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sábado, 28 de abril de 2012

Dom 29. 4. 12. Buen Pastor, "pastores" cristianos



Dom 4º de Pascua, Jn 10,12-18. El evangelio de este domingo no nos lleva ante Jesús resucitado que sale de la tumba o se muestra a las mujeres o discípulos, sino ante el signo de Jesús-Pastor que dirige y guarda, anima y protege a sus amigos que, conforme a un símbolo antiguo de oriente, aparecen como ovejas.
No voy a comentar de manera directa el evangelio, ni las restantes lecturas de este día, sino evocar la imagen bíblica del Pastor, para situarla ante la problemática actual de gran crisis “pastoral”, es decir, de pastores (obispos, presbíteros…) en la Iglesia católica, al menos en occidente.
Muchos piensan que se trata de una crisis de número (falta de vocaciones, descenso del clero…). Pienso que se trata de una crisis mucho más honda, de conciencia y tarea pastoral. Pero no es trauma de muerte, sino que puede y debe ser principio de un nuevo nacimiento, de nuevos ministerios y liderazgos eclesiales. Lea este post el buen amigo lector según le agrade, destacando la parte que más le interese.

Buen día a todos, todos pastores y ovejas de la única Iglesia de Jesús.

1. IMAGEN BÍBLICA, JESÚS EL BUEN PASTOR

Introducción

La figura del pastor y su rebaño pertenece al mundo cotidiano del antiguo oriente. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, ella culmina en Jn 10, 2-16 (Jesús, el Buen Pastor) y en Mt 25, 31-46 (juicio final: Pastor ante ovejas y cabras) y ha tenido gran influjo en la visión posterior de la iglesia cristiana que ha concebido a sus ministros como «pastores» y interpretado su acción ministerial como «pastoral».

Pastor era en oriente (Sumeria, Babilonia, Asiria...) el rey, que protege y guía sus rebaños de hombres. Así ejerce su oficio desde arriba, como ministro superior de Dios: Ayuda a los débiles, protege a los enfermos... Pastor es en el cielo Dios, aquel que cuida del rebaño grande de los hombres. Pastor es sobre el mundo el buen rey divino… Ésta es una imagen valiosa, pero corre el riesgo de establecer una distancia entre el guía-pastor, que es el único individuo activo (libre), y el resto de los hombres, entendidos como rebaño pasivo. Por eso, en Grecia, con la invención de la democracia se va apagando esta antiguo imagen de los reyes pastores.

Biblia, Antiguo Testamento

Desde Abel, que es el primer pastor (Gen 4, 2) y desde Yabel, hijo de Lamec, que fue padre de todos los que crían ganado y viven en tiendas (cf. Gen 4, 20), y desde los patriarcas, pastores de ganados (cf. Gen 13, 7; 26, 20; 46, 32), la Biblia está llena de pastores, aunque la cultura israelita dominante acaba siendo agrícola y urbana. De todas formas, el recuerdo de David, pastor de ovejas en los campos de Belén (1 Sam 16, 13; 17, 20), se ha mantenido vivo en la tradición mesiánica. Un salmo dice que Dios tomó a David de los rediles de ovejas, para hacerle rey de Israel, de manera que su oficio y tarea de pastor de ovejas sirve de base simbólica para entender su trabajo de pastor del pueblo (cf. Sal 78, 70).

Dios aparece como un pastor que cuida el rebajo de los hombres, especialmente de su pueblo Israel (Is 40, 11; 63, 11; Jer 30, 10 etc.). El Antiguo Testamento sabe que Dios es pastor de Israel: «El Señor es mi pastor, nada me falta, por lugares tranquilos me hace reposar...» (Sal 23, 1; cf. Gen 49, 24; Jer 31, 10; 43, 12; Ez 34, 5.12, etc.). También los jefes de Israel reciben rasgos de pastor (cf. 2 Sam 7, 7; Jer 3, 23; Sal 78, 72), aunque parece que nunca se les atribuye directamente ese título, que será propio del Mesías: «Les daré un pastor único que los pastoree: mi siervo David; él les apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David será príncipe en medio de ellos» (Ez 34, 23-24; cf. 37, 22.24; Jer 3, 15; 23, 4).

