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sábado, 5 de mayo de 2012

Contemplaciones del Evangelio: Jesús, el que nos sostiene a todos


Domingo de Pascua 5 B 2012
Por Diego Fares sj

Buscaba la imagen de una cepa y encontré esta en forma de cruz, y vale aunque no le pude sacar el cartelito de adentro.
Buscaba una cepa, digo, porque es con lo que Jesús se compara. Y pensaba que uno mira poco la cepa: si es invierno, porque ese tronco flacucho y retorcido parece incapaz de producir nada y no es un árbol agradable a los ojos; y si está en su esplendor los ojos se fijan en las hojas verdes y en los racimos de uvas.
Pero Jesús se compara con la cepa. La cepa es el tronco de la vid. Y no de una vid cualquiera (hay vides salvajes que no dan frutos buenos) sino de una vid verdadera, que porta frutos. Y dentro de las que dan uva, la palabra cepa se usa propiamente para nombrar las especies viníferas y no las que sólo son para dar uvas de mesa.

Estas investigaciones vitivinícolas de un mendocino que ama la uva y el buen vino y que sabe muy poco de su cultivo, viene a propósito del “oficio de consolar que trae Jesús resucitado”. Ignacio nos hace contemplar así a Jesús y en el taller de ejercicios de este mes reflexionábamos que la consolación no es una palmadita ocasional que nos da el Señor sino algo que para él es fruto de un verdadero Oficio.
Al contemplar hoy la imagen de esta Cepa verdadera que sostiene los sarmientos con sus racimos, pensaba en el oficio de consolar de Jesús y lo imaginaba como sosteniendo sobre sus espaldas y sobre sus brazos abiertos la viña entera de la Iglesia, que tiene la misión de consolar al mundo con la alegría del Evangelio y de comunicarle con obras la Vida de Cristo.

Esta imagen del Señor en la Cruz como Cepa que da fruto, invierte la imagen habitual de la Cruz. Nos hace mirarlo no aislado y en lo alto sino abajo, sosteniéndonos desde abajo a todos, que damos fruto gracias a su arraigo y a su fortaleza.
Hemos sido injertados en esa Cepa que es Cristo, fuera de él no podemos hacer nada. Todo fruto de vida en nosotros nos lo comunica él, en quien vivimos y existimos, y no solos sin con los otros, en la comunidad de la vid.

No miramos la cruz afuera, como un destino al que tendremos que subir cargando nuestro sufrimiento inevitable. La sentimos sosteniéndonos desde adentro, vinculándonos a todos los hombres, con los que nos mezclamos como se mezclan los sarmientos. Es el Señor, Cepa vinífera fecunda, el que nos sostiene estando en Cruz y nos vivifica a todos. Es su Padre el Viñador el que nos poda para que se fortalezca en nosotros lo que nos vincula a Cristo y nos hace recibir y dar la Vida que proviene de su raíz.

El oficio de consolar del Señor hace a su estar sosteniendo y dando savia a la viña entera.
Es un sostener y alimentar que habla de espaldas y de arraigo en la tierra más que a gustar una uvita o cosechar un racimo.
Al Señor hay que ir a descubrirlo sosteniéndonos a todos sobre sus espaldas de cepa que ha extendido sus pámpanos y da fruto abundante en toda su extensión.
Y a las manos de nuestro Padre Viñador hay que encontrarle las huellas y el olor allí donde hay poda.
Una poda centrada en Jesús, en que la Vida abundante que brota de ese tronco arraigado en nuestra tierra, que es fortísimo (las fibras de la parra son fuertes y resistentes como ninguna otra) corra por los sarmientos que se mantienen unidos a él y no se malgaste en los que están secos o son puro follaje.

Un Jesús que nos está sosteniendo a todos y un Padre que poda, orientando frutos.
Son dos imágenes para dejar que arraiguen en nosotros por la contemplación. Dos imágenes que, bien sentidas y gustadas, hacen lo que dicen. Tienen eficacia de Palabra viva.

Los frutos son la prueba, esplendente y realísima, de que Jesús y el Padre están y trabajan.
Prueba deslumbrante para los ojos que quieren ver.
Donde hay uva y vino y trabajo agotador de cosecha, debajo y en lo hondo está el Señor con los brazos abiertos, sosteniendo todo y portándolo sobre sus espaldas mansas, y está nuestro Padre, podando y encauzando los sarmientos para que los racimos no se amontonen y cada uno tenga su espacio y su sitio donde crecer bien.

La imagen que nos regala el Señor es poderosa si la sabemos gustar. Hecha raíces en nuestra alma y al leer el evangelio uno se conecta con la savia de su vitalidad.
Es verdad que damos fruto cuando estamos unidos a él. Los frutos más que darlos sentimos que se dan en nosotros y a través nuestro. Que la vida pasa, madura y es aprovechada por los que amamos y por aquellos a quienes servimos.
Es verdad también que cuando no nos unimos a Él, andamos de aquí para allá y nos secamos. Hacemos cosas y cosas buenas, pero uno sabe que el fruto vivo y abundante viene como don.

Lo lindo de la imagen de la vid es que es un árbol con mucha capacidad de recibir injertos y de incorporar vida que viene de otros lados. Lo mismo pasa con las uvas: es una fruta capaz de mezclarse con otras y dar infinitas variedades de vino. Esta capacidad de la uva le viene de la cepa.

Esta es la esperanza cristiana basada en Cristo: todo lo bueno se puede injertar en él. Y no hay nada humano en lo que no haya habido algo de bueno! Por eso el trabajo cristiano no sólo es para adelante –hacer las cosas mejor de ahora en más- sino también para atrás: perdonar es permitir que lo bueno que hubo, mezclado con el mismo mal que nos hicieron, se injerte en Cristo y reviva.

Porque Él es la cepa verdadera y nuestro Padre el Viñador.
El corta todo sarmiento que en su Hijo no porta fruto,
y poda a todo el que da fruto, para que de más.
Nosotros ya estamos podados fundamentalmente,
gracias a la Palabra que nos anunció Jesús
(sabemos qué es lo que da fruto y qué es lo que es pose y puro verso).

Por eso queremos permanecer, Jesús, en Vos,
como Vos permanecés sosteniéndonos a todos,
sea lo que sea que hagamos y por donde andemos.
Porque hemos experimentado
que no podemos dar fruto por nosotros mismos,
si no permanecemos en Vos.
Vos sos la vid; nosotros los sarmientos.
Unidos a vos –obedeciéndote y pidiéndote perdón-,
que permaneces en nosotros –enviándonos y perdonándonos-
damos mucho fruto;
separados de Vos, no podemos hacer nada.
Queremos reinjertarnos en Vos
y que tu Palabra permanezca en nosotros.
Esto queremos pedirte, Señor, nuestra Vid,
ya que prometiste que podemos pedirte lo que queramos y nos lo darás.
Se lo pedimos al Padre, también.
Y que Él con sus manos bondadosas y firmes,
nos limpie y nos reoriente hacia el arraigo en Vos.