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jueves, 12 de enero de 2012

Dom 15-1-12. Antes que Cristo, Jesús fue Bautista


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 2 Tiempo Ordinario, Ciclo B. A Juan le llamamos Bautista, porque bautizaba, preparando a los hombres para el juicio futuro de Dios. A Jesús le llamamos Cristo, porque, según la tradición cristiana, el mismo Dios le "ungió" con su Espíritu, para que anunciara e instaurara el Reino, abriendo así un camino de salvación para los hombres y mujeres.

Pero antes que ser Cristo, Jesús fue por un tiempo Bautista, primero como discípulo de Juan, después como su compañero y, en algún sentido, como su competidor, aunque siempre con gran lealtad, llevando hasta el final lo que implicaba el camino de su maestro.

El pasado domingo (8 1 12) comenté la experiencia post-bautismal de Jesús según Mc 1, 7-11. Hoy quiero avanzar en esa línea, según la liturgia, pero lo hago desde la perspectiva del Cuarto Evangelio, que ofrece una serie de anotaciones históricas muy significativas, sobre las relaciones entre Jesús y Juan Bautista, unas relaciones que la mayor parte de los cristianos pasan por alto, olvidando que Jesús fue no sólo discípulo de Juan Bautista, sino que colaboró un tiempo con él, tomando sus discípulos de los discípulos de Juan, y compitiendo con él por la cuestión de los bautismos.

En contra de lo que se suele pensar, el evangelio de Marcos es en este campo (cf. Mc 1, 1-13) mucho más simbólico y teológico que el evangelio de Juan, porque ha querido marcar desde el principio las diferencias entre Jesús y el Bautista. Por el contrario, a pesar de su alta teología, el Cuatro Evangelio (Jn) ha conservado unos datos históricos que son muy importantes para conocer a Jesús y entender su obra como discípulo, sucesor y competidor de Juan Bautista.

Como he dicho, a Juan se le conoce como el Bautista, pues ésa ha sido su función más importante. Por el contrario, a Jesús se le conoce como el Cristo (Jesucristo), pues esa ha sido también su función más importante. Pero antes de ser Cristo (y para serlo) Jesús ha sido Bautista, sucesor de Juan y competidor suyo, como muestran de forma incisiva y sorprendente los textos que comentaré, a partir del evangelio de este domingo.

Texto litúrgico del domingo:

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: "Éste es el Cordero de Dios." Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: "¿Qué buscáis?" Ellos le contestaron: "Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?" Él les dijo: "Venid y lo veréis." Entonces fueron, y vivieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)." Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro) (Jn 1, 35-42).

Éste es un texto precioso que ha sido muy comentado, y yo mismo lo he hecho varias veces. Pero hoy prefiero situarlo centro del contexto general de Jn 1, 1-52 y 3, 22–4, 2, donde el Cuarto Evangelio ha presentado de un modo incisivo las relaciones entre Juan Bautista y Jesús Bautista. Dejo a un lado la parte más teológica (Jn 1,1-18) y lo referente a la llamada de los discípulos (Jesús “toma” sus discípulos de los discípulos de Juan: Jn 19-51) para fijarme de un modo especial en la “discusión” y relaciones entre Juan Bautista y Jesús Bautista, su discípulo. Las reflexiones que siguen pueden ser un poco teóricas, pero merecerá la pena seguirlas, para conocer mejor los principios de la vida pública de Jesús.

1. Jesús Bautista. Introducción

La experiencia postbautismal de Mc 1, 10-11 no ha sido un hecho aislado y separable de su entorno, como si Jesús, tras bautizarse (inmediatamente después, en la misma salida del agua), hubiera descubierto la novedad de su tarea, abandonando lo anterior, para cruzar el río, en dirección inversa, volviendo con toda rapidez a Galilea, para anunciar allí muy pronto, tras los cuarenta días de tentación (Mc 1, 12-13), que el tiempo se había cumplido y que llegaba Reino de Dios (Mc 1, 14).

Las grandes experiencias se decantan tras un tiempo de incubación, y así parece indicarlo el evangelio de Juan, suponiendo que entre el bautismo de Jesús (Mc 1, 9) y el inicio de su actividad en Galilea (Mc 1, 14) hubo un lapso de desarrollo en el que puede situarse la experiencia de Mc 1, 10-11. En este contexto hay que situar la actividad de Jesús como bautista, tal como aparece en el Cuarto Evangelio, y quizá también también sus tentaciones, tal como aparecen en los sinópticos (Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-9; Lc 4, 1-13; Mt 4, 1-11).

