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viernes, 16 de marzo de 2012

Dom 18-3-12. Dios no mandó a su Hijo para juzgar al mundo


Publicado por El Blog de X. Pikaza

Dom 4 de Cuaresma. Jn 3, 14-21. Vivimos en un mundo dominado por la “razón judicial”. Todo entre nosotros está judicializado en plano económico, político e incluso religioso. Estos (en España) días se discute en la calle (y en las tribunas políticas) el tipo de juicio que debe aplicarse a los “pecadores públicos” (que serían en especial los delincuentes de la ETA).

Hay diversidad de opiniones, en los escaños del Parlamente y entre la gente normal … Se escuchan voces de justicia dura, incluso llamadas al talión y a la venganza. Hay otros que piden amnistías y rebajas judiciales. Puede haber, en fin, una palabra que hable de perdón, no en contra de la justicia, sino por encima de la justicia, empezando por las víctimas (como es la palabra de Jesús, víctima singular)

Éste es, en un plano, un tema político, y políticamente debe resolverse. Pero el cristianismo puede decir algo, lo mismo que las religiones, por la sabiduría acumulada que ellas tienen (y porque en el fondo éste es un tema que va más allá de la política).

Los políticos son muy importantes, y gestionan amplias zonas de la realidad; pero no se puede dejar en sus manos todos los problemas, ni tampoco en manos de los jueces. Más allá de la política y la justicia "judicial" hay un amplio espacio humano en el que exploran las religiones y las sabidurías de los pueblos.

En esa línea, he querido retomar el texto del domingo (Dios no ha mandado a su Hijo a juzgar…), para situarlo en el contexto de las grandes religiones... y de la vida humana. Porque la religión es tan importante para la vida como la política y la economía (no sólo de pan vive el hombre, aunque el pan es fundamental y tiene también un fondo religioso).

No quiero dar soluciones religiosas a problemas de política y de justicia judicial . Quiero que haya buenos políticos y mejores jueces. Pero ellos no pueden resolverlo todo, sino que son servidores de los hombres, y en la vida humana hay espacios muy altos de humanidad, que no podemos olvidar, pues de lo contrario nos destruiríamos.

En ese contexto he querido ofrecer unas reflexiones sobre la palabra clave de este domingo: "No envió Dios a su Hijo para juzgar el mundo, sino para ofrecer salvación...". Ésta es una palabra religiosa, no política, ni jurídica, puede puede decir muchos a los hombres que son políticos y jueces.

Me sitúo para ello en un plano de principio, no ofrezco respuestas judiciales y políticas concretas. Quiero hablar para todos asesinos y víctimas, jueces y políticos, situando la vida humana en un nivel más alto de perdón y gracia, que puede llevar a la transformación (conversión) de unos y de otros.

No tengo propuestas puntuales, pero puedo ofrecer unas variaciones sobre la palabra de Jesús, con el convencimiento de que la religión (para nosotros, de un modo especial, el Cristianismo) puede ofrecer una palabra iluminadora, no para imponerse en plano jurídico ni político, sino para iluminar la vida de individuos y pueblos.Buen fin de semana a todos.

Texto: Juan 3,14-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: "Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios."

Jesucristo Juez.

Se ha dicho (en contra del texto de Juan que se lee en la misa de este domingo) que Dios actuará al final por medio de Cristo como juez, más que como salvador. Da la impresión de la palabra central de esta lectura (Dios no mandó a su Hijo para juzgar sino para salvar... no debería tenerse en cuenta). Por eso debemos precisar el tema.

– Jesús debería juzgar.Una perspectiva que se sigue repitiendo ha pensado que Jesús fue mensajero del juicio de Dios, asumiendo (al menos al principio de su trayectoria) el mensaje de Juan Bautista. El mismo Jesús habría supuesto que los hombres y mujeres de su pueblo, especialmente los más ricos e influyentes, han desobedecido a Dios, rechazando su ley, de manera que Dios quiere y debe castigarles. En esta línea, se vuelve necesaria la visión de un Mesías juez: Dios vela por su honor, celosamente sanciona a los humanos por los males que han cometido; como representante del juicio de Dios ha de actuar su mesías. Ciertamente, suele añadirse que el evangelio incluye otros aspectos, pero en su base seguiría estando la justicia de Dios, tal como lo avala el mismo Credo cuando dice que Cristo de venir a juzgar a vivos y muertos.

