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sábado, 11 de febrero de 2012

Bienaventurado el que entiende al pobre: VI Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,40-45)



Marcos describe siempre vivamente los sentimientos y pasiones que mueven a Jesús. Y la compasión es el primero que aparece explícitamente. El segundo será la ira y la profunda pena que experimenta el Señor ante la dureza de corazón de los fariseos, que piensan mal de él cuando va a curar al hombre de la mano paralizada (Mc 3, 5).
La suciedad putrefacta y maloliente de la lepra lo “mueve a compasión” –“si quisieras, puedes limpiarme…”, “quiero, ¡límpiate!”-. La limpieza farisaica que brota de un corazón endurecido por sus ideas sobre lo legal, lo mueve a ira. El Señor siente bronca (orgen) y tristeza profunda, no ante las personas sino ante el pecado de falta de misericordia.
Sin embargo, la ira del Señor no se dirigirá hacia la persona de los fariseos (que sí se la agarran contra él y van a aliarse con los herodianos para eliminarlo). El Señor los mirará con ira y con pena pero se concentrará en el pobre hombre de la mano tiesa para curarlo. Aquí también, aunque el ruego intespestivo del leproso y su insistencia hace que se le “revuelvan las tripas”, como dice el griego, la voluntad del Señor dirige toda la conmoción hacia algo positivo y claro. Toda la conmoción emocional se concentra en dos palabras: “quiero. Límpiate”.
Vemos así con admiración cómo el Señor se deja mover por la compasión y en vez de aturdirse la ordena al bien. Como si la “compasión” ordenara todas las “pasiones”. A Cristo le apasiona lo que le pasa a la gente, lo que padecen los que sufren, eso le mueve el corazón.
Las otras pasiones, la ira y la tristeza, no lo motivan ni a agredir ni a bajar los brazos.
No se mueve contra nadie. Ni se achica por nada.
La mirada de ira del Señor es escudo que neutraliza el mal, simplemente. Sus actos y gestos se orientan siempre al bien.

Esto es una clave de la vida espiritual. Si la tomamos en términos de “movimiento”, de acciones concretas, podemos formular lo siguiente: el bien hay que dejar que nos mueva.
El mal, si bien no podemos evitar que nos conmueva, es para que lo neutralicemos.
No se devuelve mal por mal.
El mal no debe ser respondido.
Jesús nos manda resistirlo firmes, protegernos, alejarnos, defendernos…, pero no obrar “motivados” por el mal.
Hay que pedir la lucidez de darnos cuenta –con la ayuda del Espíritu Santo y de la Virgen- que “moverse” proactivamente contra el mal es un contagio. No se le echa leña al fuego ni se apaga el incendio con nafta, como dicen los refranes.
El movimiento contra el mal debe “medirse” con la vara del que busca “neutralizarlo”. Ir más allá produce el efecto contrario. Lo sabemos.

Jesús es maestro en esto de “moverse sólo por el bien” y al mal silenciarlo (no argumentarle mucho), curarlo, expulsarlo (si es un mal espíritu), hacer silencio (como ante Pilato), escaparse (como tantas veces), sufrirlo con dignidad (sin dejarse abofetear gratuitamente en medio de la pasión)…
Vemos cómo el Señor es proactivo para el bien y “se contiene” ante el mal.

Bueno, salió esto que dará para mucho. Pero hoy quería concentrarme en la compasión que mueve al corazón de Cristo y lo hace actuar “automáticamente” diríamos. Vamos a poner la mirada en esta “pasión” que está bendecida por Cristo y que es infalible a la hora de actuar.
Si uno obra con misericordia no se equivoca.
No porque la misericordia no traiga problemas. Vemos que el leproso fue indiscreto y desencadenó una demanda excesiva, tanto que Jesús tuvo que escaparse y no podía entrar en las ciudades. Y aún así “venían a Él de todas partes”. Habrá que ordenar los efectos exteriores que una misericordia ilimitada acarrea, pero lo importante es que, interiormente, el corazón misericordioso se ablanda y es redimido del pecado de la dureza de corazón.

El Señor ha canonizado la Misericordia. Lo dice clarito: “Sean misericordiosos como es misericordioso mi Padre que está en los cielos”.

