Publicado por Aciprensa
El domingo pasado veíamos que Jesús, considerando la situación de abandono –“como ovejas sin pastor”- en que se encontraban los hombres de su tiempo, y de todos los tiempos, movido por la compasión, eligió a doce de sus discípulos y después de darles poder los envió a anunciar la Buena Nueva de la salvación y a hacerla operante. El discurso apostólico, que estamos leyendo, consiste en las instrucciones que les dio para esa primera misión y para toda misión futura.
Uno de los aspectos de esta misión de salvación es la persecución. Jesús los previene contra toda falsa expectativa. Si el apóstol quiere ser fiel a su misión sufrirá persecución: “Seréis odiados por todos por causa de mi nombre... cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra...”. Si la misión es la misma que Jesús recibió de su Padre, entonces la suerte que espera a sus enviados es la misma que tuvo él: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10,24-25). Llamar a Jesús con el nombre del príncipe de los demonios es lo máximo; nadie podría imaginar algo más falso. Los enviados de Jesús deberán esperar ser llamados cosas peores. Y no sólo esto, sino que, por su fidelidad a la verdad que tienen que anunciar, deberán también esperar ser sometidos a muerte, como lo fue Jesús. Aquí comienza el Evangelio de este domingo.
En este contexto de persecución y de muerte a que serán sometidos sus enviados, Jesús los tranquiliza diciendoles tres veces: “No les temáis... no temáis a los que matan el cuerpo... no temáis, pues...”. Lo que los seres humanos más temen es la muerte violenta. ¿Cómo puede pedir Jesús a sus discípulos que no la teman? Lo puede hacer porque él vino precisamente a liberar a los hombres del temor a la muerte. Éste es el objetivo de la Encarnación: "(Jesús participó de la sangre y de la carne) para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Heb 2,14-15). La insistencia de Jesús: “No temáis”, es una promesa. Sus enviados deben confiar en que, dado el caso, él les concederá superar el temor a la muerte e incluso afrontarla con alegría.
Que la promesa de Jesús se cumple no es sólo objeto de fe; está demostrado empíricamente. En efecto, son miles los mártires que han afrontado la muerte sin temor, dejando perplejos a sus verdugos. Uno de ellos es San Ignacio de Antioquía (+ 107). Cuando iba preso camino a Roma escribe a la comunidad cristiana de la Urbe una hermosa carta en la cual les ruega que no hagan ningún trámite para evitarle el morir por Cristo: “No me procuréis otra cosa que ser inmolado a Dios... Os suplico: no tengáis en mi favor una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras, por medio de las cuales me es posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y anhelo ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan inmaculado de Cristo” (A los Romanos II,2; IV,1).
Los apóstoles fueron llamados por Jesús para que estuvieran siempre con él. Ellos tuvieron un contacto diario con Jesús durante tres años y escucharon su palabra también en la intimidad. Ahora Jesús les dice: "Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados". Los apóstoles fueron fieles a este mandato. Ellos proclamaron abiertamente que Jesús es el único Salvador del mundo. Poco después de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, compareciendo ante el máximo tribunal judío, sin temor alguno, declaran: "Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hech 4,11-12).
En una segunda ocasión, siendo llevados nuevamente ante ese tribunal, el Sumo Sacerdote los acusa: "Os prohibimos severamente enseñar en ese Nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina... " (Hech 5,28). ¡Habían predicado desde los terrados! Y por fidelidad al mandato de Jesús están decididos a seguir haciendolo. Por eso Pedro y los apóstoles sin temor responden: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech 5,29). Sin duda ellos mismos y todos los mártires de Cristo que la historia conoce han recordado estas palabras de Jesús: "A quien me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos". A veces los hombres queremos procurarnos una recomendación ante alguna persona influyente para obtener algún beneficio en esta tierra. ¡Cuánto más debemos desear la recomendación de Cristo ante su Padre para obtener la felicidad eterna y sin límites! Para procurarnos esta recomendación no hay otro medio que dar testimonio de Cristo ante los hombres. Hoy día vemos a muchos que por asegurarse algún beneficio de esta tierra niegan a Cristo. Éstos incurren en la máxima necedad: por un bien caduco de esta tierra, pierden la felicidad eterna. Y nadie podrá argüir que no fue advertido, pues Jesús lo hace claramente: "A quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos".
