Para los romanos y sus seguidores en las distintas colonias, la paz consistía en que el pueblo se sometiera a sus designios: pago de impuestos, aculturación, culto a los dioses imperiales dentro de cada religión y la designación de grandes masas de la población a la esclavitud y al servicio militar obligatorio. Todo aquel que se opusiera a sus propósitos era perseguido, castigado con cárcel, con látigo o con la muerte en la cruz.
En el otro extremo estaban los grupos rebeldes, los cuales pensaban que era necesario sacar por la fuerza a los romanos para vivir en paz. Éstos formaban bandas dedicadas a matar a los romanos y a sus aliados, exigían colaboración económica para la causa a los comerciantes, artesanos, campesinos o a cualquier otra persona que tuviera capacidad económica. Su disciplina interna era muy exigente, hasta llegar al sometimiento de la misma persona al grupo y a su causa. Como suele suceder con los grupos humanos, con el tiempo estos grupos se dejaron picar por “el bicho” del poder y el absolutismo, y terminaron atacando al mismo pueblo por el cual decían luchar. La paranoia se apoderó de su alma y cualquiera podía ser considerado un espía peligroso. Todo aquel que se atreviera a cuestionar alguno de sus postulados o su lógica religioso-político-militar era considerado un sospechoso de colaborar con el imperio y, por lo tanto, culpable de la situación del pueblo, de las frustraciones como grupo y era declarado blanco de ataque, objetivo militar.
Jesús, y posteriormente las comunidades cristianas, se comprometió con lo que llamó el Reino de Dios. Una comunidad humana alternativa, en la cual ninguno se autoproclamaría absoluto ni sometería a otros seres humanos, sino donde Dios fuera el Padre (Abbá) y todos fueran hermanos. Una humanidad en la cual los excluidos, los pobres, los marginados, se convirtieran en protagonistas[1], generadores de justicia y fraternidad, en la que fueran posibles la solidaridad, el respeto y la distribución equitativa de recursos. Esta utopía debía lograrse con el trabajo comunitariamente organizado y con la gracia de Dios, que viene por medio de Jesús (2da lect.).
Los fariseos también querían un mundo distinto, un cambio en las estructuras de la sociedad judía, pero creían conseguirlo por medio del cumplimiento estricto de la Ley y de todas las tradiciones de los rabinos. Los romanos querían conservar a toda costa las estructuras, los extremistas celotes, querían el cambio con las armas. Pablo, en la segunda lectura (Rom 5, 12-15), denuncia la falsa creencia de poner el énfasis la ejecución de los deberes cúlticos tales como los ritos, las abluciones, las peregrinaciones, etc., así como en el cumplimiento estricto de la Ley. Sólo por medio de Jesús y su lógica de misericordia y solidaridad se llegará a la justicia y a la paz que busca el ser humano.
Por su negativa a aceptar la esclavitud o cualquier absoluto fuera del Reinado de Dios, así como por su no aceptación de la violencia y del fanatismo rebelde, Jesús y las comunidades cristianas fueron perseguidos por unos y otros[2]. Muchos seguidores de Jesús, temerosos de las persecuciones, desistieron y se unieron a los romanos, a los rebeldes, a los tantos grupos que existían en Israel, o sencillamente, pasaron a formar parte de la gente inerme que andaba como ovejas sin pastor, esclavizada y con su dignidad pisoteada.
La persecución representaba un peligro visible. Pero había otro tipo de peligro más sutil y peligroso: dejarse llenar de el miedo y preferir una vida sometida a los designios absolutistas de los poderosos; y, sobre todo, dejarse llevar por la ideología del poder, la sed de dinero y prestigio (estas fueron las 3 tentaciones de Jesús en el desierto, Mt 4,1-11). Históricamente, sabemos que las persecuciones no lograron acabar con el cristianismo, pues, como bien decían en la aquella época, la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos[3]. Pero cada vez que la Iglesia se ha dejado picar por “el bicho” del poder, del dinero o de la fama, hemos experimentado la pérdida de sentido como Iglesia, como seguidores y seguidoras de Jesús; hemos visto cómo esto sí tiene poder para destruir con fuego alma y cuerpo. Pensemos en la Iglesia después de Constantino “el Grande”, pensemos en la Iglesia opulenta, ostentosa y unida a regímenes totalitaristas, perseguidora de todo tipo de oposición, promotora de invasiones (cruzadas) e inquisidora.
De toda esa historia oscura que no podemos negar, nuestro fallecido papa Juan Pablo II pidió perdón a la humanidad. Pero no nos quedemos ahí. Pensemos también en nuestro mundo actual y definamos nuestro compromiso con la humanidad de nuestro tiempo. Afortunadamente, hay en nuestra Iglesia y muchas Iglesias cristianas, testigos fieles de Jesús que se ponen de parte del excluido para construir el Reino. Nosotros ¿de parte de quien estamos? ¿Qué Iglesia queremos construir hoy? En tiempos de crisis económica, política, religiosa e ideológica como los que vivimos en la actualidad, en esta época de cambio de paradigmas y de megatendencias que dejan sin piso muchas de nuestras fortalezas y pretender reorientar la vida humana, suele haber mucho campo para el miedo. ¿Dónde nos vamos a ubicar? ¿Al lado de quien nos hacemos para salir bien librados? ¿Nos unimos a la ideología dominante, aplastante y excluyente, preocupada por acumular y acumular, para consumir y consumir, sin importar que con ello se genere miseria para tantas personas? Estamos invitados a ponernos de parte de Jesús y su Proyecto: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”.
