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domingo, 31 de agosto de 2008

Evangelio Misionero del Día: Lunes 01 de Setiembre de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 16-30

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron, el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

"El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha consagrado por la unción.

Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,

a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor".

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Todos daban testimonio a favor de Él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: "Médico, sánate a ti mismo". Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Compartiendo la Palabra

Mis queridos hermanos, hoy comenzamos la semana con esta cita evangélica muy profunda y directriz de la misión de Jesús como el Cristo en esta tierra. Como venimos de un fin de semana que hemos dedicado nuestro tiempo a alguna tarea apóstolica y desues de haber compartido la Eucaristía con nuestra comunidad, este día lunes se nos hace cuesta arriba volver a tomar la oración y las lecturas de meditación, es por ello que vamos a dejar este evangelio para exprimirlo como se merece en otra oportunidad, pero te invito a que veas este video realizado por la Diócesis de Malaga, que resume muy bien este evangelio y nos quedan varias ideas para la reflexión:



SEGUIR LEYENDO LA NOTA

Espiritualidad: ENCONTRAR A DIOS EN TODAS LAS COSAS

Dolores Aleixandre aci

Hui-Tzu dijo a Chuang-Tzu: Tus enseñanzas no tienen ningún valor práctico."
Chuang-Tzu respondió: Sólo los que conocen el valor de lo inútil pueden hablar de lo que es útil."
Al despertar del sueño dijo Jacob:Realmente
está el Señor en este lugar y yo no lo sabía." (Gen 28)


Cuenta una vieja historia de la Biblia que una noche Jacob se echó a dormir en medio del campo. Como de costumbre iba huyendo, en este caso de su hermano Esaú que lo perseguía a causa del contencioso "lentejas por primogenitura" que los interesados pueden leer en Gen 25,29-34. El caso es que Jacob se pasaba la vida escapando y casi sólo cuando era de noche y se echaba a dormir, podía Dios alcanzarlo. Aquella noche soñó con una escalera que, plantada en la tierra, llegaba hasta el cielo y por la que subían y bajaban ángeles. Jacob se despertó lleno de estupor y llamó a aquel lugar "morada de Dios" (Gen 28,10-22). Mucho tiempo después lo encontramos diciendo: "Soy yo demasiado pequeño para toda la misericordia y fidelidad que el Señor ha tenido conmigo..."(Gen 32,11): un hombre de "lo útil" había comprendido el valor de "lo inútil."
Al releer hoy esa historia podemos quedarnos tan estupefactos como Jacob ante la noticia que la narración nos comunica: el mundo de Dios y el nuestro están en contacto, la escalera de la comunicación con El está siempre a nuestro alcance, existen caminos de acceso a Dios y posibilidad de encontrarlo y de acoger sus visitas.
Otra narración pintoresca del Antiguo Testamento nos cuenta que un tal Jonás, de profesión profeta, había puesto también los pies en polvorosa para escapar de Dios que quería enviarlo a anunciar salvación a Ninive. Pero Jonás, como buen israelita, abominaba a los ninivitas que eran gentuza pagana y no estaba por la labor de colaborar con Dios en el disparate de convertirlos. Así que, en vez de tomar el camino de Nínive, se embarcó en dirección contraria, rumbo a Tarsis. Pero Jonás no contaba con la terquedad de Dios ni con la gimkana de obstáculos que iba a encontrar en su huída: hay una tempestad, los marineros le tiran al mar y se lo traga un inmenso pez. Y mira por donde, a Jonás el fugitivo no se le ocurre mejor cosa que hacer en el vientre del pez que ponerse a rezar.
Y cada uno de nosotros podría concluir acertadamente: "pues si alguien oró en una situación semejante, quiere decir que cualquiera de los momentos que yo vivo, por extraños que resulten, nunca serán tan insólitos como el interior de una ballena, así que, por lo visto, todos y cada uno de los lugares y situaciones en que me encuentre: un atasco de circulación, la antesala del dentista, el vagón de metro, la cola de la pescadería o la cumbre de una montaña, son lugares aptos y a propósito para contactar con Dios."
Nada que objetar a templos, capillas, santuarios, ermitas o monasterios: sólo recordar que Dios no necesita ninguno de esos ámbitos (quizá sí nosotros, por aquello del sosiego y de que nos dejen en paz), pero siempre que no nos hagan olvidar que no existe ningún lugar ni situación "fuera de cobertura" para la comunicación con Dios.
Ese es el gran testimonio que nos dan los creyentes de la Biblia : al hojear sus páginas los encontramos orando junto a un pozo (Gen 24) o en la orilla del mar (Ex 15,1ss); en medio del tumulto de la gente o en pleno desierto (Mt 4,1-11); al lado de una tumba (Jn 11, 41) o con un niño en brazos (Gen 21,15); junto al lecho nupcial (Tob 8,5) o rodeados de leones (Dan 6,23).
Y tampoco parece que lo hacían desde las actitudes anímicas más idóneas: se dirigen a Dios cuando se sienten agradecidos y también cuando están furiosos, claman a El en las fronteras de la increencia, la rebeldía o el escepticismo, lo bendicen o lo increpan desde la cima de la confianza o desde el abismo de la desesperación.
Y uno deduce: la cosa no puede ser tan difícil, muchos otros antes que yo intentaron eso de rezar y lo consiguieron; parece que el secreto está en ensanchar las zonas de contacto... ¿Y si probara yo también?
Uno de las causas de que algunos han desistido de hacerlo después de haberlo intentado, es que se empeñaron en contactar con Dios desde otra situación distinta de la que era realmente la suya en aquel momento (cuando tenga tiempo, cuando esté menos cansado, cuando encuentre un lugar apropiado...), y todo eso son arenas movedizas por irreales en comparación con la roca firme de la realidad concreta y actual en la que se está. Porque es esa situación la que hay que concienciar, nombrar, acoger, tocar, y extender ante Dios, como el tapiz precioso que un mercader expone para que un comprador lo admire. Y darnos tiempo para hacer la experiencia (otros muchos la hicieron antes que nosotros), de que Dios es un "cliente incondicional" de todas nuestros tapices y sabe mejor que nadie apreciarlos, valorarlos, acariciar su textura, admirar el revés de su trama, y hasta remendar sus rotos y embellecer su dibujo.
Las páginas que siguen pretenden acompañarte en esta aventura si decides emprenderla, aunque sea de manera vacilante. Vas a encontrar "narraciones de contactos" partiendo de situaciones humanas elementales: el cansancio, la prisa, la muerte, la monotonía, la gracia, la des-gracia... Son relatos esquemáticos en los que todo ocurre con mucha rapidez, pero piensa que como el encuentro con Dios es una relación, hay que invertir en ella tiempo y paciente espera. Lo que vas a leer son sólo pistas, luego tú seguirás tu propio camino y tus propios ritmos para encontrar a Dios y dejarte encontrar por El a través de todo lo que constituye la trama de tu vida: relaciones, deseos, miedo, alegrías, soledad, inquietud, asombro...
Puedes empezar ahora mismo, estás en buen lugar allí donde estés y en buen momento tal como te encuentras ahora.
Quizá en este instante estés empezando el aprendizaje vital más apasionante de tu existencia. [1]
[1] Un consejo: cómprate un Evangelio pequeño y un librito de Salmos que no pesen ni abulten para poder llevar al menos uno de los dos siempre contigo.


Desde el cansancio

De pie en el metro abarrotado, con doce interminables estaciones por delante. Arrastrando el carro de la compra escalera arriba (cuarto piso sin ascensor). Detrás del mostrador, o delante del ordenador, o junto a la pizarra de la clase, hartos de clientas pesadísimas, ciudadanos impertinentísimos o niños inquietísimos (y yo con la cabeza a punto de explotar...) De noche, sentada en una silla metálica junto a la cama del abuelo, internado por tercera vez en dos meses por la cosa de los bronquios.
Ahora y aquí. Detecto mi cansancio, trato de no rechazarlo. Está aquí, conmigo, pesando sobre mí, hinchando mis piernas, atacándome por la espalda, rodeando mis riñones. Lo saludo, intento llamarlo por su nombre: "Tanto gusto, Doña Bola de Plomo", "¿Cómo le va, Don Saco de Arena?", "Parece que vienen Vds. mucho por aquí...(Si consigo sonreir un poco, todo puede ir mejor...) Trato de respirar despacio, de tomar una pequeña distancia, de despegarme de mi propia fatiga, de abrir un espacio a otra Presencia.
Leo o recuerdo: "Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era mediodía" (Jn 4,6) Le miro tan derrotado como yo, y encima el calor y la sed. Me siento yo también en el brocal del pozo o en el bordillo de la acera junto a él. No tengo ganas de decir nada y a lo mejor a él le pasa lo mismo. Estamos en silencio, comunicándonos sin palabras por qué estamos tan agotados. Quizá le oigo decir con timidez: "Cuando estés muy cansada o con agobio, vente aquí y lo pasamos juntos. Es lo que hago yo con mi Padre y no sé bien cómo, pero estar con él me descansa."
Me habla de gente que conoce desde hace tiempo, gente importante y famosa, de la que sale en la Biblia , amigos suyos al parecer, que todo el mundo piensa que eran muy fuertes y muy resistentes, pero que de vez en cuando no podían más y se querían morir, de puro cansados: un tal Moisés que se quejaba mucho a Dios porque llevaba detrás un pueblo muy pesado y a ratos le presentaba la dimisión y le decía: "Si lo sé, no vengo" (al desierto, claro), y cosas parecidas (Num 11,11-15). Pero a pesar de todo, no le fallaba nunca a la cita, y eso que era en lo alto del Sinaí y no estaba ya para muchos trotes...
O también el profeta Elías, que había montado un show de mucho cuidado en el monte Carmelo, se había cargado a todos los profetas de la oposición (esas cosas por entonces no se veían tan mal como ahora...), había conseguido lluvia después de tres años de sequía y había hecho una salida triunfal corriendo delante del carro del rey...(1Re 18); pues en la escena siguiente, sale huyendo hacia el desierto porque la reina Jezabel, que era malísima, lo amenaza, se adentra por allá solo, empieza a caminar sin rumbo y cuando está ya medio deshidratado y al borde de la insolación, se tumba debajo de un arbusto y se pone a dar voces diciendo que se quiere morir y que ya no aguanta más. Y a Dios le dio muchísima ternura verle así de derrotado y le mandó por mensajero agua fresca y pan recién hecho, y sobre todo unas palabras de ánimo que lo dejaron como nuevo y le ayudaron a reemprender el camino hacia el Sinaí que era donde le había citado Dios (que se le nota como una fijación con ese sitio...) (1 Re 19).
Le hablo yo también de conocidos míos que andan peor que yo: un compañero de oficina que tiene a su suegra en casa con Alzhymer y no les deja pegar ojo por las noches. Una amiga de toda la vida con un hijo drogata que ha dejado cinco veces los programas de rehabilitación y la familia está al borde de la locura. Gente que he visto en una exposición de fotografías de Sebastiao Salgado trabajando en una mina de oro de Brasil en condiciones estremecedoras.
Nos quedamos callados otra vez. El me sugiere que pongamos todo ese cansancio entre las manos del Padre, que reclinemos la cabeza en su regazo, como en esa escultura en que Adán descansa la cabeza sobre el regazo de su Creador que tiene puesta la mano sobre su cabeza. Lo hago y me quedo dormida un ratito.
Me despierto y sigo cansada, pero es distinto. Vuelvo a respirar hondo. Gracias. Hasta mañana.