– Una nueva exégesis, que vincula el mensaje de Jesús al de Pablo (justificación del pecador), re-interpreta el evangelio en clave de gratuidad, afirmando que Jesús fue mensajero de la gracia de Dios y no del juicio.

No ha venido a juzgar, ha venido a salvar
El juicio no es de Dios (de Dios es la salvación),pero los hombres pueden caer en manos del juicio que ellos suscitan...

Sólo en esta línea se entiende su vida, su anuncio de reino, su forma de relacionarse con los pecadores y expulsados del sistema: no vino a ponerles ante la amenaza del juicio, sino a ofrecerles (con gestos y palabras) el perdón incondicional, la total solidaridad ante el reino. Jesús no fue profeta escatológico del juicio divino, mensajero de castigo, sino mesías del reino, portador de la gracia de l Padre.

Ciertamente, anunció el juicio, pero no para los pecadores (publicanos, prostitutas, leprosos, enfermos, expulsados...), sino precisamente para aquellos que rechazan el perdón. Eso significa que, para Jesús, Dios es sólo perdón, de tal forma que sólo aquellos que no aceptan ese perdón (que no reciben en amor y concordia a los pecadores) se destruyen a sí mismos, quedando en manos de un juicio, que no proviene de Dios, sino de ellos mismos. En esta perspectiva se sitúa nuestra interpretación del evangelio.

Esa visión, propia del texto que acabamos de citar, puede resumirse en dos afirmaciones:

a. Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar y condenar, sino para salva a todos.

b. Pero los hombres y mujeres que juzgan a los otros pueden caer en la dinámica de su propio juicio y condenarse a sí mismo

Cristianismo. Más allá del juicio está el amor creador

La palabra del evangelio de Juan (Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar…. sino para salvar) ha de vincularse a la palabra de los sinópticos: ¡No juzguéis y no seréis juzgados…!.

– Esa llamada al no-juicio no ha de verse en clave regresiva. No es un retorno a la infancia de la indiferenciación, ni al mundo como un todo sin distinciones. No es una renuncia a la racionalidad judicial, a la buena justicia, sino todo lo contrario: Al final de la justicia (para que ella sea justa) ha de estar la misericordia.

– La apertura a ese más alto nivel de supra-juicio es un don de Dios (que ha enviado a su Hijo). No es meta que podamos alcanzar por análisis de tipo intelectual, por razonamiento filosófico-científico o batalla social (como el marxismo quería en su lucha de clases). Según vamos diciendo, la razón humana tiende a cerrarse en sí misma, creando sistemas absolutos de comprensión y práctica social donde cada humano acaba determinado por la estructura dictatorial del conjunto (según el ejemplo del ordenador que nos controla). Racionalmente es imposible superar ese nivel de dictadura del sistema.

– El despliegue de ese suprajuicio sólo es posible desde un fondo de iluminación o gracia, como han dicho las religiones. Ellas han visto que el ser humano, fundado en la naturaleza y realizado a través de la razón, se sigue abriendo, sin embargo a un plano superior de comprensión no discursiva de la realidad en donde todo viene a desvelarse como gracia y diálogo en que todos encuentran un lugar, descubren un sentido.

Vivir como Jesús, más allá del juicio:

Gran parte de nuestra cultura moderna tiene miedo de la gratuidad y del perdón: piensa que no tiene consistencia, es ilusión de mente, simple huida. Pues bien, en contra de eso, el ser humano se define en su verdad más honda como gracia, no-juicio amoroso:

– La gratuidad sólo brota y despliega su sentido como don de amor, revelación del Dios que nos desborda y fundamenta. No es algo que nosotros hagamos sino Alguien que nos hace. A este nivel, la vida entera es un regalo que podemos y debemos recibir agradecidos.