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)
Uno de los aspectos de esta misión de salvación es la persecución. Jesús los previene contra toda falsa expectativa. Si el apóstol quiere ser fiel a su misión sufrirá persecución: “Seréis odiados por todos por causa de mi nombre... cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra...”. Si la misión es la misma que Jesús recibió de su Padre, entonces la suerte que espera a sus enviados es la misma que tuvo él: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10,24-25). Llamar a Jesús con el nombre del príncipe de los demonios es lo máximo; nadie podría imaginar algo más falso. Los enviados de Jesús deberán esperar ser llamados cosas peores. Y no sólo esto, sino que, por su fidelidad a la verdad que tienen que anunciar, deberán también esperar ser sometidos a muerte, como lo fue Jesús. Aquí comienza el Evangelio de este domingo.
En este contexto de persecución y de muerte a que serán sometidos sus enviados, Jesús los tranquiliza diciendoles tres veces: “No les temáis... no temáis a los que matan el cuerpo... no temáis, pues...”. Lo que los seres humanos más temen es la muerte violenta. ¿Cómo puede pedir Jesús a sus discípulos que no la teman? Lo puede hacer porque él vino precisamente a liberar a los hombres del temor a la muerte. Éste es el objetivo de la Encarnación: "(Jesús participó de la sangre y de la carne) para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (Heb 2,14-15). La insistencia de Jesús: “No temáis”, es una promesa. Sus enviados deben confiar en que, dado el caso, él les concederá superar el temor a la muerte e incluso afrontarla con alegría.
Que la promesa de Jesús se cumple no es sólo objeto de fe; está demostrado empíricamente. En efecto, son miles los mártires que han afrontado la muerte sin temor, dejando perplejos a sus verdugos. Uno de ellos es San Ignacio de Antioquía (+ 107). Cuando iba preso camino a Roma escribe a la comunidad cristiana de la Urbe una hermosa carta en la cual les ruega que no hagan ningún trámite para evitarle el morir por Cristo: “No me procuréis otra cosa que ser inmolado a Dios... Os suplico: no tengáis en mi favor una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras, por medio de las cuales me es posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y anhelo ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan inmaculado de Cristo” (A los Romanos II,2; IV,1).
Los apóstoles fueron llamados por Jesús para que estuvieran siempre con él. Ellos tuvieron un contacto diario con Jesús durante tres años y escucharon su palabra también en la intimidad. Ahora Jesús les dice: "Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados". Los apóstoles fueron fieles a este mandato. Ellos proclamaron abiertamente que Jesús es el único Salvador del mundo. Poco después de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, compareciendo ante el máximo tribunal judío, sin temor alguno, declaran: "Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hech 4,11-12).
En una segunda ocasión, siendo llevados nuevamente ante ese tribunal, el Sumo Sacerdote los acusa: "Os prohibimos severamente enseñar en ese Nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina... " (Hech 5,28). ¡Habían predicado desde los terrados! Y por fidelidad al mandato de Jesús están decididos a seguir haciendolo. Por eso Pedro y los apóstoles sin temor responden: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech 5,29). Sin duda ellos mismos y todos los mártires de Cristo que la historia conoce han recordado estas palabras de Jesús: "A quien me reconozca delante de los hombres, también yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en los cielos". A veces los hombres queremos procurarnos una recomendación ante alguna persona influyente para obtener algún beneficio en esta tierra. ¡Cuánto más debemos desear la recomendación de Cristo ante su Padre para obtener la felicidad eterna y sin límites! Para procurarnos esta recomendación no hay otro medio que dar testimonio de Cristo ante los hombres. Hoy día vemos a muchos que por asegurarse algún beneficio de esta tierra niegan a Cristo. Éstos incurren en la máxima necedad: por un bien caduco de esta tierra, pierden la felicidad eterna. Y nadie podrá argüir que no fue advertido, pues Jesús lo hace claramente: "A quien me niegue ante los hombres, lo negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos".
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)





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