Desde la Prisa

Sólo a mi puede pasarme que se me rompa la lavadora precisamente el día en que tengo que hora en el médico, cita con la tutora de mi hija Ana, recogerla luego en casa de mi cuñada que se la ha llevado al cine y dos llamadas urgentes en el contestador: mi madre: "te necesito para que me acompañes al dentista"; mi marido desde Barcelona: "...me lo fotocopias y me lo mandas por correo urgente". Y por la noche, cena en casa de una amiga que está deprimida.
Termino exhausta de recoger la inundación y salgo de casa a toda velocidad, cruzando a lo loco para parar un taxi con riesgo de atropello. Y una vez dentro, lo que me faltaba: atasco en la M 30. Parados. Bueno, yo parada no, porque mi mente galopa sin resuello, escoltada por los fieles lebreles del agobio y la ansiedad.
Ahora y aquí. Me recuesto en el asiento, cierro los ojos y respiro profundo. Busco la sensación de prisa en los escondites de mi cuerpo: ¿en la cabeza? No. ¿En los pies? Tampoco. La descubro alojada en los alrededores del estómago y en el vértice de los pulmones, que es desde donde estoy respirando, como si tuviera un ataque de asma. Ya te tengo, estás ahí, no te escondas que te siento. Contemplo mi prisa: es un mono que brinca; un tumulto de gente empujándose para entrar en unos almacenes el primer día de rebajas; una carrera desenfrenada por llegar a ninguna parte.
Trato de sacarla de sus escondrijos y de que me deje un poco tranquila. La pongo delante de mí, sobre la alfombrilla del taxi. Abro la ventanilla para ver si se escapa por ahí como el genio de Aladino. Recurro al humor y reúno mentalmente a todos lo que me esperan. Los imagino haciéndose cargo de la situación: mi médico escuchando las quejas de la tutora por el plantón y recetándole Valium 5; ; mi amiga deprimida contándole sus penas a mi madre mientras le pone coñac con aspirina en la muela del juicio; el dentista en casa con su bata blanca, tratando de arreglarme la lavadora; Ana haciendo barquitos de papel con las fotocopias que está esperando su padre desde Barcelona y echándolas a navegar por la nueva inundación que ha conseguido el celo artesanal del dentista. Y luego, todos a cenar juntos para celebrar que yo haya desaparecido, seguramente a tomarme un respiro: "pobrecilla, tiene demasiadas cosas encima..."
Un poco más relajada, saco el evangelio del bolso y lo abro:
"Marta, Marta... " (- Señor, que me llamo Encarnita...). Ya lo sabe, pero le debo recordar mucho a aquella amiga suya que le pasaba como a mí: cada vez que él iba por Betania que era el pueblo donde vivía ella, se alojaba en su casa (Lc 10,32-41); pero como no avisaba nunca, a la tal Marta le entraba el delirium tremens de los preparativos: se ponía a cocinar cuatro cosas a la vez, medio histérica: "no me da tiempo, no me da tiempo, y el horno que no va bien, y las patatas que siguen duras, y esta carne que debe ser de rinoceronte..."
Miro a la otra hermana, a María, y me entra mucha envidia de verla tan tranquila, sentada junto a Jesús. Se levanta y me deja el sitio: "tengo que echarle una mano a Marta, si no se pone inaguantable..." Me siento sobre los talones como si fuera una gheisa y ni siquiera me dan calambres. La cosa empieza bien.
Jesús me mira y mi montaña de prisas empieza a derretirse. Al contarle mis agobios, noto que se van ordenando, como si los fuera guardando doblados y limpios en un armario que huele a lavanda. Me acuerdo de un canto que oí en misa: "Entre tus manos están mis afanes, mi suerte está en tus manos." Se lo repito una vez, y otra...
"No hay más que una cosa que es de verdad importante". Y me asombro al darme cuenta de que, en el fondo, eso que es lo "único necesario" está ya en el fondo de mi corazón lleno de nombres, lleno de rostros de personas que quiero y a las que quiero demostrar mi cariño. Sólo que tengo que aprender a hacerlo sin empeñarme en atender a diez asuntos a la vez, sin acelerarme, sin pretender llegar a todo, sino poniendo las cosas una detrás de otra y encontrando espacios de sosiego como éste con más frecuencia, dejándome mirar por Alguien que no me acosa, ni me exige, ni me reclama nada.
Me entran ganas de rezar el Padre nuestro junto a Jesús y ahí se acaba de serenar mi ansiedad: al decirlo despacio, me doy cuenta de él también tiene prisas, pero diferentes: la de que todos nos enteremos de que a Dios podemos llamarle Padre y Madre; la de su apasionamiento por el sueño de Dios que es un mundo de hijos y hermanos reconciliados; la de contagiarnos la urgencia de que el que el pan y los bienes, que son de todos, lleguen a todos, porque en eso consiste eso que él llama Reino.
"Son 1.215, señora". Hemos llegado. Pago al taxista y le doy una propina espléndida: al fin y al cabo me ha llevado hasta Betania.
Doblo la esquina de la casa del médico y desde el bar de enfrente me llega el aroma de bollos recién hechos. Cruzo la calle y entro a tomarme un café y un croissant a la plancha.
Hace una tarde preciosa.


Desde el Cementerio

Me desplomo sobre una silla del tanatorio después de mirar por el cristal el rostro irreconocible de Miriam dentro de la caja y me pongo a llorar desconsolada. La noticia de su muerte ha sido un mazazo que no esperaba. Precisamente ella, que era un chorro de vitalidad, y de proyectos, y de sabiduría para disfrutar de la vida. Precisamente ella, que era un nudo de relaciones, una de esas personas con el don rarísimo de establecer vínculos estables y únicos con montones de gentes de todo tipo y condición. Precisamente ella, que nos hacía falta a tantas personas y que nos deja tan desvalidos, a Luis y a los niños sobre todo. Y justo cuando parecía que estaba mejor y que el tratamiento estaba surgiendo efecto.
No hay derecho, pienso. Y me suben oleadas de rebeldía y de preguntas. ¿Por qué ella, por qué? No entiendo nada ni quiero entenderlo; es injusto y cruel e incomprensible y se me atascan las lágrimas en la garganta.
En el tanatorio abarrotado hay un silencio denso. Miro los rostros de tanta gente, conocida y desconocida y leo en todos el mismo estupor y la misma pena honda que nos quita hasta la gana de hablar.
Va a haber una misa y siento, junto a la necesidad de rezar, una especie de bloqueo con Dios, una imposibilidad de dirigirme a El, porque en el fondo le estoy pidiendo cuentas de esta muerte incomprensible. Espero que el cura no se ponga a repetirnos una homilía de plástico de las de siempre: que la muerte es un misterio insondable, que ella está ya gozando en el cielo y que nos tiene que consolar mucho el que haya dejado de sufrir. Lo miro con prevención, conminándole internamente a que se abstenga de decirnos nada de eso.
"Lectura del santo evangelio según San Juan":
" Las hermanas de Lázaro le mandaron este recado:-Señor, tu amigo está enfermo (...) El dijo: "-Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo.(...) Al ver a María llorando y a los judíos que lo acompañaban llorando, Jesús se estremeció por dentro y dijo muy agitado:-¿Dónde lo habéis puesto?. Le dicen: -Señor, ven a ver. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -¡Cuánto lo quería...!" (Jn 11,3.11.35)
No comenta nada y propone unos momentos de silencio. Ahora y aquí. Renunciar a las explicaciones, a los intentos de saber por qué, al lenguaje nefasto del "Dios lo ha permitido", "hay que aceptar su santísima voluntad...", "se ve que ya había completado su carrera, después de hacer tanto bien..."
¡Fuera! Echar a latigazos a esos mercaderes que nos ofrecen idolillos canijos del dios que "se lleva siempre a los mejores...", del dios de "los inescrutables designios", del dios que decidió ayer, con el pulgar hacia abajo como Nerón, la muerte de Miriam.
Expulsar a la calle, sin contemplaciones, a todos los que intenten profanar nuestro templo y ocupar con palabras huecas como globos hinchados, el espacio vacío de una ausencia que nos hace daño. Porque ese dios con el que pretenden consolarnos no tiene nada que ver con el de Jesús.
Y por eso, abrirle la puerta solamente a él, deshecho también por la muerte de su amigo Lázaro. A ese Jesús que también preguntaba "por qué", que se atrevió a decir que no quería morir y que gritó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Dejarle entrar, y sentarse junto nosotros, y llorar porque Miriam ya no está a nuestro lado y porque no está dormida sino muerta.
Aceptar su silencio, tan impotente como el nuestro y también sus lágrimas. Apoyar la cabeza sobre su hombro y hablarle de ella, y de cuánto la queríamos, y del hueco que nos deja.
Dejar que su presencia vaya dándonos seguridad y amansándonos la rebeldía, no el dolor. Consentir que, tímidamente, se nos vaya encendiendo en medio de la oscuridad la llamita de una fe vacilante; escuchar su voz que nos asegura que Miriam está en buenas manos.
Pedir a Jesús que ponga la roca de su propia fe debajo de nuestros pies, que nos deje apoyarnos en la confianza inquebrantable que él tenía en aquél a quien llamaba Abba, Padre.
Confesarle que aborrecemos las calcomanías de colores chillones que nos presentan un cielo lleno de ángeles tocando el arpa y personajes vestidos de blanco y palmas en las manos, como en un interminable domingo de Ramos y sin más aliciente que la visión beatífica. Escucharle recordarnos que él de lo que habló fue de un hogar caliente con sitio para todos, de una mesa abierta en la que habrá buena comida y vinos de solera, de un Dios que enjugará las lágrimas de todos los rostros y lavará los pies de sus hijos, llenos de polvo del camino. Y que no tiene la culpa de que luego vengan algunos teólogos y lo compliquen todo.
Quedamos con él y entre nosotros en que lo de Miriam no se va a acabar aquí: que vamos a seguir cuidando el tejido relacional que ella ha dejado a medias, y que cada uno va a encargarse de recordar a los otros que ella nos sigue animando en una tarea en la que queda mucho por hacer.
Son las 12 de la noche y cierran la sala donde estamos. Fuera ha descargado una tormenta y huele a asfalto mojado. Nos abrazamos fuerte y nos miramos sin decirnos más que "Hasta mañana".
Pero cada uno de nosotros ha vuelto a encontrar, como tantas veces nos ocurría al estar junto a Miriam, la certeza de que la muerte no tiene la última palabra y de que la Vida es siempre más fuerte.