– Esta gracia no se impone por fuera sino que nos ilumina y transforma por dentro, como Jesús ha pedido a sus oyentes: convertíos, metanoeite (Mc 1, 15). Más que arrepentimiento moral, esta meta-noia es experiencia de una vida que culmina más allá (meta) de la razón (noein), en gesto de humanización fundante.

– La revelación de la gratuidad transciende el moralismo legal en dimensión de amor activo. . Más allá de la ley (que se puede convertir siempre en sistema impositivo) viene a expandirse la vida como gracia, el amor que fundamenta la existencia.

– Esta gratuidad se convierte en principio de acción transformadora. Pasar a la gratuidad no significa abandonar el campo racional de la lucha humana (guerra económica, social, ideológica, estructural...) sino todo lo contrario: influir en ese plano racional y convertirlo en campo de encuentro programado y gratuito entre los humanos.

Este es un camino de ida y vuelta: Hay que ascender del plano judicial (conflicto humano) al nivel de la gratuidad para vivir la experiencia fundante del don de la vida; pero luego hay que descender otra vez de ese plano de no juicio al campo de conflictos y estructuras de la vida, para iluminarlas y cambiarlas partiendo de la gracia. Sólo así en el doble camino de ascenso y retorno transfigurado se puede superar, desde la gracia, la violencia de la vida.

Así han querido hacerlo las grandes religiones, cuando sitúan el principio de la vida humana a ese nivel de gracia suprarracional, para volver de allí al espacio de conflictos (económicos, sociales) donde crece la guerra en la existencia de los seres humanos. Hay, ciertamente, grandes diferencias y parece que este esquema sólo se cumple del todo en el cristianismo (y el budismo). Pero pienso que también las otras religiones han sabido destacar la dimensión de gracia, entendiendo a partir de ella los otros planos de la vida humana.

Juicio en las tres religiones (judaísmo, islam, cristianismo)

La palabra del texto citado (evangelio de Juan) sólo es canónica para los cristianos, pero ella puede situar en el fondo de la experiencia de las religiones bíblicas, que de un modo o de otro,afirman que Dios es gracia, que no quiere juzgar sino salvar....

– El judaísmo ha podido poner de relieve el juicio en clave de talión (según Ley)..., pero siempre en una perspectiva de alianza en la que Dios y el hombre dialogan entre sí. Por eso, en el fondo, para el judaísmo, la gracia de la alianza de Dios está por encima del juicio.

Ciertamente, hay juicio... Dios dará a cada uno según sus obras... Pero por encima del juicio está la gracia creadora de Dios, que quiere salvar a todos, al fin de los tiempos.

– Los cristianos tienden a interpretar el juicio en forma salvadora, esto es, mesiánica, desde Mt 7,1: “no juzguéis y no seréis juzgados...”.

Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar al mundo en un sentido forense (para responder a dar a cada uno según lo que ha hecho, en clave de talión), sino para salvar a los hombres, por amor gratuito, ofreciéndoles su plenitud en Cristo (cf. Jn 3, 17). Por eso, cuando el Credo dice que “vendrá a juzgar a vivos y muertos” está proclamando la salvación final (pues juzgar es salvar en la Biblia hebrea): Dios ofrecerá su perdón, en actitud liberadora.

– Los musulmanes pueden haber entendido el juicio en clave de revelación total de Dios, que destruye en su fuego las falsas apariencias de los hombres, para iluminarles con su gracia luminosa. En ese sentido, ellos pueden afirmar que el juicio está al servicio de la gracia más alta de Dios.

Dios ha permitido y querido que las cosas hayan sido como fueron, dejando en su pecado a muchos, para restablecer al fin el orden e imponer su dominio sobre todos los vivientes. Por eso, en un momento determinado, algunos círculos musulmanes han podido presentar el juicio como un acto irracional del poderío de Dios, señalando los terrores de los condenados. Pero el Corán ha destacado mucho más el sentido salvador del juicio: la promesa del jardín florido (amor emocionado) donde todos los salvados hallarán la gracia de la Vida hecha encuentro de amor (con el bello signo de las huríes de ojos hondos, misteriosos, que debería completarse con el correspondiente signo masculino). Dios será al final quien siempre ha sido: Todo en todos, el Único existente.

