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sábado, 14 de enero de 2012

II Domingo del T.O - Ciclo B (Jn 1,35-42): Alguien está encargado de no dejar dormir



Ha hablado de la vocación, tema obligado. Ha hablado también en primera persona, aludiendo a su vocación sacerdotal. Pero lo ha hecho con discreción, sin retórica, sin concesiones al sentimentalismo, con una especie de pudor, que yo personalmente he apreciado mucho.
No ha dejado de aludir, con sobriedad, a incertidumbres, dudas, dificultades, pruebas, y hasta debilidades y desilusiones. Pero todo con un laudable sentido de la medida.

No soporto los relatos pormenorizadas de las vocaciones. Ni me convencen demasiado, aunque hoy estén tan de moda (es una cosa extraña: cuanto más escasean las vocaciones más abundan los diarios, las autobiografías de curas y monjas. Me permito una malignidad: si esas páginas fuesen creíbles, las llamadas a la puerta de conventos y seminarios serían continuas...). Ciertas descripciones de tormentos y luchas interiores, cierta problemática intimista, terminan por hacerme sospechar y hasta irritarme. Cierta manía de contarse a sí mismo es una de tantas formas que toma la vanidad eclesial (otra malignidad: algunas religiosas han aceptado el corte del pelo. Pero deberían haberse sometido, más útilmente, al corte de la pluma y de la punta de la lengua...).

Recuerdo a una religiosa que se prestaba a la curiosidad de un público más bien distraído. En cierto momento, viendo que nadie tenía nada que decir, ella, abusivamente, interpretó la pregunta que tenía que habernos inquietado: «Seguro que me preguntaréis qué he sentido en ese momento...».

¡Qué equivocación más grande! No. Nadie siente la necesidad de saber qué siente uno (o una) cuando responde a la inexcusable llamada.

En las varias narraciones de vocación que encontramos en la Biblia, no hay un solo protagonista que se preocupe de contar qué ha sentido. Mateo no nos informa de sus sentimientos cuando el Maestro le ha sacado del mostrador ante el que estaba sentado para el cobro de los impuestos. Y tampoco Juan, en la narración de hoy, nos informa sobre una eventual tempestad desencadenada en su ánimo al paso de Jesús.

Todos se limitan a anotar una acción concreta, expresada con un verbo: lo siguieron. Lo demás es charlatanería inútil.


Tú eres nada y sobre esta nada...

En un relato de vocación lo que cuenta son las decisiones, los gestos, las acciones, los resultados, no los pensamientos. Importa lo que uno ha llegado a ser, lo que ahora representa para los otros, no sus laceraciones interiores.

Existe excesivo psicologismo complacido, embadurnado con ciertos testimonios personales. Las narraciones se harían más creíbles si se desarrollasen a lo largo de un hilo que en una punta tiene la concreción y en la otra el misterio, sin peligrosos bamboleos en la vertiente del patetismo o de la explicación.

Hablar mucho de sí significa, en el fondo, olvidar que el personaje principal, en un relato de vocación, es Dios. El papel de protagonista le pertenece por derecho a él, no al hombre o a la mujer.

Me dan risa los que manifiestan, un poco hipócritamente a decir verdad, su estupor: «¿Por qué precisamente yo? ¡Quién sabe qué ha encontrado en mí el Señor de especial! Había otros mejores que yo ...». Preguntas retóricas, ciertamente no dictadas por la humildad.

Dan ganas de responder: no interesa determinar qué ha encontrado en ti, sino qué nos ha metido él. La «nada» representa siempre el ideal, la materia prima indispensable. En efecto, sólo partiendo de la nada, él tiene la posibilidad y la libertad de crear, o sea, de darnos todo, de la manera más impensable. ¿Dormir o despertar?

Si hubiera estado en el lugar del predicador (¡una vez más!) habría lanzado una pregunta provocadora: «Haced el favor de decirme, ¿para qué os sirve el cura? ¿qué pretendéis de él?».