Mt 25, 31-46. Pastor mesiánico, ovejas en riesgo (=los más pequeños)

La certeza de que Dios cuida a las ovejas y la promesa del nuevo pastor mesiánico de Ez 34, 11-14 forman el punto de partida de una visión teológico-simbólica que llega hasta Mt 25, 32, donde el pastor se identifica con las «ovejas» más pequeñas del rebaño. En el fondo está igualmente la imagen apócrifa de 1 Hen 89-90: el camino de Israel, desde el diluvio hasta el Mesías, aparece como historia de un rebaño; los miembros del pueblo son ovejas a las que Dios va guiando, superando los peligros, los rechazos y rupturas, hasta el tiempo en que llegue el salvador-mesías.

Al referirse a Jesús, Hijo de Hombre, en la figura del pastor que separa a su rebaño, Mt 25, 32 sigue en la línea de ese viejo simbolismo. La tradición del rey-pastor forma parte de la ideología política de Israel (cf. Ez 34, 23-24), donde Dios mismo aparece como pastor supremo del pueblo (cf. Sal 23, 1; 80, 1), conforme a una visión más propia de los reinos de oriente que de la democracia griega, donde los miembros del pueblo no aparecen ya como rebaño de un pastor, sino como grupo de hombres libres:

«Cuando llegue el Hijo de hombre en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria y se congregarán delante de él todos los pueblos. Y separará a unos de otros como el pastor separa a las ovejas de las cabras; y pondrá a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Y entonces el rey dirá...» (Mt 25, 31 34).

La imagen es tradicional, pero el simbolismo de fondo será totalmente nuevo: aquí estamos ante un pastor que se identifica con sus ovejas; no manda sobre ellas desde arriba, ni siquiera las protege desde fuera, sino que vive y sufre en ellas; es un pastor hecho oveja, un pastor que comparte la vida de los otros, especialmente de los más débiles. Estamos, evidentemente, en una línea de evangelio, que ha de entenderse desde la parábola de la oveja perdida (cf. Lc 15, 4-6, Mt 18, 12-14) y desde la gran alegoría de Jn 10, 1-16, donde las ovejas dejan de ser animales dirigidos por un guía superior y se vuelven amigos del pastor.

De la oveja perdida al Buen Pastor (Jn 10).

Podemos desarrollar las últimas reflexiones. Jesús toma la imagen del pastor y la recrea desde el evangelio. Así dice que se apiada de los hombres porque están «dispersos y perdidos, como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36). En ese contexto se inscribe su acción misericordiosa, que viene a expresarse de manera privilegiada en la parábola del pastor:

«¿Quién de vosotros, teniendo cien ovejas y perdiendo una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va hacia la perdida hasta encontrarla? Y encontrándola la pone en sus espaldas con gran gozo y viene hasta su casa y llama a sus amigos y les dice: alegraos conmigo porque he encontrado a mi oveja perdida» (Lc 14, 3-6).

A Jesús le han acusado de comer con pecadores, perdonando y recibiendo en su mesa a los proscritos de la alianza (publicanos, prostitutas). Jesús se defiende contando esta parábola, en la que Dios (o el pastor mesiánico) viene a mostrar su solidaridad con las ovejas perdidas. En esa línea se sitúa el texto del buen pastor, propio de este domingo 4 de Pascua:

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. El mercenario, el que no es pastor ni tiene a las ovejas como propias, ve venir al lobo y abandona, huyendo, a las ovejas; y así viene el lobo y las destroza y las dispersa. Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Así entrego mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; las debo conducir, para que escuchen mi voz y de esa forma haya un rebaño y un pastor» (Jn 10, 11-16).

