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domingo, 5 de febrero de 2012

El Señor ha salido… y ha quedado expuesto


Por Diego Fares sj
V Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,29-39)

Le estuve dando vueltas al evangelio toda la semana y, esta mañana, al levantarme tempranito para hacer la contemplación, se me impuso la palabra salir.
En Marcos, Jesús siempre está saliendo de un lugar a otro. Saliendo a predicar y saliendo a rezar, sus dos actividades principales. Y en esta ocasión les revela a sus discípulos que este “salir” y “escaparse” (todos te andan buscando) responde a su ser profundo. Escuchémoslo:
Si Dios fuera su Padre me amarían,
porque Yo he salido de Dios y de Él he venido,
no he venido de mí mismo, sino que Él me envió (Jn 8, 42).
(Sepan que) el Padre mismo los ama,
porque ustedes me han amado y han creído que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y regreso al Padre (Jn 16, 26-28).
Jesús se presenta a sí mismo como alguien que viene de parte de Otro. Ese otro es el Padre. Un Dios que, por un lado, nadie ha visto ni puede ver y, por otro lado, un Dios Padre que nos resulta muy familiar: es el Dios deseado, presentido, el Dios buscado, el Dios al que nos quejamos, es el Dios misterioso en diálogo con el cual transcurre nuestra vida en su cauce más profundo. Somos creaturas y, cuando lo experimentamos en las situaciones límite, tanto hermosas como angustiantes, la referencia a ese ¡Dios mío! surge de lo más hondo de nuestro ser.
Pareciera lo más difícil de probar y sin embargo Jesús utiliza el argumento de que él viene del Padre para lograr que creamos en Él. Y expone la fe en términos de amor: “si Dios fuera su Padre me amarían…” y “el Padre los ama porque ustedes me han amado a mí”.
El Señor se pone en medio, entre ese Padre misterioso y nosotros y nos da la clave: hay que mirarlo a Él “presintiendo” a nuestro Padre (misterioso) y entonces Jesús se transfigura y se nos vuelve amable, atrayente. O al revés, cuando algo en Jesús nos resulta atractivo hay que tomar conciencia de que eso es una gracia del Padre (“Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae”. “Esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo”).
El criterio que nos lleva a creer en ese Padre y en Jesús es el amor que se despierta cuando nos metemos en esa relación que tienen ellos. La imagen de Jesús rezando, a solas, en un lugar desierto, y los discípulos que llegan a paso rápido y lo interrumpen para urgirlo: “todos te andan buscando”, irá cambiando poco a poco, hasta que llegue el momento en que, al verlo rezar, les den ganas de meterse allí y no de sacar a Jesús para que haga otras cosas: “Enséñanos a rezar”.
Es que Jesús “es” el Amor del Padre encarnado para nosotros en cada situación. El envío no es como el de un Rey lejano que manda un mensajero con una carta de invitación y luego que uno la recibe, puede ponerse en camino para ir al palacio. Cuando se nos acerca Jesús, cuando llama y le abrimos y pasa y nos vamos tras él, inmediatamente sentimos el Amor del Padre. Y es un Amor que nos sale de adentro, de nuestro propio corazón, y al mismo tiempo nos viene de afuera. En Jesús se activa la doble fuente del Amor. O triple, quizás, porque también el prójimo se nos vuelve amable en Jesús.
La gente lo entendía “intuitivamente” y por eso “estaba la ciudad entera congregada delante de la puerta” de la casa de Pedro.
Al acercarse a Jesús el Amor del Padre se vuelve “sanación para los enfermos”, “liberación de todos los malos espíritus” y “deseo de salir de sí y ponernos en seguimiento de Jesús”. De un Jesús que, por el amor que nos despierta, intuimos que viene del Padre que nos creó por amor y vuelve al Padre que nos espera con amor.
Así, en lo que hay que poner el oído del corazón es en el amor: si se siente o no, si se enciende o se entibia, si pacifica y ordena las pasiones y está tapado por alguna.
Jesús ha salido para eso. Para hacernos comprensible el Amor del Padre (“predicar no es hablar de cosas difíciles sino hacer sentir y gustar el Amor del Padre, como nos muestra Jesús con sus parábolas).
Y en el camino de vuelta al Padre –que pasa por la Cruz- Jesús nos atrae haciendo que ese amor sea real, paso a paso, llegando a cada prójimo, especialmente al que encontramos “al borde del camino”.