Desde la Monotonía

"- Con esta es la décima vez que os explico en este mes que que en el verbo "hacer", la a que va delante del infinitivo es preposición y no lleva h , pero si va delante de participio sí la lleva porque es la forma compuesta del verbo: o sea que no es lo mismo "voy a hacer" que "él ha hecho"..." Treinta y dos caras de chavales miran la pizarra sin verla, mucho más interesados en las Spice Girls, los problemas de su acné o el fútbol que en los arbitrarios caprichos de distribución de la H . Aborrezco dar clase los viernes por la tarde.
"-Paco, me va a poner tres rodajas de pescadilla y cuarto y mitad de boquerones. Y me los limpias, por favor." Diez minutos más de cola en la pescadería y aún me queda la de Dionisio, el pollero, que nunca tiene prisa y siempre pregunta a la que le toca:"-¿Qué te pongo, bonita?"; y luego la de la frutería barata, que está como siempre a tope. Cada viernes por la tarde, lo mismo.
"Y entonces fue mi sobrino y le dijo al médico:"-Oiga dostor ¿y cree Vd. que voy a quedar bien de la operación de juanetes?" La hermana Aurelia tiene el don de ponerme irracionalmente frenética (será que es viernes por la tarde), no sólo porque dice dostor y es inútil intentar que lo pronuncie bien, sino porque no soporto escucharle, una vez más, la historia de los juanetes de su sobrino.
¿Será que es ésto lo que la vida da de sí? ¿O tendré yo alguna neurosis oculta que me hace tan aburrida la monotonía de lo cotidiano y me la convierte en una penitencia? Porque a veces me imagino el purgatorio como una banda sonora en que se oye mi voz explicando, sin interrupción, las reglas de la H ; a Dionisio el pollero repitiendo como una cacatúa amaestrada: "¿Qué te pongo, bonita? ¿Qué te pongo, bonita?", y al sobrino de la hermana Aurelia, tan inasequible al desaliento como su tía, haciéndole al dostor la trascendental pregunta acerca del porvenir de sus juanetes.
Albergo la sospecha de que el problema del rechazo al peso de lo cotidiano está en mí y no en todo eso que me produce tanto tedio; pero hay días, y hoy es uno de ellos, en que me hundo en la miseria al verme tan incapaz de mirar lo que me rodea sin encontrarlo desteñido, amorfo, repetitivo y sin rastro de novedad.
Ahora y aquí. Abro el evangelio y voy a parar a la curación del ciego Bartimeo (Mc 10,42-56). Me siento yo también en la cuneta, consciente de que estoy tan ciega como él, y me pongo primero a susurrar y luego a gritar: "Jesús, ¡ten compasión de mí...!"
Sigo leyendo: "Llamaron al ciego diciendo:-¡Ten ánimo! ¡Levántate! Te llama..." (Mi deformación lingüística me hace fijarme, de entrada, en que el ciego escuchó dos imperativos muy fuertes y muy desestabilizadores, pero que descansaban sobre un indicativo glorioso: "te llama" . Ahí debió estar para Bartimeo la fuerza secreta que le hizo soltar el viejo manto de su vieja mentalidad y dar un brinco para ir al encuentro de Jesús.)
Decido dejarme atraer por la fuerza de esa llamada y me acerco a él. Me paro delante del Maestro con mi mirada cegata y trato de exponerme, con todas mis zonas de sombra y las escamas de mis ojos, ante una mirada que no me juzga con severidad ni me hace reproches, sino que me envuelve en una ternura cálida, como la del sol en una mañana de verano.
Estoy ahí callada y sin prisa, dejándome mirar, con cierto temor en el fondo a resultarle pesada y reincidente con mis problemas, como me pasa a mí con la gente. Le digo que atienda primero a Bartimeo que al fin y al cabo estaba antes que yo, pero sobre todo porque me parece que mi caso es más complicado y le va a llevar más tiempo.
Nos sentamos al borde de la cuneta y me pide que le hable de de los chavales de mi clase. Llevo con ellos tres años y me conozco bien la problemática de cada familia y la situación conflictiva del barrio. Al nombrarle a cada uno me doy cuenta de cuánto los quiero y cuánto me importan, y me ocurre algo parecido al hablarle después de la comunidad: de lo que siento que me aportan, del camino de Evangelio que intuyo en cada una, de los vínculos que nos unen, más allá de las tensiones y las dificultades de la convivencia, del proyecto común que llevamos entre manos...
Y él me habla de sus años en Nazaret y del misterio de que siendo las horas y las semanas y los años tan iguales, había una novedad escondida en lo que iba descubriendo cada día: lo que el rabino le leía de los profetas en la sinagoga; el campo, tan distinto en otoño, en invierno o en primavera; la sorpresa de que un mismo salmo le resonara diferente si era su madre o José quien lo rezaba; el crecer de los niños del pueblo y el envejecer de los ancianos... Y también el deseo creciente de decirle a la gente más hundida que el reino de Dios está ya dentro de cada uno, y la alegría de darse cuenta de que cada día le iba creciendo la afinidad con el Padre del cielo.
Me viene a la memoria, de pronto, una frase del cántico de Zacarías: "por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visita el sol que nace de lo alto..." y siento que también a mí me está visitando el sol, y que está colándose por las rendijas del cuarto oscuro donde se agazapan mis ansiedades y mis harturas.
Sé que, como Bartimeo, no tengo otro modo de recobrar la vista que éste de dejarme iluminar por las palabras de Jesús y su presencia; pero pienso que a mí no se me van a curar los ojos de repente, sino poco a poco, y con paciencia, y recibiendo humildemente, como si fuera el pan, la luz de cada día.
Y que tengo que ir aprendiendo pacientemente a acoger la presencia del Reino escondido en lo cotidiano, y asombrarme de que ese amor que está en mí y que no me pertenece pero me habita, me vaya haciendo capaz de descubrir la novedad de cada persona y de cada cosa.
Para este viernes por la tarde ya tengo la luz que necesito y, de momento, voy a ponerme a discurrir alguna manera nueva de explicar las reglas de la H.
Quizá y como práctica cuaresmal de este año, le pida a la hermana Aurelia que invite un día a merendar a su sobrino y así poder evaluar, en vivo y en directo, los resultados de la intervención del dostor , no sea que también yo tenga que operarme un día de juanetes.
De todas maneras, he tomado una decisión en la que pienso ser inflexible: a partir del próximo viernes voy a comprar el pollo en el puesto de "Aves Gómez" donde, además de despachar muy deprisa, te saludan diciendo: "Vd.me dirá en qué puedo servirle, guapa..."