Siguiendo en la línea anterior, el pastor se ha convertido de alguna forma en padre y amigo del rebaño, siendo él mismo rebaño. Esta alegoría del Jesús pastor tiene tres rasgos o elementos principales.

(a) Elemento cristológico. Jesús es el auténtico pastor, aquel que puede conducir hasta la meta a su rebaño. Por eso se distingue de otros malos pastores, mercenarios, que han venido a presentarse como salvadores, siendo en realidad asalariados, que han querido aprovecharse del rebaño. Juan alude aquí probablemente, en la línea de 1 Henoc 83-90, a los diversos líderes que, en esos últimos años, entre el 50 y el 100 d. C., han manipulado a los judíos, llevándoles a la perdición.

(b) Hay un rasgo eclesiológico. Jesús es verdadero pastor porque conoce a las ovejas (hombres), dialogando con ellas en intimidad de corazón. Sólo así, sobre una base de conocimiento personal puede fundarse la comunidad de los salvados como iglesia donde todos tienen un lugar para vivir en plenitud. Jesús es pastor y puerta del rebaño; Jesús es guía y casa para las ovejas.

(c) Hay, en fin, un rasgo intradivino: la unidad del pastor con las ovejas refleja sobre la tierra el gran misterio del encuentro de Cristo con el Padre, tal como Juan lo ha desarrollado en Jn 20. De esa forma, llevado hasta el extremo, este signo del pastor nos saca del ámbito animal (pastoral) para situarnos en un plano intensamente personal, de comunicación afectiva. En ese contexto debemos añadir encargo de Jesús a Pedro a quien pide que «apaciente sus ovejas» (Jn 21, 16-17). En esa línea se dirá que los ministros de la iglesia son pastores que aman a las ovejas, dialogando con ellas como Buen Pastor, que es Cristo.

2. UNA TAREA ACTUAL, PASTOR Y OBISPO DE NUESTRAS ALMAS.

Culminando la referencia anterior encontramos las palabras de 1 Pedro

«Andabais errantes como ovejas,
pero habéis vuelto
al Pastor y Obispo (=Guardián) de vuestras almas» (1 Ped 2, 18-25).

Cristo aparece como Pastor y Obispo (poimêna kai episkopon) porque ha sido rechazado por su pueblo y ha sufrido sin vengarse, como el Siervo de Isaías. No aparece aquí como Kyrios supremo (Flp 2, 11) o Sumo Sacerdote en la línea de Melquisedec (Heb 9, 11), sino como “pastor que cuida y supervisa”, empleando una terminología de fuerte un carácter simbólico, pero no jurídico, que nos sitúa cerca de la visión eclesial de Mt 23, 8-12, conforme a la cual nadie puede ser padre, maestro o pastor de los otros, porque todos los creyentes son hermanos.

En ese contexto se sitúa el tema de los pastores actuales de la Iglesia que, según juicio común, aparecen en este momento en crisis, que no es simple crisis de “liderazgo”, sino de cristianismo. La Iglesia necesita unos “pastores” nuevos para los tiempos nuevos, unos pastores que reflejen y actualicen en las nuevas condiciones culturales y sociales de las postmodernidad el impulso de Jesús y de sus primeros seguidores.

No se trata, simplemente, de mantener la iglesia, para que no se caiga, como pensó en un momento Francisco de Asís (ante las ruinas de San Damián), sino de rehacerla desde su fuerte fundamento que es Cristo. En este contexto quiero recoger y retraducir al castellano una entrevista antigua, del 2003, publicada en Adista de Roma
(http://www.cdbchieri.it/rassegna_stampa/Pikaza.htm).

