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jueves, 9 de febrero de 2012

VI Domingo del T.O - Ciclo B (Mc 1,40-45): Mis hermanos leprosos


Por P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

¿Han oído alguna vez la palabra Molokai?
Para mi es una palabra de mi infancia, de mi catequesis, una palabra de miedo y de esperanza.
Molokai fue una isla maldita durante muchos años. En ella vivían sólo leprosos que gritarían como los que describe el libro del Levítico y el evangelio de Marcos: impuro. Y allí vivían separados del resto de los hombres.
La compasión que sintió Jesús por el leproso del evangelio ha existido siempre en la iglesia de Jesús.
Un día, un sacerdote, el P. Damián decidió ejercer su ministerio entre los leprosos de Molokai. Y se entregó a ellos con la misma compasión de Jesús. Y un día comenzó su predicación con estas palabras: "Mis hermanos leprosos". Aquel día el P. Damián no sólo era el párroco era también su igual, era un leproso más. Nunca volvió a su tierra y murió de lepra. Como leproso que era tenía prohibido salir de la isla maldita.
Como ven la ternura de Dios sigue viva y se manifiesta a través de sus hijos. Y se manifestó con poder en la actuación de su mejor hijo: Jesús de Nazaret.
Los hombres ponemos en cuarentena a los enfermos contagiosos, aislamos y marginamos a los que tienen sida, a los que tienen la piel de otro color.
En tiempos de Jesús, hemos leído, les exigían una doble dosis de sufrimiento: el sufrimiento de la enfermedad más el sufrimiento de la soledad.
En tiempos de Jesús como hoy la pureza de la raza, la pureza de la sangre, la pureza moral y aún la religiosa se medía por lo exterior: manchas, color, idioma... ¡Qué barbaridad! La piel sigue siendo una barrera, una frontera que separa a muchos hermanos.
Nosotros sabemos que Dios no tiene acepción de personas. Nosotros sabemos que Dios mira el corazón, no la piel. Nosotros sabemos que Dios envió a Jesús para derribar todas las barreras que nos separan de Él y de los hermanos. Nosotros sabemos que para Dios nadie es intocable, nadie es impuro. Nosotros sabemos que Dios no quiere cuarentenas ni separaciones.
Jesús es nuestra sabiduría. Jesús es la prueba de que esto es verdad.
Jesús miró con compasión al leproso, le tocó, y le dijo: quiero queda limpio.
Jesús tocó al intocable y se hizo leproso con él y se contaminó. Y nos enseñó que nadie es intocable, que todos podemos ser tocados por el amor de Dios y podemos quedar limpios. En Nueva York hay un hombre muy rico, Mr. Trump, que no da la mano a nadie para no contaminarse con gérmenes nocivos.
Jesús tocó al leproso porque sintió compasión y amor y el amor verdadero necesita tocar para reunir y sanar las múltiples heridas del corazón.
Hermanos, Jesús nos quiere tocar pero hay que acercarse a Él con fe.
Que valiente el leproso del evangelio de hoy. El intocable, el impuro, el marginado, rompe las leyes del Levítico, de la palabra de Dios y corre, se arrodilla y suplica a Jesús: "Si quieres, puedes limpiarme". No le pide sanación, le pide limpieza. Le pide integración a la comunidad, a la familia, al culto, a la oración en el templo. Y Jesús cura la herida de la separación y del exilio.
Esta es la historia de un día cualquiera que, a pesar de su maldición por los hombres, el leproso se atrevió a confiar y a creer en el poder de Jesús.
Pregúntate hoy: ¿Hay un leproso dentro de mi? ¿Qué te importa más, la belleza de tu piel o la de tu corazón?
Yo podría decir hoy como el P. Damián: Mis hermanos leprosos.
No importa que todos los que estamos aquí reunidos seamos leprosos e impuros porque tenemos quien nos toque. Jesús nos dice hoy a todos: quiero, queden todos limpios.
Pero hay que correr, arrodillarse y suplicarle a Jesús: Si tú quieres nos puedes limpiar.
Todos somos hijos de Dios, todos amados por Dios, todos purificados de cualquier lepra por la sangre de Jesús.
Pregúntate: ¿hay alguien que sea leproso para ti? ¿alguien a quien marginas por su color, raza, nacionalidad, religión...?
Mis hermanos leprosos, para Dios no hay leprosos.
Y Pablo nos recomienda en su carta: "Imiten a Cristo".