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sábado, 7 de abril de 2012

Comentarios Biblícos y Pautas para la Homilia: Domingo de Pascua de Resurrección (Jn 20, 1-9)



“María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro”

El encuentro con el Resucitado es lo que llamamos fe cristiana. Una experiencia sólo comunicable con símbolos que permiten aproximación a la realidad vivida. La experiencia de que el Resucitado ha irrumpido en su vida es común a todas las primeras comunidades cristianas. Pero a la hora de trasmitir esa experiencia común cada evangelista, dentro de su comunidad y contextos cultural, destaca determinados aspectos empleando su género literario. De ahí las diferencias fácilmente perceptibles en los relatos evangélicos que la liturgia va presentando a lo largo de cincuenta días, a partir de este domingo cuyo evangelio ahora comentamos.

Fr. Jesús Espeja Pardo O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino "Olivar" (Madrid)

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Comentario Bíblico

Primera lectura: Hechos 10,34a.37-43.

Marco: El fragmento corresponde al encuentro de Pedro con el centurión romano y pagano Cornelio en Cesarea. Avisado por el Espíritu, Pedro se acerca a Cesarea guiado por la voz de Dios. Es recibido con todos los honores por el centurión Cornelio. Pedro le expone los elementos básicos de la proclamación kerigmática. Durante su proclamación el Espíritu desciende sobre los oyentes y son bautizados. El acontecimiento que produce el asombro de los acompañantes de Pedro.

Reflexiones:

1ª) El Evangelio abre fronteras.

os encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. Este acontecimiento tiene capital importancia para la expansión del Evangelio. Son las primicias de lo que pronto será la evangelización entre los gentiles. Jesús ha roto todas las fronteras con su Muerte y Resurrección. Pero este acontecimiento ha sido asimilado poco a poco por los Apóstoles y por los primeros hermanos en la fe. El cristianismo corría el peligro de convertirse en una secta judía más de entre las muchas que había en tiempos de Jesús. Pero el proyecto de Dios era otro. El pueblo de Israel había sido llamado a ser un "signo" de salvación para todos los pueblos. Los primeros pasos en esa dirección encontraron no pocas dudas y tensiones. Los hermanos de Jerusalén pedirán cuentas a Pedro de por qué había entrado en casa de gentiles (Hch 11). Pero el Espíritu se ha adelantado marcando las líneas a seguir, respetando la colaboración humana. El Evangelio comenzaba una nueva aventura: llegar a todo el mundo.

2ª) Contenido del Evangelio.

Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios por la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él. Este discurso de Pedro (el quinto discurso kerigmático) recoge el esquema central de lo que debe ser evangelizar. El anuncio de Jesús en su realidad histórica, enmarcado en la historia: todo comenzó con el bautismo de Juan. A partir de su Bautismo, Jesús abandona la soledad de Nazaret y recorre de un lado para otro todos los pueblos y aldeas anunciando el Reino de Dios. Pasó haciendo el bien en todos los niveles. Finalmente murió y resucitó. Estos dos acontecimientos son los centrales en toda adecuada evangelización. Los Apóstoles lo repetirán una y otra vez y por todas partes. En la Muerte y en la Resurrección de Jesús Dios ha hablado la última palabra en favor de los hombres.

3ª: ¡Testigos de la resurrección!

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó el tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Los apóstoles disfrutaron de un encuentro con Jesús resucitado único y singular. Recibieron una experiencia interior personal y comunitaria a la vez acompañada de una luz reveladora infalible que les llevó a la convicción de que Jesús estaba vivo, el mismo que había sido crucificado. Esta experiencia íntima y objetiva se correspondía con la realidad de la resurrección. Una experiencia de un ser que ya ha trascendido la historia, pero que se hace presente de forma nueva y singular en la historia de los hombres, comenzando por los testigos. Jesús resucitado revela adecuadamente la soberanía de Dios sobre la muerte y la vida. Y pueden ser testigos seguros e infalibles de esta verdad. Desde entonces nuestra fe en Jesús pasa por el testimonio apostólico; nuestra fe es apostólica. Y es una fe cierta y segura, aunque durante nuestra peregrinación por este mundo sigue siendo clarooscura como no puede ser de otra manera frente al misterio de Dios. Y la resurrección de Jesús es un admirable misterio de Dios (la maravilla de las maravillas de Dios).