Desde la gracia y la des-gracia

"Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave."
(César Vallejo)
Al salir del geriátrico de visitar a una anciana demenciada con la que tengo un parentesco lejano, estoy por darle la razón a César Vallejo. Porque lo que vengo de ver me ha dejado los ánimos por los suelos y el corazón lleno de agobio: he visto a personas que no es que van envejeciendo, sino que se desploman mientras la vida los va deshabitando.
Pero me doy cuenta de que mi malestar desborda la situación concreta de este aparcamiento para viejos: siento una especie de opresión en el pecho y una especie de marea negra que me va invadiendo. Noto que, de repente, se me ha esfumado toda la ilusión que tenía por la vacaciones que empiezo pasado mañana con dos amigas (después de ahorrar durante años, por fin vamos a poder realizar el sueño de ir a Grecia y recorrer las islas de Egeo).
Estoy en un momento de plenitud de mi vida: trabajo en lo que me gusta, me siento querida y vinculada con mucha gente y estoy metida de lleno en aprendizajes vitales que me dinamizan y me ayudan a disfrutar de la existencia. Y además he empezado un proceso de profundización creyente que me está haciendo encontrar a Dios en lo más hondo de mí misma, dándome una sensación nueva de armonía y serenidad.
Pero en este momento ni serenidad, ni plenitud, ni armonía: más bien caos y desconcierto. Se ve que mis avances deben ser muy frágiles porque esta tarde se me está descolocando todo. Hasta la fe. La siento como un torreón que parecía fuerte pero que ahora está asediado por un ejército de dudas y preguntas y deja ver la debilidad de sus cimientos y las brechas de sus muros. Y casi lo de menos es lo que he visto esta tarde: lo peor es el aluvión de recuerdos, datos e imágenes que se han desencadenado en mi conciencia; como si, al entreabrir mi puerta para dejar entrar a alguien que sufre, estuvieran aprovechando para irrumpir en mí no sólo tristes imágenes de geriátricos o psiquiátricos, sino las de esas multitudes heridas y empobrecidas del mundo, todas esas situaciones que prefiero habitualmente relegar a zonas de olvido, con el pretexto de que yo no puedo solucionar nada y de que se trata de problemas mundiales que me desbordan.
Así que aquí estoy, en plena calle y en víspera de mis vacaciones, viendo desfilar por mi imaginación los rostros de los niños de aquel siniestro orfanato de China, los de los mendigos que piden en los vagones del metro, caravanas de gente famélica en Africa y de indígenas expulsados de sus tierras y la foto de premio Pulitzer de aquel buitre acercándose a una niña etíope moribunda.
Y Dios ausente de todo ese dolor (lucho con la tentación de hacerle responsable..). Y su presencia, tan compañera de mis días, en paradero desconocido cuando más falta me hace. Y todas las explicaciones sobre el mal que leí en el libro que me recomendó un cura amigo y en el que todo estaba clarísimo, absolutamente inservibles. Sólo un peso a agobiante del sin sentido de la vida humana, mientras yo estoy con las maletas hechas para escapar de su amenaza refugiándome en Corfú.
Ahora y aquí. Entro en una iglesia que me pilla de camino, milagrosamente abierta y me siento en el último banco con la cabeza entre las manos. Lo primero que se me ocurre es que Dios va a pedirme que renuncie al viaje a Grecia (en realidad lo doy ya por perdido...), que dé el dinero a Manos Unidas y posiblemente que me vaya de voluntaria durante las vacaciones a algún campo de refugiados del Zaire.
Pues no, ni eso. Sólo silencio, y ausencia, y un muro de granito detrás del que debe estar un Dios que se ha vuelto amnésico y hermético.
Salgo peor de lo que entré y me vuelvo a casa porque entre otras cosas, y más allá de problemas metafísicos, tendré que llamar a mis amigas y a la agencia con el bombazo de que anulo el viaje. Me derrumbo en el sillón junto a la mesita del teléfono, donde dejé el libro de Vallejo y vuelvo a abrirlo de manera mecánica, como para retrasar la decisión de las llamadas:
"Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas, pero apenas,
entreabre los sangrientos algodones
y entre sus dedos toma la esperanza."
Lo cierro y me quedo en silencio, sobrecogida. Dejo pasar mucho tiempo.
Se está haciendo de noche y me sorprendo al contactar en mi interior con una sensación de infinito asombro. Porque muy lentamente, me voy dando cuenta de que mi imagen de Dios se me está "deslocalizando", se está retirando de los espacios donde yo lo tenía fijado para emerger, misteriosamente, en ese mundo subhumano que me provoca temor y rechazo, en medio de esas situaciones donde me parecía abolida la esperanza.
Y desde ahí me invita a no huir de los infiernos del sufrimiento cotidiano de la gente, sino a descender con él, que los ha conocido y vencido desde dentro. A no pretender acallar mis preguntas a fuerza de razonamientos ni evasiones, sino a cargar pacientemente con ellas y a tratar de buscar un nuevo alojamiento para mi fe que no sea la tranquilidad de un optimismo ignorante, sino la inquieta certeza que abre la esperanza. Una esperanza "que nace en medio de la aflicción, esperanza humedecida por las lágrimas y por la sangre, pero no por eso menos real y vital. Dios enfermo, ausente y sordo, y a la vez Dios enfermero, interesado y tierno." [2]
Empiezan a bullirme por dentro cosas en las que tiene que cambiar en mi vida: valores a jerarquizar (¿com-pasión por encima de búsqueda de armonía personal?); determinaciones que tomar (¿dónde y con quiénes reemprender mi búsqueda de ese Dios que no se agota en mi interioridad?); lugares nuevos que frecuentar (¿no habrá "infiernos", más cercanos a mí de lo que creía, a los que comenzar a aproximarme?); recursos personales (¿tiempo, saberes, proyectos, entrañas...?) que puedan servirle a Dios de "dedos" que hagan llegar esperanza a tantas heridas...
Toda yo soy un volcán de inquietud y de interrogantes. Pero, increíblemente, en este momento, y aunque supongo que la decisión es ambigua, siento que tengo que irme con mis amigas a Grecia y disfrutar allí con toda el alma.
Porque intuyo que este Dios de rostro nuevo que hoy me visita, es también el Dios de la alegría humana y de la fiesta, el del Cantar de los cantares y la danza a la orilla del mar; el de la esplendidez de vino en Caná y el derroche de pan en el desierto. No es sólo el Dios de los límites, es también el Dios de aquellos momentos de plenitud en los que a veces experimentamos, como en un anticipo de lo definitivo, la dicha prometida a los hijos, cuando el último enemigo vencido sea la muerte y ya no haya llanto, ni luto, ni gemido.
Y eso, al menos por esta vez, necesito celebrarlo con él desde Corfú.
[2] GUSTAVO GUTIERREZ, "Lenguaje Teológico: plenitud del silencio, Páginas 137 Feb.1996, 67

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El apóstol Pablo (XIV)

14. Tesalónica y Berea. El Evangelio por Macedonia


Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García Misionero Claretiano

Recordaremos siempre con cariño la fundación de la Iglesia de Filipos, y nos encontramos hoy en Tesalónica, adonde ha llegado Pablo después de un recorrido de casi 150 kilómetros hacia el Oeste. Aquí va a nacer otra Iglesia magnífica, que le causará a Pablo grandes alegrías (Hch 17,1-9)

Tesalónica era la capital de la provincia romana de Macedonia; en ella residía el Gobernador y contaba con una gran colonia de judíos.

De momento, Pablo desconoce todo.

Según su costumbre, se pone a trabajar con sus propias manos para no ser gravoso a nadie; pero sus medios de vida eran tan escasos que los cariñosos filipenses, al saberlo, se dieron prisa en socorrerle, como después les recordará Pablo con emoción: “Estando yo en Tesalónica me enviaron recursos con que atender a mi necesidad” (Flp 4,16)

Pero los apuros económicos no le detienen a Pablo. Ya el primer sábado, y en los siguientes, no se aguantaba:

- ¡A la sinagoga cuanto antes!...

Y en ella, ante numeroso público, empieza la exposición del Evangelio con el método ensayado en Antioquía de Pisidia y que recordamos bien:

- Jesús es el Hijo de la promesa a Abraham. Es el descendiente de David. Es el anunciado por todos los profetas. Es el que señaló Juan al bautizarlo en el Jordán. ¡Miren todo esto en las Escrituras!...

Iba todo bien, y los judíos aceptaban de buen grado la exposición de Pablo. Hasta que vino la discusión, de la cual nos dan la pista los Hechos. Todo estuvo en estas palabras:

“¡Cristo Jesús tenía que padecer!”.

Por aquí ya no pasaron los judíos, que razonaban y gritaban:

- El salmo 109 es bien claro, cuando dice Dios a su Cristo: “Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. ¿Y ahora nos viene este Pablo con que su Cristo murió en una cruz, después de horrorosa pasión, aunque afirme que al fin resucitó y que un día volverá? ¡Nosotros no aceptamos a semejante Cristo!

No obstante, un pequeño grupo de judíos acogió el mensaje y creyó.

Pero sobre todo creyeron muchos griegos temerosos de Dios, es decir, los que adoraban con los judíos a Yahvé, y también iban creyendo muchos paganos, hasta formar una comunidad cristiana muy numerosa.

Y es aquí, al cabo de algunos meses, cuando estalló la guerra. Al ver los judíos -"recomidos de la envidia”, dicen los Hechos-, cómo crecía en Tesalónica la Iglesia, determinaron acabar con los apóstoles y echar por tierra toda su obra.

Para conseguirlo, organizaron y levantaron el motín. Comprados con dinero algunos maleantes de la ciudad, se presentan furiosos ante la casa de Jasón.

-¡Entréganos a ese Pablo a quien escondes aquí!...

-¿Pablo? En mi casa no está.

-¡O lo sacas o tendrás que venir tú, traidor!…

El judío Jasón, a estas horas ya cristiano, fue arrastrado junto con algunos otros hermanos y conducidos a los magistrados de la ciudad, gritando los maleantes:

“Esos que ha revolucionado el mundo se han presentado también aquí, y este Jasón los ha hospedado en su casa. Todos ellos actúan contra el César, pues afirman que hay otro rey, ese tal llamado Jesús”.

Ante semejante acusación se amotinaron la turba y los mismos magistrados. Pero Jasón, sereno, se dirige a la autoridad:

- Yo salgo responsable de lo que pasa. Mienten con semejante acusación, la misma que los judíos de Jerusalén presentaron ante Pilato. Jesús no es ningún rey de este mundo ni actuó contra el Emperador. Como tampoco lo hacemos nosotros.

Los magistrados entendieron: ¡Cuestiones de la religión judía!... Y actuaron con prudencia, sabedores de lo que pasó en Filipos.

- Jasón, váyase tranquilo a su casa…

Así lo hizo Jasón, pero los hermanos tomaron la precaución de sacar a Pablo y a Silas de la ciudad y encaminarlos hacia Berea.

La Iglesia de Tesalónica, aunque creciendo siempre en número y santidad, se verá continuamente acosada por la envidia judía. A Pablo le esperaban muchas alegrías a la vez que hondas preocupaciones con los tesalonicenses. Nos lo dirán un día sus preciosas cartas.

¿Y qué ocurrirá en Berea a los misioneros?
Es encantador lo que van a vivir en esta pequeña ciudad a la que han llegado después de tres días de viaje.

Pablo, como siempre, ante todo y sobre todo se dirige a la sinagoga. ¿Y con qué se encuentra en ella?

Lo más inesperado: con unos judíos que son la estampa opuesta a todo lo que hasta aquí hemos visto.

