XVIII Domingo del T.O. (Jn 6,24-35) - Ciclo B
Por A. Pronzato
Exodo 16, 2-4.12-15 / Efesios 4, 17.20-24 / Juan 6, 24-35
Por A. Pronzato
Exodo 16, 2-4.12-15 / Efesios 4, 17.20-24 / Juan 6, 24-35
A propósito de vestido
Un anciana señora del asilo que visito con cierta regularidad, me ha contado un episodio desempolvado del álbum de los recuerdos descoloridos de su juventud.El párroco de su pueblo véneto se plantaba, los domingos, ante la puerta de la iglesia y tomaba las medidas de los vestidos de las mujeres con un metro especial patentado por él. En efecto, estaba provisto de un rudimentario trasto de madera formado por una rótula con el apéndice de una tira larga exactamente de veinte centímetros.
Se ponía de rodillas en el pavimento y hacía coincidir la parte cóncava de la rodilla artificial con la verdadera de la muchacha y, por medio de la tira de madera, controlaba hasta dónde llegaba el borde del vestido. Si la falda no alcanzaba los fatídicos veinte centímetros, la desdichada era reexpedida a su casa para ponerse un vestido más acorde con el decoro de la casa de Dios.
El domingo pensaba en aquella divertida escena, observando las modas de los vestidos de la gente que entraba en la iglesia en aquel pueblo de mar. El descuido parecía casi obligado. El desaliño dominaba unánime. Pantalones cortos y deshilachados, camisetas descoloridas o atravesadas por llamativos y hasta equívocos letreros en inglés, sombreros, camisolas rasgadas, sandalias y chancletas enfiladas en los pies desnudos. Todo parecía comprado en un supermercado de mal gusto. Solamente algunas personas maduras o con canas se salvaban de aquella vulgaridad.
No podía evitar la comparación con los huéspedes de «mi» asilo, ellas siempre cuidadosamente ataviadas para la misa dominical. Los hombres, indefectiblemente, con chaqueta y corbata.
Alguna me explicaba: «Mi madre siempre me ha enseñado que para ir a la iglesia hay que ponerse el vestido más bonito». Y siempre lo he hecho así, hasta hoy.
Sé muy bien que la elegancia es sobre todo interior. Pero dudo que el descuido, el desaliño, el desaseo sean índices de elegancia interior.
Aquí no se trata de echar de menos el ridículo instrumento de medir inventado por el estrambótico cura véneto. Pero un cierto grado de respeto hacia la iglesia y hacia los demás estaría bien que se recuperara. Me parece que hoy, en muchos casos, la negligencia supera los límites de la decencia.
El profesor se ha salido del tema
El predicador no era el párroco, sino un profesor de vacaciones, muy contento de poder tener una lección de exégesis bíblica. Se explicaba, usando una expresión consagrada por el uso, «como un libro abierto». Lo peor para un hombre de la palabra, que debería tener el libro abierto dentro, pero para traducirlo con palabras vivas, personales, nuevas.
Hablaba, desencadenando oleadas bien visibles de aburrimiento contagioso, de «estratos redaccionales del Pentateuco», de las diversas tradiciones que se entrecruzan (el rostro de mi vecino de banco expresaba un interés incontenible, mientras su mujer agitaba el abanico intentando vencer el sofoco y el sueño). Aclaraba que el maná no necesariamente había caído del cielo, sino que podía haber sido sacado de la resina de un árbol o arbusto desconocido para los hebreos.
Y a propósito de las codornices no se debía necesariamente hablar de milagro (muchos oyentes, en este momento, manifestaron una evidente desilusión: el golpe era duro para ellos). Se trataba de un fenómeno natural y bastante frecuente en el tiempo de las migraciones. Los volátiles, extenuados por el cansancio de la larga travesía desde Africa a Canaán, se posaban en bandadas, sobre el terreno. Y por la mañana, con las alas pesadas por el rocío nocturno, tardaban en levantar el vuelo, por lo que era muy fácil capturarlas. Yo no podía entretenerme a imaginar qué distracción constituiría, para mis compañeros de playa, tal fenómeno, en comparación con el «¿quién compra?» de los vendedores ambulantes.
