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viernes, 20 de enero de 2012

A Dios le gusta bromear: III Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,14-20)



Una simple degustación que excita el apetito

«Nos hemos perdido la primera entrega», comentó el pérfido Santiago cuando oyó a la intrépida señorita Elvira, maestra jubilada, que comenzaba a leer: «En aquellos días, vino de nuevo la palabra de Dios a Jonás...».
El hecho es que cada uno personalmente debería buscar -aunque el cura se olvidó de decirlo- la primera entrega en la Biblia. Lo que yo he hecho en casa con mi familia. En la Iglesia, desgraciadamente, se nos ofrecía sólo un pequeño texto, incompleto a mi manera de ver, de ese texto delicioso que es el relato de Jonás. Poco más que un aperitivo.

Una lástima, porque es el libro más humorístico de la Biblia (y, junto con mis dos hijos «intelectuales», nos hemos divertido subrayando los puntos más graciosos, de rara finura psicológica, de la narración), que presenta un relato extremadamente serio envuelto en una sonrisa. Una sonrisa que recorre toda la aventura paradójica, desde la escapada inicial hasta el terrible dolor de cabeza final del testarudo profeta, que ha vivido también la experiencia trágico-cómica de haber sido auto-purgado en el vientre del cetáceo.

Es la sonrisa de ese Dios que no da tregua a su mensajero, desmiente clamorosamente sus fúnebres previsiones, no está de acuerdo con su catastrofismo, hace añicos, sin piedad, su teología de los mecanismos perfectamente lubrificados pero que funcionan en sentido equivocado respecto al proyecto divino.

Así, un Dios que lleva la contraria al profeta alérgico a la misericordia, rechaza someterse a su cerebro mezquino, no le concede como premio la entrada para asistir a la destrucción de la ciudad odiada, extiende la pomada de la afabilidad indulgente sobre sus irritaciones.

Un Dios que confía a Jonás un mensaje aparentemente terrorífico, «dentro de cuarenta días Nínive será arrasada», pero esconde entre líneas un decisivo «a menos que...». El hombre no se da cuenta de esa bomba con alto potencial de esperanza (o finge ignorarlo, y hace todo lo posible para que los destinatarios no se enteren).

Pero aquellos desventurados ciudadanos de Nínive se lo «huelen» inmediatamente, la descubren y la hacen explotar en un movimiento revolucionario de conversión generalizada.

Y así la ciudad violenta, en la que se cometen toda clase de maldades, se transforma de golpe en una especie de monasterio en donde incluso los animales practican la ascesis y el ayuno. Gente irrecuperable toma el camino de la penitencia. Individuos famosos por sus infamias son salvados.

En una palabra, un hombre de Dios patético y también un poco ridículo en su dureza y torpeza. Parece que el Señor se divierte a sus espaldas (pero ese juego de Dios es extremadamente serio, como se ve al final). Una cabeza cuadrada que tiene que hacer las cuentas con un Dios de comportamientos imprevisibles. Para volverse loco (sería lógico enloquecer de alegría, pero el pequeño profeta pierde la cabeza por la rabia y el despecho).


Ni siquiera el predicador nos cree

La sonrisa de Dios sale airosa de todas las previsiones meteorológicas elaboradas en los más sofisticados observatorios teológicos, que anunciaban inevitables devastaciones y tempestades de fuego a corto plazo.

Los ciudadanos de Nínive, incrédulos patentados, elaborando una increíble «teología del arrepentimiento de Dios», revelan una intuición religiosa más aguda que la del profeta oficial, que no encuentra cosa mejor que reaccionar pleiteando como un muchacho o poniéndose furioso como un adulto despechado por no haber entendido nada.

Es interesante notar que el sermón «terrorífico» de Jonás -como ha recordado nuestro párroco, experto en sagrada Escritura- en el texto hebreo consta de cinco palabras. Quizás la predicación más breve de la historia. Cinco palabras que convierten de golpe a más de cien mil personas consideradas irremediablemente «perdidas». Y eso, a pesar de que el mismo predicador consideraba imposible el milagro, y ni siquiera lo deseaba (ni lo agradeció, una vez que se operó el milagro). A veces la predicación funciona, da en el blanco, aunque el predicador es el primero en no creerlo.

No se podía expresar mejor la eficacia irresistible de la palabra de Dios.

Y, al final, he ahí a Jonás que se lamenta y protesta por el clamoroso éxito obtenido. ¿Vale la pena anunciar el fin del mundo si después Dios no mantiene su promesa, no da curso a las amenazas, expone a su profeta a hacer el ridículo frente a aquellos desvergonzados?

Va a hacer entender a Jonás que cuando Dios ya no puede más, perdona. Que él no quiere el fin del mundo (al menos por ahora), sino el fin de la maldad y de la injusticia de los hombres...

Queridos predicadores, ¿por qué no lográis «contar» las cosas de Dios, sino que las presentáis empaquetadas en doctrina, en fórmulas e ideas abstractas?

Queridos predicadores, ¿por qué no conseguís hablar alegremente de cosas serias? ¿por qué presentáis habitualmente un Dios con el rostro enojado (sacado del de Jonás)?