Los Hechos nos lo dicen con palabras inolvidables:

“Estos judíos eran de un natural mucho mejor que los de Tesalónica” (Hch 7,10-15)

Ya el primer día, los oyentes prestan una gran atención.

-¡Interesante, Pablo, interesante todo lo que nos dices! Seguiremos escuchándote.

“Aceptaban la palabra de todo corazón”, siguen diciendo los Hechos.

Así un día y otro día.

¿Y cómo lo hacían? No lo olvidaremos nunca, por la lección bellísima que nos dan: Biblia en mano. Ante cada afirmación que Pablo lanzaba, ellos se ponían a examinarla y comprobarla con las Escrituras:

-¡Pues tienes razón, Pablo! Así consta, y así es.

Esto no lo podíamos imaginar. Pablo estaba en la gloria, pues Lucas dice literalmente:
“Creyeron muchos de ellos, y, de entre los paganos griegos, muchas mujeres distinguidas y no pocos hombres”.

¡Qué Iglesia la que se presentaba aquí!
Pero, ¿cómo acabó este idilio de Pablo en Berea? Mal, como no podía ser menos. Los judíos de Tesalónica mandan una legación, que alborota a toda la ciudad:

-¿Y le hacen caso a ese Pablo tan embustero, que predica un Cristo tan raro, que no es en modo alguno el que espera Israel? ¡No le crean! ¡Échenlo fuera!

La guerra iba tan en serio que los hermanos, llenos de pesar, hubieron de tomar a Pablo por la noche y encaminarlo bien lejos hacia el sur, hasta que llegase a Atenas.

Pero Pablo dejaba en Berea a Silas y Timoteo:

- Queridos, guarden bien esta Iglesia. Aquí tiene el Señor muchos elegidos.

Los de Berea nos han dado una lección tan bella, que volveremos inmediatamente a ellos.

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Liturgia y Lecturas del Día:Lunes 01 de Setiembre de 2008

FERIA DE LA VIGÉSIMA SEGUNDA
SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

MISA: “Aleluya”, sin “Gloria” ni “Credo” / Oraciones de la I-XXXIV Semana del T. Ordinario [364-397] / Prefacio Común (I-IX) [493-501] / Leccionario IV: 1Cor 2, 1-5; Sal 118, 97. 98. 99.
100. 101. 102 [726]; Lc 4, 16-30 [446].

LITURGIA DE LAS HORAS: Tomo IV / Las lecturas del Oficio (“Año II”) y la oración conclusiva del lunes XXII del T. Ordinario [162] / Todo lo demás del “Lunes II” del Salterio [831] COMPLETAS: “Lunes” [1216].

LECTURAS

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 2, 1-5

Hermanos:

Cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 118, 97-102

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

¡Cuánto amo tu ley,
todo el día la medito!
Tus mandamientos me hacen más sabio que mis enemigos,
porque siempre me acompañan. R.

Soy más prudente que todos mis maestros,
porque siempre medito tus prescripciones.
Soy más inteligente que los ancianos,
porque observo tus preceptos. R.

Yo aparto mis pies del mal camino,
para cumplir tu palabra.
No me separo de tus juicios,
porque eres Tú el que me enseñas. R.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 16-30

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron, el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:


"El Espíritu del Señor está sobre mí,

porque me ha consagrado por la unción.

Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,

a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos,

a dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor".

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Todos daban testimonio a favor de Él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: "Médico, sánate a ti mismo". Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm».

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio».

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor.

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Espiritualidad: Un tesoro encontrado

Por Nathan Stone sj
Publicado por Mirada Global

El Reino de Dios es todo o nada. Muchos cristianos se embarcan en una empresa ardua de autoflagelación y disciplina personal, pensando que se trata de eso. Se recriminan unos a otros, pensando que el prójimo no se ha mortificado lo suficiente, que no ha cumplido con la minucia del mandamiento, que al otro le falta mucho detalle para pertenecer plenamente a una comunidad tan exigente y exclusiva. Se revuelcan en su propia vanidad, de creerse los más cumplidores y merecedores de recompensa final.

El problema es que el no me habla de detalles. Me habla de opción total, de entrega definitiva ante una bondad imposible de cuantificar. La Buena Nueva no me habla de privación, tristeza y recriminación, sino de tesoros, hallazgos y alegría. No me habla de cumplir y merecer, sino de gratuidad inmerecida que lleva al embargo completo.

Tengo un amigo; digamos que se llama Rodrigo. Una vez, cuando niño, durante la guerra entre los poderosos y los débiles en su país, venían los soldados, y su madre alcanzó a arrancar, con él y sus hermanitos. Se salvó. Rodrigo sabe que Dios rescata a los humildes del abismo.

Ahora está en la cárcel, en algún pueblito escondido del desierto tejano, porque la visa universal que Dios entrega al nacer no le vale ante la autoridad civil. Le paró la policía a la salida de misa porque encontraron que su auto estaba muy viejo, y lo arrestaron por ser extranjero y pobre. Ahora espera su deportación. Aquí, no es como en el Reino.

Ahí, Rodrigo es ese tesoro escondido. Un hombre sencillo y bueno, que confía plenamente en Dios, pocos hay como él. El Rey de cielos y tierras lo ha encontrado, oculto en un campo. Se alegra, y da todo lo que tiene, su hijo, para rescatarlo. Así son las cosas en el Reino.

Todos hemos tenido momentos así. A veces, los barrotes son de hierro; otras veces son de otras cosas.

Por eso, yo sé que Rodrigo está feliz, esperando su liberación, que viene del Señor. Ser cristiano no pasa por miles de detalles sin sentido. En el Reino de los cielos, no puedes ganarte la recompensa ni pagar tu propio rescate. Tú perteneces a Dios porque Dios entregó a su propio hijo, lo único que tenía, para comprar tu libertad. Dio de su propia vida para comprarte la tierra prometida. ¿Qué puedes hacer por él, para agradecer?

Para pensar: "El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo" (Mateo 13, 44).
______________________
Nathan Stone, SJ. Teólogo y Master en Literatura.

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Un cardenal, amigo de la inteligencia

Por Leonardo Boff
Publicado por Atrio

El día 18 de julio de este año, visité en São Paulo a mi antiguo maestro, el cardenal Paulo Evaristo Arns. Encontré a un sabio bíblico, cargado de días, pero lleno de vida y de lucidez intelectual. Sobre la mesa había varios libros abiertos, sus amigos predilectos: los textos de san Jerónimo, de san Juan Crisóstomo, de la Didaqué y otros.

Durante más de dos horas hablamos de nuestra vida y de nuestras andanzas por el mundo de la teología y de la Iglesia y recordamos nuestro pasado. Fue mi maestro de teología, me introdujo en la lectura en sus lenguas originales de los padres de la Iglesia, aquellos pensadores de los primeros siglos que inauguraron la gran aventura intelectual que fue el encuentro de la fe cristiana con la inteligencia filosófica de los griegos y con el sentido del derecho de los romanos.

Tres pasiones marcan la vida del más importante de nuestros cardenales en el siglo XX: la pasión incandescente por Dios, la pasión por los pobres en la perspectiva de su liberación, y la pasión por la inteligencia. Para Don Paulo, Dios no es un concepto teológico sino una experiencia de intimidad y de fascinación. Él puede hablar de derechos humanos y denunciar su violación sistemática, y de justicia social. Y lo hace bien. Pero dejémosle hablar de Dios para darnos cuenta de que sus palabras ganan dulzura y profundidad, corroborando lo que decía Pascal: «quien siente a Dios es el corazón, no la razón».

Su otra pasión son los pobres, gran tradición de san Francisco, pues Don Paulo sigue siendo fraile franciscano. Como joven estudiante de teología trabajé con él durante dos años, los viernes, los sábados por la tarde y los domingos, en el barrio Itamarati de Petrópolis y en las barriadas vecinas donde vivían los pobres. Hablaba con ellos con cariño; fundó escuelas y animaba la cultura local. Cuando fue cardenal arzobispo de São Paulo llamó a Paulo Freire para orientar pedagógicamente la pastoral de las periferias. Pero sobre todo defendió a los que el régimen militar consideraba subversivos, con frecuencia torturados y hasta asesinados. Arriesgó la vida para defenderlos. El papa Pablo VI sabiendo de su compromiso por los derechos humanos lo hizo inmediatamente cardenal de São Paulo. La sociedad brasilera le debe la contribución inestimable de su libro Brasil nunca mais, relato de las torturas a partir de las fuentes oficiales de los tribunales militares. Colaboró así a desmantelar el régimen militar y acelerar el retorno de la democracia.

Su tercera pasión es la inteligencia. Se graduó en la Sorbona de Paris con una tesis que acaba de ser lanzada en portugués en una bellísima edición por Cousac-Naif: La técnica del libro en san Jerónimo. Asocia el ésprit de finesse a la minuciosidad de la investigación alemana. Ha escrito más de 50 libros, tradujo textos clásicos de los padres de la Iglesia, pero principalmente defendió la inteligencia teológica. Me acompañó a Roma cuando tuve que someterme a las instancias doctrinales del Vaticano. No solamente apoyaba a un ex-alumno, quería testimoniar lo que había dicho al cardenal encargado de interrogarme, Joseph Ratzinger: «La teología es un bien de la Iglesia local. Quiero testimoniar como pastor que esta teología que ahora está sometida a juicio hace bien a nuestras comunidades. Si contiene errores corrijámoslos para que siga animando la vida de los fieles». Considerado el «cardenal de la liberación», siempre defendió la legitimidad y necesidad de esta teología.

Cuando me embarqué el 16 de julio de 1965 para estudiar en Alemania me puso en la mano una nota que guardo todavía hoy: «Quiero que sepas esto: queremos darte lo mejor porque Brasil y la Iglesia son realidades complejas y necesitan lo mejor. Enviado por Dios, estudia y vive por Él y para Él». Es un consejo que me alimenta e inspira todavía el día de hoy.

