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domingo, 26 de febrero de 2012

Domingo I de Cuaresma: Superar el diálogo de las gotas



Dos gotas de agua mantenían un amistoso diálogo dentro de una pecera. Comentaban lo bien que vivían, protegidas de todo peligro, sin ninguna preocupación o sobresalto como las aguas de los ríos o de los mares. En la pecera se vivía de maravilla. Además, a través del cristal se entretenían con lo que pasaba alrededor. Nosotros podemos afrontar la Cuaresma con la misma ilusión y entusiasmo que el de estas dos gotas de agua. Nos acomodamos a la corriente de nuestra monotonía y dejamos pasar los días hasta que lleguemos a la Pascua. No desperdiciemos el tiempo. No seamos sosos, no vivamos con desgana estas magníficas oportunidades que se nos ofrecen para rastrear en nuestro interior e intentar mejorar.

El evangelio de hoy contiene el episodio de las tentaciones. El objetivo que pretende Marcos es bastante distinto al de Mateo y Lucas. Marcos no quiere ponernos en guardia sobre las clases de tentaciones que podemos experimentar. No especifica las tentaciones sino que plantea toda la vida de Jesús como una constante lucha contra el mal. La clase de tentaciones que sufre y el resultado de la lucha será el tema de todo el evangelio, por eso no tiene sentido adelantar acontecimientos. Satanás aparece aquí únicamente. Su lugar lo van a ir ocupando a lo largo del relato instituciones y personas de carne y hueso, que intentarán apartar a Jesús de su misión liberadora. Jesús comienza justo después del bautismo. No se queda sentado sino que se sumerge en la vida en los problemas. La gran lucha tiene que empezar inmediatamente. El mismo Espíritu que había recibido en el bautismo le arrojó al desierto. El desierto es un lugar geográfico, a orillas del Jordán, pero, al mismo tiempo, es signo de la prueba que Jesús debe asumir a lo largo de su vida.

Convertíos y creed afirma Jesús. Nos lo dijeron a cada unos de nosotros el miércoles de Ceniza. Convertirme en qué y de qué; creer en qué, y para qué podemos pensar. Tenemos que crecer y madurar de una vez para aceptar la vida en su complejidad. Amar a los otros y no a nosotros mismos y nuestros intereses. Hay que abrir los horizontes más allá de nuestro ombligo, más allá de nuestra pecera para no quedar atrapados en jaulas de oro. La conversión es un misterio en el que se entrelazan la iniciativa de Dios y la respuesta del hombre. No tenemos en nosotros la fuente de la conversión. Se acerca a la salvación quien se desposee de toda seguridad y autosuficiencia. La conversión nace de un deseo insaciable de encuentro con Dios que lleva a descubrir la mano misericordiosa de Dios. Conversión es volver la mirada agradecida al Dios amor, al Dios alfarero, descubrir que somos porque somos incondicionalmente amados. La conversión no es cuestión de esfuerzo, sino de agradecimiento. La conversión no es el resultado de un examen minucioso de nuestros pecados; sino de la contemplación apasionada del Amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La conversión no lleva a luchar intransigentemente por la observancia comunitaria de nuestras normas, no es entrar en el cami­no del perfeccio­nismo moral, sino del amor compasivo y solidario.

Respecto a “creer en el evangelio” ¿En qué creo? A veces no lo sé. Es fácil creer en nosotros mismos, en nuestras fuerzas, en nuestras seguridades, sean las que sean, pero dar un paso más, preguntarme cómo va mi fe… Creer en el Evangelio podemos decir que es darle la vuelta a las categorías habituales. Creer en la debilidad que se hace fuerte, en la derrota que no tiene la última palabra, en el amor que va más allá de la eficacia y la utilidad. Es creer en un Dios débil, crucificable, de carne y hueso. No un habitante de la última galaxia del país de Alicia y las maravillas. Y en una humanidad amable y agradecida a la mano misericordiosa de Dios. Puede que a todos nos quede mucho camino por recorrer pero hemos de fabricarnos nuestro propio desierto y dejarnos empujar a él por el espíritu, como Jesús. Dejemos las conversaciones de pecera y aprovechemos la Cuaresma. La Pascua está cerca.

Roberto Sayalero Sanz, agustino recoleto. Colegio San Agustín (Valladolid, España)