4ª) Dios no tiene acepción de personas.

Pedro queda sorprendido de ver que el Espíritu Santo desciende sobre sus oyentes aún antes de que fueran bautizados. Pedro sabe que el don del Espíritu está ligado al bautismo. Así lo ha prometido el Señor y así ha ocurrido hasta ahora. Pero en Cesarea se produce una excepción que tiene un profundo sentido: liberar a Pedro y a la Iglesia primitiva del miedo y escrúpulo en dirigirse a los gentiles. Dios actúa soberanamente, y Pedro entiende que para Dios no hay acepción de personas al ofrecer su salvación a todos los que se abren con corazón sincero. Y eso ha ocurrido en Cesarea, donde la evangelización a los gentiles era el fruto del triunfo de Jesús sobre la muerte en la que ha derribado todos los muros de separación entre los hombres. En adelante es posible la fraternidad entre todos los pueblos a través del Cristo resucitado y del Espíritu.

Segunda lectura: Colosenses 3,1-4.

Marco: La carta a los Colosenses fue escrita, muy probablemente, por un discípulo de Pablo. Habría sido escrita hacia finales del s.I. Es motivada por una herejía que surgió en la Iglesia consistente en poner en duda la supremacía exclusiva de Cristo. Otros elementos entraban en concurrencia con Jesús. El autor escribe para afirmar enérgicamente que Jesús es Cabeza de todo porque en El habita "corporalmente" la plenitud de la divinidad y todo le está sujeto.

Reflexiones:

1ª) Por el bautismo el creyente se incorpora a Cristo.

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. El autor de la carta recuerda que ya desde el bautismo los creyentes han entrado en comunión con el Cristo Glorioso. El sacramento realiza en la persona humana una maravi-lla: identificar al hombre con Jesús muerto y resucitado. La consecuencia de esta identificación es la urgencia de dirigir la mirada y la vida hacia donde está Cristo actual-mente: a la derecha del Padre. El autor revela con ello el sentido de provisionalidad que tienen todas las cosas, aun las que podamos pensar más importantes, por la esperanza de la meta definitiva. Pero es necesario realizar el camino y la peregrinación. Desde ahora el camino, arduo por ser humano y envuelto en tribulaciones y sufrimientos múltiples, ha sido iluminado por la meta. La meta da sentido al conjunto y desvela el misterio del sufrimiento y la muerte.

2ª) Vida escondida durante el camino.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis con él, en gloria. El creyente ha resucitado ya realmente (el sacramento) con Cristo, pero todavía no realmente (definitivamente). Estamos entre el "ya" y "el todavía no" de la salvación. La meta es el encuentro y definitiva comunión con el Cristo Glorioso, pero la Iglesia camina todavía sobre la tierra. El tiempo de espera es tiempo de lucha y dificultades. No es tiempo de ostentaciones y triunfalismos. Es el tiempo de la levadura en la masa que está realmente con todo su vigor, pero oculta y silenciosa. El tiempo entre la primera venida de Cristo y la última, es decir, el tiempo de la Iglesia es tiempo de cruz-gloria a la vez, de luces y sombras ciertamente, pero también tiempo de compromiso serio y de certezas consoladoras y alentadoras. Algunos creyentes pensaban que ya habían resucitado con Cristo y no valoraban la resurrección corporal (los gnósticos antiguos, que por cierto aparecen de nuevo en nuestra sociedad). El autor se vio urgido a salir al paso de tales desviaciones, aunque el tiempo es la etapa del Cristo Glorioso escondido, el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará de la gloria plena de su Señor. Mientras tanto el Cristo vivo urge a caminar responsablemente tras sus huellas a los discípulos que vivimos en este mundo todavía.