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sábado, 30 de agosto de 2008

Evangelio Misionero del Día: Domingo 31 de Agosto de 2008

Por CAMINO MISIONERO


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía que ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Compartiendo la Palabra

Mis queridos amigos en el Señor, en este último domingo de agosto, tenemos la oportunidad de compartir el desenlance de este rico capitulo de Mateo, donde Jesús se dirige a Pedro, edificándolo como el cimiento, en el cual se apoyará la comunidad de sus seguidores, pero también hoy tiene una dura corrección hacia él, por como interpreta el mesianismo y al Reino de su Padre.
Es relativamente curioso, como el evangelista, ubicó en un mismo capítulo dos afirmaciones tan contrarias, para dirigirse a Pedro. En primer lugar, manifiesta que su reconocimiento no es invento de su imaginación, sino que es una revelación del Cielo, pero a poco de pasar esa escena, la cita que hoy compartimos, Jesús se enfurece al escucharlo a su discípulo, y le dice que esas palabras son de Satanás, que se retracte de lo que ha dicho.
¿Lo quiere volver loco a Pedro? o ¿Pedro es sólo un muñeco utilizado por el bien y el mal?
Nada de eso. Este Pedro es en verdad un sujeto que nos ha representado a todos los hombres y mujeres (en todo aspecto) delante del Señor. El apóstol es un ser humano hecho del mismo barro que el resto de la humanidad, sin nada que lo distinga o diferencie de todos nosotros. Y es por ello que su alma, de acuerdo al abandono que haga de su persona e intereses, será mocionado por el Espíritu de Dios o tentado por el mal espíritu. Es precisamente por esta causa, que Jesús lo ayuda a su discípulo para que pueda aprender a identificar y reconocer cuando está en presencia de la Voluntad de su Padre y cuando se deja llevar por ese espíritu que lo confunde y aleja de Dios.
¡Que detalles que tiene Jesús con Pedro! Pero no ha de quedarse sólo aquí, sino que nos proclamará una sentencia central en todo su evangelio y que debe servir de eje rector a sus comunidades: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga."
Ya no hay parabolas, ni cuentos, ni ejemplos. Ahora Jesús es tajante y terminante, como para despejar todo tipo de dudas sobre todo lo que ha predicado hasta el momento y lo que ha de seguir de ahí en más. El Maestro le está diciendo a su comunidad que no hay "peros" que valgan una vez que se hizo la opción por ser seguidor suyo. En esa aceptación se está tomando la decisión de asumir todo tipo de riesgos para ir hacia adelante y hacer historia. No es heroicidad. Es Amor. Por que esa perdida que habla Jesús, es el despego total de toda idea de "lo que nos gustaría hacer" para adentrarnos en los misteriosos planes de Dios.
Perder la vida NO ES SUICIDARSE, sino que es donarla en favor de las otras vidas.
Cargar con la cruz NO ES GUSTO POR EL DOLOR, sino aceptación de nuestro pasado y presente, que da un sentido a nuestro futuro.

Les propongo que en este día oremos muy entregadamente a nuestro Señor para poder descubrir y aceptar aquello que Jesús me está mostrando hoy, los caminos que debo transitar para llegar a seguirlo y cumplir la Voluntad del Padre.

Hoy no te voy a proponer puntos para orar, sino que te voy a sugerir lo siguiente: busca un lugar solitario, busca un crucifijo o una imagen de una cruz, y dedícate a contemplarla, en silencio o con la ayuda de alguna música suave. No quites los ojos de ella. Conversa con la Cruz y Preguntale que pasos debes seguir en este momento de tu vida. Tómate tu tiempo, lo más que puedas y culmina encontrando un propósito que luego lo llevaras a compartirlo en la Eucaristía de este domingo.

A CRISTO EN LA CRUZ
(Lope de Vega)

¿Quién es aquel Caballero
herido por tantas partes,
que está de expirar tan cerca,
y no le socorre nadie?

«Jesús Nazareno» dice
aquel rétulo notable.
¡Ay Dios, que tan dulce nombre
no promete muerte infame!

Después del nombre y la patria,
Rey dice más adelante,
pues si es rey, ¿cuándo de espinas
han usado coronarse?

Dos cetros tiene en las manos,
mas nunca he visto que claven
a los reyes en los cetros
los vasallos desleales.

Unos dicen que si es Rey,
de la cruz descienda y baje;
y otros, que salvando a muchos,
a sí no puede salvarse.

De luto se cubre el cielo,
y el sol de sangriento esmalte,
o padece Dios, o el mundo
se disuelve y se deshace.

Al pie de la cruz, María
está en dolor constante,
mirando al Sol que se pone
entre arreboles de sangre.

Con ella su amado primo
haciendo sus ojos mares,
Cristo los pone en los dos,
más tierno porque se parte.

¡Oh lo que sienten los tres!
Juan, como primo y amante,
como madre la de Dios,
y lo que Dios, Dios lo sabe.

Alma, mirad cómo Cristo,
para partirse a su Padre,
viendo que a su Madre deja,
le dice palabras tales:

Mujer, ves ahí a tu hijo
y a Juan: Ves ahí tu Madre.
Juan queda en lugar de Cristo,
¡ay Dios, qué favor tan grande!

Viendo, pues, Jesús que todo
ya comenzaba a acabarse,
Sed tengo, dijo, que tiene
sed de que el hombre se salve.

Corrió un hombre y puso luego
a sus labios celestiales
en una caña una esponja
llena de hiel y vinagre.

¿En la boca de Jesús
pones hiel?, hombre, ¿qué haces?
Mira que por ese cielo
de Dios las palabras salen.

Advierte que en ella puso
con sus pechos virginales
una ave su blanca leche
a cuya dulzura sabe.

Alma, sus labios divinos,
cuando vamos a rogarle,
¿cómo con vinagre y hiel
darán respuesta süave?

Llegad a la Virgen bella,
y decirle con el ángel:
«Ave, quitad su amargura,
pues que de gracia sois Ave».

Sepa al vientre el fruto santo,
y a la dulce palma el dátil;
si tiene el alma a la puerta
no tengan hiel los umbrales.

Y si dais leche a Bernardo,
porque de madre os alabe,
mejor Jesús la merece,
pues Madre de Dios os hace.

Dulcísimo Cristo mío,
aunque esos labios se bañen
en hiel de mis graves culpas,
Dios sois, como Dios habladme.

Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os desciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme.


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Liturgia y Lecturas del Día: Domingo 31 de Agosto de 2008

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

MISA: “Gloria”, “Aleluya” y “Credo” / Oraciones del XXII Domingo del T. Ordinario [385] /Prefacio Dominical del T. Ordinario (I-X) [460-469] / Leccionario I (A) [247]: Jr 20, 7-9; Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27.

LITURGIA DE LAS HORAS: Tomo IV / Del “Domingo XXII” del T. Ordinario se toman: las antífonas para el cántico evangélico (“Año A”), la oración conclusiva y las dos lecturas del Oficio (“Año II”) [156] / Todo lo demás del “Domingo II” del Salterio [811] / COMPLETAS: Después de las II Vísperas [1212].

LECTURAS

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9

¡Tú me has seducido,
Señor, y yo me dejé seducir!
¡Me has forzado y has prevalecido!
Soy motivo de risa todo el día,
todos se burlan de mí.
Cada vez que hablo, es para gritar,
para clamar «¡Violencia, desvastación! ».
Porque la palabra del Señor es para mí
oprobio y afrenta todo el día.
Entonces dije: «No lo voy a mencionar,
ni hablaré más en su Nombre».
Pero había en mi corazón como un fuego abrasador,
encerrado en mis huesos:
me esforzaba por contenerlo,
pero no podía.


Palabra de Dios.


SALMO RESPONSORIAL 62, 2-6. 8-9

R. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

Señor, Tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.

Veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas.
Mi alma está unida a ti,
tu mano me sostiene. R.


Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 12, 1-2

Hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que debe ofrecer.
No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía que ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Palabra del Señor.

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XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A: Tomar la cruz propia, es tomar la cruz de los demás

Publicado por El Blog de X. Pikaza


Mateo 16,21-27. Tras el domingo de la confesión (¿quién es el Hijo del Hombre?) viene el domingo de la decisión: ¿qué estás dispuesto a dar por el Reino? En uno de sus discursos más famosos, el Presidente Kennedy dijo a los norteamericanos: No preguntéis lo que América puede hacer por vosotros, sino lo que vosotros podéis hacer por América. En el evangelio de hoy, Pedro quiere saber lo que el Reino de Dios puede darle a él. Jesús en cambio dice lo que él está dispuesto a dar por el Reino, es decir, por los demás. ¡Está dispuesto a dar la propia vida! El Hijo del Hombre tiene que estar dispuesto a morir, no por amor al sufrimiento, no por victimismo, sino todo lo contrario: por amor a la Vida, que es la vida de los otros.

Texto

a. Tema básico. En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

b. Controversia: Pedro y Jesús. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: "¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte." Jesús se volvió y dijo a Pedro: "Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios."

c. Profundización de Jesús. Entonces dijo a sus discípulos: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.


a. Tema básico. El hijo del hombre tiene que padecer.

Pedro ha dicho que Jesús es Cristo, el Hijo de Dios… Jesús le ha respondido haciéndole “piedra” de la Iglesia. Pero ser piedra significa soportar la carga del edificio, no como un Sísifo maldito, que sube una y otra vez la piedra para que de nuevo se le caiga, sino como hermanos de todos los hermanos. Pedro tiene que estar dispuesto a iniciar con los demás un camino de entrega generosa de la vida. No subirán a Jerusalén para conquistarla por las armas y reinar de un modo impositivo, sino para regalar generosamente la vida.
Esta es la “locura de Jesús”. Está dispuesto a subir a Jerusalén (¡una cueva de leones o, peor aún, de ladrones!) para regalar la vida. Habían pensado quizá que Cristo es quien hace, en creatividad triunfadora. Pues bien, Jesús descubre que el auténtico Cristo es quien sabe dar a los demás, amando en gratuidad, poniendo la vida a merced de los otros, no para sufrir (¡Jesús no quiere sufrir!), sino para lograr que todos puedan gozar y disfrutar el don de la vida.

