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miércoles, 4 de abril de 2012

PROMESA ÚNICA


MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com

ECLESALIA, 05/04/12.- Hace años escuché a un sacerdote algo que me abrió al entendimiento del sacerdocio. Con sus sabias palabras me adentró en un viaje desde el Antiguo al Nuevo Testamento. Sus palabras venían certificadas con su vida sacerdotal: era un hombre de oración y de servicio, entregado a su vocación con todo su ser y la confianza puesta siempre en el Único que puede hacer promesas y cumplirlas.

Tomando la Carta de S. Pablo a los Hebreos 6, 13-20 y 7, 1-18 fue explicando las dos formas de sacerdocio en el Antiguo Testamento que voy a sintetizar al máximo pues quien quiera adentrarse a fondo tiene a mano las citas:

El sacerdocio levítico, cuyos miembros pertenecían a la tribu de Levi y estaban encargados de servicio del Templo. Sólo el sacerdote podía llegar más allá del velo que separaba la parte del Templo donde oraban los israelitas del espacio considerado santuario de Yahvé. Jesús no hubiera podido ser sacerdote en su tiempo, no pertenecía a la tribu de Levi sino a la de Judá. Y estás cosas se llevaban a rajatabla.

Y el sacerdocio según Melquisedec… y ¿quién es este Melquisedec? nos preguntábamos. Antes que Levi, antes que Jacob, antes que Isaac, el padre de éste, Abrahán, encontró a Melquisedec (cuyo nombre significa Rey de Justicia y de Paz), “sacerdote del Dios altísimo, le ofreció pan y vino y lo bendijo (…) y Abrahán le entregó el diezmo de todo” (Gn. 14, 18-20), del que no se conoce el origen (indispensable para el pueblo hebreo), “que se presenta sin padre, ni madre, ni antepasados; no se conoce el comienzo ni el fin de su vida, y así, a semejanza del Hijo de Dios, es sacerdote para siempre” (Heb 7, 1-10). También el salmo 110, 1-4, es preludio del sacerdocio de Jesús diciendo: “Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. Otro tipo de sacerdocio: no por herencia, no con prebendas, no de élite… sí de pan, vino y compasión; sí de paz y de justicia

Luego dio un salto en el tiempo y nos llevó hasta el Calvario, donde Jesús acababa de entregar su espíritu y “entonces, el velo del templo se rasgó en dos partes de arriba a abajo…” (Mt 27, 51 y Mc 15,38). Se quiebra el símbolo y deja pasar el aire fresco de la libertad, de una nueva forma de sacerdocio: Jesús restablece la comunicación libre y directa con Dios; para acercarse a Él sin impedimentos, sin que nadie diera el permiso, con la confianza y sencillez del hijo que se sienta en las piernas de su padre o se deja acariciar por las manos de su madre.

Todavía recuerdo la imagen que me vino en aquel momento: el velo del templo zarandeado por el viento, al tiempo que Jesús permanecía colgado de un madero a donde le había subido la injusticia del poder religioso, nacionalista y político. Pero el velo del templo quedó roto y la comunicación con Dios dejó de ser posesión de nadie porque es de todos, como hijos y elegidos, para ser luz de las naciones (Is 41, 1-6)

La Promesa se ha hecho realidad y no defrauda a quien le guste el riesgo e irse dejando la vida por el Reino que vino Jesús a explicarnos en sandalias y con libertad.
(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).