Tercera lectura: Juan 20,1-9.

Marco: El fragmento corresponde al relato joánico de la Resurrección. Pero el evangelista recuerda dos realidades complementarias: el sepulcro vacío y las apariciones. Ambas realidades son necesarias para expresar el contenido de la Resurrección habida cuenta de la concepción antropológica propia del mundo semita al que pertenecen los evangelios.

Reflexiones:

1ª) Comprobación de que el sepulcro estaba vacío.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. ... Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. La realidad del sepulcro vacío es una verdad que la interpretación evangélica actual da por adquirida. Históricamente parece que se debe aceptar que en Jerusalén había un sepulcro en que estuvo el Señor. Este dato favorece la explicación de la maravilla ocurrida aquella mañana. Necesitamos traducir el acontecimiento a términos inteligibles. Jesús ha resucitado realmente, es decir, todo el ser humano de Jesús que se entregó en la cruz, todo El resucita al tercer día. Y la forma de explicar esta realidad es afirmar que el sepulcro estaba vacío. Aunque la carrera de los dos discípulos al sepulcro confirma nuestra seguridad, la experiencia del sepulcro vacío requiere la iluminación interior para comprender lo sucedido realmente. Eso es lo que quiere decir Juan cuando afirma "vio y creyó". El encuentro de los Apóstoles con Jesús vivo y resucitado fue más profunda, más sólida. Sólo el sepulcro vacío no podía garantizar la seguridad de nuestro destino hacia la vida. Dios intervino de modo singular y privilegiado en favor de los apóstoles pregoneros del magnífico acontecimiento de la resurrección. Desde entonces el hombre tiene la certeza y seguridad de que su destino vuelve a ser para siempre la vida y la vida gloriosa y feliz. El sepulcro vacío es una señal que nosotros necesitamos para concretar y encarnar la fe. Porque la fe, don divino, es para el hombre. Y aquellos hombres (de tiempo de Jesús) necesitaban en cierto modo la visualización de aquella maravilla que desbordaba todos sus planes y todas sus esperanzas. Esa es la significación del sepulcro vació y de las apariciones que se sucederán.

2ª) Resucitó al tercer día.

La afirmación central en la mañana de Pascua fue esta: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado". La Resurrección al tercer día es una fórmula de venerable antigüedad. Pablo la ha recibido en el momento de su conversión y la transmite y recuerda a los Corintios (1Cor 15). Su textura corresponde al mundo de pensamiento semita o hebreo en el que se pensaba que al cuarto día comenzaba a corromperse el cadáver (Jn 11). Con lo que se quiere indicar que Jesús no ha experimentado la corrupción (Salmo 15). La consecuencia lógica era descubrir en Jesús al Mesías esperado porque así lo indica el salmo. Jesús ya no saboreará jamás la muerte.

3ª) ¿Han robado realmente el cuerpo del Señor?

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y asomándose, vio las vendas en el suelo: pero no entró. Llegó también Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Llama la atención la abundancia de detalles y pormenores que el redactor en este relato. Es verdad que es un autor detallista a lo largo del evangelio. Parece ser que todo responde a la afirmación de María Magdalena "se han llevado el cuerpo del Señor". Y esta expresión responde a la noticia emanada de los judíos de que los discípulos habían robado el cuerpo del Señor, pero que no había resucitado de entre los muertos. La abundancia de detalles subraya la veracidad de la resurrección. Cuando se roba un cuerpo de un sepulcro no se pone tanto cuidado en dejar las ropas que llevaba de la manera que refiere el evangelista. Se lleva todo y se desprenden piezas que quedan desordenadamente. El conjunto subraya el realismo de la resurrección, aunque él sabe muy bien que la fuerza de convicción está en la revelación de Dios como lo va a indicar enseguida mediante la reacción del "otro discípulo" (Discípulo Amado).

