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domingo, 16 de septiembre de 2012

XXIV Dom. T.O (Mc 8,27-35) - Ciclo B: La predicación «teledirigida»



«Ya conozco el final»

«¿Quién dice la gente que soy yo?». «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?...».

«Jesús ha hecho una especie de sondeo de opinión... No le interesa conocer el parecer de la gente... Quiere saber qué piensas tú sobre él». Así comenzó el predicador. Y Santiago (no el de la lectura) le ha pillado en un «pecado de repetición»: «Esto ya lo hemos oído muchas veces. Podría repetirlo de memoria. Ya sé cómo va a terminar».

Aunque yo lo he hecho callar, como era mi obligación («ten en cuenta que el evangelio es siempre el mismo, no cambia...»), he tenido que admitir, para mis adentros, que tenía razón. De un sermón nunca se debería saber cómo va a terminar.

Uno de los defectos más claros de cierta predicación es sin duda la repetición. Sería el caso de sacar de nuevo a relucir el sicuterat. O sea, siempre la misma música, sin la mínima variación sobre el tema. Las mismas cosas dichas con las mismas frases y expresadas —cuando llega el caso— con idénticas imágenes, siempre las mismas.

Jamás un toque de originalidad, jamás un brillo de imaginación, un acercamiento inédito a situaciones nuevas.

Es verdad que la palabra de Dios no cambia. Pero ha sido confiada a hombres distintos, no para que la reproduzcan tal cual, sino para que pongan en ella la propia impronta, su corazón, su inteligencia, y también su fantasía.

Se puede permanecer sustancialmente fieles al guión aunque se interprete libremente y alguna vez saliéndose de él, como hacen los grandes actores de teatro.

Se puede uno mantener fiel al texto siendo al mismo tiempo creativos. La palabra de Dios corre el peligro con frecuencia, de ser traicionada precisamente a causa de la repetitividad mecánica, la réplica inmutable y también un poco obtusa, la ausencia de inventiva.

El cura, al menos el nuestro, habitualmente demuestra que está preparado a conciencia, que ha consultado textos de exégesis, que mantiene una cierta familiaridad con los comentaristas más nombrados. Sin embargo, sucede con frecuencia que lleva al ambón precisamente el estorbo de ese tipo de preparación. Diría, sin ofender, que no está suficientemente preparado. No está preparado para improvisar, para inventar. Falta —uso una palabra gruesa— la inspiración, que es algo que se capta al instante.

La exactitud, la precisión, la diligencia en el exponer, la lección impartida esmeradamente, no bastan. Hace falta también un poco de poesía, de capacidad de sorprender.


Sorprendido por la Palabra

Pero, ante todo, el cura tiene que demostrar que está «sorprendido». Me atrevería a afirmar que el predicador preparado de verdad es el que se deja sorprender, captar de improviso por la Palabra. Es el que se acerca a esa página como si fuese la primera vez. Por lo que debería leerse en su rostro, percibirse a través del tono de voz, un sentido de estupor, y también un poco de emoción.

No la profesionalidad, incluso afinada por el estudio y por la actualización continua, sino la sorpresa, la maravilla, el compromiso (o el desconcierto) personal.

Pero cuando el cura no logra soltarse del texto (o, peor, de los papeles que tiene delante), cuando no logra olvidar lo que ha preparado, entonces su exposición provoca el sentido de lo resabido o, peor, del aburrimiento. Me han contado que algunos pastores tienen «expertos» que les preparan los sermones (perdón, los discursos oficiales...). No quiero creer tal cosa. Me parece una enormidad. Y luego se habla de «técnicas de comunicación»... Me gustaría saber quién ha preparado al Maestro el sermón de la montaña.

Sí, lo sabemos, la palabra de Dios no sufre variaciones con el paso del tiempo. Pero es innegable que resuena hoy, y ante estas personas concretas. Es pronunciada hoy, en estas circunstancias precisas. Me atrevo a decir incluso que es creada hoy.

También el pan es siempre el mismo. Sin embargo el pan más apetecible lleva una fragancia y una frescura del día. Desgraciadamente algunos predicadores ofrecen pan sentado. Pan duro. Pan de biblioteca. ¡Pan de un año!

El cura, si quiere suscitar interés por la palabra de Dios —que está en la base de la adhesión—, debe tener el coraje de abandonar ciertos esquemas prefabricados (peor si preconfeccionados por otros). Tiene que convencerse de que si una predicación funciona sobre el papel, no necesariamente funciona «al vivo».