Ha ofrecido solidaridad o reino de Dios pero los jueces del reino judío no le aceptan. Ha creado comunión, dando voz a los mudos, pan a los hambrientos, salud a los enfermos, pero los jerarcas religiosos y sociales de su pueblo le juzgan peligroso y en nombre de su ley social estrecha, le persiguen. Así lo ha descubierto Jesús, así lo acepta, sabiendo que tiene que llegar hasta el final: subirá a Jerusalén y le matarán, pero él regalará su vida, porque el don de la vida merece la pena, porque hay Dios y Dios es la resurrección.

Para hacerse solidario de los hombres (especialmente los pobres, enfermos, marginados y hambrientos), Jesus ha renunciado a toda forma de violencia o lucha externa. No puede imponer su proyecto por la fuerza, ni emplear en su favor las armas de la guerra u opresión humana, pues ellas las controlan los ancianos, escribas y sacerdotes de Jerusalén, vinculados al poder de Roma. Es claro que en este enfrentamiento desigual Jesus se encuentra derrotado de antemano. A pesar de ello (precisamente por ello) se mantiene, para que actúe Dios a través de su derrota, ratificando su entrega en favor de los humanos.

No quiere morir, pero tiene que estar dispuesto a morir. Así lo sabe y los declara en el momento central de su vida. No lo ha rechazado, no se ha rebelado. Él acepta las implicaciones de su obra, iniciando implícitamente un ascenso de muerte y pascua que le lleva a Jerusalén (lugar del sanedrín). Todo lo que siga será expansión de estas palabras, crónica y despliegue de una muerte anunciada en esperanza de resurrección.
La muerte está anunciada. No vendrá al final, como por casualidad. No es accidente inesperado que trunca la carrera victoriosa de un Mesías triunfador. No es tragedia contra la que debe elevarse angustiado el profeta del reino. No es tampoco comedia, representación teatral que hace Jesús, sabiendo de antemano lo que debe suceder, sin implicarse de verdad en ello, como si sólo le afectara externamente, en actitud de docetismo (sufre el cuerpo, el alma no padece, está ya en gloria). Entendida así, como expresión del don de su vida, la muerte de Jesús es Evangelio: el Hijo del Hombre tiene que ser capaz de dar la vida, no porque le guste sufrir (masoquismo), sino porque le gusta amar.


b.- Corrección de Pedro, corrección de Jesús

Simón es el discípulo primero a quien el mismo Jesús ha llamado Pedro (= Petros, el Piedra, fundamento de su comunidad mesiánica). Pues bien, como escogido de Jesús, él se atreve a increparle, rechazando su forma de entender el mesianismo. Jesús le llamó para encargarle la pesca escatológica y después le ha ofrecido la tarea de anunciar la conversión y expulsar a los demonios. Es normal que piense y diga lo que piensa, corrigiendo a Jesús y ofreciéndole su propia visión del mesianismo. Jesús es maestro, pero no dictador. Ha pedido su opinión ()quién decís que soy?). Pedro responde: tiene derecho a corregirle, trayéndole al camino del triunfo mesiánico, utilizando así buenas razones que le ofrece la Escritura y tradición israelita. No podemos suponer que es un cobarde, un incrédulo egoísta o simplemente alguien que busca sólo el triunfo externo. Tiene su razón al corregir a Jesús.

Pedro representa un tipo de buen mesianismo (israelita y cristiano). Pedro piensa que el camino de Dios es el triunfo externo: si Dios está con nosotros, si tú eres Hijo de Dios, tenemos que triunfar. Esta es la buena teología.
Pero Jesús va en contra de la teología de Pedro: si Dios está con nosotros tenemos que amar; si Dios está con nosotros tenemos que estar dispuestos a dar la vida en Jerusalén. Allí vamos, porque Dios nos lo pide, pero vamos con las manos desnudas de armas y llenas de amor.
. No es extraño que Pedro/ortodoxo rechace un camino de sufrimiento y fracaso que Jesús acaba de exponer al presentarse como Hijo del humano. No es extraño que se enfrente a Jesús. Lo extraño hubiera sido que no lo hiciera, que aceptara que el Mesías debe ser condenado precisamente por los sanedritas de la ley sagrada. Como representante de la tradición israelita (del mesías que triunfa, del sanedrín que es bueno), Pedro se cree obligado a corregir a Jesús, dándole una lección de mesianismo y cordura israelita.
Pedro defiende las cosas de los humanos propias del Sanedrín, cuyos sacerdotes y asociados (escribas y presbíteros) se oponen a la voluntad de Dios. Pero Jesús defiende las cosas de Dios y Dios no está en el triunfo por imposición, sino en el amor que se entrega generosamente, estando dispuesto a dar las vida.
Pedro es ortodoxo, ha hecho la buena confesión (¡Eres el Cristo, el Hijo de Dios)… y sin embargo es un diablo… (¡Apártate de mí Satanás!). Sería demasiado fácil decir que este Pedro/ortodoxo/Satanás es el Papa, pero bien puede serlo y podemos serlo nosotros, ortodoxos al extremo, pero capaces de imponernos sobre los demás pensando que tenemos razón.
Jesús llama a Pedro Satán… y sin embargo lo sigue dejando a su lado, en el círculo más íntimo de sus discípulos. Los dictadores de este mundo expulsan a los traidores… Jesús hará su camino rodeado de traidores con buenas palabras (de nosotros). Como antagonista de Jesús dentro de su grupo, Pedro representa los principios de la historia humana, lo mismo que los miembros del Sanedrín. Esta es la ironía: Jesús sigue manteniendo a su lado a Pedro y a los Doce aunque no acepten ni compartan su camino. .

c.- Revelación más honda, verdadero seguimiento

Jesús llamó a sus discípulos. Ahora profundiza la llamada: (Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo...! Estas palabras reflejan la experiencia primordial del Cristo que entrega la vida para construir el reino. Aisladas del contexto, ellas pueden parecer un canto al sufrimiento: entrega masoquista, destrucción de la persona. Dentro de Mc ellas expresan la exigencia y sentido de la entrega de la vida, para el surgimiento de la nueva casa y comida mesiánica.
El proyecto de Jesús (compartir los panes, construir una familia donde caben todos los humanos...) no se puede conseguir con métodos de magia, imposición o infantilismo. La nueva comunión del pan compartido sólo se construye en actitud de gratuidad activa, con personas dispuestas a entregarse por lograrlo:

a: Principio fundamental: Quien quiera venir en por de mí, niéguese a sí mismo... Venir tras Jesús implica tomar su misma cruz y negarse a sí mismo, afirmando desde Dios la vida de los otros. Negarse no es buscar el sufrimiento, de un modo masoquista, sino buscar el bien de los demás… Negarse es abrir un espacio de vida para que los otros vivan.
b: Aclaración: Pues quien pretenda ganar su propia alma ese la pierde... Ganar el alma propia es perderse… quedarse encerrado en sí mismo. ^Perderse por los otros es ganarse en plano de evangelio. Mc identifica causa de Jesús y evangelio, buena nueva de fraternidad universal (de casa y mesa compartida). Jesús mismo es la vida que se entrega por los otros, en esperanza de resurrección.
c: Razonamiento: ¿Qué le vale al ser humano ganar el mundo entero si pierde su alma...? Alma es la vida que se ofrece y recibe gratuitamente. Los valores del Sanedrín, los ideales de Pedro pertenecen a este mundo, en plano de ganancia impositiva, enfrentamiento y lucha interhumana. Alma, en cambio, es aquello que se tiene (y es) al compartirlo con los otros, como Jesús, por el reino..
B a': Ratificación escatológica: (Quien se avergüence de mí y de mis palabras...! Las palabras de Jesús son la más honda verdad del creyente al que definen ante el Hijo del humano que vendrá como portador del premio de Dios, de la vida de Dios para los hombres

Estas palabras expresan la paradoja fundamental de la vida cristiana. No son signo de inútil victimismo, ni gesto masoquista de huída de este mundo sino principio y clave de vida compartida: sólo allí donde los humanos superan su egoísmo y su deseo de dominio (su violencia), en actitud fuerte de entrega, puede suscitarse la más alta comunión interhumana, la iglesia en la que todos se vinculan.
Los códigos sociales de fuera (especialmente un tipo de judaísmo antiguo y el de cierto cristianismo actual) suscitaban un espacio de cierta paz grupal, pero sólo lo lograban con violencia exterior (separación de los demás) e interior (imposición de grupo). Jesús ha superado esas formas de violencia, pero al hacerlo queda en manos de las jerarquías de Israel, amenazadas por su proyecto de gratuidad y palabra compartida.
Jesús no formula una nueva ley de familia como los rabinos. Tampoco impone por fuerza su proyecto, pues ello rompería la gracia de su reino. Su mismo ideal le sitúa en camino de muerte porque, en un mundo como el nuestro, dominado por la ley de imposición de los violentos, quien pretenda servir a los demás en gratuidad ha de estar dispuesto a morir por ellos. De esta modo ha formulado Mc la novedad permanente de la iglesia, fundada en la muerte del Hijo del humano, superando un judaísmo que sigue a la espera del Cristo de Pedro y un islam que sacraliza la victoria de Mahoma con su retorno a la Meca. Crear comunidad desde la derrota, vincular a los humanos por la entrega de la vida: esa es la novedad de Jesús y de su iglesia según Mateo.


d. Conclusión.

