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viernes, 14 de septiembre de 2012

Dom 16-9-12: ¿Puede Jesús salvar a Pedro/Papa?



Dom 24, tiempo ordinario. Mc 8, 27-33.Éste es uno de los pasajes más enigmáticos del evangelio, formulado por Marcos, silenciado por Lucas, corregido por Mateo… un pasaje esencial de la Biblia y la historia cristiana, resuelto de forma quizá demasiado rápida por la tradición católica, que se apoya de forma unilateral en Mt 16, 17 (Tú eres Pedro y sobre esta piedra…), olvidándose de nuestro pasaje (Mc 8: ¡Apártate de mí, Satanás, pues vas en contra de Dios…).

Ésta es la pregunta que planteo, a partir de ese pasaje (Mc 8) y de todas la tradición: ¿podrá salvarse este Pedro/Satán, y el Papa que apela a su nombre (Piedra/Roca) y a su confesión de fe: Tú eres el Cristo?

-- Algunos exegetas afirman que el Pedro de Marcos no tiene salvación, ha sido condenado y expulsado de la Iglesia para siempre.
-- Muchos luteranos y reformados decían lo mismo: El "auténtico" Pedro, que es el de Marcos, no ha podido ser recuperado por la Iglesia. El Pedro de Mateo es un invento posterior, del que hay que prescindir...
-- Yo planteo la pregunta con Marcos y respondo que "Jesús puede salvar a Pedro"..., que ésa es la trama del evangelio (centrada en Mc 16, 6-8: Id a Galilea, decidle a Pedro...). Pero Pedro tendrá que hacer un gran cambio.

Los católicos pensamos que la misma Biblia (no sólo Mt, sino Lc y Jn) ha “recuperado” (salvado) a Pedro… y que la Iglesia ha “salvado al Papa” (que se identifica a sí mismo con Pedro). Así lo creo yo también. Pero quiero recordar con Marcos y con el conjunto de la tradición cristiana (incluida la ortodoxa oriental y la protestantes, con muchísimas “protestas” católicas) que el tema sigue siendo esencial, y que para salvarse el Pedro/Papa de Mc 8 debe hacer un cambio profundo (dejando así de ser satánico).

En otras palabras: El Papa/Pedro que quiera apoyarse en Mt 16 (como dice la Cúpula Vaticana de la primera imagen) tiene que "pasar" por Mc 8 (tú eres Satanás, no piensas como Dios, palabras que ha olvidado la Cúpula Vaticana).Eso es lo que quiero mostrar en lo que sigue, comentando el texto enigmático y bellísimo de Marcos... desde la perspectiva de Mt 8, 22-33: Jesús tiene que sacar a Pedro del abismo de las aguas; imagen 2ª).


Los católicos “cantamos” en el fondo lo que cantan los anglicanos: God save the King/Queen (es decir, que Dios salve al Papa-Rey, que le envíe victorioso…). Pero debemos recordar que ese Dios que “salva al Rey/Papa” como Rey Poderoso no es el Dios de Jesús, como sigue diciendo el texto de Marcos. Jesús no salva al Rey Poderoso como tal, sino al Pedro caminante de la fe, en gesto de amor y entrega de la vida.

Nosotros no queremos que un Dios cualquiera (de victoria militar, de gloria externa, de poder religioso) salve a Pedro/Papa, sino que le salve Jesús, es decir, el Dios de Jesús, que es Dios de amor sin poder (sin toma de poder, que es por eso Todopoderoso). Queremos que Jesús salve a Pedro, que se ha edificado una gran Torre de Poder religioso (para no tener que dar la vida), que le haga salir de la Torre, que le quite el poder religioso, que le saque del mar donde se hunde... para que sea simplemente cristiano, caminante de amor como él, como Jesús.

Se acerca el año 2017, los quinientos años de Lutero, que criticó al Papa/Poder a partir de este pasaje de Mc 8… Un Lutero que no quiso (o no pudo) llegar al Pedro de Mt 16… En ese camino que va de Mc 8 (Pedro satánico) a Mt 16 (Pedro piedra de la Iglesia) se sitúa toda la tradición critiana: Católicos, ortodoxos, protestantes…

Por eso es bueno que entremos hoy en este pasaje de Mc 8, sabiendo que este pasaje no es todo el NT (ni toda la Biblia, ni toda la historia cristiana…), pero es fundamental. Olvidar este pasaje es renunciar a la catolicidad cristiana. Así voy a indicarlo (retomando algunos elementos de mi comentario de Mc), en una postal algo larga, dividida en dos partes.