Muchos esposos se preguntan: ¿Hasta cuándo nos durará la pasión y el amor que hoy nos profesamos? ¿Será que algún día ya no nos soportemos, nos aburra esta misma pareja o sencillamente nos fijemos en alguien distinto? Muchos padres de familia sienten miedo ante el reto de educar a sus hijos, y otros sufren amargamente al ser testigos inermes de la forma como sus hijos se van por caminos equivocados que los conducen a la infelicidad. Muchos trabajadores son despedidos de las empresas porque éstas necesariamente tienen que salir de ellos para hacerlas viables y rentables ante un mundo de voraz competencia. Muchos profesionales entran en la lógica de la competencia, de la eficiencia en los resultados, de la perfección y la calidad total en el producto para asegurar su empleo y una buena remuneración, pero se olvidan de cosas tan necesarias como la familia, los hijos, el descanso, la espiritualidad y la alegría de vivir.
Vale la pena hacer un alto en el camino y detenernos para pensar ¿Qué tipo de familia queremos construir? ¿Cuál es la opción fundamental en mi vida? ¿Qué ideologías, caminos, tentaciones pueden envolver mi vida, mi familia, mi grupo humano, mi Iglesia y conducirlas a la perdición, al tedio existencial que nos hace infelices? En otras palabras, ¿cuáles son esas cosas que tienen capacidad para matar el alma y conducir el cuerpo a la gehena? Es necesario que estemos alerta ente estas continuas amenazas para nuestra vida personal, familiar y comunitaria, pero no tengamos miedo.
Problemas, crisis, persecuciones y amenazas son normales en la vida humana. La tentación de desviarnos de camino la tenemos cada día. Estemos alertas, pero no tengamos miedo porque Jesús está con nosotros. Necesitamos estar continuamente en su presencia y dejarnos conducir por su gracia. Orar con la confianza del salmista (Sal 68) que en medio del destierro espera el día en que Dios haga retornar a los cautivos. Orar con la confianza de Jeremías, pues con nosotros está el Señor, “indomable guerrero” y en sus manos ponemos “nuestra causa”, que debe ser la misma causa de Jesús.
En el otro extremo estaban los grupos rebeldes, los cuales pensaban que era necesario sacar por la fuerza a los romanos para vivir en paz. Éstos formaban bandas dedicadas a matar a los romanos y a sus aliados, exigían colaboración económica para la causa a los comerciantes, artesanos, campesinos o a cualquier otra persona que tuviera capacidad económica. Su disciplina interna era muy exigente, hasta llegar al sometimiento de la misma persona al grupo y a su causa. Como suele suceder con los grupos humanos, con el tiempo estos grupos se dejaron picar por “el bicho” del poder y el absolutismo, y terminaron atacando al mismo pueblo por el cual decían luchar. La paranoia se apoderó de su alma y cualquiera podía ser considerado un espía peligroso. Todo aquel que se atreviera a cuestionar alguno de sus postulados o su lógica religioso-político-militar era considerado un sospechoso de colaborar con el imperio y, por lo tanto, culpable de la situación del pueblo, de las frustraciones como grupo y era declarado blanco de ataque, objetivo militar.
Jesús, y posteriormente las comunidades cristianas, se comprometió con lo que llamó el Reino de Dios. Una comunidad humana alternativa, en la cual ninguno se autoproclamaría absoluto ni sometería a otros seres humanos, sino donde Dios fuera el Padre (Abbá) y todos fueran hermanos. Una humanidad en la cual los excluidos, los pobres, los marginados, se convirtieran en protagonistas[1], generadores de justicia y fraternidad, en la que fueran posibles la solidaridad, el respeto y la distribución equitativa de recursos. Esta utopía debía lograrse con el trabajo comunitariamente organizado y con la gracia de Dios, que viene por medio de Jesús (2da lect.).
Los fariseos también querían un mundo distinto, un cambio en las estructuras de la sociedad judía, pero creían conseguirlo por medio del cumplimiento estricto de la Ley y de todas las tradiciones de los rabinos. Los romanos querían conservar a toda costa las estructuras, los extremistas celotes, querían el cambio con las armas. Pablo, en la segunda lectura (Rom 5, 12-15), denuncia la falsa creencia de poner el énfasis la ejecución de los deberes cúlticos tales como los ritos, las abluciones, las peregrinaciones, etc., así como en el cumplimiento estricto de la Ley. Sólo por medio de Jesús y su lógica de misericordia y solidaridad se llegará a la justicia y a la paz que busca el ser humano.