El Cuarto Evangelio supone que, durante algún tiempo, al parecer tras su bautismo, pero antes de haber recibido la revelación plena que Mc 1, 10-11 sitúa después de ese bautismo (¡tú eres mi Hijo!), Jesús compartió la tarea bautismal de Juan, como discípulo suyo, entrando incluso en competencia con él:

Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea; y allí permanecía con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque había allí mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba. Pues todavía Juan no había sido encarcelado. Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación... (Jn 3, 22-25).

Este pasaje supone que Jesús creó su propia escuela bautista, junto a la de Juan o, quizá, como una parte de ella, después que él mismo hubiera sido bautizado, como para ampliar y universalizar la experiencia de conversión del Bautista, para anunciar y adelantar de esa manera el juicio. En esa línea, el Cuarto Evangelio supone que los primeros discípulos de Jesús fueron (habían sido) también discípulos del Bautista, de forma que recorrieron con Jesús el camino que llevaba del bautismo de Juan al anuncio del Reino con Jesús (cf. Jn 1, 19-51).

Frente a la visión más teológica de Mc 1, 16-20, donde Jesús llama directamente a unos discípulos ajenos al Bautista, para iniciar con él la gran tarea de la pesca escatológica, el Cuarto Evangelio (Jn 1, 19-51) afirma que algunos discípulos posteriores de Jesús (Andrés y Pedro, Felipe, Natanalel…) habían sido antes discípulos de Juan, lo mismo que Jesús, de manera que compartieron con él una misma experiencia bautismal, vinculada a la confesión de los pecados y a la experiencia del juicio. Eso supone que Jesús buscó sus primeros discípulos entre los discípulos de Juan, de manera que su “escuela” (lo que después será su movimiento de Reino) empezó siendo una “escisión” de la escuela de Juan, con quien él había colaborado por un tiempo, después de haber sido bautizado.

– El evangelio habla en este contexto de una discusión entre los discípulos de Juan (en la línea de su maestro) y un “judío”, que parece ser el mismo Jesús, como destacan algunos manuscritos (cf. Novum Testamentum Graece, DB, Stuttgart 1993, 254). Según eso, Jesús tuvo que enfrentarse con algunos discípulos de Juan (no con Juan). Se trataba, sin duda, de disensiones necesarias sobre el juicio de Dios y el sentido del bautismo. Si Jesús no hubiera disentido, de algún modo, del Bautista no habría creado su propio movimiento. Así podemos suponer que hubo una etapa de tensión y distanciamiento entre el maestro (Juan) y el discípulo bautista (Jesús).

Quizá por ocultar esa relación (con la dependencia de Jesús respecto a Juan) y el posible enfrentamiento entre discípulos de Juan y de Jesús, Marcos supone que Jesús no estuvo ningún tiempo con Juan Bautista, sino que vino, se bautizó y se marchó (Mc 1, 9-11), para ser tentado por el Diablo y comenzar su actividad tras la prisión del Bautista (cf. Mc 1, 14), indicando así que Jesús fue su sucesor (nunca su colaborador), y que tenía ya desde el principio de su vida pública un mensaje totalmente distinto.

Pues bien, en contra de eso, el cuarto evangelio (cf. Jn 1, 29-51; 3,22-30 y 4, 1-2) supone que la misión de Jesús (y la llamada de sus discípulos) estuvo vinculada por un tiempo a la misión y discipulado de Juan, de manera que el movimiento de Jesús puede tomarse, en principio, como una variante del movimiento del Bautista (en el que se integraba).

Después de afirmar que Jesús reclutó sus primeros discípulos entre los de Juan, compartiendo con él su proyecto de fondo (Jn 1, 19-51), el Cuarto Evangelio ha introducido unos textos esenciales que sirven para definir su identidad (bodas de Caná, purificación del templo, discusión con Nicodemo: 2, 1-3, 21). Pero, después de estas cosas (meta tauta), el Cuarto Evangelio vuelve al escenario anterior, para confirmar el hecho de que él (Jesús) permanecí con sus discípulos en Judea y bautizaba (Jn 3, 22-30).

