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sábado, 18 de febrero de 2012

DIOS, EL QUE ME CURA DE MIS PECADOS


VII Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 2,1-12)
Por José Enrique Galarreta

El relato es brillante, espectacular, perfectamente ambientado en las costumbres. Marcadamente igual en los tres sinópticos, recoge sin duda un suceso famoso, que produjo notable impacto.
Destaca la relación establecida por Jesús: la gran fe que muestran los portadores del enfermo es recompensada. Pero Jesús desborda las expectativas, no se limita a ofrecer la curación, sino que llega a ofrecer mucho más, la curación de un mal más profundo, el pecado. Una vez más, el pecado se presenta como enfermedad, como la peor enfermedad, y Jesús trae la curación de parte de Dios.

Esta oferta es escandalosa. Los letrados ven muy bien el significado profundo de la oferta de Jesús. Un curandero y un mago pueden ofrecer la curación de una enfermedad. La curación del pecado es cosa de solo Dios. Así pues, ¿quién es éste hombre? o, mejor ¿quién se ha creído que es? "Siendo hombre, te arrogas poderes divinos".

Jesús lo estaba esperando, se diría que lo ha provocado. Y acepta el reto. Como siempre, no se defiende sino que contraataca. ¿Qué es más fácil, curar la enfermedad o perdonar los pecados?

Para los escribas, para cualquiera es más fácil decir "perdonados están tus pecados", porque esto no es más que una frase, sin comprobación posible. Pero Jesús sabe que curar la enfermedad es más fácil que curar el pecado. Curar la enfermedad es arreglar una máquina descompuesta. Curar el pecado es volver al ser humano hacia Dios.

Es mucho más fácil querer salir de la enfermedad que querer salir de los propios pecados, porque la enfermedad nos molesta mientras que los pecados nos gustan. Es la vieja teología del pecado que expone el Libro del Génesis: Eva no peca por maldad contra Dios sino porque la fruta es apetitosa. Librar al ser humano de la fascinación del pecado, eso sí que es un milagro.

Y cuando el paralítico sale con su camilla a cuestas, todo el mundo reconoce que jamás se ha visto nada parecido. Ellos hablan de la curación espectacular del paralítico, nosotros lo entendemos mejor, es decir, que un ser humano se atreva a liberar a los otros seres humanos de la fascinación del pecado. (La gente glorificó a Dios que da tal poder a los hombres -así lo cuenta Mateo-).

Pero para eso está Jesús, para quitar el pecado del mundo. Se anuncia por tanto el centro de la misión de Jesús. Todavía es pronto para que entiendan que Dios ni siquiera perdona, sino que busca al hijo extraviado y se vuelve loco de alegría cuando un hijo apartado se vuelve a Él. Todavía lo expresan con el término raquítico de "perdón", pero ya se ha explicado por qué Jesús es Buena Noticia: porque nos va a librar de nuestros pecados.

R E F L E X I Ó N

"Nunca hemos visto nada igual": sin entenderlo aún, estaban diciendo: "nunca hemos visto hasta ahora el rostro de Dios". Y estamos en la esencia de la Buena Noticia.

Hay una progresión en la comprensión de Dios, y se muestra bien en estos -y otros muchos- textos. Lo aplicaremos, brevemente, a tres temas:
· el milagro
· Dios
· el perdón.

La antigua interpretación del milagro fue simplemente la avasalladora presencia del poder de Dios en favor de Israel (y en contra de sus enemigos). El más espectacular, y también el más deformado por la interpretación religiosa, es sin duda el relato de la salida de Egipto: las plagas y el paso del mar: ni Faraón ni el mismo mar se pueden oponer al poder de Dios que protege a Israel (y mata a sus enemigos, aunque sean inocentes).

Más tarde, el milagro es la demostración de que alguien es verdadero profeta, porque en él actúa el poder de Dios. Así, los maravillosos milagros de Eliseo.

Estas dos interpretaciones aparecen en los evangelios aplicadas a Jesús: así entendieron muchos en Israel los milagros de Jesús: presencia del poder de Dios.

Pero la esencia de los milagros de Jesús va más allá: muestran cómo es Dios. A Dios le conocemos en Jesús; y en Jesús que cura entendemos que Dios es, "esencialmente" (para nosotros) el que cura.

Así accedemos al progresivo conocimiento de Dios. Tras superar la etapa primitiva del dios como presencia circunstancial de poder en lugares concretos, Israel entiende a Dios como Señor Todopoderoso, majestuoso, legislador, justo, retribuidor, inclinado al perdón. Es imagen que tiene más de razón humana que de Palabra revelada, y se deriva entera del concepto de Amo. Y es, evidentemente, correcta, pero no suficiente.

Israel entiende después que Dios es su Libertador, el que trabaja por la libertad, física y espiritual del pueblo (la Patria y la Ley), el que mora en medio de su pueblo, y lo formula con la Alianza y la Promesa. Es el Dios del Éxodo y el Dios de toda la historia ‘deuteronomista’.