La Iglesia está en crisis, una crisis que puede ser salvadora si asume el tesoro de luces y sombras de su historia y retornando continuamente al evangelio lleve a repensar radicalmente los ministerios, a demoler el patriarcalismo, a poner fin al clericalismo y a abolir el sistema imperial romano, para asumir con valentía el impulso de Jesús, la presencia de su Espíritu Santo

El tipo actual de sacerdocio, que separa a la “jerarquía” de los “fieles” y que excluye a las mujeres ha nacido en siglo II-III, cuando la Iglesia ha pactado con el “sistema” y ha intentado combatirlo con sus mismas armas, en contra de la inspiración del mensaje de Jesús, que era un “laico”, reintroduciendo en su lugar esquemas cultuales del judaísmo sacerdotal y sugestiones del mundo religioso greco-romano.

Pregunta de Adista:

Del análisis bíblico de su libro se deduce que Jesús no ha instituido en modo alguno eso que actualmente se llama el “sacramento del orden”, y que, por tanto, para ser rigurosos, no ha previsto la existencia de sacerdotes ni obispos, y mucho menos de una Iglesia patriarcal y machista. Según eso, una comunidad en la que no hubiera un sacerdote ordenado (presbítero) ¿podría celebrar legítimamente una verdadera eucaristía, presidida por un hombre o mujer no “ordenados”?

Respuesta de Pikaza

Sin duda, una comunidad cristiana puede y debe celebrar la eucaristía, es decir, compartir el pan y la comida de fiesta (el vino), recordando la vida y muerte de Jesús, bendiciendo a Dios y creando lazos de comunión. La celebración no es un derecho ni un deber de las comunidades, sino la esencia de la iglesia, su propia verdad cristiana. El tema de la presidencia me parece secundario. En ningún lugar del Nuevo Testamento se dice quien debe presidir, ni cómo. San Pablo en 1 Cor 12-14 habla muchos de otros “ministerios” (apóstoles, profetas.), pero no le preocupa la persona (varón o mujer) que preside la Cena del Señor. Deja ese tema en manos de la misma comunidad.

Es evidente que, conforme a mi visión del Nuevo Testamento, la presidencia eucarística puede y debe brotar de la misma comunidad de los cristianos, de manera que ellos elijan por un determinado tiempo a sus “presidentes”, sin vale esa palabra, varones o mujeres. La forma actual de ordenar primero presbíteros “en general y para siempre” (como un ordo especial, sagrado), para buscarles luego comunidades donde puedan ejercer, me parece contraria a la vida originaria de la iglesia y a la inspiración del Evangelio.

No creo en “ordenaciones absolutas”, de manera que no se puede decir “éste es obispo, éste presbítero”, así en general, si no se dice “este es el obispo o presbítero de esta iglesia”. Evidentemente, son las comunidades las que deben nombrar sus ministros, desde sí mismas, por el tiempo que ellas crean conveniente.

Creo que esta nueva praxis puede empezar ya. Pienso que algunas comunidades cristianas están en un buen momento para empezar a celebrar y vivir la eucaristía como algo que forma parte de su propia experiencia y riqueza cristiana, creando sus propios ministerios. El tema y problema y problema de fondo es el que plantea Pablo en 1 Cor 13: El mantenimiento y despliegue de la caridad. Lo que importa es que haya amor, un amor que se celebra y vive en cada comunidad, y que se abre a todas las restantes comunidades.

Eso significa que unas iglesias deben estar en comunión con otras, y los ministros de unas iglesias han de estar en comunión con los ministros de otras (sin que sea necesario que los ministerios sean iguales en todas las iglesias, ni que tengan los mismos requisitos sociales, pues las formas de cultura son distintas en los diversos países).

Esa unión de caridad debe expresarse en continuidad con las iglesias del pasado (no se puede realizar sin más una ruptura con la historia) y en comunión con las iglesias del presente (no se puede romper la unidad de amor entre las comunidades). En un sentido extenso, la división de ministerios de la Iglesia, que proviene y se mantiene estale desde el siglo III me parece normal:

Puede y debe haber obispos, presbíteros y diáconos delegados, por un tiempo, para unas funciones, aunque la diaconía real, de hecho, la realizan todos los creyentes.

Eso significa que el ministerio episcopal y presbiteral es muy, muy importante, para el despliegue y expansión de las iglesias, pero tiene que brotar de las mismas comunidades, que se expresar a través de ellos.