Esta postal quiere ser un ejercicio escolar (y dramático) de lectura de la Biblia, en la línea de lo que ayer inicié. Estos son sus momentos básicos:

1. Pedro formula la buena confesión de fe cristiana, diciendo que Jesús es el Mesías, es decir, el Cristo, no un simple profeta. Lo que dice es recto, pero corre el riesgo de cerrarse en tradición israelita muy limitada, en una postura común de la iglesia posterior, que busca el poder para triunfar (hacer que triunfe Dios). Éste es el Pedro que quiere “salvarse a sí mismo” (tomar el poder religioso) pensando que honra a Jesús.

2. Pero Jesús no acepta la “toma de poder” social y/o religioso que le propone Pedro. Por eso, le rechaza, diciendo que su postura es “diabólica”. Jesús no “salva” al Pedro del poder, sino que le condena, diciendo que representa y defiende a Satán, no al Dios creador del amor, que se introduce en la vida de los hombres, estando dispuesto a fracasar con (por) ellos.

3. El tema de fondo de Marcos es saber si Jesús rechaza para siempre a Pedro… o si deja abierto un camino de conversión y seguimiento. ¿Podrá salvarse Pedro, a pesar de todo? ¿Podrá salvarse el Papa? Ésta no es una pregunta retórica de teólogos (exegetas). Es una pregunta eclesial (formulada por Lutero y por los ortodoxos). Es una pregunta dolorosa y esperanzada: ¿Podrá salvarse el Papado? ¿Qué tendrá que hacer para ello?

Esta “confesión” de Pedro, con el rechazo y corrección de Jesús sigue estando en la raíz de la historia cristiana, representada por papas y simples cristianos que buscan, promueven y defienden (buscamos, promovemos...) el poder social o religioso de Cristo (¡poder, no amor de servicio!), equivocándose (equivocándonos) de bando, aunque se llamen (nos llamemos) cristianos. Por eso es bueno volver a este motivo, leer a Marcos, aunque la “postal” que ofrezco sea un poco larga.

1. PRIMERA PARTE. Mc 8, 27-30. PEDRO, LA BUENA CONFESIÓN

8, 27-28. ¿Quién dicen?

27 Y salieron Jesús y sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y en el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? 28 Ellos le contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas.

La respuesta es semejante a la de Herodes y su corte: le siguen vinculando a Juan Bautista, Elías o un profeta (Mc 6, 14-16). Es normal. No pueden llamarle mesías, pues en ese caso deberían seguirle, pero tienden a verle como enviado escatológico, alguien que se pone al servicio de la renovación penitencial de Israel, en la línea del cumplimiento mesiánico. Esta respuesta de la gente es parcial y bondadosa, porque otros (cf. 3, 20-35) habían afirmado que es un emisario de Satán, alguien que quiere destruir la obra de Dios en su pueblo.

1. Es Juan Bautista. Algunos opinan que Jesús es el mismo Juan Bautista, que ha revivido, como pensaba Herodes con miedo: ¡Si Jesús es Juan que ha vuelto (ha resucitado) él puede venir a destruirnos! Pero, en nuestro caso, la gente que identifica a Jesus con Juan no lo hace por miedo, sino, básicamente, de un modo positivo, en la línea de las esperanzas de Israel.

2. Es Elías. En un contexto semejante se sigue situando la visión de aquellos que le identifican con Elías o con otro profeta, conforme a una tema que habíamos destacado al comienzo del evangelio (comentando 1, 1-7). La esperanza de un profeta escatológico ha sido el «humus» o caldo de cultivo principal del movimiento mesiánico judío, según ha destacado Flavio Josefo, tanto en el libro sobre La guerra judía como en Las antigüedades de los judíos.

8, 29-30. ¿Y vosotros? El Cristo de Pedro

29 El siguió preguntándoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Cristo. 30 Y les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él

-- Pedro confiesa ¡Tú eres el Cristo! (8, 29). Ese título (ho Khristos) había aparecido ya al comienzo, en el encabezamiento del libro, lo que significa que para Marcos es positivo y valioso (1, 1). Pues bien, el primero que lo proclama dentro del texto es Pedro, en palabra de fidelidad mesiánica y de compromiso de seguimiento, que Jesús no rechaza, en principio, pero que después matiza, de un modo radical (de manera que, a consecuencia de ello, Pedro le abandonará más tarde). En un aspecto, podemos afirmar que Pedro ha visto bien: ha sacado las consecuencias del camino anterior; ha entendido a Jesús como Cristo/Mesías y se muestra dispuesto a seguirle, pero en su línea, no en la de Jesús.