Jesús no ha reflexionado sobre el sufrimiento en un plano teórico, como han hecho Qohelet o Job, no ha investigado y propuesto nuevas teorías, más hondas, para explicar en general el posible valor humanizante del sufrimiento. Él ha hecho algo anterior, mucho más hondo: Se ha puesto de parte de los que sufren, ofreciéndoles su solidaridad, curándoles. En contra de lo que a veces se ha dicho, en Jesús no hallamos ninguna “mística del sufrimiento”, como la que puede encontrarse en IGNACIO DE ANTIOQUÍA (cuando dice que quiere morir, ser molido, para unirse con Cristo: Romanos 4); no hay tampoco una mística como la de aquellos que han pedido a Dios sufrimientos, diciendo “o padecer o morir”. En contra de eso, Jesús ha protestado contra el sufrimiento y lo ha hecho de un modo de un modo inmediato e intenso: ayudando y curando a los que sufren, prometiéndoles el Reino de Dios, que es la felicidad completa, ya desde aquí, en este mundo.
Este motivo nos sitúa en el centro del mensaje de Jesús. Tanto Buda como Jesús quedaron impresionados por el sufrimiento de los hombres. Ante ese descubrimiento, Buda optó por cerrarse en su interior, más allá de los deseos, para superar de esa manera (en lo interior) el sufrimiento. Jesús, en cambio, se rebeló con toda fuerza contra el sufrimiento de los hombres, expresado en sus enfermedades. En esa línea, sus milagros elevan una protesta incondicional contra la miseria y la opresión humana, tanto la miseria física como la social.

Se ha dicho a veces que los milagros de Jesús son gestos primitivos e inmaduros, cercanos a la magia. Buda fue más elevado: enseñó a los hombres a aceptar el sufrimiento, a no evadirse. Jesús, en cambio, habría querido superar el sufrimiento, curando a los enfermos… Pero, al final, su protesta habría sido inútil, pues todo siguió como estaba.

Pues bien, eso no es cierto. Jesús no se evadió, ni se refugió en la sabiduría interior, sino que inició un proceso de protesta activa en contra del sufrimiento. Por eso inició con los pobres (con los hambrientos y sufrientes de su tiempo, los enfermos y oprimidos (cf. Lc 6, 20-21) un movimiento de liberación, en las condiciones concretad de aquel mundo… Un movimiento que, en aquellas condiciones, como en las actuales, significa estar dispuesto a morir.
Ciertamente, también Pedro está dispuesto a seguir a Jesús, para superar de esa manera el sufrimiento de los pobres, pero quiero hacer sin sufrir (como un vencedor). Jesús, en cambio, sabe que sólo se puede acompañar y ayudar a los sufren estando dispuesto a morir con ellos (por ellos) en Jerusalén.
Por acompañar a los que sufren, Jesús está dispuesto a sufrir, no por victimismo, sino por solidaridad. Sabe que el sufrimiento de los hombres no se soluciona con más templo y más imperio (porque el templo y el imperio concretos de su tiempo son causantes de mucho sufrimiento), sino con más solidaridad, allí donde los hombres y mujeres estén dispuestos a “tomar la cruz”, poniéndose de parte de los perdedores de la historia (los crucificados).
Jesús no ha buscado el sufrimiento, sino todo lo contrario: ha querido y buscado la dicha de Dios. Pero ha aceptado de un modo personal el sufrimiento, para realizar así el camino mesiánico, muriendo a favor de la llegada del Reino de Dios.

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viernes, 29 de agosto de 2008

Evangelio Misionero del Día: Sabado 30 de Agosto de 2008

Por CAMINO MISIONERO



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 13, 44-46

Jesús dijo a la multitud:

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.


Compartiendo la Palabra

Queridos Amigos, llegando al término de esta semana, donde la Iglesia nos propone recordar a una gran santa de América, precisamente su Patrona, Santa Rosa de Lima, les propongo que hagamos una lectura orante del evangelio del día de hoy, propuesto por los Carmelitas, ofreciendo este diálogo con el Señor, por todos aquellos hermanos cristianos que están pasando una situación muy dificil en la India. Con muy poquito, podemos ayudarlos espiritualmente con nuestra humilde oración.

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan; sin ti nada es fuerte ni santo. Multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 13,44-46


3) Reflexión

• El evangelio de hoy presenta dos breves parábolas del Sermón de las Parábolas. Las dos son similares entre sí, pero con diferencias significativas para esclarecer mejor determinados aspectos del Misterio del Reino que está siendo revelado a través de estas parábolas.
• Mateo 13,44: La parábola del tesoro escondido en el campo. Jesús cuenta una historia bien sencilla y bien breve que podría acontecer en la vida de cualquiera de nosotros. Dice: “«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel”.. Jesús no explica, sino que sencillamente dice: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo”. Así apremia casi a los oyentes a que compartan con los demás lo que esta historia suscitó en sus corazones. Comparto algunos puntos que he descubierto: (a) El tesoro, el Reino, ya está en el campo, ya está en la vida. Está escondido. Pasamos y pisamos por encima sin darnos cuenta. (b) El hombre encontró el tesoro. Fue por pura causalidad. No esperaba encontrarlo, pues no lo estaba buscando. (c) Al descubrir que se trata de un tesoro muy importante, ¿qué hace? Hace lo que todo el mundo haría para tener el derecho de poder apropiarse del tesoro. Va, vende todo lo que tiene y compra el campo. Así, junto con el campo adquiere el tesoro, el Reino. ¡La condición es vender todo! (d) Si el tesoro, el Reino, ya estaba en la vida, entonces es un aspecto importante de la vida que empieza a tener un nuevo valor. (e) En esta historia, lo que predomina es la gratuidad. Al tesoro se le encuentra por caso, más allá de las programaciones nuestras. El Reino ¡acontece! Y si acontece, tú y yo tenemos que sacar las consecuencias y no permitir que este momento de gracia pase sin fruto.
• Mateo 13,45-46: La parábola del comprador de piedras preciosas. La segunda parábola es semejante a la primera pero hay en ella una diferencia importante. Trata de descubrirla. La historia es la siguiente. “El Reino de los Cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.”. Comparto algunos puntos que descubrí: (a) Se trata de un mercader de perlas. Su profesión consiste en buscar perlas. Es lo único que hace en la vida: buscar y encontrar perlas. Buscando, encuentra una perla de gran valor. Aquí el descubrimiento del Reino no es pura causalidad, sino que es fruto de una larga búsqueda. (b) El mercader de perla entiende el valor de las perlas, pues muchas personas quieren venderle las perlas que encontraron. Pero el mercader no se deja engañar. El conoce el valor de su mercancía. (c) Cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo lo que tiene y compra esa perla. El Reino es el valor más grande.
• Resumiendo la enseñanza de las dos parábolas. Las dos tienen el mismo objetivo: revelar la presencia del Reino, pero cada una la revela de una manera diferente: a través del descubrimiento de la gratuidad de la acción de Dios en nosotros, y a través del esfuerzo y de la búsqueda que todo ser humano hace para ir descubriendo cada vez mejor el sentido de su vida.

4) Para la reflexión personal

• Tesoro escondido: ¿lo has encontrado alguna vez? ¿Has vendido todo para comprarlo?
• Buscar perlas: ¿cuál es la perla que tú buscas y que aún no has encontrado?

5) Oración final

Señor, yo, en cambio, cantaré tu fuerza,
aclamaré tu lealtad por la mañana;
pues has sido un baluarte para mí,
un refugio el día de la angustia. (Sal 59,17)

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30 de Agosto: Día de Santa Rosa de Lima

"Rosa de Santa María"

Patrona de América, Perú y las Filipinas

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: "Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús".
-Catecismo de la Iglesia Católica, 2449

En Breve

Nació en Lima (Perú) el año 1586; cuando vivía en su casa, se dedicó ya a una vida de piedad y de virtud, y, cuando vistió el hábito de la tercera Orden de santo Domingo, hizo grandes progresos en el camino de la penitencia y de la contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.

Biografía

Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva.

Aunque la niña fue bautizada con el nombre de Isabel, se la llamaba comúnmente Rosa y ése fue el único nombre que le impuso en la Confirmación el arzobispo de Lima, Santo Toribio. Rosa tomó a Santa Catalina de Siena por modelo, a pesar de la oposición y las burlas de sus padres y amigos. En cierta ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas y Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia por aquella vanidad, de suerte que tuvo después bastante dificultad en quitársela. Como las gentes alababan frecuentemente su belleza, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.


Una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras austeridades aún más sorprendentes la prepararon a la lucha contra los peligros exteriores y contra sus propios sentidos. Pero Rosa sabía muy bien que todo ello sería inútil si no desterraba de su corazón todo amor propio, cuya fuente es el orgullo, pues esa pasión es capaz de esconderse aun en la oración y el ayuno. Así pues, se dedicó a atacar el amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.

Aunque era capaz de oponerse a sus padres por una causa justa, jamás los desobedeció ni se apartó de la más escrupulosa obediencia y paciencia en las dificultades y contradicciones.

Rosa tuvo que sufrir enormemente por parte de quienes no la comprendían.

El padre de Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles. Rosa trabajaba el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa estaba contenta con su suerte y jamás hubiese intentado cambiarla, si sus padres no hubiesen querido inducirla a casarse. Rosa luchó contra ellos diez años e hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor.

Al cabo de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de El, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor.

Extraordinarias pruebas y gracias.

Dios concedió a su sierva gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, en tanto que su alma se veía sumida en la más profunda desolación espiritual.

El demonio la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales.

Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: "Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor".

Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro.

El Papa Clemente X la canonizó en 1671.

Aunque no todos pueden imitar algunas de sus prácticas ascéticas, ciertamente nos reta a todos a entregarnos con mas pasión al amado, Jesucristo. Es esa pasión de amor la que nos debe mover a vivir nuestra santidad abrazando nuestra vocación con todo el corazón, ya sea en el mundo, en el desierto o en el claustro.


De los escritos de santa Rosa de Lima.

El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:
"¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación.
Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al
colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acre-
centamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la
medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es
la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz
no hay camino por donde se pueda subir al cielo!"
Oídas estas palabras, me sobrevino un impetu pode-
roso de ponerme en medio de la plaza para gritar con
grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cual-
quier edad, sexo, estado y condición que fuesen:
"Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de
Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os
aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones;
hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conse-
guir la participación íntima de la divina naturaleza, la
gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma."
Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente
a predicar la hermosura de la divina gracia, me angus-
tiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no
podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que
se había de romper la prisión y, libre y sola, con más
agilidad se había de ir por el mundo, dando voces:
"¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la
gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas ri-
quezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y
delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes
y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos
por el mundo en busca de molestias, enfermedades y
tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro
último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se que-
jaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte,
si conocieran las balanzas donde se pesan para repartir-
los entre los hombres."

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