5ª) ¡Vio y creyó: Resucitado según las Escrituras!

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. A lo largo del relato evangélico el autor joánico ha insistido en la fuerza de los "signos" para acercarse a Jesús. Ahora el Discípulo Amado ve los "signos" y cree en que Jesús estaba vivo de otra forma y para siempre. Una vez se quiere afirmar a la vez el realismo y la trascendencia de la resurrección de Jesús. Y esto se apoya en la Escritura. También forma parte de la fórmula de fe que nosotros profesamos: resucitó al tercer día según la Escrituras. Las Escrituras son la expresión literaria del proyecto de Dios. Dios cumple su plan a pesar de todas las resistencias. Y lo ha cumplido devolviendo la vida a su Hijo hecho hombre y, en comunión personal con El, a todos los hombres. La vida humana encuentra en Jesús resucitado la respuesta al interrogante más hondo incrustado en la intimidad del hombre: el anhelo de vivir y vivir siempre y feliz. Ahora como entonces necesitamos los "signos" y la Escritura para el encuentro de los hombres con Jesús resucitado.

Fr. Gerardo Sánchez Mielgo
Convento de Santo Domingo. Torrent (Valencia)


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Pautas para la homilía

1. Los seres humanos respiramos siempre anhelos de ser más, de llegar más alto. Nos constituye un deseo de infinitud. Pero nos vemos burlados por nuestras limitaciones en todos los ámbitos y sobre todo por la muerte que como una losa fría troncha todos nuestros mejores proyectos. No es fácil esta vida humana, que aspira siempre a lo sublime y eterno, pero con frecuencia se queda en lo rastrero y caduco ¡Cuántas promesas de amor sepultadas por el egoísmo! ¡ cuántos empeños por la justicia que terminan en fracaso! ¡cuántos atropellos impunes contra víctimas inocentes silenciadas para siempre!

2. María Magdalena fue al sepulcro “cuando aún estaba oscuro”; pero “vio la losa quitada del sepulcro”. En la revelación bíblica la esperanza en la resurrección fue madurando desde dos vertientes. La exigencia del amor: si Dios mira siempre con amor a los seres humanos y es dueño de la vida, no los abandonará en la oscuridad del sepulcro. A la inversa, la muerte no puede terminar con el amor del ser humano que por ser fiel a Dios y ayudar a los demás ha sido silenciado y privado de la vida Como dice San Pedro en su discurso de Pentecostés: no podía quedar en las garras de la muerte aquel hombre cuyo alimento fue hacer la voluntad del Padre, viviendo y muriendo con amor para que todos tengamos vida. . En la resurrección de Jesús se da la respuesta deseada que de algún modo barruntamos por seres humanos en nuestro anhelo infinito de felicidad sin límites. Sequita por fin la losa del sepulcro sellada por las fuerzas del mal y se abre para todos una puerta de salvación o plena realización humana que ya nunca se cerrará.

3. Según el evangelio, la resurrección de Jesús es un acontecimiento inédito. No es lo mismo revivir que resucitar. Cuando el difunto Lázaro vuelve a la vida, sale del sepulcro “con las manos y los pies vendados y la cara envuelta en un sudario”; lleva todavía las marcas de la muerte. Pero la resurrección de Jesús es ya la entrada en la vida plena; “las vendas y el sudario” han quedado en el sepulcro vacó. Y la resurrección de Jesús es confesión central de la comunidad cristiana. No es invento de una mujer. Incluso el discípulo amado que intuye y corre más que Pedro, al llegar al sepulcro no entra; espera que primero el representante oficial de la comunidad cristiana que confiesa el artículo central de su “credo”. En esa comunidad, y no fuera de la misma, el discípulo ideal que intuye e incluso corre más que Pedro, “vio y creyó”.

Fr. Jesús Espeja Pardo O.P.
Convento de Santo Tomás de Aquino "Olivar" (Madrid)

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