Llegado a la fase de actualización, refiriéndose a las murmuraciones de los israelitas nostálgicos de los modestos ajos ofrecidos por la esclavitud de Egipto, el profesor no ahorró algunos flechazos a esos cristianos nostálgicos que no han aceptado la reforma del concilio, y añoran «patéticamente» (esta es la palabra que ha usado) el latín de la misa, las procesiones, la sotana de los curas, el canto gregoriano, las imágenes que llenaban las iglesias y toda la otra «quincallería devocional»...
Hubiera querido objetar que algún que otro suspiro por el gregoriano con frecuencia sale también de mi boca, especialmente cuando me castigan con ciertos voceríos sincopados y ciertas cantinelas destilando sentimentalismo por todas las notas y palabras. Que de la misa de antaño yo lamento dos cosas: «Introibo ad altare Dei... Ad Deum qui laetificat iuventutem meam» y el prólogo del evangelio de Juan recitado al final «in cornu evangelii». Los recuerdos de cuando era monaguillo no quieren evaporarse de ninguna manera, pero no creo que sea una culpa grave.
Aparte de esto, no aceptaba la confrontación con las ollas puestas a hervir en tierra de Egipto, objeto de deseo y de nostalgia acongojada. Tenía la impresión de que la comparación cojeaba claramente y resultaba sustancialmente injusta. Si hubiese sido el profesor del profesor habría sentenciado: «fuera del tema».
Después el predicador ha examinado con microscopio el discurso sobre el pan de vida, sugiriendo una división del texto que facilitase la lectura (probablemente suponía que los oyentes tenían al alcance de la mano pluma y cuaderno para escribir los versículos), poniendo de relieve «la trabazón y el desarrollo de las varias temáticas» y advirtiendo que sólo la última parte se considera «específicamente eucarística».
Las codornices se me quedaron en el estómago
Yo no era capaz de seguirlo. Las predicaciones-lecciones, consteladas por regulares «debéis saber que...», no logro digerirlas ni en lugares de mar ni en otras partes.
Los curas intelectuales, o que secundan a los intelectuales, sólo los acepto si no exhiben su saber como pavos reales, si lo olvidan cuando hablan a la gente común, de la que formo parte con un cierto orgullo.
Quizás ahí se me habían atragantado tanto el maná (que nunca he tenido la suerte de probar, ni siquiera cuando he pasado por los parajes del Sinaí) como las codornices (que he gustado alguna vez, ya que desgraciadamente no soy vegetariano). O, quizás, era precisamente ese tipo de predicación el que se me había quedado en el estómago. Habiendo un santuario en los alrededores, iré pronto a confesarme y a aclarar, si es posible, este asunto con un cura que sea neutral.
De todos modos, no he salido de la iglesia sólo con la irritación extendida por la cara. Llevaba dentro el pan de vida, y era algo más que suficiente para resignarme un poco. Aunque ese pan no iba envuelto pretenciosamente en la explicación, que no he seguido.
Y me bastaban aquellas dos frases cruzadas entre Jesús y alguno de la multitud: «¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?». «Creed en el que él ha enviado».
Evidentemente, aquel que Dios ha mandado y en el que hay que creer, no había que confundirlo con el profesor en cátedra.
Se me hace difícil imaginar que Jesús haya sido enviado, o que se haya molestado en dejar el cielo, para informarnos acerca de las migraciones de las codornices...
«Señor, danos siempre de ese pan... porque el de los doctos deja en la boca un sabor a papel».
Sé que estoy forzando el texto, y hasta interpretándolo desviada y maliciosamente, pero estoy de vacaciones y permítaseme bromear un poco: la exhortación de Pablo a no comportarse según «la vaciedad de sus criterios», me hacía pensar no sólo en los paganos, sino también en algún hombre de la palabra con cátedra incorporada incluso cuando está de vacaciones.




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