Apéndice 1. Para superar el juicio

– El judaísmo destaca la ley que Dios ha revelado por Moisés a los humanos. Pero esa ley no es legalismo de razón ni imposición social sino gracia y don de Dios.

En el principio no está el juicio humano sino el amor de Dios que llama y elige a los patriarcas, con el recuerdo agradecido de la liberación del éxodo y la fiesta gozosa de una alianza abierta al menos de manera tendencial a todos los humanos.

Es normal que los grandes místicos judíos (hasidim, piadosos) hayan situado las fuentes de Israel sobre la ley y el juicio racional-social, como destaca M. Buber afirmando que el creyente ha desbordado el nivel de moralidad, en la que que rigen deber y obligación, para expresar la vida como gracia abierta a todos los necesitados. Desde ese plano pueden superarse los conflictos de la historia .

– El Islam resalta la decisión político-militar de Mahoma, que se replegó en Medina para conquistar después la Meca, instaurando la sharia. Así entendido, el islam es religión del esfuerzo, de sana coacción sobre los humanos que en el fondo no son libres, no tienen libertades frente a Dios, ni pueden cultivar con autonomía sus opciones religiosas: sólo Dios tiene derechos y Dios tiene que imponerlos para bien de los humanos.

Pero, al llegar hasta la hondura del encuentro con Dios, al colocar a los humanos de un modo inmediato ante el poder de su Palabra (Corán), el islam puede superar ese nivel de juicio histórico y violencia, situando a los creyentes ante el misterio de un Dios que es fuente original de gracia. Así lo han destacado los místicos sufíes, acentuando de tal forma la sublimidad del Dios suprajudicial que se vuelven tolerantes con todos los humanos: pueden presentarse a la vez como devotos de las varias religiones de la tierra.

Más allá de su apariencia judicial, el Islam puede poner y pone de relieve el poder salvador de Dios... que despliega su paz universal, en palabra de misericordia, para todos los humanos; partiendo de ella puede y debe superarse la violencia de la historia .

– El cristianismo coloca en su base la palabra no-juzguéis (Lc 6, 37-42; Mt 7, 1-5), entendiéndola como principio teológico, en la línea del imperativo (o mejor indicativo) categórico gratuito del que podría haber hablado Kant. Los creyentes no pueden juzgar porque Dios tampoco juzga.

¿Qué hace entonces Dios? Dios vive, ama, ofrece a los humano camino de existencia. Por eso, el cristianismo es religión del no-juicio creador, de amor comprometido en favor de los demás, en la línea de la muerte y pascua revolucionaria y no judicial de Jesús.

Más allá de la pura indiferencia y el alejamiento desdeñoso, Jesús ha introducido en nuestra historia la fuerza creadora de un amor que, por no darse de manera impositiva, puede transformar y transforma todo lo que existe, en esperanza de resurrección.

La razón del mundo sanciona el equilibrio de poderes, que se inclinan casi siempre al servicio de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha revelado el poder más alto del amor que rompe los sistema de seguridad del mundo, enriqueciendo a los humanos para dialogar en gratuidad transformadora. Así instituye su camino de tolerancia creadora al servicio de todos los humanos y en especial de los marginados del sistema que acaba condenándole a muerte.

Apéndice 2. Un tema abierto a las otras religiones

Las religiones de Oriente abren también un camino para superar el nivel del juicio, para poner a los hombres ante un misterio que en el fondo puede expresarse como gratuidad, espacio de vida abierto para todos. Pero hay una diferencia respecto al cristianismo:

– El Tao desborda el ámbito del juicio desde la primera de sus sentencias: El tao que puede ser expresado no es el Tao perpetuo... Más allá de todo juicio e imposición habita el Tao como equilibrio original de momentos y valores de la realidad. Por eso es suprajudicial y se acerca al cristianismo, pues abre un campo de misterio gratuito sobre nuestra realidad dominada por la oposición y lucha de elementos. Pero hay una diferencia:

El Tao no es activo, no es amoroso (cf. Tao 5a): deja que las cosas sean, que la realidad se equilibre por sí misma, sacralizando así una naturaleza que parece prehumana. Da la impresión de que por encima del juicio y justicia de la historia planea una especie de indiferencia universal.
En contra de eso, el evangelio es amoroso: acepta lo que hay, pero no para dejarlo como está sino para cambiarlo con la fuerza activa de Jesús, desde el don de vida en favor de los demás; por eso se podría definir como Tao gratificante, activo y liberador, fundado en el amor del Padre Dios y abierto en Cristo a todos los humanos.