Quien habla así es el “Pedro histórico” (del tiempo de la vida de Jesús, cuyo recuerdo se mantiene en las comunidades), pero es también el Pedro de la Iglesia quien, según Marcos, ha visto y confesado a Jesús como Cristo, pero no dado el paso para confesarle de verdad como Hijo de Hombre que entrega la vida por todos. Éste es el momento clave de la “confesión de Pedro”, una confesión que, como indicará, a partir de aquí, todo el evangelio de Marcos, no es la adecuada, de forma que Jesús debe rechazarla (o corregirla).

--Jesús responde pidiendo a todos que se mantengan en silencio (8, 30). Ha preguntado para escucharles. Ahora les manda que callen, pues lo que Pedro ha dicho sólo puede entenderse bien en un contexto pascual. En un primer momento, este silencio que Jesús impone a sus discípulos forma parte de su “estrategia” mesiánica: No quiere que expongan sus milagros, ni pregonen su condición mesiánica fuera de contexto, antes de que culmine su camino de entrega de la vida. Más aún, el silencio que les pide es todavía más profundo: ¡Les manda que no hablen de él a nadie! (hina mêdeni legôsin peri autou; 8, 30).

a. Confesión de Pedro: ¡Tú eres el Cristo! (9, 29).

Parece evidente que, en un primer momento, la respuesta del Pedro es más exacta que aquella que han dado los de fuera, pues él dice que Jesús no es simplemente un profeta del final, sino el verdadero Cristo, es decir, el enviado salvador que debe reconstruir la identidad israelita, en clave de triunfo nacional, liberación social y plenitud humana, haciendo de esa forma que se cumplan las profecías (para bien de todos los hombres del mundo).

Eso significa, según Pedro (¡el Pedro de la primera iglesia cristiana!), que Jesús ha superado los esquemas del Bautista y de los predicadores penitenciales de su tiempo, pues él busca y promueve desde Israel, en clave mesiánica (como Cristo), la llegada del Reino, como ha venido mostrando la parte anterior del evangelio (1, 14−8, 26). Conocemos por ella lo que Jesús ha ido expandiendo en las tierras del entorno del Mar de Galilea.

Ya sólo quedaría, según Pedro, una cosa: Que Jesús despliegue su movimiento de un modo eficaz, para alcanzar la plenitud israelita y para abrirse después a los gentiles, en línea de poder salvador. Eso es lo que quiere, y lo que dice, al presentar a Jesús como Cristo. Ésta ha sido, según Marcos, la “visión” y el empeño de Pedro y de los suyos, a lo largo del principio de la Iglesia. Eso es lo que Pedro quiso, no sólo en el tiempo de la historia humana de Jesús, sino en el principio de la Iglesia, en la que él ha sido incapaz de entender el sentido de la entrega de Jesús, su mesianismo de entrega de la vida. Así, como veremos, Marcos nos sitúa ante un Pedro que “debe” convertirse; no el Pedro de la historia de prepascual de Jesús (que a Marcos le interesa menos), sino el Pedro de la primera iglesia (hasta el año 70 d.C.), un Pedro que debe hacer el camino de la entrega en Jerusalén, para retomar la misión de Jesús en Galilea (16, 7-8).

− Valor. En un plano, la respuesta de Pedro es acertada, porque el mismo redactor de Marcos la ha tomado como suya, poniéndola precisamente en el título de su libro (“Evangelio de Jesús el Cristo, Hijo de Dios”: cf. 1, 1). En ese aspecto podemos afirmar que Pedro ha sido el primero en confesar el mesianismo de Jesús, hablando en nombre del resto de los seguidores, quizá en el tiempo de la vida histórica de Jesús, pero, sobre todo, en el tiempo de la Pascua. Por eso Marcos le ha presentado como “el Pedro”, en el sentido de piedra-fundamento (cf. 3, 16) de un camino/edificio que aún no ha culminado (cf. 16, 6-7).

− Ambigüedad. Pero, en otro plano Marcos sabe (y quiere decir) que esa respuesta de Pedro resulta radicalmente ambigua (y que se puede manipular satánicamente), de manera que Jesús no quiere que se utilice, a no ser cuando se entienda y asuma el sentido de su entrega mesiánica (es decir, de su muerte). Este Jesús de Marcos no se opone simplemente a Pedro, como persona, sino al proyecto mesiánico que Pedro ha representado en la primera Iglesia, un proyecto que choca con el camino de entrega de Jesús, que no reconoce ni acepta el sentido de su muerte. Para decirlo con otras palabras, este Pedro de Marcos es un “cristiano a medias”, alguien que en el fondo rechaza a Jesús, como irá mostrando el resto del evangelio.