Eso sí, tengámoslo claro: sin Jesús, la misericordia, como todas las cosas, es relativa. La respuesta de los hombres no siempre es buena. La que decimos que es criterio absoluto es la misericordia que se hace “en nombre de Jesús” y cuya paga o recompensa sólo se espera de Él (ni un vasito de agua dado en mi nombre quedará sin recompensa). El Señor no dice que la misericordia vaya a producir efectos buenos en todos los hombres. Es más, en los fariseos, lo que hizo fue endurecerles más el corazón, hasta una medida inusitada: “querían asesinar a Jesús porque curaba en sábado!!!”.

Y aquí, una perlita de San Alberto Hurtado. Buscando en sus escritos, siempre con el deseo de encontrar sus inspiraciones en torno a lo que fue su pasión en la vida, “el sentido del pobre”, que para él es el núcleo del cristianismo, encontré una traducción propia suya del salmo 41, 2, que dice: “Bienaventurado el que tiene la inteligencia del pobre”. Otros traducen “el que cuida al pobre con solicitud”, pero Hurtado está hablando del “sentido de colaboración social” que brota del “sentido del pobre”, de entender al pobre, y encuentra este salmo con esa hermosa bienaventuranza. “Feliz el que entiende al pobre”. Dichosos los que tienen despierto este sentido del pobre que los lleva a “percibirlo como persona”, a entender “su situación y sus necesidades”, a pescar “lo que le pasa por la cabeza”, a sentir “lo que siente en el corazón”.
La bienaventuranza es extensa y es un consuelo para todos los que ponemos nuestra vida, nuestras fuerzas e inteligencia en tratar de “entender” y “atender” a los más necesitados.
Transcribo el salmo porque es para disfrutarlo y anotar bien a la hora de “pedirle al Señor” bendiciones concretas:
Dichoso el que piensa en el débil y el pobre y lo cuida,
en el día malo lo librará el Señor.
El Señor lo custodiará y le dará vida,
lo hará feliz en la tierra
y no lo abandonará a las ansias de sus enemigos.
Lo sostendrá en el lecho del dolor,
Y ablandará su cama en la enfermedad.

Y cómo se hace para “entender” al pobre?
Jesús nos muestra que “el sentido del pobre” se despierta cultivando la misericordia.
Si no entendés a los pobres, basta que te dejes conmover por la misericordia y que pongas algún gesto concreto y se te abrirán los ojos. Como bien dice Isaías: “cuando partas tu pan con el hambriento, en las tinieblas nacerá tu luz y tu oscuridad se volverá como el mediodía” (Isaías 58, 10).

No sé si se entiende bien lo que quiero comunicar con esto de que Hurtado haya encontrado (y traducido así a propósito) esta bienaventuranza. No es que “haya que ser misericordioso para entender al pobre”, no se trata de un “deber”, sino de que “entender al pobre es una alegría, una bendición”.
Y para qué sirve esto?
Y bueno, si uno es una persona que buscar ser bendecida, aquí tiene bendiciones por doquier y al alcance de su mano. Porque convengamos que pobres hay cada día más.
Pero la bienaventuranza no es sólo un sentimiento de alegría pasajero, que ciertamente uno experimenta siempre que se compadece de un pobre. Hay mucho más. La bendición del Salmo –que es personal y se orienta a recibir ayuda en los propios sufrimientos y enfermedades- en Jesús se convierte en algo más grande: en una bienaventuranza social.
En el libro sobre el “Humanismo social” , donde Hurtado pone este salmo, que es como la perla preciosa de su vida, Hurtado discierne tres actitudes ante el así llamado problema social.
La primera es la de los que, ante la pobreza y la injusticia, fomentan la lucha social, azuzan el odio de clases, echan leña al fuego. Todo sufrimiento los rebela y viven con bronca porque nunca llegan a solucionar todo.
La segunda actitud es la de los que, al ver la inmensidad del sufrimiento humano, se sienten tristes e impotentes y renuncian de entrada: “haga lo que haga no solucionaré los problemas”, se dicen. Y entonces se despreocupan y se dedican a lo suyo.
Hay una tercera actitud, que no es de bronca ni de tristeza, sino que brota de la misericordia y es de sincera colaboración social.