Es necesario un nuevo tipo de liderazgo (de pastoral) que brote de Jesús... No para que haya menos pastoral (puro anarquismo), sino para que haya buena pastoral, desde el testimonio de Jesús, en libertar y creatividad...

No estamos ante un exceso de liderazgo, sino ante un vacío enorme de liderazgo cristiano, ante un vacío de pastoral auténtica, que brote de la raíz del evangelio. No se trata de aportar menos, sino de aportar mucho más, en línea de evangelio. Se trata de crear un tipo de liderazgo cristiano, al servicio de lo más pobres y de la comunión de todos... un liderazgo que pueda servir de ejemplo en este mundo postmoderno, donde no hay verdadero liderazgo sino imposición de unos sobre otros.

En esa línea, es necesario que vengan pronto las transformaciones, y que se hagan con gran valentía... y con con mucha prudencia (las dos cosas van unidad), con mucha capacidad de diálogo, no sólo desde la perspectiva de la Iglesia católica y de las iglesias ortodoxas, sino también desde las comunidades protestantes, pero manteniendo, al mismo tiempo, una gran libertad evangélica.

De todas formas, el problema actual no es tanto la organización de las iglesias que ya existen (que en parte están llamadas a desaparecer), sino la creación de nuevas iglesias, en estos tiempos de cambio, como fueron los tiempos de Jesús y de San Pablo, hasta la segunda mitad del siglo II d. C. En este contexto se sitúa el problema de las vocaciones. El problema no es que existan menos candidatos y menos ordenaciones para los ministerios actuales, cosa que, a mi juicio, es positiva, al menos en occidente.

-- El tipo de clero actual, de tipo jerárquico (entendido como un orden social: se es presbítero para siempre, con parroquia o no, como se era antes conde o marqués) desaparecerá pronto, y es bueno que desaparezca.... porque ya no es signo de evangelio, sino de una estructura sacral antigua (que fue buena quizá en su tiempo, pero que es poco cristiana y mucho menos actual)

-- La organización clerical de las iglesias más “ricas” como la norteamericana, la alemana o incluso la italiana y la española no puede resistir así muchos años. Para que la iglesia sea iglesia hay que “riffare da capo” como nos dijo ya el año 1981 el Cardenal Giovanni Benelli a un grupo de estudio en Firenze.

Estamos ante un camino que no se puede fijar de antemano, pero debemos recorrerlo, pues de lo contrario nos morimos (nuestra iglesia acaba). Debemos recrear la “tensión del Reino”, es decir, el compromiso a favor de los más pobres, y de un modo consecuente la eucaristía, y los ministerios, de lo contrario nuestras celebraciones se convierten en algo separado de la vida concreta de los hombres y mujeres, como una superestructura sacral.

Jesús y los primeros cristianos no quisieron que el evangelio desembocare en la creación de una nueva institución de sacralidad, de una organización más, sino que recreara la experiencia de la vida, y se expresara en la misma vida compartida de los creyentes, como testimonio de la gracia de Dios, como gracia y proyecto de comunicación de la Palabra y del Pan.

Lo que importa no es que se mantengan un tipo de ministros sacrales, que en su forma actual nacieron a los dos siglos de Jesús, sino que se extiendan las comunidades cristianas, vinculadas por una celebración donde se comparte la Palabra y el Pan que son de todos. Provenimos de un largo camino de Ortodoxia, es decir, de fidelidad a la inspiración cristiana y también de una Reforma, es decir, de un intento de vuelta al origen. Debemos mantener ambas tensiones (fidelidad al pasado, exigencia de reforma), pero volviendo siempre al origen del evangelio.

Y debemos hacerlo con prudencia y valor, sin volver a la pura liturgia separada de unos grupos sacralizados, ni a al intimismo individualista de algunos protestantes. No tenemos recetas claras de lo que podrá ser el futuro, pero debemos aventurarnos.