El motivo de esta confesión de Pedro (que le llama el Cristo) y de la respuesta de Jesús, que le impone silencio y se presenta como Hijo de Hombre, marca desde aquí todo el despliegue del evangelio de Marcos. Todo nos permite suponer que Pedro y otros discípulos habían visto a Jesús de un modo de un modo equivocada (como Cristo vencedor) y que así le habían seguido, pensando que él iba manifestarse así, de un modo glorioso, no sólo antes, sino también después de Pascua.

Tanto Pedro como Jesús (ambos conforme a la visión de Marcos) están sacando las consecuencias de lo que han hecho hasta el momento. Pedro ha llamado a Jesús “Cristo”, y al hacerlo ha querido resituar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel. De esa forma ha reconocido el poder de Jesús y le ha visto como alguien con facultades para realizar algo que los otros no pueden. Pues bien, en esa línea, Pedro dice a Jesús en este pasaje que ha llegado su hora y le pide que se ponga al servicio de un mesianismo triunfante israelita, que empiece ya su obra verdadera. Eso es lo que dijo en el tiempo de la historia de Jesús, y lo que ha seguido diciendo en la primera Iglesia. Según eso, Pedro no ha visto la “novedad” radical de Jesús (en línea de evangelio, en línea de Pablo), sino que le ha seguido encerrando en la red de un mesianismo intraisraelita.

Esta designación (nominación) de Jesús como Cristo desencadena los acontecimientos. Hasta ese momento, su proyecto se presentaba como abierto, de manera que podía interpretarse y aplicarse quizá en varias direcciones.

(a) Pues bien, en este momento, Pedro toma el liderazgo del grupo y quiere mover el proyecto de Jesús en la línea del mesianismo nacional, triunfante, de Israel; lo que él dice parece bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en este contexto de su vida.
(b) Pero el verdadero Jesús tiene otro plan y, por eso, pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo diga a nadie, pues lo que podrían decir en esa línea es falso.

b. Respuesta de Jesús: Les mandó que no hablaran a nadie sobre él (8, 30).

Éste es uno de los textos más enigmáticos del evangelio. No que es Jesús pida que no hablen de sus milagros o de sus títulos de grandeza, como en casos anteriores que hemos venido citando (sobre todo en los relatos de exorcismos; cf. 1, 44; 5, 43; 7, 36; 8, 26). Lo que pide aquí es más radical: ¡Exige a sus discípulos silencio: que no hablen de él (peri autou) en modo alguno, y no solo a Pedro, sino a todos (autois)!

Se puede suponer que ellos han empezado ya a hablar, como si fueran portavoces del proyecto de Jesús, como si supieran decir algo sobre su persona. Pues bien, Jesús se lo prohíbe, de un modo terminante.

Este Jesús de Marcos quiere imponer silencio a la Roca/Pedro, es decir, a la Iglesia que Pedro representaba en su momento, una Iglesia vinculada en el fondo al triunfo de Israel, más que al camino de Jesús, con su muerte y su pascua. Marcos critica a Pedro por no haber conocido de verdad a Jesús, por haber confundido su proyecto con un proyecto de mesianismo israelita, sin penetrar en el sentido salvador de su muerte y de su pascua (cosa que Pedro tendrá que aprender, según 16, 7-8).

Sin duda, Jesús ha encendido la esperanza mesiánica, pues eran tiempos de profetas escatológicos y cristos (cf. 13, 22). Es normal que, asumiendo e interpretando su camino, Pedro haya dicho que “Jesús es el Cristo”, quizá en el tiempo de su vida (antes de la crucifixión), pero de un modo más claro después de su muerte, en el comienzo de la Iglesia, apareciendo en ella como partidario de un mesianismo triunfante, de manera que la muerte de Jesús ha sido sólo un “accidente”, un detalle qe debe superarse.

Pues bien, Jesús acepta el título, pero no la interpretación de Pedro y del resto de sus discípulos. Pedro ha querido decirle a Jesús no sólo quién es, sino lo que debe hacer. Pero Jesús responde cerrando ese discurso: no acepta ni rechaza, no se afirma mesías ni lo niega; dice simplemente que se callen, que no hablen de él, que silencien su nombre, pues sólo él podrá definir su proyecto de Reino.

