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miércoles, 5 de octubre de 2011

XXVIII Domingo del T.O. (Mt 22, 1-14) - Ciclo A: Dios espera de nosotros algo más que la mera presencia

Por Felix Jimenez Tutor, escolapio

Érase una vez un hombre muy rico que solía dar una cena al mes a sus amigos. En una ocasión algunos invitados no pudieron asistir por enfermedad. Nuestro hombre quería celebrar y brindar con los amigos ausentes en la siguiente reunión, así que mandó a su mayordomo colocar una botella de su mejor vino en una caja especial y le dijo al mayordomo: “Respeta esta caja. Tiene una finalidad muy especial para nuestros huéspedes”.
El mayordomo respetó la orden de su señor y cada vez que pasaba delante de la caja hacía una inclinación.
Poco después el señor murió y las cenas siguieron celebrándose. El mayordomo recordó a los invitados que tenían que respetar la caja especial.


Así las cenas comenzaron a ser más serias y en lugar de celebrar la amistad de todos, se dedicaron a comer en silencio y a mirar la caja con mucho respeto.

La palabra de Dios, en este domingo, nos habla también de un Dios rico en amor, de un gran banquete y de una fiesta de bodas.

Dios invita a todos a su fiesta, nadie queda excluido, sólo quedan fuera los que no quieren entrar; los que no aceptan la invitación; los muy ocupados en sus negocios para escuchar al Señor.

El Reino de Dios, la vida de Dios el pueblo de Dios está siempre en fiesta, es la boda de su hijo y boda es igual a amor, alegría, familia, reunión, comida, vino, música, el encuentro cálido de los seres humanos.

En el álbum de fotos de la familia, las más hermosas y abundantes son las fotos en torno a una mesa, una tarta y unas velas y un niño o una abuela expresando un deseo y apagando las velas.

Dios nos ha hecho de tal manera que necesitamos comer y nuestras comidas son una comunión con los otros.

La comida y la mesa de la amistad es mucho más que llenar el tanque del cuerpo, es momento de compartir comunitariamente y conectar con el significado profundo de la vida.

No hay celebración sin mesa y comida. Y no debería haber un día sin mesa y comida compartida juntos, en familia.

En este mundo de prisas es también de más soledad, estamos solos, comemos solos, vemos cada uno nuestra televisión, el comedor se ha convertido en sala de silencio, se ve televisión.

En la Escritura la imagen del banquete, de la comida, se repite muchas veces para comunicarnos que Dios quiere compartir con su pueblo su amor y su alegría.

El profeta Isaías describe el futuro del pueblo de Dios como una gran comida preparada por Dios para su familia. Imagen llena de risas, seguridad y abundancia. Imagen de toda la familia reunida en torno a la misma mesa.

Fíjense en las veces que se repite “todas las gentes”, “todas las naciones”, “toda la tierra”, “salgan a los caminos e inviten a todos los que encuentren”.

Esta es la pasión de Dios. Dios incluye a todos en su amor, quiere que todos estén en comunión con Él.

Un profesor de la universidad de Princeton comenta cómo en una ocasión entró en el ascensor del hotel para ir a su habitación y leyó un cartel que decía: “Esta noche, Fiesta en la habitación 407”.

Mientras se dirigía a su habitación pensó en el cartel. ¿Sería sólo para los que conocían a las personas de la 407? ¿Y si estuviera puesto para invitar a todos los que lo leyeran?

Para los camareros, para las mujeres de la lavandería, para los viajeros cansados, para la prostituta que trabaja en el hotel…

¿Pero quién puede dar una fiesta semejante?

Nadie. Nadie, excepto Dios.

Nuestra eucaristía. Nuestro banquete dominical es el ensayo para el banquete final en el Reino y en el amor de Dios.

“La fiesta está preparada”.

Una mesa. Un pueblo que celebra la fiesta. Una comida: pan y vino.

Todos bienvenidos.

Dios espera de nosotros algo más que la mera presencia. (Hombre que no llevaba el traje de la fiesta)

Una vez aquí, Dios espera que cambiemos y que nos dejemos cambiar.

En la fiesta se rompen todas las dietas. El cristiano está llamado no sólo a asistir a la fiesta sino a hacer fiesta y comer con alegría el pan de la vida.

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