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lunes, 30 de abril de 2012

¿Renovar la Iglesia o romperla?



En el año 95, los escándalos de pederastia que afligieron a Austria, acompañados de una insatisfacción creciente con algunas cuestiones disciplinares en la Iglesia llevaron a un importante sector de la Iglesia austriaca a suscribir masivamente una agenda de reformas. En Alemania, Somos Iglesia recogió casi dos millones de firmas en torno a las mismas peticiones. A finales de 1996 se constituyó en Roma el Movimiento internacional Somos Iglesia, con la participación de 10 países, la mayoría europeos, pero también los Estados Unidos y Canadá.

En España, la Corriente Somos Iglesia, que agrupaba en 1997 a 150 colectivos y a una red activa de 20.000 personas, trabajó durante dos trienios, hasta convocar en 2002, en Madrid, un encuentro internacional con 500 delegados de 30 países y de cuatro continentes, bajo el lema Otra Iglesia es posible.

Desde entonces hasta ahora, foros de curas como los de Girona, Madrid, Bizkaia.., colectivos de religiosos/as, Redes Cristianas, Iglesia de Base, colectivos de teólogos, publicaciones religiosas… han seguido manifestando preocupación y disgusto por la falta de abordaje y diálogo efectivo sobre temas que afectan a la eficacia de la Misión de la Iglesia y a su credibilidad.

Preocupaciones antes minoritarias adquieren ya centralidad, como se revela en la desesperada llamada de los párrocos y diáconos austriacos, y también en los ecos mediáticos de las protestas.

Legítimas son, tanto la preocupación por la renovación de la Iglesia para ser más eficaz al servicio de su misión evangelizadora por la paz, la justicia y la vida, cuanto la inquietud por su gobernabilidad e identidad. El obstáculo para el diálogo conciliar es que ambas preocupaciones queden divididas y enfrentadas, en vez de ser compartidas por una mayoría eclesial, incluyendo a su jerarquía.

Tan preocupante puede llegar a ser un lobby proponiendo salidas rupturistas, cuanto una pasividad defensiva que se limitara a poner cortapisas sin abordar los problemas. Muchos sienten hoy vacía la afirmación de que “la Iglesia se hace en la Eucaristía y que la Eucaristía hace a la Iglesia”, cuando tantas comunidades en el mundo no pueden celebrarla.

Voces de la jerarquía a favor de un debate conciliar sobre algunas de estas cuestiones, como la de los cardenales Martini y Lehman, o la del fallecido cardenal Hamao, han sido desestimadas.

En este Jueves Santo hemos escuchado del Papa la convicción de que la desobediencia no es un camino para renovar la Iglesia.

Habrá, sin duda, que encontrar vías más adecuadas, de manera corresponsable, para algo que nos compete y urge a todos; la acción del Espíritu necesita también de nuestro concurso. Hay cismas que llevan tiempo fraguándose: el más visible: el que podría capitalizar ahora esta “llamada a la desobediencia” aunque, probablemente, no sea su intención; el menos visible, pero no por ello menos preocupante: la desafección y la rebeldía creciente de muchos creyentes ante una institución que cada vez les resulta más ajena y menos creíble.

Es importante que sigan emergiendo con credibilidad nuevos liderazgos que apunten caminos conciliares de participación, diálogo y búsqueda de amplios consensos, para que una gran mayoría eclesial pueda aportar corresponsablemente sobre cuestiones que conciernen a toda la Iglesia.

De fondo está el tema pendiente de democratización de las relaciones en la Iglesia. El autoritarismo cierra las puertas a la mediación, imprescindible y demandada ante la crispación y la fractura, avivadas por fundamentalismos de diversos signos y, en ocasiones, por intereses que se alejan de la misión evangelizadora.