La lógica de Pedro encaja bien en su ambiente: quiere que Jesús actúe en la línea de un mesianismo más convencional (nacionalista y político); esa ha sido y sigue siendo, a juicio de Marcos, la lógica del grupo de Pedro, vinculada en el fondo a Jerusalén y al triunfo nacional de Israel. Según Marcos, Pedro y su Iglesia están en el camino de Jesús, pero no le ha entendido.

SEGUNDA PARTE. MC 8, 31-33. JESÚS RECHAZA A PEDRO

La “confesión” de Pedro ha puesto en marcha el desarrollo definitivo del anuncio del Reino que Jesús había empezado a proclamar (1 14-15), desplegando lo que ello implicaba (1, 16−8, 27). Al llamarle Cristo, en línea nacional israelita, Pedro saca consecuencias que no son la de Jesús. Pues bien, a partir de aquí, apoyándose en lo que ha sido su mensaje anterior, teniendo en cuenta las reacciones de Dios y de la gente que le acoge (o le rechaza), Jesús irá mostrando (y realizando) lo que el Reino significa de verdad, enfrentándose por ello con Pedro y con los Doce. Por eso, desde ahora, el texto de Marcos no se limita a proclamar y exponer el evangelio de Jesucristo (1, 1), sino que lo hará oponiéndose de un modo consecuente al anti-evangelio de Pedro y de los Doce.

En ese contexto, debemos recordar que el “libro” de Marcos es un “texto sesgado” y polémico, que no cuenta las cosas simplemente “como fueron” (es muy posible que Pedro y los Doce no fueran tan obtusos y negativos como aquí aparecen), sino como se ven desde su perspectiva. En esa línea debemos recordar que “el Pedro” (Roca) y los Doce, con los que polemiza aquí Jesús, no son simplemente los de la historia de Jesús, sino los de la historia de la Iglesia, tal como los interpreta Marcos, desde su opción eclesial .

Marcos no puede rechazar sin más y condenar a Pedro y a los Doce, y por eso les sitúa en el tiempo la historia de Jesús. Pero ellos no le importan como “figuras históricas” de un pasado que acabó hace tiempo, sino como signo de una Iglesia que ha querido seguir centrada en el mesianismo de la Ley israelita, y que debe superarse.

Marcos desea “liberar” a Jesús (al verdadero Jesús) de la clausura legal que le quieren seguir imponiendo Pedro y los Doce. Por eso polemiza con ellos y centra el verdadero mesianismo de Jesús en su camino de muerte, poniendo así de relieve que le mataron los mismos representantes del Israel jerárquico. Ciertamente, Marcos presenta una visión “sesgada” de la historia de Jesús y sus primeros seguidores, pero lo hace desde una perspectiva que (a su juicio, y a juicio de gran parte de la Iglesia posterior) recoge y expresa mejor la identidad de Jesús y la verdad de su proyecto de Reino.

Como estoy diciendo, Marcos no escribió un libro de “historia neutral” sobre Jesús, sino una historia interpretada desde una determinada perspectiva mesiánica, quizá más cercana a la de Pablo. Así afirma, por ejemplo, que Pedro y los suyos no han acabado todavía de entender a Jesús, de manera que ellos deben volver a Galilea, dejando el proyecto (necesariamente) fracasado de Jerusalén, con la tumba vacía, para empezar a ver, de verdad, a Jesús con las mujeres (Mc 16, 1-8). En este contexto, el Jesús de Marcos siente la necesidad de reformular el sentido que tiene ser “Cristo”, desde la clave de “Hijo de Hombre

8, 31-32a. Enseñanza básica.

31 Y empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los presbíteros, los sumos sacerdotes y escribas; que lo matarían, y a los tres días resucitaría. 32 Les hablaba con toda claridad.

Pedro había confesado a Jesús como Cristo, y Jesús, tras exigirles que guarden silencio sobre él, enseña a Pedro y a los otros diciendo: El Hijo del Hombre debe padecer... (8, 31), utilizando una fórmula teológica (dei) que significa “Dios lo quiere”, es necesario. Se pensaba que Cristo es quien hace, en creatividad triunfadora. Pues bien, Jesús descubre ahora y dice que el auténtico Cristo es quien hace a pesar de ello pueda implicar un fracaso, llevar a la muerte Éste es el centro del evangelio, que Marcos expone de un modo “biográfico”, anunciando desde aquí toda la vida posterior de Jesús. En este contexto se entienden las tres elementos o rasgos principales de 8, 31.

