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jueves, 27 de noviembre de 2008

QUE HACER MIENTRAS TANTO: I Domingo de Adviento - Ciclo B

Publicado por Fundación Epsilón

Dejemos de pensar en el fin del mundo y en la muerte para empezar a responsabilizamos del mundo y de la vida presentes. Y lo que tenga que llegar cuando llegue llegará. La cuestión no es saber cuándo, sino qué hacer mientras tanto.

ADVIENTO

Con el Adviento comienza este domingo un nuevo año litúrgico. La palabra adviento significa «venida». Es éste, pues, el tiempo en el que nos preparamos para la venida del Señor, y esto en un doble sentido: un sentido más inmediato, más superficial (nos preparamos para la Navidad, para la fiesta en la que recordamos el nacimiento de Jesús de Nazaret), y un sentido más hondo, con una perspectiva más lejana (nos pre­paramos para otra venida que, cuando se produzca, significará nuestro encuentro definitivo con Jesús Mesías). Pero, y esto es importante destacarlo, en ambos casos se trata de una venida de Jesús y, por tanto, ninguno de ellos puede servir de pretexto para que huyamos de este mundo; en ningún caso nos podrá servir el Adviento para olvidarnos de los problemas de los hombres.

El evangelio de hoy nos habla de la venida de Jesús en ese sentido que decíamos más hondo.


«... EN LO REFERENTE AL DÍA AQUEL O A LA HORA...»

Marcos, el autor del evangelio de hoy, usa siempre la expresión «el día aquel» para referirse al día del triunfo de Jesús, consecuencia de su muerte, a la que se refiere con la expresión «la hora». Sin embargo, en el evangelio de hoy no se trata de «la hora» de Jesús, sino de la de sus seguidores. También a ellos les llegará su hora, es decir, el momento culminante y definitivo de su entrega al servicio de la causa de la liberación y de la felicidad de los hombres. Ese momento podrá ser, como le sucedió a Jesús, ocasión de persecución, de sufrimiento y de muerte; pero terminará del mismo modo que acabó la hora de Jesús: en un día de triunfo, de vida definitiva en plenitud. Ahora bien, «en lo referente al día aquel o a la hora, nadie entiende, ni siquiera los ángeles del cielo ni el Hijo; únicamente el Padre», esto es, no hay que vivir preocupados por esa hora y ese día: de ese asunto entien­de sólo el Padre, quien llegado el momento prestará a sus hijos la ayuda que sea menester. El peligro es dormirse mien­tras tanto en los laureles.


¡AHUYENTAD EL SUEÑO! ¡ MANTENEOS DESPIERTOS!

¡Andaos con cuidado ahuyentad el sueño, que no sabéis cuándo va a ser el momento!

Es éste un aviso para los que tenemos fe, para los que hemos puesto nuestra seguridad en Dios: sabemos que Dios es nuestro Padre y que nos quiere; sabemos que nuestra suerte está en sus manos; sabemos que Jesús, tras cuyos pasos vamos, ha vencido y que su triunfo anuncia y anticipa el nuestro... Podemos pensar que todo lo que nos queda que hacer es esperar que el encuentro definitivo se realice y centrar nuestra preocupación en el cuándo y en el cómo. Y dejarnos vencer por el sueño. Y que el día aquel y nos encuentre dormidos, sin hacer nada.

El evangelio pone una comparación para explicarnos cuál es nuestra situación presente: "es como un hombre que se marchó de su país: dejó su casa, dio a los siervos su autoridad -a cada uno su tarea- y en especial al portero le mandó mantenerse despierto». Nosotros somos los siervos, -no siervos de Jesús, sino servidores de la humanidad; nosotros somos los que han elegido como su modo de vida el servicio a los hombres, servicio que se presta no a la fuerza, sino libremente y por amor- y se nos ha encomendado un trabajo que no debemos descuidar: continuar la tarea de Jesús.


ADVIENTO

El Adviento lo vivimos casi siempre como la preparación de la Navidad. Como preparación de una de las fiestas más universales y más alegres de las que los hombres celebramos. Llegada la Nochebuena festejaremos con alegría el nacimiento del Hijo de Dios, nos sentiremos conmovidos al contemplar la figura de un recién nacido que no tiene más cuna que un pesebre, nos emocionará saber que fueron unos pobres marginados, los pastores, los que primero conocieron la noticia del nacimiento de aquel niño y nos llenará de esperanza saber que el mensaje que aquéllos recibieron de parte de Dios anunciaba para esta tierra la tan escasa paz.

Pero no podemos olvidar que la Navidad está tan llena de sentido porque aquel cuyo nacimiento celebramos dedicó su vida a luchar para que los hombres aprendiéramos a vivir como hermanos y, en su hora, entregó esa vida para demostrar que en este mundo es posible el amor hasta la muerte y que sólo mediante un amor de esa calidad es posible un mundo en el que cada recién nacido tenga, al nacer, una cuna y, durante toda su vida, paz. Y no podemos olvidar que aquel que con su entrega se reveló como el Hijo de Dios vive, desde el día aquel, esperando de nosotros una entrega como la suya.

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