Y aquí me viene a los ojos la imagen de Nazario (casi siempre que me brota algún gesto especial con alguno de los más pobres que encuentro me sorprende que el nombre –cuando les pregunto cómo se llaman- sea algún derivado de Jesús o tenga que ver con el Hogar). ¡Nazario!, date cuenta. En el librito de Peregrinar… está la historia de “Jesús” (le pedí el documento y se llamaba Jesús nomás). Pero hay otros…

Al mediodía, la puerta del Hogar podía hacer pensar un poco en esa puerta de la casa de Simón y Andrés, delante de la cual se agolpaba toda la ciudad. A los que entran a la Casa de la Bondad y tienen que abrirse paso por la fila, les impresiona mucho lo golpeada que está la gente del segundo turno: mal vestidos, desaliñados, con lastimaduras, enfermos, con problemas de salud mental, jovencitos y viejos… El panorama es muy triste y como que la mirada se ataja para asimilar todas esas miserias como un solo bloque. Como cuando uno entra en una sala de hospital y se prepara para no ver sino enfermos y si alguna persona da más lástima, uno no se detiene sino que pasa hacia su familiar o amigo porque siente que si no se tiene que quedar con todos o con cualquiera…
Digo esto para dar una idea de cómo estaba Nazario para que, al quedar delante suyo para darle el papel con el número 40 y tantos, me tuviera que parar. Estaba tan flaquito con su traje gris sucio, sucio y los ojos inmensos y la boca desencajado, buscando aire, que me parecía que hasta preguntarle algo lo iba a lastimar. Cómo se llama, buen hombre. Nazario. ¿Nazareno? No. Nazario. Qué le pasó. Me dieron el alta en el Muñiz y estoy un poco débil. Tiene tuberculosis. Sí, pero me dieron el alta, aquí tengo el papel del doctor. Está bien, no hace falta. Pero cómo lo mandaron así. Me dijeron que vaya al Parador pero creo que no llego. Duermo acá cerquita, en un lugarcito. Venga, Nazario. Vamos a descansar un poquito adentro. Lo sostuve apenas del brazo y me lo llevé para adentro. Mientras recorríamos la fila, nadie dijo nada. Se arman esos silencios que yo llamo “religiosos”.
Pero más allá del caso y de cómo la situación social nos obliga a readaptar nuestros procederes y a estar atentos a algunos que, entre los pobres son pobrísimos, lo que me impresiona es lo personal.
Nazario me alegra cada tarde cuando entra al Hogar, cansado, y cada mañana cuando lo saludo y veo cómo va engordando de a poquito. Se lo ve sonriente, descansado. No está bien de salud, pero es otra persona. Y, Nazario, cómo vamos. Bien, padre. Mejorando de a poquito.
Estás un poco más gordo. Un poquito. Si pudiera prestarte unos kilos… Qué cosa, no, a unos les falta y a otros nos sobra. Esta bien así, padre. Si me presta esa panza me caigo para adelante… Nazario no solo sonríe sino que nos hace reír.
Reconozco que soy medio quinielero en esto de encontrarle significado a los nombres, pero así como otros se lo encuentran a los números y si alguno sueña con Cristo le juega al 33 yo, cuando alguno me “hace salir” algún gesto de amparo especial, le pregunto el nombre y no digo que gano en todas pero muy seguido acierto y el Nombre me sorprende. Uno de los significados de Nazario, es “refugiado”, “escondido”, “preservado del peligro”. Por eso a Jesús lo llamaban Nazareno, porque San José lo llevó a Nazareth para preservarlo de Herodes. Es que ese Jesús que salió del Padre quedó muy expuesto y necesitaba –necesita- ser cuidado, como todos los enfermitos y necesitados que se congregaban delante de la puerta de la casa de Pedro.