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viernes, 8 de junio de 2012

X Dgo del T.O. (Mc 14, 12-16.22-26) Corpus Christi- Ciclo B: MÁS QUE SILENCIO



Sofía, una niña de cinco años, se extrañó de que un domingo su madre no comulgase y al salir de la iglesia le preguntó: ”Mamá, ¿por qué hoy no te has tomado la pastilla que da silencio. La que tiene nombre de taco”. A pesar de sus pocos años Sofía demostró ser inteligente y observadora. Anotó dos características claras: primera: el silencio. En efecto, la persona que comulga se retira a los bancos y recogida guarda silencio. En segundo lugar, esa pastilla, que toman, tiene nombre de taco. Taco que se oye –también lo oyen los niños- con gran frecuencia.

Pero la comunión, esa “pastilla” es algo más, mucho más. Sería un acto de inconsciencia y de injusticia banalizar este sacramento reduciéndole a que solamente “da silencio”. Es cierto que el peligro de la banalización (caer en la rutina) nos acecha siempre. Nos resulta exageradamente cómodo acceder a la misa, a la comunión, a la visita al Santísimo y nos podemos acostumbrar a ello.

El sacramento de la Eucaristía, fuente y cima de la vida cristiana, lo instituyó Jesús en unas circunstancias muy especiales. En una cena de despedida, en la víspera de morir. En aquellos momentos se dieron cita las sensaciones más chocantes y los sentimientos más emotivos: de quien se iba y de quien se quedaba, de quien se sentía decepcionado y de quien se sentía querido.

De este pan convertido en sacramento dice el poeta:

“Este es el pan de cada día,

extraído de los granos de trigo

para que los comensales lo saboreen

sabroso, crujiente, partido y repartido.

Este es el pan de los pobres, pan de vida.

Bendito seas, porque el pan es comida de hermandad,

festín nupcial de los que buscan la verdad”.

Cuando se lleva la comunión a la casa del enfermo se llama acertadamente “el viático”, que significa alimento para el camino. En la historia de los dos discípulos de Emaús aparece como al tomar el pan, cambiaron de actitud y ellos que se mostraban derrotados, decepcionados. Le pidieron al caminante desconocido que se quedara en su casa, porque la noche les cubría. Al comer el pan se abrieron sus ojos y su corazón y regresaron rápidamente a unirse a sus compañeros apóstoles..

Esta jornada de hoy, fiesta de El CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, está destinada a dar gracias a Jesús por quedarse en la Eucaristía, porque vivimos la expresión más profunda del amor, ya que le “comemos” a Jesús, gesto superior al que expresa la madre, que ante el cuerpo tierno y juguetón de su hijo le susurra: “te comería …”

Un peligro amenaza nuestra devoción a la Eucaristía: el convertirla en un “nido caliente”, en un “refugio religioso”. Nos sentimos felices cerca del sagrario o después de haber comulgado: “cerca de ti, Señor, quiero morar. Tu grande eterno amor quiero gozar”. Para evitar este desenfoque los cristianos, al celebrar la misa, antes de comulgar protagonizan tres gestos significativos: rezamos el Padre Nuestro, afirmando, por tanto, que somos hermanos. En segundo lugar, nos damos la paz, manifestando nuestro deseo y nuestro compromiso de cultivar la paz. Por fin, el celebrante rompe, parte la hostia y recuerda una costumbre ya perdida de que quien presidía la mesa partía el pan y lo distribuía entre los comensales. Con lo cual se nos anuncia que todos los hombres somos hermanos, que debemos ser pacificadores y que tenemos que repartir el pan para que llegue a los que poseen menos.

Posiblemente nos esperan tiempos en que se pondrá a prueba la solidaridad de las familias y de los ciudadanos. Probablemente aumenten el número de heridos que se queden en la cuneta de la carretera. Se necesitarán buenos samaritanos que les ayuden a salir del agujero. Por todo esto tiene sentido que hoy celebremos una de las cuatros jornadas anuales dedicadas a Cáritas diocesana.

Juan Pablo II manifestó que “la Eucaristía nos conduce a vivir como hermanos. Quienes comparten frecuentemente el pan eucarístico no pueden ser insensibles ante las necesidades de los hermanos, sino que deben comprometerse en construir todos juntos, a través de las obras, la civilización del amor”.

Actualmente se comulga más. En buena lógica debiera suponer un avance de la bondad de las personas, a no ser que comulguemos como si comiésemos unos barquillos.

Si le damos a la Eucaristía la importancia y el significado que encierran, seguro que no nos aburriríamos en al misa y que se manifestaría en nuestras vidas y en al sociedad su influencia positiva..

Recordar en esta jornada de acción de gracias el gesto admirable de Jesús y que esa “pastilla” no es solo para dar silencio.