2. Reparo en decir que Jesús bautizaba como Juan

Eso significa, como digo, que Jesús empezó siendo discípulo de Juan, en cuya órbita se siguió moviendo, como una escisión del mismo movimiento bautismal, de forma que ambos (Juan y Jesús) realizaron por un tiempo, un ministerio paralelo (cf. Jn 4, 1-2), es decir, actuando como bautistas, en la ribera del Jordán. En este contexto se sitúa la “ruptura” de Jesús, que el Cuarto Evangelio ha escenificado de manera muy gráfica:

Cuando Jesús conoció que los fariseos habían oído que él (Jesús) hacía más discípulos que Juan y que bautizaba – aunque no era Jesús quien bautizaba, sino que lo hacían sus discípulos – dejó Judea y fue de nuevo a Galilea (Jn 4, 1-2).

Éste es un texto muy significativo, que debe completarse con el anterior (Jn 3, 22-25) donde se nos dice que Juan y Jesús bautizaban en lugares no muy distantes: Juan en Ainón, cerca de Salim, que debía formar parte de la Decápolis (de donde pasó a Perea, territorio de Antipas, en cuyas manos le entregaron: Mc 1, 14); Jesús en una zona de Judea, es decir, ya al otro lado del Jordán. El Cuarto Evangelio supone que la misión bautismal de Jesús llegó a tener más importancia que la de Juan (cf. también Jn 3, 30), aunque después añade un inciso (un paréntesis) justificativo, donde afirma que Jesús bautizaba, sino que lo hacían los discípulos (4, 2).

Ese paréntesis prueba que algunos (quizá fariseos) acusaban a Jesús de bautizar, situándole en la misma línea del Bautista. El evangelista (o un glosador posterior) se ha sentido obligado a introducir ese inciso, diciendo que Jesús no bautizaba, sino que lo hacían sus discípulos. Todo nos lleva a pensar que esa “justificación” no tiene fondo histórico y que Jesús de hecho bautizaba, como Juan, aunque con unos rasgos o matices diferentes, como muestra el texto anterior de la disputa entre (discípulos de) Juan y Jesús (Jn 3, 22-25). De todas formas, aunque Jesús no bautizara directamente, sino que lo hicieran sus discípulos, el problema seguía siendo el mismo. Jesús habría creado una “escuela” de bautistas, imitadores de la “escuela” de Juan.

A partir de aquí se deducen algunas consecuencias históricas que son muy importantes para conocer el desarrollo de la conciencia o, mejor dicho, de la identidad y misión de Jesús, que no estuvo de paso con Juan Bautista, sino que formó parte de su escuela, recibió su bautismo y empezó realizando una tarea semejante: Mantenerse junto al agua del río, proclamando un bautismo de penitencia para perdón de los pecados.

Nos gustaría saber cuánto tiempo fue Jesús discípulo directo de Juan, y cuanto tiempo fue después su “colaborar” e incluso su competidor, llevando con él algunos de sus discípulos e iniciando con ellos una tarea cercana a la de Juan, aunque con ciertas diferencias, capaces de suscitar disputas entre los discípulos de uno y de otro. Antes de “separarse” de Juan e iniciar su misión propia, Jesús era ya “alguien”: Descubrió y “maduró” su doctrina al lado de Juan y después como “competidor” suyo, en un camino en el que, desde la perspectiva cristiana, el discípulo acabó siendo mayor que el maestro, como Jn 3, 26-36 se ha esforzado por mostrar.

3. Momentos básicos de la relación de Jesús Bautista y Juan Bautista

Estos han sido, en resumen, algunos momentos básicos de la relación de Jesús con Juan Bautista:

a. Jesús ha sido por un tiempo discípulo-imitador de Juan, de tal forma que no sólo ha recibido su bautismo (ha entrado en su comunidad), sino que se ha sentido llamado a cooperar con él, aunque con variantes, buscando sus discípulos entre los de Juan, y bautizando con ellos. Eso significa que, en ese momento, a los ojos de Jesús, el movimiento de Juan no estaba vinculado de una forma exclusivista a su persona, sino que podía ser asumido, compartido y expandido por otros, que proclamaran también la llegada del juicio, condenaran los pecados y bautizaran a quienes vinieran, prometiéndoles la “libertad” (salvación) en el trance del juicio.

b. Pudo(y debió) haber diferencias de matiz y de lugar, pues se dice Jesús y sus discípulos estaban en Judea (Jn 3, 22), en la parte occidental del Jordán, que es ya tierra prometida, suponiendo así que habían “cruzado” el río de las promesas, bautizando ya “desde el otro lado”. Por el contrario, parece que Juan y sus discípulos seguían al otro lado, “en Ainón, cerca de Salim” (3, 23), entre Perea y Decápolis, sin entrar en la tierra prometida. Parece normal que Jesús tuviera una visión propia y distinta del bautismo, aunque dentro espacio profético de Juan.

