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jueves, 24 de mayo de 2012

La locura de creer en lo imposible


Publicado por Territorio abierto

Como cristianos católicos creemos en un Dios que se encarnó en forma humana, que fue crucificado como criminal y que resucitó de la muerte. A la luz de la razón, nuestras creencias pueden parecer ciencia ficción. De hecho, a los no creyentes es fácil que esta historia les suene a una fábula de locos. Sin embargo, es precisamente en esta locura donde se resume nuestra fe; una fe que cree en lo imposible, en la gracia de asumir como real algo tan humanamente improbable como la resurrección, que nos da la esperanza de que lo nuestro no termina en este mundo, sino más allá de esta existencia de carne y hueso.

Aunque creemos en un Cristo que vence a la muerte, a veces -aún en este tiempo pascual-, nos quedamos cabizbajos ante la tumba vacía, y perdemos de vista las señales de resurrección que nos rodean. Porque si juzgamos con criterios terrenales es fácil desesperarnos con toda la violencia, injusticia y sufrimiento que hay en el mundo; con tantas cruces, tanto individuales como sociales, con las que hay que cargar. Todo esto nos lleva a ver nuestra vida como un vía crucis sin esperanza de resurrección. ¿Qué razón tenemos para creer en lo imposible, si hasta dudamos de lo posible?

Pero a la luz de la fe, la realidad que nos rodea se transforma en la presencia amorosa de un Dios que nos cuida y nos acompaña aún en los momentos más oscuros. Es un proceso lento, que incluye dudas y tropezones inevitables. Requiere de mucho desprendimiento y entrega; pero poco a poco, el camino de la fe nos permite vislumbrar la voluntad de Dios detrás de la superficie de nuestra existencia. Esta voluntad divina no conoce ni las fronteras ni los límites de nuestra imaginación humana. Es la voluntad de un Dios que sueña en grande y cuyos planes son inimaginables a la luz de la razón humana.

Un estudiante jesuita que tuve la dicha de conocer hace unos meses llegó a personificar para mí este proceso. Él fue diagnosticado de cáncer el año pasado, y falleció hace un par de días. En los altibajos de su sufrimiento, dio ejemplo de lo que es aceptar con magnanimidad la voluntad de Dios. Siempre agradecía nuestras oraciones, mantenía firme su esperanza en el Señor, e inspiraba a muchos. Al acercarse a su muerte, se entregó con una paz profunda que sólo podía venir de una fe aún más profunda. En su angustia y dolor nos alentaba a todos a creer en lo imposible, a creer en un Cristo que haya resucitado de entre los muertos.

El Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola nos sirve de guía en este camino pedregoso de la fe. Según éste, es menester hacernos indiferentes ante todo lo creado, de tal manera que no queramos más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, sino lo que más nos lleva al fin por el cual fuimos creados: alabar, hacer reverencia y servir a Dios. Nos exige mirar más allá de lo cotidiano, para ver nuestra existencia a la manera de Dios, es decir, como seres creados a su imagen y semejanza con un amor que rebasa nuestras expectativas humanas, y con un fin eterno. ¿Será posible recorrer este camino de la fe con todas las contrariedades de la vida? ¿Será posible creer en algo tan imposible? Sólo, quizás, si recurrimos a lo que nos dice la Sagrada Escritura: “Para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).

Por Kyle Shinseki sj