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sábado, 22 de septiembre de 2012

TAN POCO IMPORTANTES COMO UN NIÑO



Domingo XXV del tiempo ordinario – Ciclo B (Marcos 9, 30-37)

Estamos en el contexto de la "enseñanza especial" de Jesús a los discípulos más íntimos, cuando Jesús parece predicar menos a las muchedumbres y más al grupo de sus seguidores más cercanos. El contexto inmediato es el segundo anuncio de la pasión y muerte, que se va convirtiendo en núcleo fundamental de la instrucción de Jesús, destinado a cambiar la mentalidad de los discípulos, de un mesianismo davídico a la aceptación del Mesías-Siervo sufriente que da la vida, rechazado por su pueblo, para la salvación de todos.

La primera parte del texto es el nuevo anuncio de la Pasión y muerte. Los discípulos no entienden, pero no preguntan. Esta reacción va siendo habitual, y se repite en 10,32. (Marcos 10, 32-45 es una perícopa casi paralela a la que hoy leemos).


La segunda parte del texto muestra la incomprensión de los discípulos, tema tan presente en Marcos. En Israel, el rango, la preeminencia, el "quién es el primero", es algo que se cuida muchísimo para cualquier ocasión pública (liturgia, banquetes...). Los discípulos participan de esa vanidad, y Jesús aprovecha esa circunstancia para una enseñanza fundamental.

La tercera parte es magisterio de Jesús, como se muestra en el hecho de que Jesús se sienta para enseñar, al modo rabínico; está constituida por un dicho (de aspecto kerigmático) un gesto de confirmación y una profundización doctrinal.

El dicho es "si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Es, con toda probabilidad, palabra directa de Jesús conservada cuidadosamente como centro de la enseñanza del Maestro. Se repite en esencia en los tres sinópticos (Mt.18,1. Lc.9,46) y se desarrolla en plenitud, como enseñanza y como gesto, en Juan 13,1, el lavatorio de los pies.

El gesto es el niño puesto en medio y abrazado por Jesús. El niño no es en Israel sujeto de derechos, no es "importante" ni mucho menos "primero". Al ponerlo en el centro y abrazarlo, Jesús invierte los papeles en cuanto a rango o importancia.

La profundización doctrinal muestra una línea semejante al "a mí me lo hicisteis" de la parábola del juicio final. Se sirve a Dios cuando se sirve al que más lo necesita. Hay aquí un doble aspecto: por un lado, dónde está el servicio de Dios; por otro lado, la revelación de Dios mismo: Dios es el que cuida de los más pequeños.

Una vez más, resulta que una cuestión que nos parece tan alejada de nosotros como el mesianismo, el tipo de mesías, resulta de completa actualidad, de aplicación inmediata a nuestra religiosidad y a nuestra fe en Jesús.

Los judíos pensaban en el Mesías como el primero, digno de que todos le sirvieran: Jesús se pone a servir a todos, como si fuera el último.

La Iglesia tiene la tentación de considerarse la primera, la detentadora infalible de toda verdad, la administradora de la salvación para todos, la intermediaria única entre la humanidad y Dios. Pero todo eso, aunque fuera verdad, interesa poco. Su vocación es servir, sin pretender ser la más importante.

Y cada uno de nosotros, los que seguimos a Jesús, pretendemos en nuestro espíritu ser más que otros y pensamos que nuestra condición de cristianos, conocedores del Evangelio, nos hace más que otros. Pero solamente seremos primeros si somos los primeros en servir.

En este pasaje, la palabra "importante", aplicada a las personas, adquiere una doble dimensión. No es importante el que tiene más "talentos", sino el que más sirve con los talentos que tiene. Y para los demás, no es importante el más dotado, de cualidades, bienes, posición o lo que sea, sino el que más necesita.

Esta inversión de valores parece revolucionaria pero es la lógica en un mundo no regido por el vano interés por uno mismo, sino en el mundo regido por la misión de construir el Reino. Se entiende muy bien en una familia: el mejor hijo no es el más dotado, sino el se porta mejor con sus hermanos y con sus padres; y el más importante (el que más nos importa) no es el que más triunfos obtiene, sino el que más necesita del cariño y la ayuda de los demás.

Y es que estamos en el mundo de la lógica de Dios, de la lógica del Padre, lógica que obedece a la esencia de Dios, que no es el poder sino el amor.

Haciendo un símil poético diríamos que la alta montaña rocosa es impresionante, pero es estéril; la vega sencilla y vulgar no es espectacular, pero es fecunda. Sin embargo, la cumbre es importante porque de ella viene el agua que fecunda la vega. Y la vega no puede gloriarse de su fecundidad, porque sería estéril sin el agua que recibe.

Y es que en el mensaje de Jesús nada puede entenderse fuera de la fraternidad de un cuerpo único, que es la humanidad, en que todo es de todos y para todos, porque todos son hijos queridos por Dios, y todos y cada uno están pensados por Dios para los demás, para que todos lleguen a ser hijos.

Fuera de la lógica del amor, que construye comunidad, humanidad, no se entiende nada. Pero dentro de ella, lo de Jesús es pura lógica.

Finalmente, una palabra sobre los niños. Para nosotros, los niños son el ojito derecho de la familia y de la sociedad, queridos, cuidados, mimados, y símbolo de inocencia. En el mundo de Jesús, el niño es el último, sin derechos, un don nadie, como los mendigos o los impuros. Jesús no acoge a los niños porque son agradables o inocentes, sino porque son los últimos. Y hacerse como niños no es ser simples e ingenuos sino considerarse último, no darse importancia, no actuar desde el poder.