Por su negativa a aceptar la esclavitud o cualquier absoluto fuera del Reinado de Dios, así como por su no aceptación de la violencia y del fanatismo rebelde, Jesús y las comunidades cristianas fueron perseguidos por unos y otros[2]. Muchos seguidores de Jesús, temerosos de las persecuciones, desistieron y se unieron a los romanos, a los rebeldes, a los tantos grupos que existían en Israel, o sencillamente, pasaron a formar parte de la gente inerme que andaba como ovejas sin pastor, esclavizada y con su dignidad pisoteada.
La persecución representaba un peligro visible. Pero había otro tipo de peligro más sutil y peligroso: dejarse llenar de el miedo y preferir una vida sometida a los designios absolutistas de los poderosos; y, sobre todo, dejarse llevar por la ideología del poder, la sed de dinero y prestigio (estas fueron las 3 tentaciones de Jesús en el desierto, Mt 4,1-11). Históricamente, sabemos que las persecuciones no lograron acabar con el cristianismo, pues, como bien decían en la aquella época, la sangre de los mártires era semilla de nuevos cristianos[3]. Pero cada vez que la Iglesia se ha dejado picar por “el bicho” del poder, del dinero o de la fama, hemos experimentado la pérdida de sentido como Iglesia, como seguidores y seguidoras de Jesús; hemos visto cómo esto sí tiene poder para destruir con fuego alma y cuerpo. Pensemos en la Iglesia después de Constantino “el Grande”, pensemos en la Iglesia opulenta, ostentosa y unida a regímenes totalitaristas, perseguidora de todo tipo de oposición, promotora de invasiones (cruzadas) e inquisidora.
De toda esa historia oscura que no podemos negar, nuestro fallecido papa Juan Pablo II pidió perdón a la humanidad. Pero no nos quedemos ahí. Pensemos también en nuestro mundo actual y definamos nuestro compromiso con la humanidad de nuestro tiempo. Afortunadamente, hay en nuestra Iglesia y muchas Iglesias cristianas, testigos fieles de Jesús que se ponen de parte del excluido para construir el Reino. Nosotros ¿de parte de quien estamos? ¿Qué Iglesia queremos construir hoy? En tiempos de crisis económica, política, religiosa e ideológica como los que vivimos en la actualidad, en esta época de cambio de paradigmas y de megatendencias que dejan sin piso muchas de nuestras fortalezas y pretender reorientar la vida humana, suele haber mucho campo para el miedo. ¿Dónde nos vamos a ubicar? ¿Al lado de quien nos hacemos para salir bien librados? ¿Nos unimos a la ideología dominante, aplastante y excluyente, preocupada por acumular y acumular, para consumir y consumir, sin importar que con ello se genere miseria para tantas personas? Estamos invitados a ponernos de parte de Jesús y su Proyecto: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”.
Muchos esposos se preguntan: ¿Hasta cuándo nos durará la pasión y el amor que hoy nos profesamos? ¿Será que algún día ya no nos soportemos, nos aburra esta misma pareja o sencillamente nos fijemos en alguien distinto? Muchos padres de familia sienten miedo ante el reto de educar a sus hijos, y otros sufren amargamente al ser testigos inermes de la forma como sus hijos se van por caminos equivocados que los conducen a la infelicidad. Muchos trabajadores son despedidos de las empresas porque éstas necesariamente tienen que salir de ellos para hacerlas viables y rentables ante un mundo de voraz competencia. Muchos profesionales entran en la lógica de la competencia, de la eficiencia en los resultados, de la perfección y la calidad total en el producto para asegurar su empleo y una buena remuneración, pero se olvidan de cosas tan necesarias como la familia, los hijos, el descanso, la espiritualidad y la alegría de vivir.
Vale la pena hacer un alto en el camino y detenernos para pensar ¿Qué tipo de familia queremos construir? ¿Cuál es la opción fundamental en mi vida? ¿Qué ideologías, caminos, tentaciones pueden envolver mi vida, mi familia, mi grupo humano, mi Iglesia y conducirlas a la perdición, al tedio existencial que nos hace infelices? En otras palabras, ¿cuáles son esas cosas que tienen capacidad para matar el alma y conducir el cuerpo a la gehena? Es necesario que estemos alerta ente estas continuas amenazas para nuestra vida personal, familiar y comunitaria, pero no tengamos miedo.
Problemas, crisis, persecuciones y amenazas son normales en la vida humana. La tentación de desviarnos de camino la tenemos cada día. Estemos alertas, pero no tengamos miedo porque Jesús está con nosotros. Necesitamos estar continuamente en su presencia y dejarnos conducir por su gracia. Orar con la confianza del salmista (Sal 68) que en medio del destierro espera el día en que Dios haga retornar a los cautivos. Orar con la confianza de Jeremías, pues con nosotros está el Señor, “indomable guerrero” y en sus manos ponemos “nuestra causa”, que debe ser la misma causa de Jesús.





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