– El budismo es experiencia de superación de todos los caminos y esquemas racionales de juicio de la historia. El Iluminado (el Buda) rompe la cadena de causas y efectos, transciende los deseos, no juzga (nada busca, nada impone, por nada se emociona). Por eso es tolerante. No quiere cambiar nada, contra nadie quiere resistir.

Más allá de los niveles de acción y reacción del mundo, el budista ha descubierto una más alta luz, una vida que es no-vida (lo nirvana), en ámbito de gozo que se puede abrir a todos los humanos. De esa forma recorre un largo camino común con el crisianismo.

Pero hay una diferencia:
El budista deja en silencio la figura de Dios y no habla de un amor activo, emocionado, creador, entre los humanos;
El evangelio de Jesús, en cambio, se funda en la experiencia de un Dios que ama de forma apasionada, entregando en gratuidad la propia vida y abriendo así un camino de transformación para los humanos dentro de la historia. El budismo es tolerancia pasiva, no deseo, no ingerencia en los problemas del mundo. El cristianismo, en cambio, es tolerancia activa en plano de encarnación y compromiso por los pobres: su mismo no-juicio se vuelve amor concreto sensible, gozoso, en favor de los marginados.

– El hinduísmo, en fin, puede asumir y asume, en plano místico, el idel de no-juicio. Más allá de la violencia del mundo, el contemplativo, se introduce en la paz universal de lo divino. Pero hay una diferencia:

-- Conforme al esquema de la Bagavad-Gita, el gesto del contemplativo gesto puede limitarse al plano interno (mental), dejando que a nivel de mundo el ser humano asuma los compromisos judiciales y militares... Da la impresión de hay dos planos: (a) Paz y no juicio en el plano interno. (b) Guerra sin fin y duro juicio en el plano externo. y/o comerciales de su propia casta, aunque ello implique la muerte de la vida (de la sociedad) Llevada hasta el extremo, esa división sancionaría, en plano externo, el orden de violencia de este mundo, reservando la superación del juicio para el plano interno de la mente, para el pensamiento religioso que vincula al ser humano con el todo sagrado.

-- En contra de eso, el evangelio busca la unificación de ambos niveles: no quiere dos morales, una externa, otra interna; no sanciona en plano externo el orden establecido (de castas, naciones o sistemas económicos y judiciales), para decir después que todos somos hermanos en lo interno sino que cree en la posibilidad mesiánica de superación de la violencia (y del juicio), a través de un movimiento de transformación intensa de la sociedad, en gestos de amor abierto y organizado en favor de todos los humanos, especialmente de los necesitados.

CONCLUSIÓN

Sea cual fuere la diferencia de las religiones(todas en busca de paz), sólo el Cristianismo ha puesto en el centro de su confesión creyente la palabra de Jesús:

Dios no ha enviado a su Hijo al mundo a juzgar el mundo,
le ha enviado para perdonar y salvar a todos los hombres.

El evangelio nos sitúa, pues, ante un Dios-Amor, un Dios perdona, que triunfa sobre el mal amando, y sobre el pecado perdonando... Es un Dios que parece débil (no mata, no destruye, no manda a la cárcel...), y que, sin embargo, es la suprema fortaleza.

Es un Dios que no condena a los culpables, para dejar el mundo en manos de los limpios, sino que muere por justos y pecadores, por culpables y víctimas, para hacer posible el surgimiento de un amor universal...

ÉSTE ES EL DIOS DEL EVANGELIO,
EL DIOS QUE QUIERE Y BUSCA EL AMOR Y CONCORDIA
ENTRE TODOS LOS HOMBRES Y MUJERES.