Bronca, tristeza y compasión son muy cercanas. Contempladas en Jesús podemos discernirlas y ordenarlas.
La bronca es necesaria a la compasión para neutralizar el mal. Indignarse ante la injusticia y embroncarse contra el mal son actitudes necesarias para frenar el mal. Pero no más. Compadecerse de verdad requiere que uno actúe contra el mal, pero no para agredir sino para neutralizar.
La tristeza es necesaria a la compasión para sintonizar con el otro. Si uno no siente pena y no le duele en la propia carne no se compadece bien. Pero hay que cuidar que la pena no nos inunde y se nos mezcle con nuestras heridas.
Si sintiendo esta ira y esta pena, nos concentramos en hacer un bien concreto, entonces actuamos con verdadera misericordia, con la misericordia de Jesús. Y el signo es la inmediata alegría y bendición que uno experimenta.
Esta misericordia que nos lleva a “entender” al pobre, es extensible a todas las personas y a toda la sociedad. El mal y la injusticia en todas sus formas no deben despertar en nosotros sino la ira y la tristeza necesarias para neutralizar sus efectos en la medida de lo posible . Poner gestos concretos de misericordia es lo que contiene la ira y la tristeza y atrae la bendición de Jesús, esa que da fruto y alegra el corazón.

Como siempre, una pequeña historia del hogar en la que sentí esta “alegría de entender un poquito más a los pobres”. Bajé a saludar a los del segundo turno y ya estaba llenito, Gracias a Dios, los que recibieron sus números fueron justitos los 86 y quedó afuera sólo uno, que el encargado hizo entrar y puso una silla en la cabecera (metele antes que vengan más).
Cuando entro en el primer comedor veo que habían prendido de nuevo la Tele y un jovencito se estaba sentando. Señores, ya saben que no hay que prender la tele durante el la comida. Eh padre, no sea malo. Queremos ver las noticias del Flaco (Spinetta). Todos queremos al Flaco pero durante el almuerzo no se mira tele. (Los viejos asentían en silencio y las dos mesas de jóvenes del fondo armaban quilombo y protestaban como chicos de colegio). Señores , esto no es una escuela. (Me dio bronca que no hicieran caso y después me dio pena porque la situación parecía propia de un secundario en el que muchos de los que estaban allí tendrían que estar en vez de andar en la calle). Padre explíquenos el motivo. Por qué no se puede ver tele, eh? Señor, ahora se hace lo que yo digo y comemos en paz, después si quiere le explico personalmente el motivo. Me fui para no reírme, porque me sentí como una vez que un alumno me hizo una pregunta de la que no tenía la menor idea e instintivamente zafé haciéndole una repregunta más difícil todavía. Después confesé que no sabía y que iba a estudiar el asunto, pero lo primero fue un contrataque fulminante. Bueno, acá pasó lo mismo porque no tenía ni idea de por qué no se podía ver la tele. Le pregunté a Sergio y él me dijo que siempre habíamos hecho así. Me fui a Susana y también me dijo que era de esas normas que seguían desde siempre y que la verdad es que podríamos revisar. Era por un lado porque sólo tenemos tele en el primer comedor. También para que la gente comiera rápido y se fuera y por otro lado porque si había un partido o algo era triste tener que cortarlo. Me parecieron bien los argumentos y volví al comedor. Señores, aquí traigo la respuesta: No se ve tele porque sólo tenemos en este comedor y no sería justo con los otros. Además… Esta bien, padre. Tiene razón, me atajó uno. No sería justo. Y todo el mundo asintió y se quedó piola en el molde. Los demás argumentos, no hicieron falta, gracias a Dios, porque el segundo era un tanto egoísta…
Toda la situación, que había comenzado medio pesadita (al pibe que prendió la tele casi lo hecho, para ser sincero) terminó con excelente humor. Y lo que sentí, es que el Señor me da la gracia de “entenderme” con los más pobres. Me pasa en la misa, que salen cosas que no había pensado, al ver que la gente asiente y también cuando tengo que corregir algo: en vez de enojarme, me sale una mezcla de buen humor y de comprensión que no me pasa con otros. Y en esto me quedé reflexionando que, como cuando se me ocurrió repartir los números, la justicia fue lo que más le interesó a la gente. Más que quedarse sin comer o no, más que poder ver tele o no, lo que les hizo bien es que alguien compartiera con ellos un problema, lo considerara y propusiera algo justo. El interés por responder con justicia les alegró el corazón y los puso bien más que ninguna otra cosa. Hambre y sed de justicia, lo llamó Jesús. Y que algo tan pequeño los saciara me hizo creer de manera nueva en lo real de las bienaventuranzas. Felices los pobres, porque las entienden. Y felices nosotros cuando los entendemos a ellos y aprendemos.

Diego Fares sj