(a) Jesús: “El Hijo del hombre ha de sufrir”. Él se había presentado como “alguien” (un hijo de hombre) que puede perdonar pecados (2, 10), y que es dueño del sábado (2, 27), superando un tipo de estructura sagrada del judaísmo legal. Ahora vuelve a presentarse, de un modo indirecto, como Hijo del Hombre, pero destacando su debilidad creadora: ser Mesías significa poder (deber) dar la vida.

b. Autoridades Los representantes de la sacralidad de Jerusalén (con los que Pedro quisiera pactar) entienden el proyecto de Jesús como delito contra el pueblo. Desde una perspectiva quizá posterior, Marcos las identifica con los grupos del gran Sanedrín de Jerusalén): presbíteros (miembros de las grandes familias), sacerdotes (portadores de la sacralidad nacional del templo) y escribas (intérpretes de la Ley) .

c. Pero Dios “le resucitará a los tres días”. Así lo insinuaba el comienzo del texto (dei); así lo confirma la frase final, con pasivo divino (anastênai) en la que Dios mismo aparece como aquel que se opone a las autoridades de Israel, ratificando escatológicamente el gesto de Jesús (no el de los sacerdotes, que ya no son representantes de Dios) .

a. Un camino propio. Ha ofrecido solidaridad o reino de Dios (cf. 1, 14; 9, 1), pero descubre que los jueces del orden sagrado del templo de Jerusalén no le aceptarán (no aprobarán su proyecto). Ha creado comunión, dando voz a los mudos, pan a los hambrientos, salud a los enfermos, pero los jerarcas religiosos y sociales de su pueblo le han juzgado peligroso, y en nombre de su ley particular han empezado a perseguirle, de manera que si sube a Jerusalén podrán matarle. Así lo ha descubierto, así lo acepta, sabiendo que al final del camino se halla Dios: ¡al tercer día resucitará!

Para hacerse solidario de los hombres (especialmente de los pobres, enfermos, marginados y hambrientos), ha renunciado a la violencia o la lucha militar por conseguir sus objetivos. No quiere imponer su proyecto por la fuerza, ni emplear en su favor las armas de la guerra u opresión humana, pues ellas las controlan los ancianos, escribas y sacerdotes de Jerusalén, vinculados al poder de Roma. Es claro que en este enfrentamiento desigual él estaría derrotado de antemano. A pesar de ello (precisamente por ello) mantiene su camino, para que actúe Dios a través de su derrota, ratificando su entrega por el Reino.

Jesús acepta ese “destino”, y así irá descubriendo que la obra de Dios vendrá a realizarse a través de su muerte. Así lo declara el Jesús de Marcos en este el momento central de su vida. No ha rechazado las consecuencias de su movimiento, no ha iniciado ninguna rebelión armada (ni tampoco ninguna rebelión contra su propio destino), sino que acepta las implicaciones de su obra, iniciando un ascenso que le puede costar la vida. Todo su camino posterior será expansión de estas palabras, que podemos entender como anticipo y crónica de una muerte anunciada, pero con esperanza de resurrección (que no es básicamente para él, sino para su proyecto de Reino).

Este camino de muerte anunciada recibe el nombre de evangelio (cf. Mc 8, 35), buena nueva de aquel que se ha dejado matar para que triunfe su mensaje de casa, pan y palabra (iglesia universal). Jesús lo asume y recorre porque cree en el amor y porque ama a los más pobres de un modo concreto, ofreciéndoles espacio de solidaridad y no muerte de los otros, de entrega personal, en medio de la fuerte violencia y egoísmo de la sociedad en la que vive. De esta forma, haciéndose Hijo del humano por la entrega de la vida, Jesús es de verdad ¡mi Hijo querido! (cf. 1, 9-11) .

b. Una experiencia de vida. Desde el extremo norte del país israelita, junto a las fuentes del Jordán, en el viejo territorio de Dan (fuera de Galilea), bajo el dominio de un pequeño tetrarca llamado Filipo, Jesús dirige su vista hacia el centro de Jerusalén donde residen y trazan su ley los escribas-sacerdotes-ancianos, descubriendo que ellos, como representantes del pueblo sagrado y del templo, van a condenarle a muerte. Éste es el camino que Jesús ha descubierto; esto es lo que dice de manera abierta, en enseñanza clara, a sus discípulos confiándoles el secreto de su vida.

Les había mandado callar, que no dijeran nada sobre él (8, 30). Pues bien, ahora les cuenta su secreto, la verdad de su camino, no para que la digan en público, sino para que la sepan ellos, confiándose así su destino, que se parece al destino de la semilla de reino que cae en tierra para dar fruto (cf. 4, 14). Ésta es la voluntad de Dios (cf. dei, es preciso: 8, 31); pero esta verdad es, al mismo tiempo, resultado del rechazo de los hombres. Jesús llevará su anuncio de reino a Jerusalén, sabiendo que allí pueden matarle, pero sabiendo que, de un modo o de otro, se revelará la voluntad mesiánica de Dios, que él interpreta desde la perspectiva del Hijo del Hombre.

