Jesús recorría la Galilea; no quería transitar por Judea porque los judíos intentaban matarlo.
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas. Cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también Él subió, pero en secreto, sin hacerse ver. Promediaba ya la celebración de la fiesta, cuando Jesús subió al Templo y comenzó a enseñar.
Algunos de Jerusalén decían: «¿No es éste Aquél a quien querían matar? ¡Y miren como habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es».
¡Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó:
«¿Así que ustedes me conocen
y saben de dónde soy?
Sin embargo, Yo no vine por mi propia cuenta;
pero el que me envió dice la verdad,
y ustedes no lo conocen.
Yo sí lo conozco,
porque vengo de Él
y es Él el que me envió».
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre Él, porque todavía no había llegado su hora.
Querido amigo/a:
Hay momentos en que en la vida se encuentra paz, sosiego, quietud. Pero la mayoría de las veces, la vida es movimiento, corriente, lucha. Hay quien ha hablado de “el río de la vida” como ese caudal que nunca se para, que alterna remansos con turbulencias. O quienes nos recuerdan que “la lucha por la vida” es el motor que hace avanzar la existencia en nuestro planeta, en sus múltiples formas.
En este contexto podemos escuchar las lecturas de hoy: la vida, recibida como regalo, está continuamente acechada. A veces serán los quehaceres de cada día. Otras veces, un foco de atracción nos querrá separar de lo más importante o de los compromisos más fundamentales. En otras ocasiones habrá peleas, luchas, tensiones personales. El texto del libro de la Sabiduría nos recuerda que el que pretende seguir los caminos de Dios y de la Vida, antes o después tendrá que pasar por la prueba que le viene de los demás y de los acontecimientos.
Jesús va avanzando en su camino. Se acerca la Pascua. Y las pruebas siguen llegando. Los judíos quieren matarle. Él vive prudentemente, pero no por ello deja de actuar.
En realidad, ya desde el comienzo conoció la prueba. Cuando el tentador le proponía otras formas de llevar a cabo su mesianismo. Cuando sus paisanos querían despeñarle. O cuando querían hacerle rey a su manera.
En todas estas pruebas, Jesús fue recibiendo la fuerza del Espíritu. Y con ello se fue ejercitando en la confianza. Una confianza mayor que las pruebas, porque se apoya en Aquél que no permite que la prueba supere nuestras fuerzas.
Por eso, cuando llegó “la hora”, Jesús, en medio del sufrimiento y de la confusión, pudo acabar diciendo: “Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu”.
Gracias, Jesús, porque fuiste humano.
Y pasaste por las pruebas que pasamos nosotros.
Danos tu Espíritu y tu confianza
para encomendarnos en las manos del Padre.
Tu hermano en la fe:
Luis Manuel Suárez, claretiano
Se acercaba la fiesta judía de las Chozas. Cuando sus hermanos subieron para la fiesta, también Él subió, pero en secreto, sin hacerse ver. Promediaba ya la celebración de la fiesta, cuando Jesús subió al Templo y comenzó a enseñar.
Algunos de Jerusalén decían: «¿No es éste Aquél a quien querían matar? ¡Y miren como habla abiertamente y nadie le dice nada! ¿Habrán reconocido las autoridades que es verdaderamente el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde es éste; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde es».
¡Entonces Jesús, que enseñaba en el Templo, exclamó:
«¿Así que ustedes me conocen
y saben de dónde soy?
Sin embargo, Yo no vine por mi propia cuenta;
pero el que me envió dice la verdad,
y ustedes no lo conocen.
Yo sí lo conozco,
porque vengo de Él
y es Él el que me envió».
Entonces quisieron detenerlo, pero nadie puso las manos sobre Él, porque todavía no había llegado su hora.
Querido amigo/a:
Hay momentos en que en la vida se encuentra paz, sosiego, quietud. Pero la mayoría de las veces, la vida es movimiento, corriente, lucha. Hay quien ha hablado de “el río de la vida” como ese caudal que nunca se para, que alterna remansos con turbulencias. O quienes nos recuerdan que “la lucha por la vida” es el motor que hace avanzar la existencia en nuestro planeta, en sus múltiples formas.
En este contexto podemos escuchar las lecturas de hoy: la vida, recibida como regalo, está continuamente acechada. A veces serán los quehaceres de cada día. Otras veces, un foco de atracción nos querrá separar de lo más importante o de los compromisos más fundamentales. En otras ocasiones habrá peleas, luchas, tensiones personales. El texto del libro de la Sabiduría nos recuerda que el que pretende seguir los caminos de Dios y de la Vida, antes o después tendrá que pasar por la prueba que le viene de los demás y de los acontecimientos.
Jesús va avanzando en su camino. Se acerca la Pascua. Y las pruebas siguen llegando. Los judíos quieren matarle. Él vive prudentemente, pero no por ello deja de actuar.
En realidad, ya desde el comienzo conoció la prueba. Cuando el tentador le proponía otras formas de llevar a cabo su mesianismo. Cuando sus paisanos querían despeñarle. O cuando querían hacerle rey a su manera.
En todas estas pruebas, Jesús fue recibiendo la fuerza del Espíritu. Y con ello se fue ejercitando en la confianza. Una confianza mayor que las pruebas, porque se apoya en Aquél que no permite que la prueba supere nuestras fuerzas.
Por eso, cuando llegó “la hora”, Jesús, en medio del sufrimiento y de la confusión, pudo acabar diciendo: “Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu”.
Gracias, Jesús, porque fuiste humano.
Y pasaste por las pruebas que pasamos nosotros.
Danos tu Espíritu y tu confianza
para encomendarnos en las manos del Padre.
Tu hermano en la fe:
Luis Manuel Suárez, claretiano





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