subir a los individuos que no cuentan, a los anónimos, a los desprovistos de títulos, aunque no pertenezcan estrictamente a la categoría de pobres, sino a la de la gente común.
Si aún quedara sitio, entonces uno se podría dirigir al «pez gordo»: «¿Quieres tener el honor de sustituir al pobre?».

Los enfermos se van a curar en otra parte, y los curas ya no saben qué hacer
Las lecturas del domingo estaban llenas de «ciegos, cojos, sordos, mudos». Hoy ya no se llaman así, han conquistado un nombre más elegante, aunque la realidad es la misma, más bien penosa. Sobre todo se les cura en los hospitales y por médicos especialistas. Y está bien que sea así.
Los curas, entonces, ya no se ocupan de ellos (muchos ni siquiera se preocupan de irles a visitar en las clínicas). En muchos campos se ha terminado la «tarea de suplencia». Se podría decir, con una punta de malicia, que a los curas, que se han quedado desocupados, les quedaría una posibilidad inaudita: la de hacer de curas, o mejor, la de ser curas.
Desgraciadamente muchos de ellos han decidido hacer de todo (hasta el manager, el politólogo, el grillo parlante, el huésped fijo de los salones, el banquero, el charlatán que hace piruetas en la televisión, con acompañamiento de religiosas que bailan la danza del único velo, que resulta demasiado largo para ciertas cabezas, etc ... ).
Aparte de esto, se trataría de curar las mismas enfermedades, pero que no se manifiestan con síntomas externos. El sacerdote (o el religioso, la religiosa) debería tener una mirada penetrante, una sensibilidad particular que le permita caer en la cuenta de los síntomas internos. Gente que ya no es capaz de caminar, porque se les ha roto algo dentro, les fallan las piernas, dan signos preocupantes de flojera. Individuos que tienen la impresión de que les ha caído un velo delante de sus ojos, por lo que han perdido la orientación del camino, ya no ven los colores de la vida, y sólo perciben el negro o el gris.
Nadie pretende que los hombres y las mujeres de Iglesia hagan caminar a los tullidos, como les ocurrió aquella vez a Pedro y a Juan, en los alrededores del templo; o que restituyan la vista a los ciegos. Pero queda el desierto árido, la estepa desolada, la tierra quemada por el dolor, la soledad, la desesperación. Y este es el terreno que hay que regar, en el que hay que hacer brotar el agua de la esperanza. Prestando también una aportación personal de lágrimas sinceras.
El remedio
En cuanto al episodio de la curación del sordomudo, referido por Marcos, que sabe contar como pocos, me ha ofrecido motivo para una divagación.
Me he divertido haciendo el censo, al menos aproximado, de los sordos y de los mudos presentes en la predicación. El recuento de los mudos lo hice inmediatamente: todos, menos el predicador y sin contar al sacristán, que no veía, pero que ciertamente estaría hablando en un rincón, como de costumbre (él ya sabe todo, dice que está preparado para predicar mejor que el cura, si se diese una emergencia). Mudos por costumbre, imposición, atrofia del órgano. Más que mudos hemos sido acallados, reducidos al silencio, se nos ha quitado la palabra (en compensación nos desfogamos después con la murmuración y los chismes).
Para los sordos, la cosa se presentaba bastante complicada. Hay que distinguir, incluso entre el número de los no afectados de sordera evidente, entre los que escuchan y los que se limitan a oír. Y después estarían esos que están decidida y obstinadamente sordos. En una palabra, sordos por elección personal, casi por vocación.
Pero en este campo yo no poseo título alguno que me autorice a entrar. Es más, el evangelio me prohíbe expresamente arriesgarme a juzgar al prójimo, si no quiero meterme en un lío serio ante el tribunal del último día.
Sin embargo siempre tengo la posibilidad de proponer un remedio, que me parece eficacísimo, tanto para el mutismo como para la sordera: «...Apartándolo de la gente a un lado».
La soledad representa la condición fundamental si uno quiere curarse. El silencio permite la recuperación tanto de la palabra como de la capacidad de escuchar.
Esto, evidentemente, también vale para el cura. Si encontrase el coraje de «retirarse», de refugiarse periódicamente en la soledad y en el silencio, si tomase distancia de la gente y de los mil compromisos, quizás encontrara palabras más descarnadas, esenciales, eficaces, con alto coeficiente de persuasión. Y redescubriría la necesidad de escuchar.
El predicador se convertiría, así, en uno que habla lo estrictamente necesario y escucha mucho.
Difícil, sin embargo, para todos, comprendido el predicador, reconocerse en la condición de sordomudo, y necesitado de curación.
Estaría tentado de sugerir discretamente a Jesús que actúe de modo que la lengua no esté excesivamente suelta, y que en compensación abunde la apertura de oídos.
Al margen de estas divagaciones, me he preguntado: ¿de verdad sé escuchar las cosas de Dios? Y también: ¿soy capaz, aunque a lo mejor con un cierto embarazo, de hablar de las cosas de la fe?
En todo caso, el encuentro con él, aparte, es fundamental, como también ser «tocados» en la lengua y en los oídos interiores.


Isaías 35, 4-7
Santiago 2, 1-5
Marcos 7, 31-37