8, 32b-33. Cruce de correcciones: Pedro y Jesús.

Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparlo. 33 Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Pedro es Simón, el discípulo primero (cf. 1, 16. 29-30; 3, 16; 16, 7), a quien Jesús había puesto ese nombre: Cefas, ho Petros, Roca (Piedra, Pedro), fundamento de su comunidad mesiánica (cf. 3, 16). Pues bien, como escogido, después de haberle dicho que es el Cristo (8, 29), a pesar de que les ha prohibido que hablaran de él, Pedro se atreve a increparle, desde la perspectiva del “buen” mesianismo (8, 32b). También él ha leído los hechos anteriores de la vida de Jesús (del evangelio), sacando las consecuencias pertinentes. También él sabe lo que es el mesianismo, y se lo dice a Jesús.

No es un súbdito, un subordinado a quien se niega el pensamiento. Jesús le llamó para encargarle la pesca escatológica (1, 16-20) y después le ha ofrecido la tarea de anunciar la conversión y expulsar a los demonios (cf. 3, 13-19; 6, 6-12). Es normal que Pedro piense y diga lo que piensa, corrigiendo (según Marcos) a Jesús, que es un maestro, no un dictador sobre el grupo de sus discípulos. Un Jesús “Dios” que negara la autonomía de sus discípulos (que no les tuviera en cuenta), como si ellos fueran de segunda categoría, no podría ser Mesías (Hijo del Hombre). Precisamente porque estima a Pedro y porque necesita su “consejo”, Jesús tendrá que criticarle.

Jesús había pedido la opinión de esos discípulos ()quién decís que soy?) y Pedro se la había dado, sintiéndose capacitado para seguir diciendo a Jesús no sólo quién es (el Cristo), sino lo que debe hacer. En esa línea, para corregir a Jesús, Pedro puede acudir a las buenas razones que le ofrece la Escritura y tradición israelita. No podemos suponer que es un cobarde, un incrédulo egoísta o simplemente alguien que busca sólo el triunfo externo. Tiene su razón mesiánica y se la dice a Jesús abiertamente, a través de una palabra que podría situarse antes de Pascua, pero que parece ajustarse mejor en un tiempo tras pascua, es decir, en la Iglesias .

Evidentemente, según Marcos, Pedro no ha querido aceptar el “nuevo” proyecto de Jesús, y piensa que se lo debe decir de un modo personal. Por eso, tomándole aparte, comenzó a increparle (8, 32b). Ésta es su anti-confesión: antes le había dicho que es el Cristo, ahora le reprende. Pero no se atreve a hacerlo en un debate abierto, en presencia de todos, y así le lleva a un lugar escondido, como para corregirle en intimidad (epitimein), dándole lecciones de amigo. El discípulo a quien Jesús había llamado y enviado, confiándole su tarea (1, 16-20; 3, 14-17; 6, 6-13), se atreve a reprender y aconsejar a su Maestro. Es evidente que Pedro (en nombre de los Doce) quiere “enseñar” a Jesús, recordándole lo que implica ser el Cristo: posiblemente apela a textos de viejas Escrituras y de nuevas tradiciones, resaltando las gloriosas esperanzas nacionales .

Pedro representa un tipo de buen mesianismo, pero mesianismo del triunfo externo, del poder religioso, no sólo antes de la muerte de Jesús, sino, y sobre todo, tras ella, en el comienzo de la Iglesia. Marcos está presentando así lo que ha sido, a su juicio, el intento y tarea de Pedro, en los primeros años de historia de la Iglesia.

Por lo que sabemos por otras fuentes, Pablo ha disentido en muchas cosas de Pedro, pero nunca le ha “condenado” (cf. Gal 1, 18; 2, 7-14; 1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 15; 15, 5). Por el contrario, el Jesús de Marcos, se opone dramáticamente a Pedro, y así le empieza “condenando”. Sabe que Pedro ha sido un discípulo privilegiado de Jesús. Pero sabe también que ha seguido un camino que no era de verdad el de Jesús, y que ha creado una iglesia que, a su juicio, ha corrido el riesgo de volver a un mesianismo que Jesús había superado con su mensaje y con su muerte.

