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sábado, 12 de noviembre de 2011

XXXIII Domingo del T.O. - Ciclo A (Mt 25, 14-30 ): Tenemos miedo a que nos roben el pasado


La parábola del hombre que va de viaje y encomienda su hacienda a sus empleados, a cada uno según su capacidad, es todo un grito a esa tentación de querer detener la historia, pasar la vida recordando el pasado y levantando muros al cambio y a la novedad.
Todos corremos el riesgo de dedicarnos a “hacer hoyos” en la tierra y enterrar la historia y la gracia de Dios.
Todos corremos el riesgo de enterrar esos dones recibidos y esas posibilidades sembradas por Dios en nuestros corazones.

Más que “arar” la tierra para sembrar nuevas semillas, para segar nuevas cosechas, preferimos hacer hoyos, como cajas fuertes de conservación para que nadie las robe.
Tenemos miedo a que nos roben el pasado.
¿Y no es más peligroso el que nos roben el futuro?
Tenemos miedo a que nos roben el ayer.
Y mientras tanto, dejamos que alguien se nos escape, dejándonos sin futuro.

La vocación del cristiano no es “enterrar” tesoros.
Sólo se entierra a lo que está muerto.
La Iglesia no es cementerio, sino cuna de nuevas vidas.
Entierra a sus muertos, pero celebra las nuevas vidas bautismales.
¿Quién se atreve a enterrar al que está vivo?

La vocación del cristiano es “descubrir” tesoros.
No vendemos lo que tenemos por el pasado que ya no está.
En cambio, vendemos con alegría todo lo que tenemos, para comprarnos el tesoro del futuro.

La vocación del cristiano no es “esconder” sino “descubrir”.
La vocación del cristiano no es la “seguridad” de lo de siempre, sino el “riesgo” de lo nuevo.

Porque el ser cristiano es vocación, es “llamada”.
Llamada a “salir de su tierra” con rumbo desconocido.
Llamada e invitación “a salir” y aventurarse a abrir caminos en la arena del desierto.
Llamada a “dejar redes y barcas” y lanzarse a la aventura de lo que no se conoce.
Llamada a “seguir un camino nuevo” que no sabemos a donde lleva.
“Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú sígueme”.

Que Dios no nos pedirá el trigo que un día nos dio, sino que nos pedirá la nueva cosecha de granos nuevos.
Que Dios no nos hizo “cajas fuertes” contra ladrones, sino administradores que arriesgan y pierden y ganan.
Que Dios no nos encomendó “hacer hoyos y esconder” sus dones, sino “a poner su dinero en el banco”, porque a Dios no le interesa recoger lo que un día nos dio sino “recibir sus intereses”.

Que sólo recibe más el que más arriesga.
Que solo es bueno el que al cinco que recibió le añade otros cinco que ganó.
Que solo es bueno el que al dos que recibió le añade otros dos que consiguió.

No olvidemos que la primera revelación de Dios no fue de conservador de la nada, sino de creador desde la nada.
Por eso Dios no hace “hoyos” sino que abre “caminos”. “Yo soy el camino”.

Me quedo con aquellos versos de Unamuno cuando escribe:
“Di lo que Dios me dio, pues mi talento
moral no entierro por temor al amo;
mal le sirve el cobarde, el avariento;
voy a su ley de amor como a reclamo,
echo mi entera mies al libre viento
que deja el grano y que lleva el tamo”.

Clemente Sobrado C. P.
www.iglesiaquecamina.com

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