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sábado, 5 de mayo de 2012

V Domingo de Pascua (Jn 15, 1-8) - Ciclo B: CRISTO CUENTA CON NOSOTROS



Nueve veces aparece el verbo “permanecer” y cinco veces la expresión “dar fruto” en el corto evangelio que acabamos de escuchar. Son datos de una parábola emotiva, sencilla, que Jesús pronunció en un ambiente cálido, tenso, con sabor a despedida en la cena del adiós, víspera de su muerte. “Permaneced en mi amor” significa mantenerse en una misma actitud, mantenerse sin fallar. Quien hoy dice sí y mañana no, ese no permanece en el amor. Quien dice amar a Jesús durante la misa o en el día de la primera comunión o en el momento de la confirmación o cuando sufre una enfermedad grave o un accidente aparatoso y luego se olvida de sus promesas y propósitos, ese no permanece en el amor. Tampoco “permanece en el amor” quien se considera “creyente, pero no practicante”. Porque, quien actúa así, romperá constantemente su compromiso de seguir a quien declara amar.

Una de las características más hermosa del amor auténtico es la permanencia, el que te da seguridad, el que no se quiebra ni se desvanece, aunque el amor, por ser un sentimiento siempre conlleva un componente de inestabilidad. San Pablo definió perfectamente el “permaneced en mi amor” cuando confesó: “vivo yo, no vivo yo, Cristo vive en mí”. El mismo Pablo termina el famoso capítulo 13 de su carta a los Corintios (una de las páginas más delicadas y excelentes escritas sobre el amor) con esta rotunda afirmación: “el amor no falla nunca”. Con otras palabras, el amor de 24 kilates no es un encuentro fugaz.

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”. Dos de las lecturas bíblicas de hoy coinciden en el siguiente mensaje: quien está unido a Jesús da buenos frutos, lleva a cabo obras buenas. Para ello es preciso que la sabia entre el tronco y las ramas, la cepa y los sarmientos fluya intensamente. Cuando existe una comunicación entre la vid y el sarmiento es lógico que los frutos respondan a la naturaleza de la vid, es decir, de Cristo.

En esta parábola aparece una cosa clara: que las ramas, los sarmientos no pueden vivir sin el tronco, sin la cepa. Pero tampoco el tronco sin las ramas. Cristo ha querido necesitar de nosotros, de tal modo que somos su prolongación: sus labios, sus pies, sus manos, su corazón. Nosotros no somos unos meros espectadores de la vida del mundo. Somos responsables, porque somos insustituibles. Si nosotros fallamos, es posible que ese vacío no lo llene nadie. Cristo queda como paralizado. Por eso muchas situaciones de malestar, de injusticia y de pobreza nos toca resolverlas a nosotros. Si deseamos que nuestra Iglesia sea más evangélica, más dialogante y, al mismo tiempo, más valiente, si queremos que el mensaje cristiano influya en la familia y en la sociedad, si nos preocupa que el dinero sea el centro de la vida, si aspiramos a que no aumente la diferencia entre ricos y pobres. Si anhelamos, si pretendemos superar la actual crisis, que nos abofetea por todos los lados, dependerá mucho de nosotros, que somos los sarmientos que dan los frutos generados por la cepa. Para esto necesitamos la sabia, la fuerza de Jesús y por ello recurrimos a la oración, a la meditación de la Palabra de Dios, a los distintos medios que alimentan nuestra vida espiritual. Cristo no dispone de otras fórmulas al margen de nuestra ayuda (porque lo ha querido así) para conducir a los hombres ante él y para corregir numerosas injusticias de las cuales nos solemos quejar abiertamente, siendo así que, en parte nosotros solemos ser culpables de que sucedan.

Al hilo de esta reflexión, es pertinente la pregunta: si nosotros somos sarmiento unido a la vid o, por el contrario, la sabia no circula y somos un sarmiento seco. Si cristo cuenta con nosotros, debemos ser sarmientos vivos.