Y hubiera continuado así: «Tengo la impresión de que a vosotros os va bien el sacerdote Eli que repite por dos veces: `No te he llamado, vuelve a acostarte'. Sed sinceros. Confesad que a vosotros os va bien el cura que os deje en paz, que no os moleste demasiado (o en absoluto), que no estorbe ni vuestros sueños ni vuestros negocios. En una palabra, un cura tranquilizador, acomodaticio, conciliador, comprensivo, que os autorice a hacer lo que más os guste.

Pero no, el cura tiene la tarea precisamente de despertarnos. Despertar la conciencia, el cerebro, el oído. Lo queráis o no, el cura ideal es el que no os deja dormir. El buen pastor es el que no asegura el reposo a la grey.

Por eso no esperéis que el cura venga a cantaros una canción de cuna. El, más bien, debe tirar de la señal de alarma: `Atención. Existe el peligro de que el Señor os hable. Poneos en pie, pues...'».


Malditos esos doce minutos

Qué lata esos doce minutos de sermón, con el predicador que está atento a no pasarse y cada poco mira de soslayo al reloj. No me dejo convencer por los que defienden que doce minutos son más que suficientes para comunicar algunas ideas importantes. Me parece que las cosas que quedan fuera de la predicación son bastantes, y todas de un cierto peso. Por ejemplo, el domingo he encontrado al menos cuatro lagunas en la homilía del párroco:

1. Hubiera sido oportuno precisar que el papel del cura consiste también en no ser excesivamente obstaculizador. Desarrolla una cierta función de clarificación, muy útil, y después se retira silenciosamente, deja que el candidato se las vea directamente con Dios. También Juan Bautista señala al Señor que pasa y no tiene pretensión alguna de retener junto a sí a los discípulos que había formado. Acepta serenamente que lo abandonen para seguir al único Maestro.

Me parece que esta es la tarea del cura: aludir, indicar, señalar, sugerir, pero sin ocupar excesivamente la escena. Estar presente, pero sin invadir el terreno. Decir algunas cosas, pero después permitir que sea el Señor quien hable al corazón de cada uno, sin pretender hacer de intermediario siempre y en todas partes.


2. Es interesante, y susceptible de muchos desarrollos, esa observación según la cual «ninguna de sus palabras dejó de cumplirse». Palabras de Dios, bien entendido. No basta que el «llamado» responda a la primera llamada. Lo que cuenta de verdad es que responda a las numerosas llamadas sucesivas, responda a todas las convocatorias, no deje caer ni siquiera una de las palabras que el Señor le dirige continuamente.

Necesitamos curas que no se consideren satisfechos por haber dicho sí la primera vez. Hace falta que estén siempre a la escucha.


3. «Venid y lo veréis». El riesgo está precisamente ahí. El peligro, para una vocación, es cuando uno, calmada la exaltación inicial, terminados los festejos, concluida la fase emotiva, se reencuentra para ver, para levantar acta de una realidad que no es siempre sublime, es más, casi nunca lo es.

Es fundamental el «permanecer» (y no por un día o por un periodo determinado) a pesar de estos tiempos de inconstancia. Es decisivo el hecho de «quedarse con él», sin dejarse desanimar por lo que se ve «en torno a él».


4. Al párroco, siempre por culpa de los malditos doce minutos, no le ha quedado tiempo ni siquiera para una alusión fugaz a las bellísimas expresiones de Pablo referentes a nuestro cuerpo (¡y no a nuestra alma, si he entendido bien!) que es templo del Espíritu santo.

Hubiera deseado que nos explicase qué significa, concretamente, ese «¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!». Algún ejemplo práctico hubiera sido muy oportuno para muchos de nosotros.

Los curas suelen lamentarse de que es una empresa ardua, casi desesperada, la que les obliga a hablar del alma que no se ve. Mientras tanto, intenten hablar, en términos cristianos, del cuerpo que se ve.

Comiencen a hacernos entender que también el cuerpo está invitado a hacer una liturgia propia. Nos expliquen cómo se hace para rendir culto a Dios con los gestos del cuerpo.

Ojalá en los próximos doce minutos haya la posibilidad de aclarar el asunto...