c. Jesús bautista. En ese contexto, mientras ambos bautizaban en lugares no lejanos, surgió una disputa entre los “discípulos de Juan” y un “judío (o los judíos, o Jesús: según las variantes del texto: Jn 3, 22-25) sobre las purificaciones, es decir, los bautismos. Este pasaje puede recoger una disputa posterior entre judíos sin más (quizá fariseos), discípulos de Juan y discípulos de Jesús (cristianos) sobre el tema candente de las purificaciones (tipos de perdón, prácticas rituales…), pero todo nos hace pensar que en el fondo está el recuerdo de una discusión entre (discípulos de) Jesús y (de) Juan. Ese tema (sobre el signo e importancia del bautismo), que hoy nos puede parecer menor, se hallaba entonces en el centro de las discusiones proféticas y apocalípticas. En ese momento, Jesús debía estar muy interesado por la necesidad y alcance del bautismo .

d. Jesús y sus discípulos dejan de bautizar. Parece que, en aquel momento, el “ministerio de Juan” resultaba públicamente más visible que el de Jesús (y otros bautista), de forma que Herodes Antipas sólo le condenó a él, y no a Jesús (aunque eso pueda deberse al hecho de que Juan bautiza en territorio de Antipas, mientras Jesús estaría por entonces en un territorio controlado por Pilato, procurador romano). Sea como fuere, en un momento dado, Jesús y sus discípulos dejaron de bautizar, como supone no sólo Mc 1, 14-15, sino también Jn 4,3, cuando dice que Jesús dejó el Jordán y vino (volvió) a Galilea. Ese abandono del bautismo tuvo que deberse a un tipo de experiencia fuerte de Juan (que fue encarcelado) o de Jesús (que empezó a descubrir la novedad de su camino de Reino .

– Ignoro (y no comparto) las posibles razones por las que J. P. Meier (Jesús, un Judío Marginal I) supone que Jesús siguió bautizando tras separarse del todo de Juan, cosa que a mi juicio no es nada probable (ni tendría sentido teológico).

4. Disensiones de escuela

Jesús asumió, por tanto, el proyecto profético/bautismal de Juan, y colaboró con él, aunque pudieron surgir disensiones entre ellos, o al menos entre sus discípulos, pues también Jesús tuvo discípulos “bautistas”. Es lógico que la tradición sinóptica (cf. Mc 1, 8) y el mismo evangelio de Juan (que presenta a Jesús como portador de un bautismo superior, que no es de agua, sino en Espíritu, es decir, en clave de Reino de Dios: Jn 4, 4-42) hayan querido borrar ese recuerdo, pero no lo han podido hacer plenamente, de manera que se ha mantenido la memoria de un Jesús que ha bautizado, directa o indirectamente, en competencia con Juan . Desde aquí, recogiendo lo anterior, pueden trazarse tres afirmaciones básicas:

a. Durante un tiempo, en su primera etapa misionera, Jesús fue discípulo de Juan, a quien vio como mediador del “juicio escatológico” de Dios, pregonero de su justicia. Debemos añadir que esa etapa no acabó con su bautismo, pues él mismo siguió bautizando y reclutando a sus discípulos entre los discípulos de Juan. Sólo partiendo de este origen bautista, en la línea de los movimientos de purificación y juicio escatológico, podremos entender el principio del mensaje de Jesús, que evolucionó después en una línea distinta de proclamación del Reino de Dios, en las aldeas de Galilea.

b. Jesús parece haber empezado siendo un reformador del bautismo de Juan, lo que aparece claro en el hecho de que empezó también a bautizar, de un modo algo distinto, por lo que mantuvo discusiones (directas o indirectas) con otros discípulos de Juan, aunque reconoció siempre la autoridad profética de Juan, a quien consideró siempre como su maestro (¡profeta de Dios!) según la tradición sinóptica. Hubo, como es lógico, otros discípulos de Juan que no aceptaron la “reforma” de Jesús y que siguieron actuando con los mismos rasgos de Juan cuando él estaba encarcelado y después, tras su muerte (cf. Mt 11, 2; Mc 2, 18 etc.).

c. Jesús empezó recreando el proyecto bautista de Juan, pero después puso en marcha un movimiento propio, que ya no se centra en el bautismo para perdón de los pecados, sino en el anuncio del Reino de Dios. Desde ese fondo se entiende la palabra de Mc 1, 14, donde dice que Jesús dejó el Jordán (tierra del bautismo), después que Juan fue “entregado” (quizá traicionado: paradothênai), cayendo en manos de Antipas. Marcos supone así que el mensaje propio de Jesús comenzó sólo después que Juan hubiera culminado el suyo, siendo aprisionado .

