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domingo, 21 de octubre de 2012

El beneficio del miedo

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario (Mc 10, 35-45) - Ciclo B

Hace tiempo vengo reflexionando acerca del miedo, tratando de comprender su génesis, influencia y valor. En primer lugar hay que reconocer que es un sentimiento que tiene muy mala prensa y que, además, hemos aprendido a reaccionar frente a él de dos maneras diferentes: tratando de evitarlo o intentando controlarlo.
Cuando pequeños nos “enseñaron” a tener miedo. Era una manera práctica y sencilla de tenernos controlados, o al menos, alejados de los peligros. ¡Todo era potencialmente peligroso!
Para algunos el adoctrinamientos sobre el miedo tuvo lugar a fuerza de frases como ¡Cuidado, es peligroso! o ¡No te acerques tanto!... Expresiones de este tipo gestaron sospecha y desconfianza hacia los lugares y las personas. Nos enseñaron a tener miedo a todo lo desconocido y aprendimos que ante la menor duda de peligro… había que huir.

Las personas inseguras no tienen resuelta su relación con el miedo.
Pero la educación sobre el miedo no termina ahí. Cuando ya habíamos incorporado ese sentimiento en nosotros llegó la orden contraria. Con mensajes como ¡No seas tonto no hay por qué tener miedo! o ¡No tengas miedo, acércate! , o en el peor de los casos ¡Cobarde, no hay que sentir miedo!...llegaba una nueva etapa en la relación con este sentimiento. Si antes se nos incitó a tenerlo, ahora llegaba el momento de deshacernos de él.
Es así que, a partir de este doble discurso sobre la relación con el miedo, desarrollamos dos reacciones distintas: ante el peligro o la menor sospecha de ello, sabíamos como responder.
Muchos se preguntarán qué relación tiene el miedo con el evangelio de hoy, y personalmente creo que nos puede ayudar a comprender la actitud de Santiago y de Juan.
El miedo puede resultar muy beneficioso para la madurez humana y el crecimiento espiritual si sabemos capitalizar su fuerza y energía. Si aprendemos a descodificar su mensaje y a comprender su naturaleza podemos convertirlo en un fiel aliado. ¿Y por qué, entonces, tenemos tendencia a evitarlo?
En parte ya hemos respondido a esta pregunta, pero vale agregar que este sentimiento resulta desagradable sobre todo cuando queremos parecer seguros ante los demás. El miedo amenaza la imagen de seguridad que queremos transmitir y en ocasiones resquebraja las decisiones tomadas. Pero también es un sentimiento que despierta y activa los sentidos. Cuando se siente miedo se agudiza la visión, los oídos son capaces de captar el menor ruido, el olfato se vuelve más sensible, nuestro ritmo cardíaco se acelera y los músculos se tensan. ¿Por qué? Porque nuestro organismo esta preparado para huir o luchar.
Es lícito pensar que cuando Santiago y Juan se acercaron a Jesús para pedirle que les permitiera sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda cuando llegara a su Reino, lo hicieran por ambición de poder o ansias de protagonismo. Pero también es válido creer que lo hicieron por miedo.
¿Por qué miedo? Santiago y Juan sabían que las palabras y las acciones de Jesús ponían incómodo a las autoridades políticas y a los sacerdotes del templo. Ellos sabían muy bien como terminaron aquellos que incomodaron al poder o quisieron introducir alguna reforma en la religión. Conocían perfectamente cual fue el destino de los profetas.
Ellos tienen miedo y buscan seguridad. Desean seguir a Jesús pero quieren por adelantado el premio que les espera. Desean aferrarse a algo que les permita seguir avanzando. Frente al miedo son tentados de poner la seguridad en algo distinto de la persona de Jesús.
Aquí es donde encontramos la belleza de la enseñanza del Maestro. Jesús no accede a darles la seguridad de que se sentarán uno a su derecha y otro a su izquierda, porque la seguridad debe estar puesta en las palabras que les dirigió. En la persona de Jesús es donde tienen que depositar toda su confianza. En Jesús deben sentirse seguros…
El miedo es beneficioso porque despierta la conciencia y nos hace revisar dónde y en quién hemos puesto nuestra confianza.
Cuando Jesús dijo a sus discípulos “¡No tengan miedo!” no se refería a que eliminaran de ellos ese sentimiento; sin que no dudaran de Aquél en quien habían depositado su confianza.
El miedo activa la memoria y nos hace recordar donde se encuentra la verdadera seguridad. Así como el niño ante el temor se refugia en los brazos de su madre, pidamos a Dios hoy que ante el miedo busquemos cobijarnos en Aquél en donde reposa y descansa el corazón.
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