Marcos supone que, a través de su teología y de su forma de entender la Iglesia, Pedro ha rechazado en realidad el camino de sufrimiento y fracaso (de Cruz) que Jesús acaba de exponer al presentarse como Hijo del humano, presentándose, de hecho, como uno de los “enemigos de la Cruz de Cristo”, criticados por Pablo (cf. Flp 3, 18). Entre esos “enemigos”, a los que Pablo alude llorando, se encuentra según Marcos el mismo Pedro, que de hecho se ha enfrentado con Jesús.

Lo extraño hubiera sido que no lo hiciera, que aceptara que el Mesías debe ser condenado precisamente por los sanedritas de la Ley sagrada. Como representante de la tradición israelita (y del Mesías que en el fondo ha de triunfar, como si la cruz de Jesús hubiera sido sólo un contratiempo pasajero), Pedro se cree obligado a corregir a Jesús, dándole una lección de mesianismo y cordura israelita. De esa forma, Marcos piensa que de Pedro ha rechazado en realidad el proyecto de Jesús, al fundar y dirigir una Iglesia que va en contra de la dinámica de muerte y vida del auténtico evangelio. Es como si dijera que la Iglesia de Pedro ha sido, en el fondo, anticristiana. Desde esa perspectiva se entiende el rechazo del verdadero Jesús, que mantiene su proyecto y que corrige a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás! (8, 33).

Según el Jesús de Marcos, Pedro ha seguido defendiendo (en su Iglesia pascual, que es la Iglesia de los Doce de Jerusalén) las cosas de los hombres, propias del Sanedrín, cuyos sacerdotes y asociados (escribas y presbíteros) se oponen a la voluntad de Dios: buscan su provecho, sólo enseñan doctrinas humanas (cf. 7, 7), actuando en realidad como cueva de bandidos (cf. 11, 18). Pues bien, en esa misma perspectiva de guarida de intereses religiosos y políticos se sitúa Pedro, que ha conocido a Jesús y ha “creado” su Iglesia, pero lo ha hecho en la línea de Satanás y de los endemoniados (que le llaman Santo de Dios, el Hijo de Dios…, cf. 1, 25; 2, 12; 5, 7), utilizando ese conocimiento de un modo equivocado.

Frente a las “cosas de los hombres”, que aquí aparecen vinculadas a lo satánico (¡Pedro actúa así como portavoz de Satán, su misma Iglesia es satánica, mientras no cambie de perspectiva!), presenta Jesús las cosas de Dios que definen su conducta, que se expresa en su entrega a favor del pan y la palabra universal, que son el fundamento de su comunidad mesiánica (conforme a 11, 18: Dios quiere que su templo sea casa de oración para los pueblos, lugar de encuentro y unión comunitaria para todos los vivientes). Al rechazar a Pedro, el Jesús de Marcos está criticando de hecho la forma en que Pedro y su iglesia de Jerusalén han entendido su proyecto mesiánico, creando en el fondo una comunidad que se apoya en sí misma, y no en el camino de cruz de Jesús .

En contra de este Pedro, que ha sido sólo un cristiano a medias, pues rechaza el camino de entrega de Jesús (es decir, que no funda su mesianismo en la cruz), Jesús ofrece su revelación definitiva (8, 33-9, 1), en presencia de los restantes discípulos (8, 33), que deben aprender esta lección. Jesús llama (mira) a todos los discípulos y reprende a Pedro, diciendo: Ponte detrás (apártate de mí: hypage opiso mou) Satanás, pues no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres (8, 33).

Al reprenderle así y decirle que se ponga tras él, Jesús ha invertido Jesús ha retomado e invertido, palabra por palabra, la llamada que dirigió al principio a Simón, al invitarle (como a su hermano Andrés): deute opiso mou (venid en pos de mí). Pues bien, Pedro le ha seguido, pero lo ha hecho en sentido falso, de manera equivocada, para hacerse, al fin, enemigo de Jesús, es decir, partidario de Satanás (al fundar una Iglesia que no está fundada en el camino de cruz de Jesús). De esa forma se ha opuesto, de hecho, al camino de Dios, representado por Jesús, en línea de entrega de la vida, y ha retomado un camino propio de los hombres, que aparece vinculado a un deseo de dominio y triunfo que es propio del Diablo.

CONCLUSIÓN.

Ésta historia de Pedro sigue abierta, como sabe el mismo evangelio de Marcos, como muestra Lucas, como ha destacado Mateo… Sigue abierta, pero yo hoy quiero dejarla aquí, para que cada uno la pueda aplicar a su vida y a la vida de la Iglesia.