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viernes, 4 de mayo de 2012

V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) - Ciclo B: EN COMUNION CON JESUS



No somos cristianos por nosotros ni para nosotros mismos. Es nuestra unión a Jesús, nuestra comunión con él dentro de la comunidad, lo que nos hace cristianos, y lo somos para dar fruto: vivir como hijos luchando, para que todos los hombres puedan vivir como hermanos.

LA VIÑA VERDADERA
Los jerarcas de la religión judía habían pretendido apropiarse de la viña del Señor, del pueblo de Dios. Empezaron por decir que sólo estando con ellos se podía estar con Dios y que, por tanto, sólo dentro de su institución era posible conseguir la salvación. En realidad, lo que habían hecho era convertir la religión en un negocio que les proporcionaba enormes beneficios económicos, privilegios, honores y poder; las instituciones religiosas eran, más que un medio para encontrarse con Dios, un obstáculo para llegar a él, porque a aquellos jerarcas ni les importaba el pueblo ni les importaba Dios: sólo sus propios intereses, su prestigio, su poder. Su último crimen fue matar al heredero o, utilizando la imagen del evangelio del domingo pasado, para seguir explotando al rebaño, mataron y pretendieron suplantar al verdadero pastor.
En la larga conversación que mantiene con sus discípulos después de la última cena, Jesús les advierte que tengan cuidado para que no se repita esa traición a Dios y a su pueblo y, al mismo tiempo, les da, o mejor, les repite desde otro punto de vista, una magnífica noticia: él no va a dejar este mundo; él no va a abandonar a los suyos: se quedará con aquellos que decidan poner en práctica el mensaje que él, de parte del Padre, les ha ofrecido. Y allí donde él esté, estará la viña, el pueblo de Dios: «Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador.» El acceso a Dios de los seguidores de Jesús no estará ya mediatizado por ningún tinglado humano, pues el Padre y Jesús vivirán allí donde se viva y se practique el amor: «Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él» (Jn 14,23).


SEÑALES DE COMUNION

Vosotros estáis limpios por el mensaje que os he comunicado. Seguid conmigo, que yo seguiré con vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no seguís conmigo.
Que estamos en comunión con Jesús se deberá notar fundamentalmente por dos cosas: la primera es haber quedado limpios por el mensaje que Jesús nos ha comunicado. Esto es, para aceptar el mensaje de Jesús hay que romper antes con el orden este, hay que dejarse limpiar de sus valores. Y, si después de haber aceptado el mensaje volvemos a contaminarnos con esos falsos valores, debemos dejar que el Padre vuelva a limpiarnos. Y es que si se quiere estar en comunión con Jesús no se puede estar en comunión con todo aquello que lo llevó a él a la muerte: el egoísmo y la riqueza, la ambición y el poder, el gusto por los honores y las desigualdades; y hay que mantener una permanente vigilancia para que esos valores no nos contaminen.
La segunda es dar fruto. Porque, por supuesto, el grupo de Jesús, las comunidades cristianas y la gran comunidad universal no son una realidad puramente espiritual ni una escuela de perfección individual: su vocación es ser un ámbito de libertad donde los hombres puedan vivir como hermanos, y su tarea ofrecer a todos los hombres ese modo de vida como alternativa al modo de vivir que impone el orden este. Por eso Jesús quiere que se nos conozca y se nos reconozca como seguidores suyos; sólo así podremos dar el fruto que él espera de nosotros: vivir y proclamar su mensaje,. y así actuar como mediadores entre los que aún no lo conocen, ni a él ni al Padre, para que puedan llegar a conocerlo y a quererlo y, entrando en comunión con él y con todos los que participan de esta comunión, se incorporen a esa vid verdadera en la que, después de dejarse limpiar de los valores de este mundo mediante la aceptación del mensaje del evangelio, puede injertarse todo el que quiera trabajar para que todos los hombres vivamos como hermanos.


ESTOS SON LOS FRUTOS

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada... Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vosotros, pedid lo que queráis, que se realizará. En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos.
El fruto que Jesús espera de nosotros es, por tanto, una realidad que presenta dos aspectos distintos, uno es el crecimiento personal, el ir haciéndose cada vez más hijos de Dios mediante la práctica del amor fraterno; el otro es el crecimiento de la comunidad. Pero cuidado: que este crecimiento no es una cuestión de prestigio; no se trata de que nos enorgullezcamos diciendo «¡qué grande es nuestra santa religión!»Nuestro objetivo es el bien de los hombres: que cada vez haya más personas que encuentren su felicidad en la práctica del amor, en saberse hijos de Dios y hermanos de todos los hombres que acepten a Dios como Padre y a sus hijos como hermanos.
Y estos frutos sólo son posibles si estamos en comunión con Jesús, comunión que debe darse dentro de la comunidad cristiana o llevar a ella, pero que no debe confundirse ni suplantarse por ninguna otra comunión.