Hay que «liberar» la Palabra de las jaulas cuidadosamente predispuestas. Permitirla ser incontrolable, imprevisible, no domesticable.

Algunos textos de estudio (mi hija teóloga trae a casa bastantes, y voluminosos, y alguna vez me dejo llevar por la curiosidad, y los echo una ojeada, también para cerciorarme adonde ha ido a parar el dinero de mi sueldo) dan la impresión de haber capturado la palabra de Dios, o de tenerla como rehén. Una cierta erudición presuntuosa pone cadenas a la palabra de Dios, de manera que quede clavada en los análisis de los doctores. Y así el Libro se convierte en un producto privado de vida.

Queridos predicadores, sabed que no nos contentamos con explicaciones correctas, diligentes, irreprochables. Quisiéramos caer en la cuenta, al menos alguna vez, de que vosotros padecéis teniendo detrás una Palabra inasible que se ha escapado de vuestras páginas y os conduce a territorios poco conocidos. Cuando sea así, estad tranquilos, que también nosotros «seguimos».


La ley de lo imprevisible

De todos modos el domingo me parece que no era el caso. Molesto por la observación «pertinente» de Santiago, mi vecino de banco, ya no he seguido a nuestro párroco que se mantenía prudentemente en un terreno muy conocido. Y así, después, me he visto obligado, a reconstruirme, más aún, a fabricarme solo la predicación. Intento decir todo en dos palabras.

Me parece que el discurso era continuación del desarrollado el domingo precedente y que se refería a la sordera.

La forma más peligrosa de sordera es la que permite oír sólo las cosas que nos gusta oír (y, a su vez, el predicador, cuando dice las cosas que gusta oír a la gente, es como si estuviese mudo).

Por tanto la curación de la sordera consiste en permitir a Dios que «nos abra el oído», según la expresión de Isaías (mi hija dice que se podría traducir mejor así: «El Señor me ha horadado, me ha perforado el oído»), para hacernos capaces de escuchar sobre todo aquellas palabras que no quisiéramos oír.

Al profeta en cuestión (no recuerdo ya si el «deutero» o el «frito») ciertamente no le gustaban la palabra que le imponía ofrecer la espalda a los golpes, la mejilla a los que mesaban sin piedad su barba (el curita coadjutor ha permanecido impasible, quizás tenía garantías de que eso ya no se usa), el rostro a los insultos y salivazos, o sea, al desprecio más vulgar.

Tampoco a los destinatarios de la Carta de Santiago (o sea, todos nosotros) les gustaba esas amonestaciones acerca de la fe que debe ir acompañada obligatoriamente de las obras, y que la caridad no se basa en las palabras. No basta facilitar las direcciones precisas a quien tiene frío, a quien siente el tormento del hambre, y a quien no sabe qué ponerse encima. Hay que darle nuestra dirección, abrir la puerta de casa, y de par en par el armario, el frigorífico, y la cartera.

También a los apóstoles —y a Pedro el primero— les hubiera gustado no tropezar en la palabra de la cruz. Pero Jesús se ha encargado de «abrir sus oídos» para que acogiesen aquel discurso incómodo y extraño a su mentalidad y a sus sueños de gloria terrena.

En el fondo, los tres discursos estaban bajo el signo de lo imprevisto. Y aquí vuelvo a las consideraciones desarrolladas al principio. Para evitar la cómoda repetitividad (cómoda para el predicador, pero también para nosotros), hay que atreverse con lo imprevisible.

En el lenguaje deportivo se habla de «tiros teledirigidos» o de «golpes teledirigidos». Son esos que, en el fútbol, permiten al portero adivinar la trayectoria de la pelota, y por tanto estar preparado para neutralizar el tiro. El ve de dónde viene y sabe exactamente el momento en que llega.

O también, en el boxeo, los «golpes teledirigidos» son los que, no suficientemente rápidos e imprevistos, pero muy previsibles, consienten al adversario cerrarse a la defensiva y recibir el puñetazo sin daños excesivos.

Bueno, pues los predicadores deberían evitar los sermones «teledirigidos», haciendo, más bien, a la Palabra imprevisible, extemporánea, imprevista, sorprendente, de manera que no nos deje ni el modo ni el tiempo de una defensa, de parar el golpe, arte en el que somos habilísimos, e incluso imbatibles.