Queridos curas, ¿por qué no sabéis reíros, al menos alguna vez, de vuestros incidentes de viaje? ¿por qué no nos advertís que Dios es más grande que vuestras cabezas y que vuestros textos, y con frecuencia se divierte haciendo saltar vuestros esquemas; cuidadosamente elaborados, trastocando vuestras previsiones oscuras?



Difícil y peligroso ese «como si»

Nuestro párroco se ha detenido a tejer explicaciones sutiles sobre el «como si» que repite el texto de Pablo. Yo he hecho un rápido recorrido de exploración por ciertas caras y tengo fuertes dudas sobre la exacta interpretación de aquellas recomendaciones. A mi izquierda, por ejemplo, estaba el señor A., rico más allá de la decencia, cuyas oraciones de la mañana consisten en leer con aprensión y satisfacción los resultados de la bolsa y el curso de lo cambios. Creo que es una empresa desesperada intentar aclararle aquel asunto: tener las cuentas bancarias rebosantes de cifras con un montón impresionante de ceros, y vivir como si no tuviese dinero.

Pero me temo que alguno tome demasiado a la letra las exhortaciones de Pablo, es más, que ya las practique, antes incluso de conocerlas. De hecho, conozco a individuos, y el domingo algunos estaban diseminados por los bancos, que tienen mujer, hijos, padres ancianos, parientes en dificultad, amigos pasándolo mal, pero es como si no los tuvieran: los ignoran olímpicamente, se desinteresan de ellos, han abdicado de sus propias responsabilidades. Dudo que Pablo entendiese ese tipo de indiferencia y de alejamiento.

En cuanto a mí, he recortado dos expresiones y me las he pegado en el cerebro: «el momento es apremiante» y «la presentación de este mundo se termina». Y he pensado instintivamente en una representación teatral, interpretando así el mensaje, al menos en lo que a mí se refiere: el tiempo se está acortando pavorosamente, es más, ha terminado el tiempo de la comedia, por eso no es el caso de continuar con las mismas estupideces. Hay que desmontar rápidamente el tablero, enrollar los escenarios, bajar los bastidores protectores, quitarse el disfraz.

Ahora ya sólo queda tiempo para vivir, no para recitar. Es la hora de ser, no de aparecer. Baja del escenario, abandona la escena, deja las ficciones, rechaza el papel que te han asignado, no te sometas al libreto recitado cansinamente por todos.

Es inútil reiterar bufonadas, simulaciones e imitaciones. Empieza a recitar una historia nueva, inédita. Te queda poco tiempo, pero suficiente al menos para comenzar algo decente. No te preocupes de los espectadores, preocúpate más bien que tu rostro sea verdadero.

Estas consideraciones no me las ha sugerido el predicador, empeñado en tejer la tela de araña del como si, en la que es improbable que algún moscón quede atrapado. Pero, creo, sin presunción, que no se han apartado demasiado del pensamiento de Pablo.



El cristiano: uno que se divierte actuando de otra manera

El celebrante ha comentado, con la acostumbrada precisión exegética, el inicio de la misión de Jesús y la llamada de los primeros discípulos, según el relato de Marcos.

Yo me he detenido cavilando en torno a esa anotación; «cuando arrestaron a Juan...». Y he interpretado esto libremente, más o menos así: no hay nada que hacer. Siempre despunta otro. Y después de él, otros.

Cierran brutalmente la boca a uno. Y he ahí que otro, inmediatamente, se pone a hablar todavía más fuerte. Neutralizado un individuo incómodo, insoportable, aparece un personaje todavía más peligroso. Sepultan a Juan en la oscuridad de una prisión, y Jesús comienza a patear los caminos, a la luz del sol, y a reclutar adeptos.

Cuando todo parece volver a la tranquilidad, he ahí que se presenta uno que comienza de nuevo a quitar la paz. Se cierra el cerco, pero hay siempre algún clandestino, algún irregular, que sale fuera y pone todo en discusión. Como diciendo: la Palabra es incontenible, incontrolable, inasible.

He pensado que ésta debería ser mi vocación. El cristiano es uno que no se está quieto. Es uno que sale al descubierto, fastidioso, insolente, cuando menos te lo esperas. Un incorregible que reanuda el discurso que muchos creen haber cerrado definitivamente.

En un clima de indiferencia planificada, de horizontes sofocantes, de intereses limitados, de achatamiento bajo medidas reductivas, de virtudes declaradas muertas, de valores puestos en desuso, he ahí que despunta uno que no está de acuerdo, no se deja manejar, no permite que le dirijan los pensamientos y las mentalidades de amplio consumo, no acepta el papel asignado, sigue un guión distinto, es más, lo inventa, o se pone a cantar una canción distinta, fastidiosa, insolente...

Y los otros a custodiar sus prisiones confortables, sin caer en la cuenta de que siempre hay alguno que prefiere el no confort de la libertad de ser y hacer de otra manera.

Yo, en cuanto cristiano, debería ser un irregular que se obstina en permanecer fuera de los encuadramientos. Uno que reanuda el discurso, siembra interrogantes e inquietudes. Uno que rechaza ponerse en fila, que no responde a la llamada del conformismo, no acepta las palabras de orden que hacen abrir las puertas de la prisión colectiva, pero conoce la cifra secreta que permite huir a campo abierto, dejando detrás el miedo de ser libre...

¿Está de acuerdo mi párroco con estos pensamientos descabellados?