5. Jesús se separa de Juan y deja de ser Bautista

En ese contexto debemos volver a la experiencia narrada en Mc 1, 10-11 (Dios llama a Jesús “Hijo mío” y le ofrece su Espíritu), para indicar que ella ha podido incubarse a lo largo de meses y años. Pudo haber sido una experiencia “extática” puntual, pero resulta preferible pensar que se trató de un proceso de maduración profética y así podríamos decir que Jesús se separó de Juan por fidelidad a su mismo proyecto de fondo. Tras haber sido bautizado por él, y de haber compartido por un tiempo su actividad penitencial (de juicio), descubrió que su proyecto (el de Juan) debía completarse o, quizá mejor, cumplirse de otra forma, y así comenzó Jesús a trazar el suyo.

Sea como fuere, Jesús pensó que el juicio de Dios, anunciado por Juan como hacha-fuego-huracán, se había cumplido de otra forma, de manera que podía proclamarse el perdón (¡llega el Reino!), precisamente allí donde Juan había sido ajusticiado. Jesús nunca rechazó al Bautista, sino que siguió vinculándose a él (cf. Mt 11, 2-18; Mc 1,30-32), pero pensó que su tiempo había terminado y su mensaje se había cumplido (cf. Lc 16, 16). En la línea de Juan se llegaba hasta el límite del juicio de Dios. Pues bien, precisamente en ese límite (donde tenía que llegar el juicio y la muerte) se descubre un nuevo nacimiento.

Ésta es una experiencia comprensible: Cuando se llega al final de un proyecto suele descubrirse un nuevo comienzo, no por fracaso de lo anterior, sino por cumplimiento distinto. Jesús no “abandonó” a Juan porque lo que Juan hacía o decía fuera falso, sino todo lo contrario: porque se había cumplido. En la línea de Juan se llegaba hasta el límite del juicio de Dios. Pues bien, precisamente en ese límite (donde tenía que llegar el juicio y la muerte) se descubre un nuevo nacimiento.

Jesús había caminado con Juan hasta la frontera del juicio, pero allí descubrió una verdad más honda, haciéndose profeta del Reino. Eso significa que dejó atrás el Jordán (con su bautismo), para anunciar y extender el Reino de Dios en la tierra prometida (Galilea).

«Uno de los mayores enigmas del evangelio de Jesús es cómo pudo darse esta inversión desde el mensaje del Bautista al de Jesús. Quizá puede explicarse de esta forma: aquel que espera que en cualquier momento llegue el juicio de aniquilación como consecuencia inexorable de la conducta humana equivocada, puede interpretar cada instante de la existencia del hombre y del mundo como una gracia inesperada. Más aún, en ese contexto, el simple hecho de que el sol salga y se ponga y que la tierra esté firme todavía pueden mostrarse como signos de la bondad de Dios, que hace brillar el sol de igual manera sobre malos y buenos y que ofrece a todos la posibilidad de convertirse.

El hecho de que el fin del mundo, que se esperaba como algo inminente, no haya sucedido podría confirmar, a mi juicio, la certeza de que Dios es Totalmente-distinto: no es una amenaza para la vida, como el hacha que se eleva contra el árbol. Dios deja que la vida sea y la posibilita de nuevo, a pesar de que todos los vivientes hubieran merecido la muerte. Esta es la experiencia fundamental de Jesús: la vida tiene una posibilidad. Dios es bueno. Por eso, este es un tiempo de alegría (Mc 2, 19). Por eso, esta generación experimenta aquello que habían deseado ver profetas y reyes (Lc 10, 23 ss). Por eso, empieza ya el Reino de Dios 'en medio de nosotros' (Lc 17, 20). Por eso está ya escondido en el momento actual, como semilla en la tierra (Mc 4, 26 ss)» (G. Theissen, La fe bíblica, Verbo Divino, Estella 2002, 152-153).