Ese dios puede quedar encerrado en el protagonismo religioso del "Pueblo elegido" y, aún más peligroso, en el templo. La respuesta a ese Dios puede quedar encerrada en el cumplimiento escrupuloso de la ley y del culto "para ser justo e irreprochable a los ojos de Dios".

En Jesús, la Palabra queda limpia de todo proceso racional: no deducimos cómo es Dios, sino que contemplamos su rostro: eso es Jesús. "A Dios nadie le ha visto jamás, pero el Hijo nos lo ha dado a conocer".

Me gusta entender este pasaje pensando que "el Hijo" se refiere simplemente a Jesús, no específicamente a la segunda persona de la Trinidad. En el hombre Jesús, el Hijo, conocemos a su Padre, Dios. En Jesús que no da abasto a curar, conocemos al Padre, que es, esencialmente (para nosotros), Médico. Nadie ha podido inventar este Rostro de Dios. Esto es pura Palabra.

De esta forma se culmina también la progresión de nuestro conocimiento del pecado. Primero fue "impureza", algo que se contrae casi por el mero hecho de vivir, y algo que aparta de Dios, impide acceder a su presencia; "impuro" es lo enteramente contrario a "santo".

Por eso Dios es el "completamente Otro", el "tres veces santo", y su presencia está velada, y se necesitan intermediarios, expiaciones, sacrificios...

Más tarde, el pecado fue "culpa", desobediencia, rebelión. El ser humano es capaz de plantar cara ante Dios, creerse libre y desobedecer impíamente, como un adolescente altanero. La salida del pecado se basa entonces en la paciencia de Dios, más inclinado al perdón que a la cólera; el perdón se obtiene por el arrepentimiento, por la penitencia, que logran "ablandar" al Señor y evitan el justo castigo.

Jesús que cura como respuesta a la fe y proclama el perdón gratuito revela otra dimensión en la relación de los humanos con Dios. El Señor sabe muy bien de qué barro estamos hechos, y sigue trabajando en este barro, sigue insuflando en este barro su espíritu. La teología del perdón más avanzada del AT., la más cercana a la de Jesús, es la del capítulo 2-3 del Génesis.

El hombre es barro con espíritu de Dios, las dos cosas -contradictorias- a la vez. El pecado se produce por la fascinación de lo aparentemente bueno, y es ante todo un grave error, creerse más listo que Dios y llamar bueno a lo que nos apetece, ignorando la Palabra. Y eso nos puede destruir. Pero el Génesis termina ahí. Cómo se arregla eso, el Génesis no lo sabe, y recurre al tópico de Dios enojado y a la expulsión.

Jesús sí sabe lo que hace Dios: y hace lo mismo, curar, a cambio de la fe. Fiarse de Dios para ser curado. Fiarse de que Dios es sobre todo médico, aceptar la Palabra: ése es el camino de la salud.

Y así se culmina en Jesús el concepto primero de toda la Biblia: Dios es el Creador. No porque en el principio del tiempo actuó para lanzar el universo, sino porque constantemente, permanentemente, trabaja contra la destrucción, contra la tendencia de la materia al caos, contra la tendencia de la libertad ciega al error suicida: Dios es el que constantemente crea orden, crea vida.

Creador y Salvador es lo mismo: la historia de la creación es la historia de la salvación. La historia de la Creación no se entiende sin conocer el Corazón de Dios: es una historia de amor.

Y así, el perdón queda atrás: de una relación jurídica entre dos seres independientes pasa a ser "aceptar mi condición de ser creado, constantemente creado por el amor de Dios". Dios es el amor creador, nosotros somos los que vivimos si aceptamos ser creados por el amor de Dios.

Hemos invertido el sentido de la relación Dios-hombre respecto al pecado: pensamos que Dios nos perdonará si acudimos a él arrepentidos, si hacemos penitencia. Pero Jesús muestra que es al revés: Dios ofrece su amistad, su cariño, su ayuda, previamente, porque Dios es amor, porque es mi madre. Lo nuestro no es impetrar, conseguir, sino responder. Dios conoce de antemano nuestras debilidades, nuestras oscuridades, y se ofrece para fortalecer y para iluminar.

Y será este Dios el que sea rechazado por los santos y los puros de Israel, como un paradigma del rechazo posterior, crónico y significativo, del Dios de Jesús y, expresamente, de la definición que da Jesús del pecado y de la relación de Dios con nosotros, los pecadores.

Nosotros, la iglesia entera, hemos preferido la vieja postura: Dios perdona si hay arrepentimiento. Es una posición mucho más jurídica, mucho más controlable, mucho más administrable por los ministros de ese dios-juez. Pero debemos considerar, con gozo, la palabra de Jesús: Dios es el que me invita a la salud, a la claridad, a la plenitud. Lo nuestro es responder.